Cabral, Manuel del
República Dominicana
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AMISTAD CON EL DIA

Nosotros, los que siempre
hablábamos con lengua parecida a la rosa,
los que con la palabra del color de la lluvia
juntábamos los niños,
y dábamos un poco de hombre distraído,
nosotros, a los que nos limpiaban estas cosas,
se nos cayó de pronto la amistad con el día.
Veo que no teníamos los ojos, nosotros
que queremos ahora saber lo que es el hierro...
hablamos con las manos que lo guardan;
hablamos con las manos que encallecieron
de tanto hacer fusiles.
Yo no comprendo nada.
No sé nada.
La infancia de mis manos no conoce otra cosa:
—carabinas de palo, cañones vegetales,
y aún después...
Se me viene de súbito a mi oreja de niño:
el orador del pueblo que me obliga
a ver una moneda en cada lágrima,
porque a aquel resonante bigotudo,
que húmedo despedía los entierros,
Pitágoras del llanto, no podía
ni el ataúd quitarle la careta.
Pero hablar como debo... es más que una aventura
Todavía
hablo con el cochero de mi pueblo,
le saco muchos duendes...
me le meto en su coche —ya sin tiempo—
y no sé porqué huelo las gomas de sus ruedas
calientes y macizas como senos de quince...
como senos de quince derritiendo azucenas.
Más oigo todavía mi casa hecha palabra,
la familia por todas las rendijas saliéndome,
mordiéndome con sílabas:
queriendo que yo siempre tenga en mis manos pan...
poniendo en mi epidermis una palabra: hombre.
Pero, ¿quién, quién ahora,
puso a pensar mi silla,
mis zapatos,
mi catre?
¿Quién le quitó a estas cosas su sitio de cadáver?

Cabral, Manuel del

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