Gabriel y Galán, José María
España
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CANTO AL TRABAJO

A ti, de Dios venida,
dura ley del trabajo merecida,
mi lira ruda su cantar convierte;
a ti, fuente de vida;
a ti, dominadora de la suerte.

Escucha cómo canta
la oscurísima voz de mi garganta
lo que tienes, ¡oh ley!, de creadora,
lo que tienes de santa,
lo que tienes de sabia y redentora.

Porque eres fuente pura
que manas oro de la hechida hondura,
fecunda y rica en mi canción te llamo;
porque eres levadura
del humano vivir, buena te aclamo.

Redimes y ennobleces,
fecundas, regeneras, enriqueces,
alegras, perfeccionas, multiplicas,
el cuerpo fortaleces
y el alma en tus crisoles purificas.

¡Señor! Si abandonado
dejas al mundo a su primer pecado

y la sabia sentencia no fulminas,
hubiéranse asentado
tumbas y cunas sobre muertas ruinas.

Mas tu voz iracunda
fulminó la sentencia tremebunda,
y por tocar en tus divinos labios
tornóse en ley fecunda
el rayo vengador de tus agravios.

Si de acres amarguras
extraen las abejas mieles puras,
¿cómo Tú no sacar de tu justicia
paternales ternuras
para la humana original malicia?

Fecundo hiciste al mundo,
feliz nos lo entregó tu amor profundo,
y cuando el crimen tu rigor atrajo,
nuevamente fecundo,
si no feliz, nos lo tornó el trabajo.

¡Mirad, ojos atentos,
toda la luz que radian sus portentos,
todo el vigor que en sus empresas late!
¡No hay épicos acentos
para cantar el colosal combate!

Mirad cómo a la tierra
provoca con el hierro a santa guerra,
desgarrando sus senos productores,
donde juntos sotierra
semillas, esperanzas y sudores.

El boscaje descuaja,
las peñas de su asiento desencaja,
estimula veneros, ciega fosas,
y el alto cerro cuaja
de arbóreas plantaciones vigorosas.

Abajo, en la ancha vega,
trenza el río sereno y lo despliega
en innúmeros hilos de agua pura
que mansamente riega
opulentas alfombras de verduras.

A veces, remansada,
la detiene la presa, y luego airada
la despeña en cascadas cristalinas
con fuerza regulada
que hace girar rodeznos y turbinas.

Mirad cómo los mares
abruma con el peso de millares
de buques que cargó con sus labores,
y a remotos lugares
manda de su riqueza portadores.

Mirad cómo devora
la distancia en la audaz locomotora
que creó gallardísimas y ligera;
mirad cómo perfora
la montaña que estorba su carrera.

Cómo escarba en la hondura
y persigue el filón dentro la oscura
profunda mina que el tesoro guarda,
como la inmensa altura
va conquistando de la nube parda.

Como el taller agita,
cómo en el templo del saber medita,
y trepida en las fábricas brioso,
y en las calles se agita,
y brega en los hogares codicioso.

Labra, funde, modela,
torna rico el erial, pinta, cincela,
incrusta, sierra, pule y abrillanta,
edifica, nivela,
inventa, piensa, escribe, rima y canta.

El rayo reluciente,
fuego del cielo, espanto de la gente,
ha tornado en sumiso mensajero,
que de Oriente a Poniente
lleva latidos del vivir ligero.

Al padre y al esposo
les da para los suyos pan sabroso,
olvido al triste en su dolor profundo,
salud al poderoso,
honra a la patria y bienestar al mundo.

Tiempos aún no venidos
del imperio triunfal de los caídos:
¡derramad pan honrado y paz bendita
sobre hogares queridos
que templos son donde el trabajo habita!

Tiempos tan esperados
de la justicia, que avanzáis armados:
¡sitiad por hambre o desquiciad las puertas
de alcázares dorados
que no las tengan al trabajo abiertas!

¡Vida que vive asida
savia sorbiendo de la ajena vida,
duerma en el polvo en criminal sosiego!
¡Rama sea o podrida
perezca por el hacha o por el fuego!

Y gloria a ti, ¡oh fecundo
sol del trabajador, alegrador del mundo!
Sin ofensa de Dios, que fue el primero,
tú el creador segundo
bien te puedes llamar del mundo entero.

Gabriel y Galán, José María

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