Vaca Narvaja, Gustavo Adolfo
Argentina
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Asesino

Nunca pensó que lo lograría; su mano se mantuvo firme,
el índice sobre el gatillo obedeció en pocos segundos
su orden: ¡fuego!, y la bala emergió
limpiamente. Al comienzo tiritó, y el sudor frío invadió su
piel. “Un asesino -se dijo- debe tener sangre fría”, y él no sabía
aún que la tenía. Mientras tanto, la víctima mira paralizada;
fue en ese momento que supo que sí, lo era. Se sintió todopoderoso.
El cuerpo de ese hombre se sacudió en el asombro y
después aceptó la muerte en silencio. Dicen que no hay malestar,
y lo que más duele es el terror previo, que no dura mucho.
Apenas puede admitir la maldición como descargo; pero ya es
tarde, la sombra de la muerte lo envolvió. Guardó el arma
homicida y se fue silbando por las calles vacías y oscuras. Tenía
mucha sed y los bares estaban todos cerrados

Vaca Narvaja, Gustavo Adolfo

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