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Zorrilla de San Martín, Juan
Uruguay
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TABARÉ - (Obra completa)

DEDICATORIA
A mi esposa Elvira Blanco de Zorrilla.
Te dedico TABARE... Y qué he de hacer?
Si fuera a esperar la época en que podré o no producir algo digno de ti, tendría que renunciar a la satisfacción de escribir tu nombre, que me es tan querido, al frente de una de mis obras.
Te lo dedico, pues; a ti, la inspiradora de aquellos mis primeros cantos de amor que aun me parece escuchar a la distancia, coma una serenata que acaba de pasar por mi lado, y cuyos acordes lejanos se desvanecen en una queja llena de melancolía.
Viejo ya, aunque sin canas, quizá sin muchos años, siento llegar hasta mí, fundidas en un solo acorde, las últimas notas de aquellos cantos de adolescente y las primeras risas de nuestros hijos. Hay algo de todo eso en la inspiración, que ha dado vida, mas o menos efímera, a este poema: hay, por consiguiente mucho que es tuyo; tu espíritu y el mío palpitan identificados en él.
Sin duda por eso he mirado a Tabaré con predilección; tú lo sabes pues ha sido tu rival durante muchas de esas pocas horas que el trabajo incesante o las preocupaciones de mi agitada vida me han dejado libre, y que hubieran sido tuyas y de nuestros hijos si no me las hubiera reclamado con derecho el pobre indio, soñada personificación de una estirpe muerta que, cuando menos, tiene derecho a nuestra compasión.
Cuántas veces, aunque no muy de grado, ahuyentaste de mi mesa de labor, a nuestra querida y bulliciosa caterva para hacer silencio en torno de la cura de mi charrúa!
Quiero devolverte esas horas dedicándote la obra a que ellas fueron consagradas. Lee una que otra vez a nuestros hijos algunas de las estrofas de este pedazo de historia de nuestra patria, de esta su hermosa patria uruguaya, que con tanto tesón les enseñamos a amar después de Dios.
Si ellos llegaron a advertir que esta página íntima está echada en el destierro, recuérdales, pues tú lo sabes, que no debe culparse de ello a la patria, y enseñarles a preferir siempre el sufrimiento, que tú has sobrellevado conmigo, al abandono de su misión moral en la tierra.
No sin algún pesar me separo de Tabaré para darlo al público. El ha sido mi compañero inseparable y bueno durante estos últimos años de tantas amarguras para mi espíritu y, lo que es peor, de tantas desgracias para nuestro país. Pero va a tus manos, y esto hace menos sensible la despedida.
Que tú quieres también un poco a mi indio, cine tú lo mirarás con menos indiferencia de lo que él acaso merece, me lo demuestra el hecho de haber tú sentido una antipatía y una repulsión invencibles, hacia D. Gonzalo de Orgaz porque lo hirió de muerte en el bosque. Si a ti se te hubiera dado a elegir el desenlace de mi poema, yo bien se cuál hubiera elegido.
No podía ser!
No: tu idea era imposible. Blanca (tu raza, nuestra raza) ha quedado viva sobre el cadáver del charrúa.
Pero, en cambio, las últimas notas que escucharás en mi poema son los lamentos de la española y la oración del monje; la voz de nuestra raza y el acento de nuestra fe: la caridad cristiana y la misericordia eterna.
El poeta no puede decir mentiras por más dulces que ellas sean.
Te ríes?
Pues no te lo digo en broma. El arte es la verdad, la alta verdad inoculada en la ficción como un sople vivificante y eterno: de ahí que la verdad, lo real en el arte, no esté en la forma, como lo eterno en el hombre no está en el cuerpo.
Y la prueba de ello la tienes en que la alta verdad, la excelsa realidad del pensamiento alma de la creación artística, ha inmortalizado y conducido triunfantes a través de los siglos, obras de formas diversas y hasta radicalmente opuestas, formas que recorren un diapasón tan extenso como el que media (te citaré dos obras que tú conoces) entre La Tempestad, de Shakespeare y el Quijote de Cervantes.
El arte contribuye poderosamente a la felicidad y al mejoramiento sociales; sabes porqué?
Será porque copia o reproduce lo que existe materialmente, lo que todo el mundo ve y toca, y porque consigue despertar en el hombre las mismas impresiones que las escenas reales despiertan en él?
Todo lo contrario.
El arte contribuye al mejoramiento social, porque por medio de el, el común de las gentes participa de la visión de los hombres excepcionales, y se eleva y ennoblece en la contemplación de aquello cuya existencia no conocería si el poeta no lo dijera: levanta la frente: sube conmigo a las regiones de la belleza: la atmósfera es pura porque acaba de atravesar la tempestad del genio que como las tempestades de la tierra purifica el ambiente.
En una palabra: el arte no es otra cosa que la reproducción sensible de la vida, ideal.
Y la vida única de la inteligencia es la verdad, como la única vida de la voluntad es el bien.
De ahí que la única fuente de belleza artística, sea el pensamiento en que el bien se difunde y la verdad esplende: de ahí que, como antes te decía, el poeta no pudo decir mentiras.
Yo debía, pues, decir la verdad en Tabaré: inocularla en el organismo literario que amasaba con el limo de nuestra tierra virgen y hermosa.
No extrañes que haya elegido una verdad llena de inmensa tristeza: las que más aprietan el corazón son las que más eficazmente lo exprimen, las que lo hacen verter su jugó más íntimo.
El de mi alma va en Tabaré: Por eso te ofrezco en una fecha que nos es querida.1
Buenos Aires, 19 de Agosto de 1886
1 Después de escrita esta página que respeto hasta en sus incorrecciones, antes de darla a la prensa, mi esposa ha muerto... He bendecido la voluntad de Dios que me la dio y me la quitó; he ofrecido a Dios, como holocausto propiciatorio, los pedazos de mi corazón que el destrozó.
Con la absoluta evidencia de la fe, sólo veo en el dolor el mundo de las divinas misericordias.
Sea.


INTRODUCCIÓN
I
Levantaré la losa de una tumba;
E internándome en ella,
Encenderé en el fondo el pensamiento
Que alumbrará la soledad inmensa.
Dadme la lira, y vamos: la de hierro,
La más pesada y negra;
Esa, la de apoyarse en las rodillas,
Y sostenerse con la mano trémula,
Mientras azota el viento temeroso
Que silba en las tormentas,
Y, al golpe del granizo restallando,
Sus acordes difunde en las tinieblas;
La de cantar sentado entre las ruinas
Como el ave agorera;
La que arrojada al fondo del abismo,
Del fondo del abismo nos contesta.
Al desgranarse las potentes notas
De sus heridas cuerdas,
Despertarán los ecos que han dormido
Sueño de siglos en la oscura huesa;
Y formarán la estrofa que revele
Lo que la muerte piensa;
Resurrección de voces extinguidas,
Extraño acorde que en mi mente suena.
II
Vosotros, los que amáis los imposibles,
Los que vivís la vida de la idea;
Los que sabéis de ignotas muchedumbres.
Que los espacios infinitos pueblan,
Y de esos seres que entran en las almas
Y mensajes oscuros les revelan,
Desabrochan las flores en el campo,
Y encienden en el cielo las estrellas;
Los que escucháis quejidos y palabras
En el triste rumor de la hoja seca,
Y algo más que la idea del invierno
Próximo y frío a vuestra mente llega,
Al mirar que los vientos otoñales
Los árboles desnudan, y los dejan
Ateridos, inmóviles, deformes,
Como esqueletos de hermosuras muertas;
Seguidme hasta saber de esas historias
Que el mar y el cielo y el dolor nos cuentan;
Que narran el ombú de nuestras lomas,
El verde canelón de las riberas,
La palma centenaria, el camalote,
E.' ñandubay, los talas y las ceibas:
La historia de la sangre de un desierto,
La triste historia de una raza muerta.
Y vosotros aun más, bardos amigos,
Trovadores galanos de mi tierra,
Vírgenes de mi patria y de mi raza
Que templáis el, laúd de los poetas;
Seguidme juntos a escuchar las notas
De una elegía que en la patria nuestra
El bosque entona cuando queda solo,
Y todo duerme entre sus ramas quietas;
Crecen laureles, hijos de la noche,
Que esperan liras para asirse a ellas,
Allá en la oscuridad en que aun palpita
El grito del desierto y de la selva.
III
¿Extraña y negra noche? ¿Dónde vamos?
¿Es cielo esto o tierra?
¿Es lo de arriba? ¿Lo de abajo? Es lo hondo,
Sin relación, ni espacio, ni barreras.
Sumersión del espíritu en lo obscuro,
Reino de las quimeras,
En que no sabe el pensamiento humano
Si desciende, o asciende, o se despeña,
El caos de la mente que pujante
La inspiración ordena;
Los elementos vagos y dispersos
Que amasa el genio y en la forma encierra.
Notas, palabras, llantos, alaridos.
Plegarias, anatemas.
Formas que pasan, puntos luminosos,
Gérmenes de imposibles existencias:
Vidas absurdas en eterna busca
De cuerpos que no se encuentran,
Días y noches en estrecho abrazo,
Que espacio y tiempo en que vivir esperan;
Líneas fosforescentes y fugaces,
Y que en los ojos quedan
Como estrofas de un himno bosquejado,
O gérmenes de auroras o de estrellas;
Colores que se enfunden y repelen
En inquietud eterna,
Ansias de luz, primeras vibraciones
Que no hayan ritmo, no dan lumbre, y cesan;
Tipos que hubieran sido y no fueron
Y que aún el ser esperan,
Informes creaciones, que se mueven
Con una vida extraña e incompleta.
Proyectos, modelados por el tiempo,
De razas intermedias;
Principios sutilísimos que oscilan
Entre la forma errante y la materia;
Voces que llaman, que interrogan siempre
Sin encontrar respuesta;
Palabras de un idioma indefinible
Que no han hablado las humanas lenguas;
Acordes que, al brotar, rompen el arpa,
Y en los aires revientan
Estridentes, sin ritmo, como notas
De mil puntos dispersos que se encuentran,
Y se abrazan en vano sin fundirse,
Y hasta esa misma repulsión ingénita
Forma armonía, pero rara, absurda,
Música indescriptible, pero inmensa;
Rumor de silenciosas muchedumbres,
Tumultos que se alejan...
Todo se agita en ronda atropellada,
En esta obscuridad que nos rodea;
Todo asalta en tropel al pensamiento,
Que en su seno penetra
A hacer inteligente lo confuso,
A enfrentar lo que huye y se rebela;
A consagrar el ritmo y el sonido
La dulce unión eterna,
La del color y el alma con la línea
De la palabra virgen con la idea.
Todo brota en tropel, al levantarse
La poderosa piedra,
Como bandada de aves que chirriando
Brota del fondo de profunda cueva;
Nube con vida que, cobrando forma
Variables y quiméricas,
Se contrae, se alarga y se revuelve
Por sí misma empujada en las tinieblas.
Allí cuajó en mí mente, obedeciendo
A una atracción secreta
Y entre risas y llantos, y alaridos,
Se alzó la sombra de la raza muerta;
De aquella raza que pasó desnuda
Y errante por mi tierra,
Como el eco de un ruego no escuchado
Que, camino del cielo, el viento lleva.
Tipo soñado, sobre el haz surgido
De la infinita niebla;
En sueño de una noche sin aurora,
Flor que una tumba alimentó en sus grietas;
Cuando veo tu imagen impalpable
Encarnar nuestra América,
Y fundirse en la estrofa transparente,
Darle su vida, y palpitar en ella;
Cuando creo formar el desposorio
De tu ignorada esencia
Con esa forma virgen, que los genios
Para su amor o su dolor encuentran;
Cuando creo infundirte, con mi vida,
El ser de la epopeya
Y legarte a mi patria y a mi gloria
Grande como mi amor y mi impotencia;
El más hábil contacto de las formas
Desvanece tu huella,
Como el contacto de la luz, se apaga
El brillo sin color de las luciérnagas.
Pero te vi. Flotabas en lo obscuro,
Como un jirón de niebla;
Afluían a ti, buscando vida,
Como a su centro acuden las moléculas.
Líneas, colores, notas de un acorde
Disperso, que frenéticas
Se buscaban en ti; palpitaciones
Que en ti buscaban corazón y arterias;
Miradas que luchaban en tus ojos
Por imprimir su huella,
Y lágrimas y anhelos esperanzas
Que en tu alma reclamaban existencia:
Todo lo de la raza: lo inaudito,
Lo que el tiempo dispersa,
Y no cabe en la forma limitada,
Y hace estallar la estrofa que lo encierra.
Ha quedado en mi espíritu tu sombra,
Como en los ojos quedan
Los puntos negros de contornos ígneos
Que deja en ellos una lumbre intensa...
Ah! no, no pasarán, como la nube
Que el agua inmóvil en su faz refleja;
Como esos sueños de la media noche
Que en la mañana ya no se recuerdan:
Yo te ofrezco, oh ensueño de mis días!
La vida de mis cantos, que en la tierra
Vivirán más que yo... ¡Palpita y anda,
Forma imposible de la estirpe muerta!


LIBRO PRIMERO

CANTO PRIMERO

I

El Uruguay y el Plata

Vivían su salvaje primavera;

La sonrisa de Dios de que nacieron

Aun palpita en las aguas y en las selvas;

Aun viste el espinillo

Su amarillo típoy; aun en la hierba

Engendra los vapores temblorosos

Y a la calandria en el ombú despierta;

Aun dibuja misterios

En el mburucuyá de las riberas,

Anuncia el día, y por la tarde enciende

Su último beso en la primera estrella;

Aun alienta en el viento

Que cimbra blandamente las palmeras.

Que remece los juncos de la orilla

Y las hebras del sauce balancea;

Y hasta el río dormido

Baja en el rayo de las lunas llenas,

Para enhebrar diamantes en las olas,

Y resbalar o retorcerse en ellas.

II

Serpiente azul de escamas luminosas

Que, sin dejar sus ignoradas cuevas,

Se enrosca entre las islas, y se arrastra

Sobre el regazo virgen de la América,

El Uruguay arranca a las montañas

Los troncos de sus ceibas

Que, entre espumas e inmensos camalotes

Al río como mar y al mar entrega.

El himno de sus olas

Resbala melodioso en sus arenas,

Mezclando sus solemnes pensamientos

Con el del blanco acorde de la selva;

Y al grito temeroso

Que lanzan en los aires sus tormentas,

Contesta el grito de una raza humana

Que aparece desnuda en las riberas.

Es la raza charrúa

De la que el nombre apenas

Han guardado las hondas y los bosques

Para entregar sus notas al poema;

Nombre que aun reproduce

La tempestad lejana, que se acerca

Formando los fanales del relámpago

Con las pesadas nubes cenicientas.

Es la raza indomable

Que alentó en una tierra

Patria de los amores y las glorias,

Que al Uruguay y al Plata se recuesta;

La patria, cuyo nombre

Es canción en el arpa del poeta,

Grito en el corazón, luz en la aurora,

Fuego en la mente, y en el cielo estrella.

III

La encuentra el pensamiento antes que el hombre

Antiguo la sorprenda,

En lucha con la tierra y con el cielo,

Y en su salvaje libertad envuelta.

Para ella, el horizonte cierra el mundo

Con un muro de piedra;

Tras él duermen las tardes y las lunas;

Tras él la aurora duerme y se despierta,

Cruza el salvaje errante

La soledad de la llanura inmensa

Y el amarillo tigre, como él hosco,

Como él fiero y desnudo, la atraviesa.

El tigre brama; el indio

Contesta en el silbido de su flecha.

¿Dónde va? ¿Qué persigue? Tras su paso,

Sobre ese hermoso suelo, ¿qué nos deja?

¿Para él está formada

Esa encantada tierra

Que a los diáfanos cielos de Diciembre

Les devuelve una flor por cada estrella?

¿Para él sus grandes ríos

Cantando se despeñan

Los himnos inmortales de sus ondas?

¿Qué fue esa raza que Pasó sin huella?

¿Fue el último vestigio

De un mundo en decadencia?

¿Crepúsculo sin día? ¿Noche acaso

Que surgió obscura de la luz eterna?

La eterna lumbre sólo engendra auroras.

La noche, las tinieblas

Son ausencia de luz; la eterna noche

Es sólo del Creador la eterna ausencia.

En esa raza, en su excelso origen

Aun el vestigio queda,

Como el toque de luz amarillento

Que un sol que muere en los espacios deja.

Hay lumbre en esos ojos siemprehuraños,

Fuego que encienden sólo las ideas;

Mas la lumbre se extingue, y una raza

Falta de luz, se extinguirá con ella.

Nacida para el bien, el mal la rinde;

Destinada a la paz, vive en la guerra...

¡Hojas perdidas en su tronco enfermo

El remolino las arrastra enfermas¡

IV

A las tribus lejanas

Convocan las hogueras

Que encendió Caracé sobre las lomas

Como gritos de fuego y de pelea.

Caracé, en cuyo cuerpo

Las heridas se cuentan

Como las manchas en la piel del tigre,

Y por eso le prestan obediencia.

Caracé, en cuyo toldo

Las pieles y sangrientas cabelleras

De los caciques yaros y bohanes

Que tu brazo arrancó, prueban su fuerza;

Que tiene diez mujeres

Que aguzan las espinas de sus flechas,

Y los fuegos encienden de su toldo,

Y el jugo de las plantas le fermentan,

Nadie sabe los fríos

Que ha vivido el cacique; pero cuentan

Que allá en el tiempo de los soles largos,

Al Uruguay llegó, desde la sierra.

Lejana, muy lejana,

Que ve salir el sol, cuando las ceibas

En que hoy anida el águila, sentían

Correr la savia en su primer corteza.

Ya entonces había visto

Cruzar las lunas en las horas lentas;

Pero aun es joven cual si con sus manos

Contar sus fríos Caracé pudiera;

Aun en sus fuertes dedos

Es la maza de piedra

El brazo de la muerte que en las tribus

Derrama el frío que en Ion huesos queda.

V

¿Por qué el vicio cacique

A las turbas congrega,

Toma la maza y apercibe el arco

Que nadie sino él cimbrar intenta?

Por qué bajo sus párpados

Brilla con luz siniestra

La pupila pequeña y prolongada

En que se encienden sus miradas fieras?

¿Acaso los bohanes

La vencida cabeza

Alzan de nuevo, y su guerrera lanza

Del charrúa clavaron en la selva?

¿Acaso al otro lado

Del río como mar, las humaredas

Se ven del indio querandí, y provocan

Del Uruguay la tribu turbulenta?

No: Caracé no teme

Que los indios se atrevan

A encender junto al Hum un solo fuego

Mientras seis lunas a brillar no vuelvan.

Lo que hace que el cacique

Ciña a su frente estrecha

Las plumas de avestruz, y ajuste el ardo,

Y al par del fuego, su mirada encienda,

Es que tendido estaba

En la playa desierta,

Cuando vio que cruzaba por las islas

Del Paraná-Guazú, piragua inmensa.

Que como garza enorme,

Flotaba entre la niebla

Dando a los aires las extrañas alas,

Y volando con rumbo a la ribera.

El Uruguay en vano

Sale a su encuentro y ladra bajo de ella;

En vano, con sus olas encrespadas,

Sus costados airados abofetea;

La nave altiva:

Lanza un grito del cielo que retiembla,

Llega a la costa y, agarrando al río

Por la erizada crin, en él se sienta.

VI

A Caracé el cacique

Han rodeado las tribus más guerreras,

Y entre el espeso matorral del río,

Como banda escondida de luciérnagas,

Los ojos de los indios fosforecen,

Al ver sobre la arena

Cómo descienden de la extraña nave

Los hombres blancos de la raza nueva

Y cómo, dando al viento

Y clavando en el suelo su bandera,

Se agrupan en su torno, y con sus voces

La sorprendida soledad atruenan.

¡Extraños seres! Brillan

A los rayos del sol. Nada recelan.

Y las lomas los miran y el barranco;

Y el Uruguay se empina y los observa,

Y los indios ocultos

Mutuamente se muestran,

Con los brazos desnudos extendidos,

El grupo extraño que al jaral se acerca.

VII

Entre inmenso alarido,

Una lluvia rabiosa de saetas

Parte del matorral, y de salvajes

Un enjambre fantástico tras ellas.

La bola arrojadiza

Silba y choca del blanco en la cabeza,

Cae al sepulcro el español herido

Amortajado en su armadura negra,

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Y los guerreros blancos

Huyen despavoridos por las breñas,

Dejando sangre en la salvaje playa

Y una mujer en la sangrienta arena.

Parece flor de sangre,

Sonrisa de un dolor; es la primera

Gota de llanto que, entre sangre tanta,

Derramó España en nuestra tierra.

Pálida como un lirio,

Sola con vida entre los muertos queda.

Caracé, que a su lado se detiene,

Con avidez salvaje la contempla,

Mientras los rudos golpes

De las hachas de piedra

Del postrado español en la armadura

Y en los cráneos inmóviles resuenan.

VIII

"De los guerreros muertos

Vuestra será la hermosa cabellera:

Su blanca piel ajuste vuestros arcos,

Y sus dientes adornen vuestras tiendas;

Y sus extrañas armas,

Ove brillan como el astro, serán vuestras;

Y los tipoys que sus espaldas cubren

Como las rojas flores a la ceiba.

Caracé sólo quiere

En tu toldo a la blanca prisionera,

Que de su techo encenderá los fuegos,

Los fuegos de] amor y de la guerra".

Tal hablaba el cacique

En sus brazos llevando a Magdalena

Al bosque solitario de los talas

En que el indio formó su madriguera.

IX

Hermanos del dolor, bardos amigos,

Trovadores galanos de mi tierra,

Que me seguís en la jornada obscura

A través del misterio de la selva:

Ensayad en el alma

El acorde otoñal: la noche llega.

El acorde que suena cuando el ave

Vuelve en silencio al nido que la espera;

Y hasta el lirio más pálido del campo

Para dormir en paz su bronce cierra,

Y su perfume virgen

Con el amor de otros perfumes sueña.

Vosotros, los que al paso de la tarde

Inclináis tristemente la cabeza,

Y amáis el cielo cuando en él agita

Su ala tremante la primera estrella;

Calzaos las sandalias

Con que hasta el alma del dolor se llega.

Sí el alma vuestra, oh, bardos!,

Bañada en el Jordán de la tristeza,

Es pura como la última palabra

Que acaso os dijo vuestra madre muerta,

Llegaos en silencio

Al tálamo sangriento de la selva...

Es ya de noche; los rumores lloran...

¡No despertéis a la española enferma

CANTO SEGUNDO

I

Cayó la flor al río!

Los temblorosos círculos concéntricos

Balancearon los verdes camalotes,

Y en el silencio del juncal murieron.

Las aguas se han cerrado;

Las algas despertaron de su sueño,

Y a la flor abrazaron, que moría,

Falta de luz, en el profundo légamo...

Las grietas del sepulcro

Han engendrado un lirio amarillento;

Tiene el perfume de la flor caída.

Su misma palidez... La flor ha muerto!

Así el himno sonaba

De los lejanos ecos;

Así cantaba el urutí en las ceibas.

Y se quejaba en el sauzal el viento.

Siempre llorar la vieron los charrúas;

Siempre mirar al cielo,

Y más allá... Miraba lo invisible

Con sus ojos azules y serenos.

El cacique a su lado está tendido.

Lo domina el misterio;

Hay luz en la mirada de la esclava.

Luz que alumbra sus lágrimas de fuego,

Y ahuyenta al indio, al derramar en ellas

Ese dulce reflejo

De que se forma el nimbo de los mártires,

La diáfana sonrisa de los cielos.

Siempre llorar la vieron los charrúas,

Y así pasaba el tiempo.

Vedla sola en la playa. En esa lágrima

Rueda por sus mejillas un recuerdo.

Sus labios las sonrisas olvidaron.

Sólo brotan de entre ellos

Las plegarias, vestidas de elegías,

Como coros de vírgenes de un templo.

III

Un niño, llora. Sus vagidos se oyen

Del bosque en el secreto,

Unidos a las voces de los pájaros

Que cantan en las ramas de los ceibos.

Le llaman Tabaré. Nació una noche

Bajo el obscuro techo

En que el indio guardaba a la cautiva

A quien el niño exprime el dulce seno.

Le llaman Tabaré. Nació en el bosque

De Caracé el guerrero;

Ha brotado en las grietas del sepulcro

Un lirio amarillento.

Sonrisa del dolor, hijo del alma,

¡Alma de mis recuerdos!

Lo llamaba gimiendo la cautiva

Al estrecharlo en el materno pecho.

Y al entonar los cánticos cristianos

Para arrullar su sueño:

Los cantos de Belén que al fin escucha

La soledad callada del desierto.

Los escuchan las dulces alboradas,

Los balbucen los ecos

Y, en las tardes que salen de los bosques,

Anda con ellos sollozando el viento.

Son los cantos cristianos, impregnados

De inocencia y misterio,

Que acaso aquella tierra escuchó un día,

Como se siente el beso de un ensueño.

IV

El indio niño en las pupilas tiene

El azulado cerco

Que entre, sus hojas pálidas ostenta

La flor del cardo en pos de un aguacero,

Los charrúas, que acuden a mirarlo,

Clavan sus ojos negros

En los ojos azules de aquel niño

Que se reclina en el materno seno.

Y lo oyen y lo miran asombrados

Como a un pájaro nuevo

Que, unido a las calandrias y zorzales,

Ensaya entre las ramas sus gorjeos.

Mira el niño a la madre. Está llorando,

Lo mira y mira el cielo,

Y envía en su mirada al infinito

Un amor que en el mundo es extranjero.

Mas ya ama al bosque, porque da su sombra

Al indiecito tierno;

Ya es para ella más azul el aire,

Más diáfano el ambiente y más sereno.

La tarde, al descender sobre su alma,

Desciende como el beso

De la hermana mayor sobre la frente,

Del hermanito huérfano;

Y tiene ya más alas su plegaria,

Su llanto más consuelo,

Y más risa la luz de las estrellas,

Y el rumor de los sauces más misterio.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

V

¿Adónde va la madre silenciosa?

Camina a paso lento

Con el niño en los brazos. Llega al río.

¡Es la hermosa mujer del Evangelio

¡E invoca a Dios en su misterio augusto!

Se conmueve el desierto.

Y el indio niño siente en su cabeza

De su bautismo el fecundante riego.

La madre le ha entregado sollozando

El gran legado eterno.

El Uruguay, al ofrecer sus aguas

Entona en el juncal un himno nuevo.

Se eleva, en transparentes espirales

El primitivo incienso;

Una invisible aparición derrama

De su nimbo la luz entre los ceibos.

Se adivinan cantares

A medio pronunciar que flotan trémulos.

Y de que seres absortos los escuchan

Se cree sentir el contenido aliento;

Hay sonrisas posadas

Entre los puros labios entreabiertos

De un invisible coro que, en el aire,

Bate a compás sus alas en silencio.

Hay contacto del cielo con la tierra...

¡Es que hay allí misterio!

Vacila el hombre ante su influjo y mudo

Cierra los ojos, para ver más lejos.

VI

Madre: ¡no llores más! Siempre en tus ojos

Gotas de llanto veo

Que humedecen tu voz y tus miradas,

Tus cantos y tus besos;

Con ese llanto siempre

Al despertar te encuentro

Quién lleva, pobre madre, tantas lágrimas

Hasta el mismo silencio de tus sueños?

¡No llores más! Porque no llores nunca

Yo rezo, siempre rezo

La oración qué despierta en mis auroras

Y se duerme conmigo cuando duermo.

¿Por qué lloras? Las tribus no te ofenden.

¿Oyes? Están muy lejos.

Beben sangre de Palmas y algarrobos,

Y después dormirán no tengas miedo.

En la cruz que reciben las plegarias,

En esa que has clavado entre los ceibos,

A hacer su nido bajarán los ángeles

Y a recoger mis ruegos.

No llores, que la virgen invisible

Que me enseñas a amar, vendrá por ellos.

Y a ti también te besará en la frente,

Y a nuestro lado velará tu sueño.

La madre sollozaba;

Estrechaba a su hijo sobre el seno,

Y sus miradas húmedas

Escalaban los mundos ascendiendo.

Huían de la tierra, hasta posarse

En el regazo eterno

Pero el cielo ansiosas descendían

El indio niño a acariciar de nuevo.

VII

Cayó la flor al río,

Y en el obscura légamo

Derramó su perfume entre las algas.

Se ha marchitado, ha muerto.

Las algas la estrecharon

En sus brazos de hielo...

Ha brotado en las grietas del sepulcro

Un lirio amarillento.

VIII

Duerme, Hijo mío. mira: entre las ramas

Está dormido el viento;

Así tu llanto

No será acerbo.

Yo empaparé de dulces melodías

Los sauces y los ceibos,

Y enseñaré a los pájaros dormidos

A repetir mis cánticos maternos.

El niño duerme, Duerme sonriendo.

La madre lo estrechó dejó en su frente

Una lágrima inmensa, en ella un beso,

Y se acostó a morir. Lloró la selva

Y, al entreabrirse, sonreía el cielo.

XI

¿Sentís la risa? Caracé el cacique

Ha vuelto ebrio, muy ebrio.

Su esclava estaba pálida, muy pálida...

Hijo y madre ya duermen los dos sueños.



LIBRO SEGUNDO

CANTO PRIMERO

I

¿Quién ata las pasadas sensaciones

En haces de quimeras

Que, al roce de un recuerdo no buscado

Juntas en el cerebro se despiertan,

Y nadando en un medio indefinible

Con nuestras almas piensan?

Las notas ignoradas que en la noche

Hasta nosotros llegan

¿Por quién son recogidas, ajustadas

A un ritmo misterioso, a una cadencia,

Para formar ese himno prolongado

Con que las sombras ruega:

Esa flotante ebullición sonora

Que en el aire semeja

De mil voces distintas y lejanas

Los ayes, las palabras o las quejas

Que a extinguirse temblando a nuestro lado

Como heridas se acercan?

¿Quién llora con la luna en los sepulcros,

Y ríe en las estrellas.

Y respira en las auras otoñales,

Y anima la hoja seca,

Y es Perfume en la flor. iota en la lluvia

Y en la Pupila idea?

Acaso en los espacios infinitos

Que el hombre no penetra,

La vida y la armonía se difunden

En cuyas formas entran,

Corno elemento indispensable y justo,

Los ignorados llantos de la tierra.

Los ayes de las razas extinguidas,

Su soledad eterna,

Los destinos obscuros, lo, suspiros,

Las lágrimas secretas.

Los latidos que el mundo no comprende

Y en la eterna armonía se condensan.

vosotros, los que améis losimposibles,

Los que vivís la vida de la idea,

Los que sabéis de ignotas muchedumbres

Que los espacios infinitos pueblan;

Los que escucháis quejidos y palabras

Donde el silencio reina

Y algo más que la idea del invierno

Os sugiere el rodar de la hoja seca.

Escuchad el acorde arrebatado

Al rumor misterioso de la selva,

La voz de aquella noche sin aurora

Que difunde, su sombra en mi leyenda.

II

La corriente del tiempo,

En brazos del pasado,

Como el cadáver de otros tantos hijos,

Ha dejado los años tras los años.

Al tramontar las lomas Del Uruguay, el astro

Deja envuelto en la sombra de las islas

A un villorrio español, que fue fundado

En la desierta margen donde el río

San Salvador, hermoso tributario

Del Uruguay, derrama en éste

Su caudal, entre sauces y guayabos.

El pueblo aquel, sentado en el desierto

Como un aventurero temerario,

¿Es algo más que una visión de gloria?

¿Brotó del suelo o descendió de lo alto?

Sus cimientos han sido varias veces

Con sangre de dos razas amasados;

Sus techos convertidos en hogueras,

Varias veces al campo iluminaron;

Y ya, más de una vez en la colina

Quedaron sus escombros solitarios,

Como los negros miembros de un gigante

Por la zarpa del tigre hecho pedazos.

Desde el fondo del bosque, los charrúas

Observan los bastiones castellanos,

Las rudas estancadas

De troncos de algarrobos y quebrachos

Antemura sin fosos ni poternas,

Remedo de baluarte que, hacia el campo

Defiende el caserío

Cuyos techos se asoman al barranco.

Techos pajizos de bambú, con hebras

de la raíz del ñapindá amarrados;

Muros de tierra negros

Entre despojos de bateles náufragos,

Que rodean la casa construida

Por Juan de Ortiz, el viejo adelantado,

Con sillares de piedra

Que el tiempo y los incendios respetaron;

Tal es la población conquistadora

En que aun tremola el pabellón hispano,

Sereno corno siempre

El desierto sin nombre desafiando,

En una tierra, madriguera hermosa

Del indio más bizarro

De los que aullaron y aguzaron flechas

En el salvaje mundo americano:

Como el cachorro oculto bajo el cuerpo

Del tigre provocado,

Así se esconde la uruguaya tierra

De su indómito rey bajo los arcos.

El indio ruge, al escuchar la planta

Del extranjero blanco,

Con rugidos de rabia y de deseo,

Siempre en acecho, cauteloso, huraño.

Brilla el ojo del indio en la espesura;

Suena por todos lados

Su alarido feroz; brotan rabiosos

De entre las flores sus agudos dardos.

¿Dónde se esconden? Donde esconde el viento

Sus gritos ignorados.

Donde esconde la muerte las lumbreras

Que enciende sobre el haz de los pantanos.

Allí donde tan sólo se ve un grupo

De chircas o de cardos,

Hay rostros, escondidos en la sombra,

Siempre despiertos, sangre olfateando.

Allá en el matorral algo se mueve...

¿Quién trepa en el barranco?

¿Sentís un grito en la lejana orilla?

Es la muerte... si vais, veréis su rastro.

¿Qué hay más allá? Lo ignoto, lo imprevisto,

Quizá lo sobrehumano;

Algo más que la muerte, más oscuro...

¿Quién se llega hasta él? ¿Quién va a retarlo?

España va, la cruz de su bandera,

Su incomparable hidalgo;

La noble raza madre en cuyo pecho

Si un mundo se estrelló, se hizo pedazos,

El pueblo altivo que, en la edad sin nombre,

Era el cerebro acaso

Del continente muerto,

Ya sumergido en el abismo Atlántico.

Que, no teniendo en sí, para el cadáver

De aquel coloso espacio.

Dejó asomar, sobre la vasta tumba

Miembro insepulto, el mundo americano,

Sólo España ¿quién más? sólo ella pudo,

Con pasmo temerario.

Luchar con lo fatal desconocido;

Despertar el abismo y provocarlo;

Llegarse a herir el lomo del desierto

Dormido en el regazo

De la infinita soledad su madre,

Y en él cavar el pabellón cristiano,

Y resistir la convulsión suprema

Del monstruo aquél al revolverse airado,

Sin que el pavor le acongojara el alma,

Ni el resistir le desarmara el brazo.

III

En las torcidas calles del villorio

La guarnición se ve diseminada:

Quién aguza en la piedra

El hierro de su lanza,

Quién enluce un mohoso

Capacete, o remalla

Alguna vieja cota, o busca en vano

Sobre la gola encaje a la celada;

Quién las piezas ajusta

De sus gastadas armas,

Espaldares o antiguas escarcelas

De coseletes varios arrancadas;

Mientras allá, a la sombra

Tendido en una acacia,

Algún soldado arrulla sus recuerdos

Con un cantar querido de la patria.

El brazo desfallece,

Sin que por ello desfallezca el alma

De los rudos guerreros españoles

Que para dar la postrimer lanzada,

Persiguen y no encuentran

El corazón de la invencible raza

Que prolonga el honor de su agonía

Más allá de su vista legendaria

En el cobrizo Pecho de algún indio

Postrado en la batalla,

Las escamas grabadas y arabescos

Se hallaron de las cotas Y corazas.

De los blancos guerreros que el charrúa,

Con fuerza extraordinaria,

Estrujaba en el nudo de sus brazos

Que la Muerte tan sólo desataba;

Y en los dientes de muchos,

O en sus manos crispadas

Trozos sangrientos de enemiga carne

Con vestigios de vida palpitaban

Pero jamás un ruego,

Nunca una Sola lágrima

Plegó los labios ni anublo los ojos

Del sueño de las selvas uruguayas.

IV

Sapicán, el cacique mas anciano,

Ya cayó en la batalla

Después que Por Garay en la llanura

Vio deshechas sus tribus más bizarras.

Sopló la Muerte y apagó en sus ojos,

Sedientos de venganza

El último fulgor. Pero aun la muerta

Bel indio en las pupilas amenaza,

Cuando las tribus, con clamor inmenso,

Del combate separan

Su cadáver, envuelto en los vapores

De la caliente sangre que derrama.

Murió; pero en la noche, cuando el astro

No alumbra las barrancas

Y se duermen las víboras, y agita

Sólo el ñacurutú sus lentas alas;

Cuando las sombras salen de los árboles

Y con los vientos andan.

Y la nutria nadando cruza el río,

Y canta el grillo oculto entre las matas,

El cacique aparece.

Ya lo han visto las tribus espantadas

Buscar en vano su arco entre los juncos

0 su maza de pórfido en las aguas.

Cuando como jauría

De lebreles con alas,

Vientos de tempestad cruzan rabiosos

Aullando de la selva entre las ramas;

Cuando las nubes negras

Se ven amontonadas

Un momento no más sobre el relámpago

Que por el fondo de los cielos pasa,

Y las gotas de lluvia

En las hojas restallan,

Y golpean el lomo de los tigres

Que encandilados y encogidos braman.

La sombra silenciosa

Cruza en los aires pálida,

En medio la tormenta que acaudilla

Con su antigua actitud siempre gallarda.

Esa es su frente estrecha,

Su cabellera lacia,

Y su saliente pómulo, y sus ojos

Pequeños, de pupila prolongada.

Al acecho dispuesta

Y a devorar distancias;

A encenderse, a apagarse entre la sombra,

Y a comprimir relámpagos de rabia.

El viento que en su torno

Los centenarios ñandubáis descuaja,

No mueve ni un cabello del cacique

Que a través de los árboles resbala,

y si acaso dispersa

Los miembros de la sombra alguna ráfaga

De los vientos del Sur vuelven al punto

A reunirse y cobrar la forma humana,

El rayo no lo ofende

Aunque a liarse a su cabeza vaya,

O silbando en su cuerpo se retuerza

Y lo ilumine con su lumbre cárdena.

El indio sigue mudo,

Buscando siempre su guerrera maza,

Y a su paso los tigres se espeluznan

Y las tribus se esconden espantadas.

Las plumas erizando,

Dando graznidos, el fulgor apagan

De sus redondos ojos las lechuzas

Que huyen a guarecerse en las barrancas.

Hasta que, al oír el indio

La primera canción que anuncia el alba,

En el aire sutil pierde sus formas,

Se diluye en la luz, se va o se apaga.

V

También Abayubá cayó en la lucha!

Abayubá a quien llaman

En vano con sus grandes alaridos

Las tribus que el cacique acaudillaba.

Era el joven amado

Del viejo Sapicán; con sus palabras

Encendía el valor de los charrúas

Y con su paso y su actitud gallarda.

Aun contaba sus fríos

Por sus manos que, hiriendo con la maza,

Eran rudas y fuertes como el viento

Que sopla al Uruguay desde las pampas.

¡Cómo cayó! Al sentirse

Pasado por el hierro de una lanza,

Trepó por ésta hasta morir, cortando

Con el diente afilado por la rabia.

La rienda del caballo en cuya grupa

El español acaba

Con el puñal, la destructora brega

Que la ocupada lanza comenzara.

VI

¿Y Añagualpo, el gigante? ¿Y Yandicona?

También sus sombras vagan

En la noche sin lunas, y se envuelven

En el triste vapor de las montañas.

¿Qué fue de Tabobá? También ha muerto

Buscaba en el combate la venganza

De Abayubá, cuando del sueño frío

Sintió en los huesos la corriente helada.

El fiero Magaluna.

Ligero como el tigre, se abalanza

Al cuello del corcel del enemigo

Al que sus dientes y sus uñas clava:

Se agita, grita, ruge.

Mientras el jinete el pecho le traspasa:

Sólo la muerte lo desprende, y yerto

El cuerpo sólo se desploma y calla.

No volverá a tenderse

El arco de algarrobo que ajustaba

La mano de Yaci, del joven indio

Que daba muerte al yacaré en las aguas:

No encenderá sus fuegos

En el bosque del Hum ni en sus barrancas

El valiente Terú; las sombras negras

Gimen cuando se posan en sus armas.

Maracopá y Abaroré no existen¡

¡Gualconda ya es esclava!

Ya no reirá la dulce Liropeya,

La virgen más hermosa de la playa.

Hija del tiempo de los soles largos,

Que brillan en las ramas

Cuando el botón del ceibo se revienta

Como urna de sangre. Por llevaría

A sus toldos de pieles, muchos indios

Se hendieron con sus hachas;,

Venció Yandubayú,

Pero la virgen En vano llora y al cacique aguarda.

Murió Yandubayú, ¡también ha muerto?

Jamás en su piragua

Vendrá a buscar a Liropeya, nunca

Se oirá su voz en medio la batalla.

Los hijos valerosos

De muchas indias, cuando no contaban

Haber visto diez veces hojas nuevas.

Abrir en el penacho de las palmas,

Han caído en la lucha

Dando débiles gritos de venganza;

Sus brazos no eran fuertes y sus flechas

Eran temidas sólo de las gamas.

Los viejos que habían visto

Nacer la primer luna, y en los talas

En que hoy las uñas el leopardo afila

Habían visto correr la primer savia,

También hicieron arcos,

Y aguzaron las puntas de las lanzas,

Y fueron al combate lentamente

Apoyados en ellas o arrastrándolas.

Y todos han caído

Unos tras otros en la diestra pampa;

Y nadie abrió sus párpados; la noche

Bajo de ellos quedó, la noche larga,

Triste, sin lunas, la del viento negro,

En la que nunca aclara.

Ya no se mueven los caciques indios,

No encienden fuegos; para siempre callan.

VII

Héroes sin redención y sin historia,

Sin tumbas y sin lágrimas!

¡Estirpe lentamente sumergida

En la infinita soledad arcana!

¡Lumbre espirante que apagó la aurora,

Sombra desnuda muerta entre las zarzas

Ni las manchas siquiera

De vuestra sangre nuestra tierra guarda,

Y aun viven los jaguares amarillos!

¡Y aun sus cachorros maman!

¡Y aun brotan las espinas que mordieron

La piel cobriza de la extinta raza!

Héroes sin redención y sin historia,

Sin tumbas y sin lágrimas;

Indómitos luchasteis... ¿Qué habéis sido?

¿Héroes o tigres? ¿Pensamiento o rabia?

Como el pájaro canta en una ruina,

El trovador levanta

La trémula elegía indescifrable

Que a través de los árboles resbala,

Cuando os siente pasar en las tinieblas

Y tocar con las alas

Su cabeza, que entrega a los embates

Del viento secular de las montañas.

Sombras desnudas que pasáis de noche

En pálidas bandadas

Goteando sangre que, al tocar el suelo,

Como salvaje imprecación estalla:

Yo os saludo al pasar. ¿Fuisteis acaso

Mártires de una patria,

Monstruoso engendro a quien feroz la gloria

Para besarlo, el corazón arranca?

Sois del abismo en que la mente se hunde

Confusa resonancia;

Un grito articulado en el vacío

Que muere sin nacer, que a nadie llama;

Pero algo sois. El trovador cristiano

Arroja, húmedo en lágrimas

Un ramo de laurel a vuestro abismo...

Por si mártires fuisteis de una patria!

CANTO SEGUNDO

I

¿Que queda entonces de la tribu errante

Del Uruguay? ¿Qué de su altiva raza?

Aun resta su agonía asida al suelo,

La fiera agita su convulsa zarpa.

Quedan indios aún para la muerte

Que cautelosos por los bosques andan,

Cual rebaños de tigres que en el pueblo

Siempre encendidas sus pupilas clavan.

De noche, por las lomas o entre el bosque,

Como gritos de luz, se ven las llamas

De señales charrúas que se cruzan,

Se avivan, se repiten o se apagan;

Y alguna vez, el temeroso aullido

Que algún consejo al terminar levanta,

Al pueblo llega, en ráfaga del aire,

Como rumor de tempestad lejana.

Un temor imprevisto y repentino

Entonces suele atravesar las mallas;

Los soldados se miran, y suspenden

La ardiente relación de sus hazañas;

Parece que en sus labios animados

Tropezase un momento la palabra

mas pronto, cuando advierten con despecho,

Que, sin quererlo, ha vacilado el alma,

Sus risas y burlescas maldiciones

En el silencio momentáneo estallan

Y, al amor de la lumbre, se reanuda

Con nuevo ardor la interrumpida plática,

II

Don Gonzalo de Orgaz, joven bizarro,

Manda en jefe la plaza;

La cimera encarnada de su yelmo

Marcó siempre el peligro en la batalla.

Olvidó muchas veces en la lucha.

El toque a retirada;

Era noble y valiente, noble y bueno,

Bueno y celoso de su estirpe hidalga.

III

¿Por qué el valiente aventurero trajo

Consigo a Doña Luz la castellana,

y a su mujer expone a los peligros

Que ambicionó para lustrar sus armas?

Que hace a su lado. qué hace de sus días

En esta vasta soledad: qué aguarda

Esa otra niña, la de tez morena,

Blanca, la hermosa, la inocente Blanca?

¿Para qué brillan esos ojos negros,

Profundos hasta el alma.

Y en que la luz del sol de Andalucía

Brillo, de estrellas presta a las miradas?

Exprimió el mismo seno que Gonzalo;

Lloró la misma madre. y solitaria.

Riendo con el cielo

En que su madre se perdió llamándola.

Quedó en el mundo sin más sombra amiga

Que la armadura de su hermano hidalga;

Allí recuerda su niñez reciente.

Y espera el porvenir allí sentada.

¿Qué impulso los condujo

A la salvaje tierra americana?

¡Quién sabe! Acaso el mismo misterioso

Que une las notas que en el aire vagan.

En prolongado acorde

De transparentes arpas.

Que suenan en el viento, en los recuerdos,

En los vagos crepúsculos del alma.

Que en las noches serenas,

Y en los rayos de luna columpiadas,

Se acercan, y se alejan y en los aires

Las lentas trovas del dolor ensayan:

Ese impulso secreto

Que, aun de entre las lágrimas,

Hace brotar a: veces las sonrisas

Como luces que rielan en las aguas.

Que el polen encendido

Lleva de palma a palma.

Y hace nacer los lirios en las tumbas.

Y en el dolor abriga la esperanza.

Quizá la niña, en cuyos dulces ojos

Se mueven las miradas

Como insectos de luz aprisionados

En urnas de cristal negras y diáfanas,

Allí, en la tierra en que una raza expira,

Es la nota con alas

Que mezclada a un acorde moribundo,

De gritos de dolor hará plegarias.

El Uruguay, al verla en sus orillas,

Palpitaba en sus aguas,

Y templaba en los juncos, y en la arena

Dejaba notas, quejas y palabras.

El astro que pasea las colinas,

Con su dulce mirada

Seguía a la española que en la tarde

Paseaba tristemente por la playa;

Y buscaba sus ojos cuando, sola,

Sentada en la barranca,

Quedaba confundida en las tinieblas

Que sus esbeltas líneas esfumaban.

Parece que este mundo americano

A aquella niña aguarda

Porque en sus ojos brillen sus estrellas,

Porque su viento pueda acariciarla,

Porque sus flores tengan quien recoja

La esencia de sus almas

Y las corrientes de sus grandes ríos

Que oiga y ame sus canciones vagas.

IV

Era una hermosa tarde.

Huía la sonrisa de los cielos

En los labios del sol que la llevaba

A imprimirla en la faz de otro hemisferio.

De su excursión al bosque

Tornan Gonzalo y diez arcabuceros,

Fue eficaz la batida: un grupo de indios

Viene sombrío caminando entre ellos.

Otros muchos quedaron

Tendidos en el campo; el viento fresco

La sangre orea en las hispanas armas,

Y en la piel de los indios prisioneros.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .... ... ... ... ... ... ...

No son tigres, aunque algo

Del ademán siniestro

Del dueño de las selvas se refleja

En su fiera actitud. Caminan; vedlos.

Son el hombre charrúa,

La sangre del desierto,

La desgracia estirpe que agoniza

Sin hogar en la tierra ni en el cielo,

Se estrechan se revuelven,

Las frentes sobre el pecho,

En los ojos obscuros el abismo,

Y en el abismo luz, luz y misterio.

Parece que en el fondo

De esos ojos a intervalos,

Un monstruo luminoso se moviera

Sus anillos flexibles revolviendo;

Con rápidos espasmos

Se sacuden sus miembros;

Sus músculos elásticos y duros

Al salto y la carrera están dispuestos;

La sangre apresurada

Circula bajo de ellos

Como corre callado entre las breñas

Un rebaño de fieras que va huyendo;

No hay en su rostro inmóvil

Ni siquiera un reflejo

Del espíritu extraño y concentrado

Que, al parecer, lo anima desde lejos;

Se advierte en su mirada

Un constante recelo,

Y una impasible languidez que tiene

Algo de triste, mucho de siniestro.

Son esbeltas sus formas,

Duros sus movimientos;

La tez cobriza, el pómulo saliente,

Negros los ojos, como el odio negros.

Sobre los fuertes hombros

Se derrama el cabello

En crenchas lacias. rígidas y obscuras,

Que enlutan más aquel huraño aspecto.

Pupila prolongada

Que prolongó el acecho:

Dilatada nariz y estrecha frente

A que se ajusta enhiesto.

Un erizado matorral de plumas

De colores diversos

Que parecen brotar de la cabeza

Como brotan de un tronco los renuevos.

Jamás mira de frente,

Jamás alza la voz: muere en silencio,

Jamás un signo de dolor se posa

Entre sus labios pálidos y gruesos.

No borra ni el suplicio

Su ademán de desprecio

Sólo el combate en su fragor arranca

Estridente alarido de su pecho.

Entonces, semejantes

A los colmillos del jaguar sediento,

Brillan entre los labios del salvaje

Los dientes blancos con horrible gesto.

Son el hombre-charrúa

La sangre del desierto,

La desgraciada estirpe que agoniza

Sin hogar en la tierra ni en el cielo.

V

El grupo de Indios, como viva masa

De apeñuscados cuerpos,

Adelanta, rodeado de arcabuces,

Entre las casas del pajizo pueblo.

Salen de sus viviendas las mujeres

Y los hombres a verlos;

Ni una impresión se nota en sus semblantes,

Todos caminan impasibles, fieros.

Ah!... todos no: miradlo. ¿Quién es ese

Que se detiene trémulo?

¿No es su pupila azul? Azul, no hay duda.

¿Que hay en ella? ¿Terror? ¿Asombro? ¿Miedo?

¡Extraño ser! ¿Qué raza da sus líneas

A ese organismo esbelto?

Hay en su cráneo hogar para la idea,

Hay en su frente espacio para el genio.

Esa línea es charrúa; esa otra. .. humana.

Ese mirar es tierno. ..

¿No hay en el fondo de esos ojos claros

Un ser oculto con los ojos negros?

La blanda piel de un tigre

Ha ceñido su cuerpo;

No se ha pintado el rostro, ni su labio

Ha atravesado el signo del guerrero.

Es pálido, muy triste; en su semblante

Y en su azorado aspecto,

Hay algo misterioso

Que inspira amor, o desazón, o duelo.

¿Por qué se ha desprendido de su grupo?

¿Se ha apoderado un vértigo

De ese salvaje enfermo que venía

Entre los otros indios prisionero?

La onda de un suspiro

Se ha notado quizá sobre su pecho,

Y se hubiera creído al observarlo,

Que ha roto entre los dientes un lamento

No es ira, no es encono; ¿qué es entonces

Ese temblor extraño de sus miembros?

¡Así sacude su prisión el alma

Cuando estallan en ella los recuerdos!

VI

Es que Blanca, al pasar lo está mirando

Con inocente empeño,

Y él clava en ella los azules ojos

Cual poseído de un pavor intenso.

La mira absorto, fijo, con el labio

Inmóvil y entreabierto:

Parece interrogar alzo invisible,

A al mismo, a su sombra, a su recuerdo.

Diríase que alumbra sus pupilas

El cercano reflejo

De algo como una aparición radiosa

Sensible sólo para el indio enfermo.

Y por la lumbre intensa de una idea

Que viene desde adentro;

Que arde en el alma y llega hasta los ojos

Y con la otra visión se funde en ellos.

Esperando a Gonzalo estaba Blanca

En el umbral de su morada: al verlo

Corrió hacia él, y distinguió al salvaje

Que allí venía entre los otros presos.

Ved como tiembla el indio

De ojos extraños de color de cielo.

Blanca esa noche se encontró llorando

Al acordarse del salvaje enfermo,

VII

Cavó una flor al río.

Los temblorosos círculos concéntricos

Balancearon los verdes camalotes

Y entre los brazos del juncal murieron.

Las grietas del sepulcro

Han engendrado un lirio amarillento.

Guarda el perfume de la flor caída,

La flor no existe: ha muerto.

Así el himno cantaban

Los desmayados ecos:

Así lloraba el urutí en 1as ceibas.

Y se quejaba en el sauzal el viento,

VIII

¿Quién es ese charrúa que suspira?

¿Quién es el prisionero

Que es capaz de alumbrar con luz del alma

Esos sus ojos de color de cielo?

Tabaré lo apellidan los charrúas,

O el hijo de los ceibos. . .

¡Hijo de mi dolor! una española

Le decía llorando ha mucho tiempo.

... .... .... .... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ..

Las grietas del sepulcro

Han engendrado un lirio amarillento;

Tiene el hábito de la muerte,

Su extrema palidez y su misterio.

IX

El pánico del indio indescriptible

Duró sólo un momento;

Marchando confundido entre los otros

Se aleja Tabaré; pero a lo lejos

Entre el grupo cobrizo se destacan

Las líneas de su cuerpo

De una amarilla palidez. La niña

Lo sigue con los ojos largo tiempo,

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

X

-¿Quién es Gonzalo, ese Indio que trajiste,

El de la frente Pálida.

Qué me miró de un modo tan extraño

Cuándo venía entre tus hombres de armas?

¿Está enfermo? Qué tiene? Me despierta

Una profunda lástima.

¿Qué tiene en esos ojos? ¿Lo recuerdas?

¿Qué harás con él? ¿Quién es? ¿Cómo se llama?

-¿Lo sé yo acaso? Ese hombre es un misterio,

Es un misterio, Blanca.

Al cruzar aquel bosque lo encontramos

En actitud de duelo o de plegaria.

Y es el mismo, lo es, estoy seguro,

Que he visto en las batallas

Reír con el peligro y con la muerte,

Bravo como el aliento de su raza.

¡Y qué! ¿Tiene algún crimen?

¿No lucha por su hogar y por su patria?

¿No defiende la, tierra en que ha nacido,

La libertad que el español le arranca?

Cuando a él nos llegamos,

No sintió nuestros pasos a su espalda,

Ni demostró sorpresa, al verse solo,

Rodeado de arcabuces y de adargas.

Por cárcel este pueblo s¿ le ha dado.



LIBRO TERCERO

CANTO PRIMERO

I

Genios de las riberas,

Invisibles espíritus del bosque,

Que convertís en moscas o en reptiles

A los indios que vagan por la noche;

Seres que, en las tinieblas,

Gastáis el tiempo el, ajustar los broches

De la dormida flor, mientras su ovario

Abre su amor al encendido polen;

Que elaboráis en ella

El dulce néctar que la abeja sorbe

Y los frescos aromas, que sedientos,

Los labios de los céfiros recogen;

O en la mortal cicuta

Vivís acurrucados, de los hombres

Acechando el secreto de la vida

Y destiláis la hiel de los dolores.

Y agriáis la crespa hierba

Que ni el carpincho ni la nutria comen,

Y envenenáis al avestruz dormido

Los huevos bajo el ala sin que os note.

II

Vírgenes transparentes

Que os colgáis en las ramas de los molles,

Y os columpiáis, con vuestros pies trazando

Rayas de luz sobre la linfa inmóvil ,

Y en esas lacias hebras

Con que acaricia el sauce al camalote

Subís y descendéis llevando al río

Rayos de luna en haces brilladores;

O hundidas en un lecho de espadañas

Os reclináis en los desiertos bordes,

A escuchar el secreto de las olas

Que transformáis en trémulas canciones;

Pobladores del aire

Leves y multiformes,

Hijos de los crepúsculos azules

Que con las alas embozáis los montes;

Que taladráis el diente

De la víbora en donde

Derramáis los licores ponzoñosos

-Que al infiltrarse, el corazón corroen;

Que en los ojos del tigre

Encendéis vuestra antorcha y las visiones

Preparáis a su luz disparatadas

Y las vaciáis en sus extraños moldes;

Que en la blanca osamenta,

Hacéis brotar los fuegos fatuos dobles,

Esos que, sobre el haz de los pantanos,

Ebrios, inquietos e impalpables corren.

Suben, bajan, se arrastran, se persiguen,

Se agitan y se rompen,

Y se apagan los unos a los otros

Sin que el aire los mueva ni los sople;

Almas de los murmullos,

Espíritus errantes de las flores

Que, al murmurar, hacéis más perceptible

El solemne silencio de los orbes;

Invisibles remeros

Que empujáis blandamente al camalote

En que navega incorporado el tigre

Que dormido en la orilla descuidóse;

Engendros de los ríos

Que recortáis la escama y los arpones

Del dorado debajo de las islas

Que en vuestros hombros sostenéis a flote,

Meciéndolas en ellos

Sin que el río en que nadan se desborde,

Ni el movimiento imperceptible y blando

Las húmedas barrancas desmorone;

Seres que, como llamas apagadas,

Sois de un pasado informe

La vida actual y eterna, cuyo velo

La fuerza del espíritu descorre;

Testigos que no mueren.

Que acompañasteis a las tribus nómades,

Las visteis desprenderse de su tronco

Y viajar, sumergiéndose en la noche:

Brotad de entre los tiempos y escuchadme.

Yo os nombraré por vuestros propios nombres;

En la forma, en la voz y el movimiento

Mi espíritu sutil os reconoce.

Cabalgando en las horas que pasaron,

Que el tiempo enfrena y en su noche esconde

Desatad vuestras alas puntiagudas

En legiones aéreas y deformes.

¡Horadadme esa tierra!

¡Sacudidme ese monte!

Como caen los cabellos de un anciano

Como el cardo desgrana sus plumones,

De la muerta cabeza

En que pensó una raza, acaso logre

Ver desprenderse el pensamiento oculto

Sobre mi frente cuando yo os invoque.

Dad un vuelco a ese río!

Salid, desde su légamo a sus bordes,

Con secretos del agua y de la arena,

De los huesos de piedra que se esconden

En el profundo limo

En que tienen las algas sus amores,

Se arrastra el yacaré, duerme la raya,

Y la tortuga sus nidadas pone.

Infundid en ese indio

Que ahora penetra en el callado bosque

Los latidos postreros de una raza

Que a vuestro acento viven y responden;

Latidos de esperanzas imposibles,

Rudo y último acorde

De las arpas malditas que sonaron

-Pulsadas por la muerte y los dolores.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

III

Es Tabaré. Penetra nuevamente

A su nativo bosque,

Cuyos añosos árboles lo miran

Y a su paso sus troncos interponen.

Y le tienden los brazos descarnados

Con raras contorsiones,

Como fantasmas que en inmóvil danza

Cruzan y se retuercen por el monte.

Y en torno de él se agrupan a mirarlo,

Y así que lo conocen,

Después de herirlo con los brazos negros,

Se dispersan en todas direcciones.

Y los duros lagartos al sentirlo

Hacia sus cuevas corren,

Y asoman las cabezas puntiagudas,

Y el largo cuerpo sin calor encogen.

Y las ranas se callan un instante

Mientras pasa, y sus voces,

Como largos quejidos, a su espalda,

Cuando ha pasado, nuevamente se oyen.

Y los nocturnos pájaros lo siguen

En negras procesiones:

El chajá dando saltos por el suelo,

Chirriando esos murciélagos enormes.

Que, como manchas de la misma sombra,

La obscuridad recorren,

Persiguiendo los átomos, o huyendo

Atolondrados de invisible azote.

Detrás de cada tronco, acurrucada,

Parece que se esconde

Alguna cosa que, al pasar el indio,

Sigue tras él con movimiento torpe.

El siente a sus espaldas ese mundo

Que su alma sobrecoge;

Mas no se vuelve, y apresura el paso

Y sigue, y sigue sin saber adónde.

¿Cuánto anduvo? El indio no lo sabe.

Era la media noche

Quizá, cuando, rendido por la fiebre,

Detúvose entre rudas convulsiones,

Pues la luna, en lo alto de los ciclos,

Los transparentes bordes

De las nubes plomizas encendía

Franjeándolas de tenues resplandores.

De las que ante su disco se atraviesan,

Parecen los Jirones

Las siluetas de negros cocodrilos

Que la infinita soledad recorren;

Palidecen lejanas las estrellas

Que, desde lo alto, vuelan hacia el Norte,

La cruz del Sur se inclina esplendorosa

Con los brazos tocando el horizonte.

Tabaré escucha: En el profundo hueco

De sus ojos inmóviles

Introduce sus dedos el delirio

Que atruena su cabeza con sus voces;

Y otra fugaces, ora persistentes,

Comenzaron entonces

A hablar y cobrar vida los espacios,

La tierra, el aire, el corazón del bosque.

IV

Y a los pies del charrúa

La tierra daba gritos.

Retorcían los árboles sus troncos

Como animados de un airado espíritu:

-¡El genio de la tierra

Ha de morder tus pies, con los colmillos

De sus víboras negras, que se arrastran

Silbando como el viento! ¡No eres indio!

-¡Pasa! ¿Por qué me huellas?

La sangre brota de tus pies heridos.

¿Por queme manchas? De tu sangre nacen

Malas serpientes, negros cocodrilos.

-¡No te detengas; huye!

Aquí en mi ceno no hallarás abrigo;

Ya para ti la patria es un recuerdo,

¿No te sientes llamar? Es el abismo.

Tabaré oyó la voz, cual si brotara

De las grietas del suelo removido:

Lejanas muchedumbres

A sus pies agitaban el vacío;

Crujían las raíces de los árboles,

Cual si un extraño fluido

Las retorciera al circular en ellas,

Dándoles movimientos convulsivos.

Y del añoso ceibo

Cayó, volteando en animados giros,

Una hoja seca que miró al charrúa

Que a su vez la miraba, y ella dijo:

Yo rodaré a tus pies ensangrentados,

Realidad de mi símbolo;

El viento me ha arrancado de mi rama,

A ti te empuja el viento del destino.

Yo vivo con la vida de tu estirpe

Con tu fiebre palpito;

Y mi polvo y el polvo de tus huesos

Van a formar el légamo del río.

Vamos, charrúa; sígueme, salvaje:

Nos llama el torbellino.

Tus lunas han pasado; el sueño negro

Anda en tus venas derramando frío.

Te vuelca el suelo. ¿No lo sientes? Vente;

Vente, sigue conmigo;

¿No sientes el aliento de otra raza

Que te sopla del suelo en que has nacido?

Es la raza de vírgenes tan pálidas

Como la flor del lirio,

Hermosas cual la luna, cuando se hunde

Entre las aguas trémulas del río;

Y tienen luz de aurora en la mirada,

Y sus ojos tranquilos

Miran con odio al indio de los bosques,

Y le llaman maldito.

Vamos, charrúa; sígueme, salvaje:

Mira aquel remolino.

Vientos de tempestad vienen de lejos

Aullando como perros fugitivos.

Las sombras que recorren la maleza

Lanzan agudos gritos

Esas llamas sin luz marcan la ruta

Por donde corren los que fueron vivos.

Los impasibles ojos del charrúa

Siguen los vanos giros

De la hoja en cuyas venas circulaba

La vida de un espíritu cautivo.

Que en pie la sostenía,

la empujaba contra el viento mismo,

la llevó saltando y retorciéndose,

Siempre mirando y señalando al indio.

V

Oye entonces el aire de la noche

Que a su lado respira

Jadeante y con penosa intermitencia

Como el hálito de alguien que agoniza:

Te ahogas?, le gritaba. Es que en tu bosque

La muerte sólo habita

Está poblado el aire por las sombras.

Por las sombras charrúas que te miran.

Vengo empapado en llanto de las tribus

Que mueren fugitivas

Vengo cargado de vapor de sangre

Que forma sobre el campo una neblina.

¿Sientes los ayes? Es la muerte; corre

Tras de las madres indias.

Que huyen sin hijos. Ellos no se mueven:

Tendidos allá están en las colinas.

Son tus hermanos, muertos en su tierra

Por la raza maldita.

Ves esa virgen que en sus sueños anda?

Está empapada de tu sangre. ¡Mírala!

VI

El Indio está de pie. Todos sus miembros

Ateridos tiritan

Le falta el suelo, y vuelve a recobrarlo

En actitud violenta y convulsiva.

La fiebre en su cabeza espeluznada

Hunde la mano rígida,

Y en sus ojos atónitos llamean

Con fosfórica lumbre las pupilas.

Todo es extraño para él: el viento,

Los árboles que imitan

Seres desnudos, negros, que en su torno,

Se han detenido, y cuyos ojos brillan

Entre cabellos que hasta el suelo bajan,

Y lentamente oscilan;

Brillan marcando el sitio en que se encuentran

Cabezas que, sin verse, se adivinan.

Los rumores que pasan, van dejando,

Por la extensión vacía,

Como esos remolinos que las barcas

Hacen surgir del fondo de las linfas,

Resonancias que brotan de la sombra,

Tumultos que se agitan,

Silencios prolongados que de nuevo

Estallan en confusas vocerías,

O dando paso a una voz triste y aislada,

Voz que parece amiga,

Y dice algo al oído de una lengua

Inteligible, pero nunca oída.

VII

Por fin. cual si las vagas sensaciones

Que el indio aun percibía

Sufrieran en la nada tenebrosa

Una inmersión violenta y repentina,

Tabaré se desploma. Un ruido extraño

Produce su caída.

Se queja el suelo? ¿Quién impone al bosque

Esa actitud de asombro o de atonía?

Las notas que pasaban,

Los rumores que huían,

Las ramas que, inclinadas por el viento,

A levantarse nuevamente iban,

Suspensos han quedado. Es que el charrúa

Está en la selva antigua

Del indio Caracé; es que ha caído

Sobre el sepulcro de su madre extinta,

La cruz abre los brazos a su lado,

La cruz de la cautiva!

Parece que, inclinando la cabeza,

La cruz al indio en su regazo abriga.

Qué habló con el salvaje, aquella noche,

El alma errante que en la cruz palpita,

Es el secreto de la sombra eterna...

Empieza a amanecer, casi es de día.

CANTO SEGUNDO

I

¿Quién grita por allá, que tiembla el bosque,

Y hasta los aires tiemblan?

Un vago resplandor, allá a lo lejos,

Sobre el obscuro cielo se proyecta.

Destaca el bosquecillo, cuyas formas

Vacilantes revela,

Y alumbra aquel ombú, que solo y negro

Está de pie durmiendo allá en la cuesta.

Parece que se mueven un instante

Las lomas soñolientas,

Que en la turbada obscuridad estaban,

Y que asoman por entre las tinieblas

De nuevo el alarido temeroso

En los aires revienta.

El hambre acaso tiene congregadas

En esos matorrales a las fieras?

No; las fieras miradlas: en rebaños,

Tendidas las orejas,

Saltan de acá y de allá; sobre las lomas

Se detienen volviendo las cabezas;

Emprenden nuevamente amedrentadas

Su rápida carrera;

Y alargando los cuerpos se deslizan

Con sigiloso paso entre las breñas.

Enarcando los lomos amarillos

Acurrucadas quedan,

Y en la profunda obscuridad del soto

Sus dos ojos de fuego centellean.

El avestruz corriendo en la llanura

Ya con las alas sueltas;

Se siente el aletea de los pájaros

Que abandonan sus nidos y se alejan;

Y se oyen las carreras del venado

Que salta en la maleza,

Y el rumor de manadas de carpinchos

Que corren a buscar sus madrigueras.

II

¿Quién va? ¿Qué sombras son las que corriendo

Van entre las tinieblas

E indican, con los brazos extendidos,

El resplandor de la lejana hoguera?

Son los indios charrúas. Han brillado

Los fuegos de la guerra

En las lomas del Hum; fuegos de muerte

Luces del Uruguay en las riberas.

Y el indio que al venado perseguía

En las pampas desiertas;

Y el que encendía el tronco de algarrobo

En el hogar del valle, y a las flechas

Ataba con los nervios del carpincho

El colmillo de piedra,

O la cuerda del arco retorcía

Formada de flexible enredadera;

Y el que miraba más allá, tendido

Con su eterna indolencia,

A sus mujeres fermentar la chicha

Y levantar las pieles de la tienda,

Todos vieron los fuegos de las lomas

Y alzaron las cabezas,

Y señalando el resplandor gritaron

¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Fuegos de guerra!

Todos caminan; han tomados todos

Sus lanzas y sus flechas;

Se han pintado los rostros y los cuerpos

Con rayas muy azules y muy negras,

Inyectando en su piel los jugos agrios

De las silvestres hierbas

Que el venado no come ni la nutria,

Y que crecen de noche entre las piedras,

Bajo las cuales, en las altas horas,

Ladra el zorro en su cueva

Y se esconde la iguana perseguida

Y anidan la lechuza y la culebra.

Todos caminan; llevan en los cuerpos

Arreos de pelea:

Las plumas de ñandú sobre la frente

En las lanzas humanas cabelleras.

¿Adónde van? Donde los llama el fuego,

El fuego de la guerra;

El que anuncia la muerte del cacique

Allá en el bosquecillo, de las ceibas.

Ahú!, ahú, ahú! Corren los indios

Gritando en las tinieblas,

Y el turbado silencio de la noche

Huye a esconderse en la inmediata selva,

III

Las nubes de humo denso iluminado

Que en el aire se elevan

Sobre la masa negra de los árboles,

Marcan el sitio en que las tribus velan;

Desde lejos se ven de los charrúas

Las obscuras siluetas

Que, cruzando y saltando entre los troncos,

Sobre el rojizo fondo se proyectan.

IV

¡Extraño funeral! Los indios ebrios

Avivan diez hogueras

Encendidas en torno de un cadáver

Tendido sobre un lecho de maleza.

Es un viejo cacique. El sueño frío

Se ha entrado por sus venas;

Nadie Pudo arrancarlo con la boca

De la piel del anciano; quedó en ella,

Dejándole el color amarillento

Que entristece a las ceibas

Cuando el viento se enfría, y de las ramas

Las hojas bajan a morir en tierra,

Los médicos el vientre del cacique

Han chupado con fuerza

Por arrancarle el dardo y el gusano

Que le causaban mal. Inútil brega.

Vedlo tendido, inmóvil, taciturno,

Tan largo como era;

Los indios gritan, en su torno corren,

Y las abiertas bocas se golpean.

El arco de urunday tiene el cadáver

Entre las manos yertas;

Han colocado en orden a su lado

Su lanza y sus macanas y sus flechas,

Y pieles de venado y las vasijas

En que el zumo fermenta

De guaviyús silvestres y algarrobas,

Y de la miel que forman las abejas.

V

Las tribus cuidan de que tenga el muerto

Las pupilas abiertas;

Bien atadas han puesto en su cintura

Las silbadoras bolas de pelea;

Y, porque espante entre los negros toldos,

A Añang y a Macachera

Con jugos de urucú pintan su cuerpo

Y le embijan el rostro que amedrenta.

Tiene azules los pómulos salientes;

Amarillas y negras

Son las rayas que cruzan sus mejillas,

Y su pecho y sus brazos y sus piernas.

El deformado rostro del cadáver

Forma una horrible mueca

Que infundirá terror, cuando al cacique

De los genios del aire se defienda

VI

Ahú! Ahú! Ahú! Por todos lados

Los indios atraviesan;

Aúllan, corren, saltan jadeantes,

Dando al aire las rígidas melenas.

Hacen silbar las bolas, agitadas

En torno a sus cabezas,

Chocan las lanzas, los cerrados puños

Con feroz ademán al aire elevan,

Y forman un acorde indescriptible

Que en los aires revienta:

Ebullición de gritos y clamores,

Golpes, imprecaciones y carreras.

Ya hiriéndolos de lleno, ya a los lejos

Bañándolos a medias,

Según que a las hogueras se aproximan,

O de ellas con el vértigo se alejan,

La lumbre hace brotar, corno arrancados

Del medio en que voltean,

Cuerpos desnudos, rostros que aparecen

Y se hunden nuevamente en las tinieblas.

VII

¿No son mujeres esas, las que ahora

Alumbran las hogueras,

Esas que danzan en redor del muerto

Y sus pequeños en los brazos llevan?

Sí; son madres de indios. Sus cabellos,

En obscuras guedejas,

Flotan sobre las mórbidas espaldas

Ceñidos en la frente; mas no velan

Los cuerpos palpitantes y desnudos

En que los fuegos tiemblan

Dando relieve a ¡os redondos senos

Que sudorosos de cansancio ondean.

Tienen sus movimientos convulsivos

Cierta ruda cadencia

Y sus formas desnudas, a las formas

De la hembra del venado se asemejan.

Sus ojos negros brillan empapados

En la luz y chispean

Se cimbran sus elásticas cinturas

En plumas grises de avestruz envueltas.

Los collares de piedras de colores

En sus gargantas suenan,

Y los cintillos de brillantes plumas

Adornan sus tobillos y muñecas.

El que ajustado en la frente,

Al erguirse sobre ésta,

Da a la figura la esbeltez del pájaro

Que su penacho en el sauzal ostenta.

Las indias van cantando; sus cantares

Son una extraña mezcla

De alaridos y gritos quejumbrosos

Que en un ritmo monótono se estrechan.

Las ruidosas bandadas de gaviotas

Que sobre el agua vuelan

Gritan como esas indias, y en el aire

Como ellas se revuelven y atropellan.

La turba de los indios las empuja,

Y las mujeres ruedan

Heridas, dando gritos que al vagido

Se unen de sus hijos. No. se arredran:

De nuevo se levantan, y prosiguen

En su danza frenética,

Y en los cantares bárbaros que entonan

En torno del cadáver dando vueltas.

VIII

En redor de aquel fuego y en cuclillas

Ved a esas indias viejas;

Casi con las rodillas sobre el pecho

Revuelven sus vasijas y bostezan.

Sobre sus rostros penden los cabellos,

Que el tiempo no blanquea,

Como retoños lacios y marchitos

Que aun de sus troncos vacilantes cuelgan.

No se adornan los cuerpos angulosos;

Sus mandíbulas secas

Mastican algo que al brebaje arrojan

Que en las silvestres cáscaras fermenta;

Gritan de vez en cuando, y se levantan,

Y de nuevo se sientan.

Hay en sus voces algo de chirrido

Que acaso al grito del chajá se acerca.

IX

¿Y esos indios de bruces en la sombra?

¿Por qué dan esas quejas?

No es sangre lo que brota de sus manos

Que destrozadas muestran?

Se han cortado los dedos. Son parientes

Del cacique que velan:

Se han cortado los dedos con el filo

De sus hachas de piedra.

Así de que lloraron al anciano

Dan elocuente prueba.

¿Quién pondrá en duda su dolor que a voces

n coro manifiestan?

X

Nadie que a medianoche aquellos gritos

Y clamores oyera,

Evitaría que el terror helase

Con un frío de muerte hasta sus venas.

Los llantos de los niños y mujeres

En el aire se mezclan

Con los gritos, palabras y alaridos

De los indios que airados vociferan,

Y con el choque de armas, y el silbido

De las bolas de piedra,

Y los golpes de cuerpos desplomados

Que heridos en el suelo se revuelcan.

XI

¿Qué quieren esas gentes? ¿Por qué corren?

¿Qué ven en las tinieblas?

¿A quiénes amenazan en el aire

Y dirigen sus bárbaras arengas?

¡Quién no lo sabe! Espantan a las sombras

Que, en bandadas, se acercan

Al indio muerto, por cerrar sus ojos

Y apagarle los fuegos. Ved: son ésas,

Esas que, con sus alas de carancho,

Entre las ramas vuelan;

Curupirá las sopla y las revuelve,

El negro Añanguazú viene con ellas.

Son los hijos del aire y da la noche

Que andan en las tormentas

Encendiendo sus fuegos en las nubes,

Los grandes ruidos derramando en éstas;

Son los perros que roen a las lunas

Y apagan las estrellas.

Y lanzan los ladridos prolongados

Que suelen escucharse en las cavernas;

Los que afílan los dientes de las víboras

Dormidas en sus cuevas,

Y en la hierba que pisan los charrúas

Las arañitas de la muerte siembran.

Son las sombras malditas que al cadáver

Del cacique se acercan,

Para cerrar sus párpados, quedando

Bajo de ellas ocultas; allí esperan

Que se apague del indio la mirada

Y hacia adentro se vuelva.

Entonces lo persiguen y lo acosan

En la noche sin lunas que comienza.

Y allí, escondidos en sus toldos negros,

Le disparan sus flechas,

Fingen rostros horribles en lo oscuro

Y soplan como el viento en sus orejas.

XII

El viento se ha calmado; algunas voces,

En medio de la incoherencia

De la grita salvaje, con esfuerzo

Acaso se comprendan.

Oíd a esos que cruzan: sus palabras

Claras allí resuenan;

También a aquellos que, con duros gestos

Amenazando el aire vociferan:

-¡Ahú! ¡Dejad al muerto¡

¡Dejad al tubichá!

¿Por qué sopláis la lumbre de sus fuegos?

¡Dejad al muerto, Añang!

-¡No le cerréis los ojos!

-¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú!

-¿Sentís ladrar las sombras? Han salido

Del tronco del ombú.

-¡Corred, seguid aquella Que se revuelve allá!

Sacude la maleza con las alas, Y agita el ñapintá.

¿A quién lleva el fantasma

De rápido correr?

Ya fugitivo, en sus hombros lleva

Al cacique que fue.

-¡Cómo gritan los árboles¡

-Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú!

-El aire zumba; son los moscardones

Que corre, Añanguazú.

-¡Persiguiendo la luna

Los perros negros van!

-Los perros negros que a beber comienzan

Su tibia claridad!

¡Cómo mira esa sombra Con sus ojos de luz!

-¡Y cómo se retuercen y se alargan

Sus alas de ñandú!

-¡El viento! ¡El viento negro!

¡Allá va¡ ¡Allá val

¿Quién zumba en él? ¡Las moscas que conduce

Gruñendo el mamangá!

XIII

Las sombras de la noche

Vienen volando en caravana aérea,

Y luchan con las llamas, las sacuden,

Y en torno del hogar revolotean.

Las llamas las rechazan,

Y las detienen en aureola negra,

En cuyo seno los añosos árboles

Cobran formas variables y quiméricas.

Los ojos del cadáver

Horriblemente abiertos, parpadean,

Parece que sus miembros se estremecen

Al avivarse el fuego que lo cerca,

O que el rígido cuerpo

Nada en el aire, flota en las tinieblas,

Y se hunde, y reaparece, y se transforma

Cuando la inquieta llamarada amengua,

Formando un fondo negro

Lleno de líneas vagas y revueltas;

Un medio en que se esfuman y se mueven

Formas abigarradas e incompletas.

XIV

El viento se ha callado entre los aires;

Los salvajes jadean;

Se apoyan en sus lanzas o en los troncos,

O se dejan caer sobré la hierba.

La grita se enrarece: por el aire

Las Voces se dispersan.

Suenan acá los llantos de mujeres;

Allá los magullados aun es quejan.

Los fuegos no avivados languidecen;

Sus oscilantes lenguas

Se mueven como el indio que borracho

Lleva de un hombro al otro la cabeza.

Corre entre aquellas voces un silencio

Semejante al que reina

Sobre la onda del río cuando acaba

De pasar por el aire la tormenta.

XV

Lo rompe un joven indio que saltando

Desaforado llega;

Da un grito clamoroso, y con su lanza

Pasa de un viejo tronco la corteza.

Habla a voces, furioso, sacudiendo

Su cabellera negra;

Sus palabras parecen alaridos

De una ruda y fantástica elocuencia;

Y salta como el tigre, y con la maza

El cuerpo se ensangrienta,

Y sobre el negro matorral de plumas

La bola agita atada a su muñeca.

Son de hierro sus miembros; nadie excede

Su talla gigantesca;

Ramas de sauce negro, sus cabellos

Sobre el rostro y los hombros, se despeñan,

Y en sus ojos pequeños y escondidos

Las miradas chispean

Como las aguas negras y profundas,

Tocadas por el rayo de una estrella.

XVI

Es el cacique Yamandú. Los indios

Se alzan y lo rodean.

¿Qué quiere Yamandú? Reclama el mando

Mostrando sus heridas y su fuerza.

Nadie como él se descompone el rostro

Con espantosa mueca,

Ni lanza el alarido que, en la lucha,

Brota del hueco de su boca abierta;

Nadie como él en el hinchado labio

La señal atraviesa

Que distingue a los indios de las tribus,

Que más espanto infunden en la guerra.

¿Quién sino él, entonces a la gente

Llevará a la pelea?

¿Quién sino él, que de enemigos muertos

Cien cabelleras en su toldo ostenta,

Y adorna su garganta con collares

De los dientes y muelas

De arachanes vencidos, cuyas pieles

Forman de su arco la flexible cuerda?

Jamás el gamo huyendo en la llanura,

Pudo esquivar su flecha,

Ni el avestruz el golpe de su bola

Que silba como víbora sedienta.

Ahú! clama con grito prolongado,

Aquí en el urunday

El indio Yamandú clavó su lanza...

¡Nadie la arrancará!

Yo he peleado con ella entre las tribus

Que ven salir el sol;

Ni la he roto Jamas en la rodilla,

Ni en mi brazo tembló.

La he clavado en el bosque donde encienden,

Los caciques chanás,

Y los manuanos, tapes y bohanes Los fuegos de su hogar.

Yo arranqué la sangrienta cabellera

Del fiero Tubichá,

Cuya piragua atravesó las ondas

Del río como mar.

¡Ved mi pellejo! ¡Tiene más heridas

Que plumas el ñandú.,

Y que lunas han visto los ancianos

Salir del guaycurú.

Yo derramo la sangre de mi cuerpo

De la que, en el chircal,

Brotan los yacarés que entre los juncos

Duermen del Uruguay.

Los rayos de los blancos no penetran

En mi curtida piel

Más dura que la piel de la tortuga

Y del Jaguareté.

Mirad mis ojos: brillan en la sombra;

Son los ñacurutú...

¿Cuál de los indios tiene la mirada

De mis ojos de luz?

XVII

Un murmullo de asombro se difunde

Entre la turba aquella;

La tribu, fascinada y aturdida,

Nuevo cacique en el salvaje encuentra

Ya en algunas gargantas comprimido

Está el grito de guerra;

La aclamación al indio cuyos ojos

Al moverse en la sombra centellean.

Entreabiertos e inmóviles los labios

Los otros lo contemplan;

Sobre aquel grupo de desnudos cuerpos

Las rojas llamaradas se reflejan.

Ellas solas se mueven y el cacique

Cuya ruda elocuencia

Es algo como un vértigo que estalla;

Una danza fantástica y siniestra.

Sólo él se agita, salta, se retuerce

Con espantosa fuerza.

Inmóvil lo demás; todas las almas

En los ojos absortos se condensan.

¡Nadie, prosigue el indio, estremeciendo

la turba con su voz,

Nadie la lanza que clavó mi brazo

De su tronco arrancó!

Llega a mi toldo, sin morder mis piernas,

El malo añanguazú;

Yo penetro de noche al más obscuro

Bosquecillo del Hum;

Las sombras de los viejos de mi tribu,

Y que viven en Tupá,

Ven en sus nubes a enseriarme el grito

Que lanzan los chajás;

Los perros que devoran a las lunas

No ladran como yo;

El viento negro de la noche calla

Cuando escucha mi voz.

¿Quién arranca mi lanza? ¿Quién su fuerza

Mide con Yamandú,

El indio de los brazos como el tronco

Del viejo guabiyú?

¿No oís el río? Suena en sus barrancas.

¡Oíd al Uruguay!

Es río de los indios. i Y los blancos

En su ribera están!

Los blancos que vinieron de allá lejos,

De donde sale el sol;

Los que matan los indios con los rayos

Que el astro les prestó,

Y les cortan las negras cabelleras,

Y les quitan la piel;

Y les roban la tierra en que nacieron

Y en que posan los pies.

Dando un quejido morirá el charrúa

Que nunca se quejó,

Y sus mujeres correrán lanzando

Sus gritos de dolor.

¿Queréis matar al extranjero? Entonces

Seguid al Yamandú.

Yo sé matarlo como al gato bravo

De los bosques del Hum.

Los cráneos de los pálidos guerreros

Al indio servirán

Para beber la chicha de algarrobas

Y el jugo del palmar.

Sus rayos no me ofenden; en su sangre

Se hundirán nuestros pies;

Sus cabelleras en las lanzas nuestras

El viento ha de mover;

Vírgenes blancas, que en los ojos tienen

Hermosa claridad;

Encenderán en nuestros libres valles

Nuestro salvaje hogar.

En esos días de las horas largas

En que canta el sabía,

y al pie de la barranca está el bañado

Dormido en el juncal;

En esas noches en que a ratos se oye

El canto del urú,

los vírgenes esclavas del charrúa

Brillarán con su luz.

Sus cuerpos son más blandos que el venado

Que acaba de nacer,

Y tiemblan como tiembla entre la hierba

La verde caicobé.

Sus cabellos parecen los renuevos

Más tiernos del sauzal;

Sus bocas se abren como el, dulce fruto

Que da el mburucuyá . . .

¡Vamos! ¡Seguidme! ¡El extranjero duerme,

Duerme en el Uruguay!

¡El sueño que en sus ojos se ha sentado,

No se levantará!

¿Veis? La luna de fuego de las lomas

No se distingue aún;

Aun se siente a lo lejos en las ramas

El canto del urú!

Sólo esclavos del blanco allá en su toldo

El indio engendrará,

Y en sus bosques el fuego de la guerra

No encenderá jamás;

XVIII

Un alarido inmenso, pavoroso

En los aires revienta;

Nadie a fauces humanas esos gritos,

A escucharlos de noche, atribuyera.

Un águila tranquila, que pasaba

Sobre la selva aquella

El vuelo aceleró, cambié de rurribo,

Y se perdió en la soledad inmensa;

Y el tigre, bajo el párpado apagando

De su enorme pupila la lumbrera,

Y barriendo la tierra con la cola

Y tendiendo hacia atrás la aguda oreja,

A largo paso y con temor cambiando

De sitio en la maleza,

Se revolvió tres veces para hundirse

Y quedar más oculto entre las breñas.

XIX

¡Yamandú tubichá! ¡Yamandú enciende

Los fuegos de la guerra!

Al río! ¡Al río! ¡El extranjero blanco

Tendido duerme en su cerrada tienda!

¡Ahú! ¡ahú! ¡ahú! ¡Vamos, cacique,

Lanza al aire tu flecha,

Para que el astro de los indios llegue,

Y con presagios de victoria vuelva!

Y la flecha del indio por el aire

Tiende las alas muertas...

¡Ahú! ¡ahú! ¡ahú! Volvió del astro,

Volvió del astro y se clavó en la tierra.

¡Recta como las Palmas de las islas!

¡El astro habló con ella!

Al río Al río! Al Uruguay! Al río!

¡Cacique Yamandú! ¡Fuegos de guerra!

XX

En pos de Yamandú corre la tribu.

Su negra silueta

Se ve a lo lejos tramontar las lomas

Como obscuro rebaño de culebras.

Sus gritos y los choques de sus armas

Se perciben apenas;

Las mujeres, los niños, los heridos

En todas direcciones se dispersan.

Se escuchan sus quejidos algún tiempo,

Que en el bosque se internan;

El silencio que huyó, de nuevo vuelve

A echarse fatigado entre la hierba.

XXI

Todo está en calma; el viento está callado,

Han vuelto las estrellas

A brillar al través de sus vapores,

Y siguen en silencio su carrera.

El cadáver del indio, abandonado

Flota entre las tinieblas

Las hogueras a punto de extinguirse,

Lo alumbran con Penosa intermitencia,

Bañándolo en las tenues llamaradas

Que oscilantes Y trémulas,

Sacan de entre las cálidas cenizas

Las Puntiagudas Y azuladas lenguas.

Las sombras que aletean, poco a poco

Han bajado a la tierra,

Y en torno de los fuegos espirantes,

Se arrastran, agarrándose a las breñas.

CANTO TERCERO

I

Duerme San Salvador entre rumores.

Corre a sus pies el río

Remedando el arrullo de una tórtola

Con su blando y monótono ruido,

El centinela en el bastión se duerme

Y, al verlo allí tranquilo,

Juegan con su arcabuz y con su adarga

Los invisibles genios de los indios.

Con, sus ojos pequeños, y sus cuerpos

Desnudos y cobrizos,

Con sus pechos y pómulos salientes,

Sus labios gruesos y cabellos rígidos:

Engendros microscópicos que miran

Al soldado dormido.

Trepan por él, lo palpan, cuchichean,

Y en grupos los recorren con sigilo,

Y danzan en su torno de las manos,

Golpeando el suelo con alegre ritmo,

O, al compás de los ruedos de la noche,

Se mecen, en los aires suspendidos,

Lanzando esas fugaces carcajadas

Y esos pequeños gritos

Que se oyen en las noches silenciosas

Sin verse quien respira en el vacío

¿Cómo puede dormir, soñar acaso

Ese hombre? ¿No habrá visto

Esas manchas de sangre que aparecen

Del astro solitario sobre el disco?

Las horas impregnadas de indolencia,

Al soldado han vencido;

Juegan con su arcabuz y con su yelmo

Los invisibles genios de los indios.

II

¿Sentís moverse ese cardal cercano,

Y ese roce de cuerpos escondidos

Que se arrastran, cual suele entre los juncos

Arrastrarse callado el cocodrilo?

¿No veis entre las ramas asomarse

Las temerosas caras de los indios

Embijadas de rojo, y dibujadas

Con trazos verdes, negros y amarillos?

Las plumas de sus frentes se confunden

Con las hojas del cardo; el remolino

Del viento suave, al girar las ramas,

Descubre acá y allá rostros cobrizos,

Brazos que se abren paso cautelosos;

Entre el tupido bosque de espinillos,

Cuerpos a medio incorporarse. VedIos.

Salen al llano en dirección al río

Aquél es Ibiqué. ¿Quién no conoce

Al tubicha, tan fiero como listo,

Que al avestruz alcanza y al venado,

Y apresa entre las aguas al carpincho?

Cayú es aquel que corre entre las chircas.

Se le conoce en el profundo signo

Que le grabó con su hacha en la cabeza

Hace algún tiempo el arachán Siripo.

¿También tú, Guaycurú? De los cristianos

Tú te dijiste servidor sumiso,

Y ese casco que llevas y esa daga

De Garay los ganaste en el servicio.

Tú fuiste el mensajero de tu tribu;

Rompiste en la rodilla tu macizo

Arco de ñandubay y, en tu piragua,

O a nado, en son de paz, cruzaste el río,

¿No es ésa una mujer? Es Tabolía.

Sabe arrancar la piel al enemigo

Y ya más de una de ellas ha colgado

En el movible toldo de sus hijos.

Ella no exprime el fruto del quebracho,

Ni recoge en la selva para su indio

La miel de guabiyú, ni lleva el toldo,

Ni entona el yaraví de triste ritmo.

Tiene en su labio el signo del guerrero;

Suena en la lucha su salvaje grito,

Y en el desnudo seno apoya el arco

En que viene la muerte a hacer su nido.

Yamandú va adelante. El negro brazo

Hacia atrás extendido,

Silencio impone a la jadeante turba

Con ademán nervioso y expresivo,

Mientras él se incorpora; la cabeza

Saca de entre las matas y, al tranquilo

Resplandor de la luna, ya cercano

Observa el silencioso caserío.

III

Blanca duerme. La lámpara en la alcoba

De la inocente niña

Su dormida cabeza en la almohada

Con trémulas aureolas ilumina.

Entreabiertos sus párpados,

Dejan adivinar en sus pupilas,

Como en el lago el brillo de una estrella

La lumbre palpitante de la vida.

Los invisibles labios de un ensueño

Parecen apoyarse en su mejilla,

Y comprimir su boca

Con los pliegues del llanto o la sonrisa.

Una oración acaso,

A medio terminar, interrumpida

Por el sueño ha quedado abandonada

Entre los labios de la hermosa niña.

Que unos ratos parece recogerla,

Moverla entre ellos pura e instintiva,

Y ofrecerla a los ángeles que nadan

En el callado ambiente que respira.

¿Duerme? ¿O en el vahído indescriptible

Intermedio entre el sueño y la vigilia

La realidad y la ilusión se estrechan

Y en su espíritu flotan confundidas?

¿Conserva esa conciencia vacilante,

Esa confusa actividad que infiltra

La voluntad del hombre en los ensueños

Que en lo obscuro procuran sumergirla?

IV

Acaso no dormía. Se incorpora;

En el espacio la mirada fija;

Separa los cabellos de su frente,

Y escucha inmóvil, temblorosa, lívida.

Vedla en el borde del revuelto lecho,

¿Qué ve? ¿Sueña? ¿Delira?

¿Quién derrama en el alma de la virgen

Ese terror que asoma a sus pupilas?

¡Ah! Blanca no ha soñado.

La ronca gritería

Que llegó hasta su oído se repite,

Crece, arrecia, se acerca no es mentira.

El malón salvaje

Derramado en la villa;

El bramido terrible de la fiera

Que ataca y se revuelve en su agonía.

¡Indios! ¡Los indios vienen!

En medio de la grita

Se oye el clamar: ¡Los indios! ¡El charrúa!

¡Abál ¡Ahú! ¡Ahú! ... Suena la esquila,

Sobre el pajizo techo

De la humilde capilla,

Con ayes repetidos de rebato;

Estalla un arcabuz, el plomo silba.

¡Ah del valiente hidalgo!

¡Los indios en la villa!

¿Do está la espada, brazo de la muerte,

Que en las batallas Don Gonzalo vibra?

El salvaje alarido

Con que las tribus su valor excitan,

Suena, cual sí los átomos del aire

Para aullar y gemir cobraran vida.

Y vuelan las saetas

Que sus colmillos en el aire afilan

Y en ellas, discurriendo por la sombra,

Silba la muerte como errante víbora.

Como el penacho ardiente

Del yelmo de un demonio, va encendida

Su roja cabellera desgarrando

En los aires la bola arrojadiza;

Y se quiebran las ramas,

Los árboles oscilan,

Despierta el arcabuz, pero sin rumbo

El plomo vuela, el fogonazo brilla.

Y el salvaje alarido

Levanta a los jaguares que dormían

Y se alejan corriendo, y a los pájaros

Que huyen despavoridos a las islas.

Y el malón se dilata

Como reptil inmenso, que se agita

En mortal convulsión, y envuelve al pueblo,

Y lo estruja y lo ahoga en sus anillas,

¡Ay del pueblo dormido!

¡Ay de la hermosa niña!

¿Quién duerme dulce sueño, quién descansa

Al lado de la fiera que agoniza?

V

Mal ajustado el yelmo,

La cota mal ceñida,

Con la espada desnuda, Don Gonzalo,

Ha estrechado a su esposa; a sus rodillas.

Se ha abrazado gimiendo

Su hermana Blanca. El capitán vacila.

Ruge el malón afuera... Cierra España!

Se oye clamar en medio de la grita.

¡Gonzalo, no nos dejes!

¡Gonzalo, si te vas, ¿quién nos auxilia?

¡Santiago! ¡Cierra España!. . Ruge el indio:

¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ah, por Castilla!

De los queridos brazos

Se arranca el capitán, corre a la lidia;

Ha huido. Doña Luz, y junto al lecho,

Blanca ha caído como flor marchita.

VI

Las macanas que agitan los charrúas

Ya están en sangre tintas,

Y los desnudos cuerpos brotan sangre

Y fuego las pupilas.

Rueda el incendio en los pajizos techos,

Como de aladas víboras

Una bandada extensa que, entre el humo

Y el rojizo fulgor, se arremolina.

Con retumbante son, en las rodelas

Chocan las mazas indias.

Mudo está el arcabuz, porque el charrúa

El cuerpo ciñe a la armadura misma.

Del español, y clava

En él sus dientes que la rabia irrita;

Y ruedan ambos en estrecho nudo

Estremeciendo el suelo en su caída.

Crecen los alaridos;

La brega recrudece, y la rojiza

Claridad del incendio, los pintados

Rostros de los salvajes ilumina;

Se refleja en las aguas

En fantástica danza, y en la villa

Las desnudas siluetas de los indios

Por todas partes cruzan fugitivas.

Como sombras extrañas e impalpables

Que los aires vomitan,

Y, a la voz de un conjuro,

Cuajan en las tinieblas sacudidas.

¡Ay de la dulce hermana

De la estrella que alumbra las colinas

Cuando la tarde entona sus rumores

Al quedarse dormida entre las islas!

VII

¿No es Yamandú el cacique

El que huye allá en la sombra?

Corre volviendo el rostro abigarrado,

Huye trepando las cercanas lomas.

Es él; bien se distinguen

Sus gigantescas formas;

Bien se conoce el matorral de plumas

Que su cabeza en el combate adorna.

Es él. ¿Por qué va huyendo?

¿Por qué a sus compañeros abandona?

¿Teme la muerte el guaraní cobarde

Después que él mismo concitó las hordas?

No: el indio ha conquistado

Lo que su ardor provoca

El fue una vez a la española villa,

Y vio una virgen. Lo siguió su sombra

Al bosque de los talas,

A su movible choza;

Hirvió su sangre; la pasión salvaje

Brutal y ciega devoró sus horas.

Miradlo: entre sus brazos

Conduce a la española:

¡Es Blanca! ¡Blanca, la inocente hermana

De la tranquila estrella de las lomas!

Blanca, cuyos lamentos

En el aire sofoca

El último clamor de la batalla

Que desgarrando los espacios

Blanca que se retuerce,

Y forceja y se ahoga

En ese nudo de viviente hierro

Que hace crujir sus delicadas formas.

Lleva tan sólo de su lecho aun tibio

Las desceñidas ropas;

Entre los brazos del charrúa

Se ven alas de un nido de palomas;

Y entre el pecho nervudo

Y la mano callosa,

La cabeza de Blanca va oprimida

Inmóvil y encajada entre dos rocas.

VIII

Allá en el horizonte

Una raya de luz traza la aurora;

Luz vaga y cenicienta que franjea

Los ropajes talares de las sombras.

Los últimos charrúas

El incendiado pueblo ya abandonan,

Y en grupos se dirigen a la selva

Dando alaridos que el espacio asordan.

Y, sobre el nimbo tenue

Que circunda la frente de las lomas,

A ratos se proyecta, siempre. huyendo,

La silueta del indio y la española.

IX

Cuando se lo dijeron,

La planta vaciló de Don Gonzalo;

Perdió el mundo las formas a sus ojos

Y, para no caer, se asió de un árbol.

Zumbaron sus oídos

Con gritos y lamentos prolongados,

Y ese llanto sin lágrimas, que riega

La raíz del dolor, secó sus párpados,

El nombre de su hermana,

Como un ruego, brotó de entre sus labios;

Sintió la sombra de su madre extinta

Alzarse suplicante allí a su lado.

Y tal cual aparecen

Las nubes sobre el fondo de un relámpago,

De Tabaré el recuerdo presentóse

En el fondo del alma de Gonzalo.

Tabaré a quien el jefe

Buscó siempre en la lucha sin hallarlo;

¿Quién sino él, pensaba, de los indios

La turba vil como caudillo trajo?

¿Qué otra cosa en su mente

Acariciaba aquel salvaje huraño,

Cuando en las altas horas por el pueblo

Solía discurrir con sobresalto?

X

Duró sólo un instante

Del abatido joven el letargo;

Un instante mortal en que perdiera

La conciencia del tiempo y del espacio.

Cuando alzó la mirada,

Vió que sus hombres de armas, a su lado,

Por su intenso dolor sobrecogidos

En silencio lo estaban contemplando.

Los vio como quien vuelve

De larga ausencia, y los hallaba extraños;

Meditó, recordó... y un grito sordo

Lanzó al hallar de su dolor el rastro.

¡Ah, ya os entiendo amigos!

El bosque entero arrancaréis de cuajo.

Lo arrancaréis, ¿verdad? i Oh, en vuestras venas

Sangre española no discurre en vano

Mis valientes, mis fieles!

¿La oís? Os llama sollozando... i Vamos!

¿Cuándo una dama ha recurrido en balde

Al hidalgo valor de un castellano?

¡Es mi Blanca! ¡Mi hermana!

La recordáis? ¿Lo veis? No está a mi lado

Y no está muerta... ¡Ni siquiera muerta!

¿Sentís su voz? ¿No la sentís, mis bravos?

Yo a mi maldita suerte

Su inocencia y su vida he vinculado;

Yo la arrojé a las fauces de las fieras

Del salvaje desierto americano.

¡Y era el último ruego

De mi madre espirante su cuidado!

Para ella fue, para mi tierna hermana

La última gota del sagrado llanto.

Yo juro al que la salve

Ceder mi vida, mi blasón hidalgo.

¡Damián! ¡Ramiro! ¡Vamos, Padre Esteban!

Es tiempo aún, y nos está esperando.

Corramos a salvarla...

¿Españoles no sois? ¿No sois soldados?

¡Yo juro a Dios que vadearé el infierno,

Si el infierno se pone ante mi paso!

CANTO CUARTO

I

Saltando breñas y horadando muros

De impenetrables ramas,

De enredaderas que de tronco a tronco,

Corren y se retuercen y entrelazan;

Mburucuyás que, entre follaje ajeno,

Abren sus pasionarias,

Y columpian sus frutos numerosos

De piel dorada y corazón de grana;

Rompiendo del cipó las duras hebras

Y esquivando las blancas

Ramas el ñapindá que con sus dientes

Muerde los troncos y los pies desgarra;

Cruzando entre laureles y quebrachos,

Nangapirés y talas

Cuyo follaje espeso y verdinegro

Con el del sauce pálido contrasta;

Sumergido entre chircas y juncales,

Matorrales y zarzas,

Se pierde a veces, y se ve de nuevo

Reaparecer, huyendo a la distancia,

Al indio Yamandú. Lleva en los hombros

A la exánime Blanca,

Cuyos brazos y negra cabellera

Cuelgan lacios del indio por la espalda.

Ya rompiendo los muros de verdura

El salvaje se agacha,

Ya se abre senda con el duro brazo,

O entre los troncos derribados salta.

Tal el tigre que va a su madriguera,

En la maleza arrastra,

Llevada entre sus fauces sanguinosas

La res herida que cayó en sus garras.

II

Silencioso está el bosque, el bosque obscuro

De ceibos y de talas,

El bosque de las sombras, en que anidan

Las noches más obscuras y -más largas,

Que convierten en moscas o en reptiles

A los indios que pasan,

Y las alas de piel de los murciélagos

Empapan en la sangre de la iguana.

Es el bosque de Añag; las tribus huyen

De sus siniestras ramas:

Tan sólo los payés en él aprenden

De Añán-guazú los cantos y palabras.

Nacen en el los seres invisibles

Que a los indios disparan

Las flechitas de piedra que penetran

Y enfrían para siempre las entrañas;

Los indios que en la tierra no se mueven

Entre las sombras andan

Dando alaridos y encendiendo fuegos,

Y golpeando los troncos con sus hachas;

Y se les ve subirse a las tormentas

Que Por el aire arrastran,

Y, entre una y otra ráfaga de viento,

Se oyen sus voces tristes y apagadas.

Por eso nunca se llegó la tribu

Al bosque de los talas;

Sobre él no tiene luz el astro grande,

Las lunas, al tocarlo, se desmayan.

Es un bosque sin cantos y sin nidos;

Sus ceibos y sus talas

Ostentan la vejez, que es en el árbol

La plena juventud, la más lozana.

En torno de los troncos, la maleza

Crece tupida y alta,

Y enredaderas duras y sin nombre

En todas direcciones se enmarañan,

Y cuelgan de la bóveda hasta el suelo,

Y entre el musgo se arrastran

Y envuelven en sus hojas verdinegras

Los troncos secos que en el suelo abrazan;

Los troncos derrumbados por el rayo

Que no mató las plantas

Que al árbol vivo estaban adheridas

Y su negro cadáver acompañan.

III

Caídos los cabellos

Como el ala del ave fatigada;

Insensible, sin fuerzas ni conciencia,

Sin miradas los ojos y sin lágrimas;

Mal cubiertas las formas,

Formas de líneas tímidas y vagas,

Pues los años, artistas de la vida,

Su obra tienen apenas modelada,

Hundida entre la yerba,

Como una garza herida, yace Blanca.

Su cabeza se mueve sobre el pecho

Cual colgada del cuello; frías, lacias,

Sus manos han caído

Sobre el blanco regazo en que desmayan.

Casi ríe su labio; es esa tregua

Que el colmo del dolor presta a las almas.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Los ceibos se han echado

Sobre la espalda el manto de escarlata;

En idioma extranjero están las hojas

Conversando entre sí y en voz muy baja.

IV

Un hondo grito de terror y angustia

Blanca por fin exhala,

Un grito que la selva ha estremecido

Y penetró temblando en sus entrañas.

Al tornar a la vida recobrando

Una conciencia vaga;

Al volver a sentir que en sus pupilas

Las confusas miradas despertaban,

Las derramó en su torno; vió a su lado,

Entre la luz escasa,

Los viejos troncos, la maleza, el bosque,

Y por fin, en la sombra, a sus espaldas,

Con las negras pupilas luminosas

En lascivia empapadas,

Vió el rostro abigarrado del salvaje

Que de su presa el despertar aguarda.

Una estúpida risa lo contrae

Con una mueca bárbara;

La cabellera rígida y obscura

Sobre el pintado rostro se derrama;

El cuerpo tiembla, y el jadeante aliento,

Al rozar la garganta,

Forma un sonido intermitente y áspero

Que se acelera y al rugido alcanza.

El salvaje se ríe; de aquel bosque

Sólo él sabe la entrada;

Él es pay; de Añan-guazú no teme

Los fuegos ni los pálidos fantasmas.

V

El grito de la virgen se ha extinguido,

Su cabeza, ocultada

En los brazos que oprimen las rodillas,

Todas las líneas de su cuerpo, pálidas,

Forman un nudo estrecho y tembloroso

Que se ve entre la grama

Al través del cabello que lo envuelve

Como el ramaje al ave amedrentada;

Nudo ajustado apenas, que la mano

De un niño desatara;

Que defender no puede en aquel bosque

El tesoro que guarda.

Siente la virgen tras de sí el romperse

De sacudidas ramas,

Y oprime más sus trémulas rodillas,

Y así un gemido imperceptible lanza.

¿Qué pasa allí? La niña sólo siente

Dos rugidos que estallan,

Dos cuerpos que a su lado se desploman,

Y un grito sofocado a sus espaldas.

Después por un instante, sólo escucha

Las hojas que se hablan en voz baja...

Alguien también respira justo a ella.

¿Quién es? Nadie la ofende, todo calla.

No se atreve a mirar eso ignorado

Que siente allí, muy cerca, como zarpa

Ya dispuesta a caer, sus pensamientos

Comienzan a voltear en ronda vaga;

Sin rumbo se atropellan sus ideas,

En silencio la atruena; en su mirada

Las sombras se condensan; los rumores

Se alejan en tropel, y, a la distancia.

Parecen remedar voces confusas,

Indefinibles gritos o palabras

Le falta tierra, y aire, y se desploma,

Y el nudo de sus brazos se desata.

Ha creído escuchar al desplomarse,

Algo como un lamento a sus espaldas,

Y haber visto tina sombra conocida

Llegarse hasta su lado sin tocarla.

VI

El indio Yamandú yace en el suelo.

En los ojos y el alma

Tiene la noche; su salvaje risa

Está en sus labios para siempre helada.

¿Quién es ese indio pálido y convulso

Que entre la yerba se alza

Después que entre sus dedos ha estrujado

De Yamandú el cacique la garganta?

¿Quién escuchó en el fondo de la selva

Temida de los talas

El grito de la virgen española

Indefensa y esclava?

¿Quién sino él? De pie junto a la niña.

Que inmóvil a sus plantas,

Como si el soplo de un ensueño frío

Por sus hinchadas venas circulara,

El indio Tabaré mira el cadáver

De Yamandú, y a Blanca

Que, cual visión dormida en la maleza,

Se presenta a sus ojos yerta y pálida.

Es él, es Tabaré, que hasta aquel bosque

llevado fue por una fuerza extraña,

Y al despertar de su sopor, en brazos

De la cruz de la selva solitaria,

Sintió muy cerca entre el rumor confuso

De ramas agitadas,

El grito que la virgen española

Al distinguir a Yamandú lanzaba.

Saltó como mordido por el aire;

Saltó, y en la garganta

Del indio Yamandú clavó sus manos

Que sacudió con fuerza extraordinaria,

Hasta sentir la muerte entre sus dedos

Crispados por la rabia.

Dejó el cuerpo del indio estrangulado,

Se alzó y miró... la virgen allí estaba.

VII

E inmóvil, tembloroso.

El indio miró a Blanca,

Cual si la muerte, asida a sus cabellos,

Su oído con sus gritos desgarrara;

Y sigue el ruido sordo de las hojas

Que en voz baja se hablan

En ese idioma dulce y extranjero

En que hablan los crepúsculos al alma;

Y sobre el lecho de hojas y de espinas,

La niña desmayada se destaca,

Iluminada por el rayo triste

De la primera luz de la mañana.

VIII

Tabaré cargó en hombros el cadáver,

Miró de nuevo a Blanca,

Y alejóse en silencio

Cual si temiera acaso despertarla.

Y seguía, seguía presuroso,

Con el muerto a la espalda,

Volviendo la cabeza

Entre mortales pavorosas ansias.

Se detiene por fin; tira el cadáver,

Lo esconde entre las zarzas.

Y sigue huyendo, huyendo

Del sitio en que la niña se encontraba.

IX

Como lebrel tras el perdido rastro

Ciego y sin rumbo vaga,

Y de pronto lo encuentra por el aire,

Y vuelve atrás jadeando entre las matas.

El indio Tabaré cambia de rumbo;

Su camino desanda,

Y corre, corre ansioso y convulsivo

Entre las breñas que sus pies desgarran.

Tal cruza el matorral la hembra del tigre,

Y entre las ramas salta

Dando cortos bramidos, cuando escucha

A su cachorro herido a la distancia.

X

Sólo el indio lo hubiera percibido.

Ha sonado a su espalda

Un vagido a lo lejos, a lo lejos,

En el bosque de ceibos y de talas.

Se parece al quejido del venado

Cuando a su madre llama

Escondido en los verdes matorrales

Al percibir el vuelo de las águilas.

Es el débil gemido que la niña

Al verse sola lanza.

Tabaré llega, y jadeante y mudo

Se detiene a su lado sin mirarla.

Un pánico de muerte, se apodera

De su ser; sienta a Blanca

Moverse entre las breñas, como el cisne

Que, se revuelve herido en la hojarasca,

Y alguien diría que algo pavoroso

Al salvaje anonada.

Un soplo helado por sus venas corre

Y en sus pupilas la visión apaga.

Parece que la mano de la muerte

A su rostro se agarra,

Y la ardorosa piel de su cabeza

Con lento esfuerzo de su cráneo arranca.

Tabaré tiembla: siente que a su lado

La española se arrastra;

Percibe en las rodillas el contacto

De sus manos heladas,

El roce de su aliento,

La humedad de sus lágrimas,

Y oye, por fin, su voz, su voz no hay duda.

Que allí como un ensueño se levanta.

Parece que al acento de la niña,

Todo ruido se apaga,

En el alma del indio; el mundo todo

Sólo una voz para el salvaje exhala.

Jamás la fiera dominó a su presa,

Como la virgen pálida

Al hijo del desierto que, temblando,

Sobrecogido escucha sus palabras.

XI

¡Eres tú, Tabaré! ¿Por qué me hieres?

¿Por qué así me maltratas?

Yo nunca te hice mal; yo no quería

Que tú de nuestro hogar te separaras.

¿Qué me quieres, charrúa? ¿En mí vengarte

Querrás de las ofensas de mi raza?

No me hagas mal perdóname;

Yo no te odié jamás... ¿Por qué me odiabas?

Perdóname, por Dios; por la memoria

De aquella madre blanca

Que está en el cielo, y desde allí te mira,

Y en el mundo tus pasos acompaña.

Si no han muerto, me lloran mis hermanos;

¡Oh! Llévame a su lado, que me llaman.

Enséñame el camino:

Yo sola iré; las fuerzas no me faltan.

Aunque ves que desnudas y con sangre

Se resisten mis plantas

A sostener mi cuerpo, no lo creas,

Aun puedo caminar una jornada.

Dime sólo, por Dios, cuál es la senda

Que conduce a la playa...

¿No me contestas? Tabaré, ¿qué tienes?

¿Qué haces ahí? ¿No me oyes? ¿Me amenazas?

¡Ah! Me infundes terror. ¿Por qué así tiemblas?

¿Te ofenden mis palabras?

Yo me iré sola sí piadoso y bueno

La senda de mi hogar tú me señalas.

¿O han muerto todos? Dímelo, ¿qué hiciste?

Mataste a mi Gonzalo en la batalla?

Sola, sola en el mundo

Yo tengo que morir abandonada!

Déjame entonces, Tabaré, que rece

La oración de IL noche, pronto acaba;

Y moriré en silencio,

Si tengo que morir, si no te apiadas.

XII

El indio que, abrazado a un viejo tronco,

A la niña escuchaba,

Lanza un gemido prolongado, amargo

Como un llanto sin lágrimas.

Todas a una al reventar, sollozan

Las fibras de su alma;

Blanca atribuye a rabia aquel sollozo

Y un nuevo grito de terror exhala.

Al cielo la oración de la inocencia

Temblorosa levanta

Con las manos unidas, y los ojos

Llenos de luz, de sombras y de lágrimas,

Cual si quisiera aprovechar los breves

Instantes que le faltan,

Ahoga los sollozos, y de entre ellos

Brota en tropel la fórmula sagrada;

Las fórmulas que el indio en los albores

Escuchó en su infancia

De una mujer tan blanca como aquélla,

Que sus primeros sueños arrullaba.

¡Morir tú! grita el indio... Por el bosque

El sueño negro pasa,

Ha brotado en la sombra, y va cruzando,

Y el ñapindá sacude con las alas.

Ha golpeado la frente del charrúa

Con sus manos heladas...

¿,Dónde está? ¿Quién en medio de la selva,

Con esa voz de mis ensueños ancla?

¡Morir! ¡La virgen del ensueño dulce!

¿Quién llegará a tocarla?

El indio entre sus brazos ahogaría,

Al negro yacaré de las barrancas;

Arrancará a los fuegos de las nubes

Sus encendidas alas

Y mojará con sangre de su cuerpo

El astro de las lomas solitarias.

¡Tú morir! Cuando el indio con sus manos

Vuelque todas las aguas

Del Hum y el Uruguay, y allí derrame

Toda la sangre de su oscura raza;

Cuando en sus dientes Tabaré el charrúa

Destroce las escamas

Del yacaré, y al tigre con los dedos

Arranque palpitante las entrañas,

Aun entonces la virgen de los sueños

Se moverá gallarda;

Todas las flores se abrirán para ella,

Y cantarán por ella las calandrias.

¿Quién con la voz del sueño de mis noches,

Entre las breñas anda?

¡Quién vierte en las arterias del charrúa

El fuego que calienta las venganzas?

XIII

Blanca mira al salvaje que persigue

Invisibles fantasmas,

Mucho más de una vida se refleja

En su pupila azul iluminada. .

La extrema palidez que por sus miembros

Convulsos se derrama,

Hace de él una sombra transparente,

Forma sin cuerpo, evocación fantástica.

XIV

En la mente del indio se disipan

Las visiones, y clava

Con dulce intensidad en la española

Sus pupilas ardientes y cansadas.

Sus ojos en los ojos de la niña

Largo rato descansan;

Una gota de llanto brota en ellos

Y brilla tristemente en sus pestañas,

Y su voz se transforma, y suena dulce

Como suenan las auras

En los bosques del Hum, cuando las sombras

Que durmieron en él se desparraman.

¿Por qué la virgen hiere con los labios

Al indio Tabaré,

Que ha contado las horas de sus noches

Todas negras correr?

¡No eres el sueño! ¿Sientes en las venas

La vida corno yo?

¡Ah! ¿No eres sombra de la noche oscura

Que vive en mi dolor?

Ven, el charrúa posará sus labios

Donde poses el pie;

Vamos con tus hermanos. A las sombras,

Yo volveré después.

No se abrirá dos veces con la aurora.

La flor del guabiyú;

No mojarán dos lunas en el río

Su temblorosa luz.

Y ya el charrúa el sueño que no acaba

Comenzará a dormir.

Pues siente ya en sus huesos mucho frío

El frío de morir!

¿Oyes el canto? Ya anda entre las ramas

Con su canto el urú:

El pájaro que anuncia las auroras

Y llora por la luz.

¿No lo sientes? Es triste corno el indio,

Dulce como el sabía. . .

No Meras, virgen, al salvaje enfermo

Que la noche sin lunas va a cruzar.

La noche sin auroras y sin cantos,

Donde corren sin fin

Las almas perseguidas, que aspiraron

La flor del curupí.

Sólo una vida tiene una tan solo

El indio para ti;

Tú no dirás su nombre dulcemente.

Él volverá a morir,

Allá en el bosque donde el astro hermoso

Nunca se ve asomar,

Donde vuelan los pájaros obscuros

Que no duermen jamás;

Donde duerme la madre del charrúa

Tan blanca como tú;

Donde los fuegos de su hogar primero

Brillaron con su luz.

Nadie dirá con llanto de ternura:

¡Ah muerto Tabaré!

Nadie verá los huesos con tristeza,

De mi cuerpo que fue;

Mas la ligera madre del venado

Herido en el chircal,

Sobre los huesos del cacique muerto

Por el venado herido balará.

Vamos con tus hermanos. A su selva

El indio volverá.

Su raza ha muerto; se apagaron todos

Los fuegos de su hogar.

Ya siento el sueño negro que no acaba

En mis huesos correr;

Vamos hasta el hogar de tus hermanos;

Allí te dejaré.

Tú quedarás corno té vió en los sueños

El indio "Tabaré".

Que va a cruzar entre los negros toldos

Para nunca volver:

Pura como, las aguas transparentes

Que duermen en el Hum

Cuando en los aires enmudece el viento

Del Paraná-guazú.

Vamos con tus hermanos no me hieras,

El indio no te odió;

Tú lo has seguido siempre, derramando

En sus venas dolor;

Tú te has llevado el sueño de sus noches

Y el fuego de su hogar,

Las alas de sus flechas y la fuerza

De su arco de Urunday.

Vamos con tus hermanos. A su bosque

El indio volverá

A morir con su raza y con los fuegos

De su salvaje hogar.

La voz del indio suena dulcemente,

Como suenan las auras

En los bosques del Hum, cuando las sombras

Que durmieron en él se desparraman.

Blanca lo escucha corno se oye el ego

De canción olvidada,

Que en ráfagas acude a la memoria

Sin que la voz consiga formularla.

Pende en los labios de la absorta niña

La tímida palabra

De la truncada oración, y mira y sigue

Al indio con atónita mirada.

En sus ojos azules ha creído

Ver algo que esperaba,

Algo corno las estrellas de las tardes

Que en las riberas alumbró sus lágrimas;

Punto de luz en que miraba acaso

Aquella madre blanca

Que se acostó a morir bajo los ceibos

Y en el dolor de su hijo despertaba.

La niña vió la luz en el abismo;

Y alguien que habló en su alma:

“Esa es, le dijo, tu soñada lumbre,

Pero ese abismo sólo Dios lo salva".

Todo lo comprendió, y amó al salvaje

Como las tumbas aman;

Como se aman dos fuegos de un sepulcro

Al confundirse en una sola llama;

Como de dos deseos imposibles

Se aman las esperanzas,

Cual se ama, desde el borde del abismo,

Al vértigo que vive en sus entrañas.

CANTO QUINTO

I

¿Quién es ese indio pálido que cruza

Las lomas solitarias,

Y atraviesa el chircal y los, bañados,

Y una virgen conduce a sus espaldas?

Camina vacilante como un ebrio;

En convulsiones rápidas

Se sacuden sus miembros, y en sus brazos

Oscila a veces la preciosa carga.

Es el indio impasible, el extranjero,

El salvaje con lágrimas,

La última gota de una sangre f ría

Que aun no ha bebido la sedienta pampa.

II

El sol ha recorrido

La mitad de su marcha,

Y los viajeros sin cesar caminan

Al través de las lomas solitarias.

Oyen por todas partes

La metálica voz de la chicharra,

y al mangangá que zumba dando vueltas

Y al camoatí que hierve entre las ramas.

El trémulo volido

De la perdiz lejana,

Y, en el quebracho, el golpe vigoroso

Del carpintero, leñador con alas.

El aire está poblado

De susurros que pasan;

Como en un velo de cristal envuelto

El campo brilla entre aureolas diáfanas.

Con intervalos breves,

Del arbusto en las ramas,

Su cantarcillo igual lanza el chingolo,

Prolongando la nota con que acaba.

Y se oye repetida

A diversas distancias,

La misma melodía quejumbrosa

Que va, viene, contesta, ruego o llama.

El zorro entre las chircas

Su larga cola arrastra,

Huyendo a saltos y volviendo a veces

El puntiagudo hocico entre las zarzas;

La pesada cabeza

Inclina el cardo seco; de su blanda

Plumazón se desprenden las semillas

Como enjambre de estrellas apagadas,

Que vuelan en flotantes remolinos

O en el suelo se arrastran;

Se detienen, y emprenden nuevamente

Su camino sin rumbo, atolondradas.

Y, con Blanca en los brazos,

El indio no descansa,

Camina lento, sin cesar camina

Dejando atrás las lomas solitarias.

III

Cruzan los bañados

Cubiertos de espadañas

Sobre las cuales desarrolla al aire

Su penacho gentil la paja brava;

Allí los mirasoles

Abren sus verdes alas,

Y lanzan estridentes alaridos

Los pesados chajás en las barrancas.

Tiemblan los amarillos pajonales,

Y brillan las tacuaras,

Y, entre los cardos secos y caídos,

Cruzan la lagartija y las iguanas.

Quejidos de palomas invisibles,

Y voces de calandrias.,

Y notas como golpes sonorosos

De los dormidos sauces se desgranan,

Y pueblan el silencio de los aires

Mezclados con las ráfagas

De aromas puros, hálito del campo,

Y de perdidas flores ignoradas.

A grave paso y lento, la cigüeña

Recorre las cañadas,

O rozando los juncos alzarse

Los abanica con sus alas blancas,

Y, volando a compás firme y solemne,

Tranquila se adelanta,

Y se aleja y sé -aleja hasta perderse

Diluida en el aire y la distancia.

En las aguas inmóviles

Se reflejan las garzas,

Que dormitan o cruzan cadenciosas,

Como formas de espuma, entre las cañas;

Los insectos se cuelgan

En sus hilos de plata,

O trepan por sus redes que parecen

Hebras de sol o cristalinas arpas;

Y con Blanca en los brazos

Sigue el indio su marcha

Despertando a su paso en la maleza

Los venados, que huyendo se levantan,

Y en la lejana cumbre de la loma

A mirarlo se paran,

Proyectando en el cielo la silueta

Del cuerpo esbelto y enramadas astas.

IV

Y los viajeros siguen.

Y sobre ellos las águilas

En inmensos balances se remontan

Del trasparente espacio soberanas.

Gritan los teru-teros,

Cuyas alas armadas

Zumban en vuelo sesgo y atrevido

Que el aire en todas direcciones rasga.

O corren por el suelo

Y huyendo se agazapan,

Abandonando el nido silenciosos

Para gritar después a la distancia.

Brillan entre las flores

La pequeña coraza

Y la armadura azul y el yelmo de oro

Del picaflor, armado por las auras,

Para librar temblando

Sus rápidas batallas

Contra los genios que invisibles flotan,

Y los ovarios de las flores guardan.

Y todo para el indio

Luce, resuena y pasa,

Como adioses confusos y postreros

Que se van para siempre y que se abrazan.

Él sigue, sigue siempre

Con Blanca en las espaldas;

Nada escucha; su cuerpo ya no tiembla

Ya las heridas de sus pies no sangran.

No ha salido del labio del charrúa

Ni una sola palabra;

El movimiento de su paso es dulce

Como el balance de una cuna, Blanca

Sobre el brazo, en el hombro del salvaje,

La cabeza descansa;

Las horas cierran sus hinchados párpados;

La virgen duerme... Por sus labios pasa

El aliento a compás, y en ellos deja

Una sonrisa amarga,

Lejana transparencia de un ensueño

Que se mueve en el fondo de su alma.

V

Se ha detenido Tabaré de un sauce.

Bajo las ramas trémulas;

Está inmóvil, absorto; para el indio

La dulce niña aniquiló la tierra.

Sólo siente en su oído acompasada

La tibia intermitencia

Del aliento de Blanca que, dormida,

Sobre un hombro descanse la cabeza.

Percibe sus latidos melodiosos

Que el pecho le golpean,

Como el ritmo de un canto sin sonidos

Que sin tocar su cuerpo a su alma llega.

El indio no se mueve; como en éxtasis

En sus brazos conserva

A la virgen que duerme, como el ave

Duerme en el nido que en la rama cuelga.

VI

Se acerca el sol a la última colina

Y Blanca no despierta;

Duerme tranquila. Su jornada el indio

De nuevo emprende cuidadosa y lenta.

Su pie desnudo, por guardar silencio,

Esquiva la hoja seca;

Su mano, sin esfuerzo, suavemente

Separa la silvestre enredadera;

Del lugar en que anida el teru-tero

Con cuidado se aleja,

Por evitar sus gritos que de Blanca

El dulce sueño interrumpir pudieran.

Y sigue, y sigue, y cruza, una tras otras

Las colinas desiertas;

Se pierde en el cardal de las cañadas,

Y aparece de nuevo allá en la cuesta.

VII

¿Lo veis allá en la loma? El viento fresco

De la tarde que llega

Despierta a la española que, en su torno,

Derrama la mirada con sorpresa.

¿Cómo pudo dormir? Un raro ensueño,

Que casi no recuerda,

Acaba de volar dejando en su alma,

Como el calor del pájaro que vuela.

Queda en el nido, un rastro de algo triste

Que a precisar no acierta;

Algo como un acorde, cuyas notas

Siguen vibrando aún, pero dispersas.

Blanca mira al charrúa. Con el dedo

Este a la virgen muestra

Una columna de humo que a lo lejos,

Sobre la masa de árboles se eleva.

¡El Uruguay!

¡San Salvador!

La niña

Una mirada intensa La niña

Ha clavado en los ojos del charrúa

Azules y tristísimos. La estrella

Brillaba en ellos, pálida, lejana,

Agonizante y trémula,

La estrella solitaria de las tardes

Que las colinas últimas pasea.

El indio miró a Blanca, y sobre el pecho

Inclinó la cabeza;

Su mirada era fría y extenuada

Cual la última que envía entre las breñas.

El inerte venado que allí muere

Sin lanzar una queja,

Lamiéndose la herida dolorosa

Y ya sin sangre en su costado abierta.

La niña, sobre el hombro del charrúa,

Y entre las manos yertas,

Ocultó el rostro, cual si hubiera oído

Una angustiosa inesperada nueva;

Algo como el anuncio de la muerte

Que ya tarde nos llega

De alguien que al expirar nos ha llamado

Y que oímos tal vez sin darnos cuenta.

¿Qué ha visto Blanca al despertar, y hallarse

Con la mirada aquella?

¿Por qué rompió de pronto en un sollozo

Y en un llanto de lágrimas acerbas?

Lloraba a gritos con el rostro hundido

Entre las manos gélidas,

Y al través de sus lágrimas miraba,

Levantando un momento la cabeza,

Al indio en cuyos brazos se veía,

A la corriente inmensa

Del Uruguay, y a la columna de humo

Que se elevaba transparente y lenta.

VIII

Tabaré oyó de Blanca los sollozos

Con muda indiferencia:

Impasible, perdida, sin posarse

Entre los aires su mirada muerta.

Estaba en pie, pero insensible, frío,

Frío como la tierra;

Parecía extenuado; más de pronto,

Como empujado por ajena fuerza,

Su cuerpo helado descendió la loma

Con la española a cuestas,

Cuyos largos sollozos resonaban

En la salvaje soledad desierta.

Y el grupo aquel, atravesando el llano

En siniestra carrera,

Corro la sombra que en el suelo cruza

De oscura nube que los vientos llevan,

Se hundió en la sombra del cercano bosque,

Cuyos talas y ceibas

Parecieron cerrarse tras el paso

Del indio y la española. Tal se cierran

Las aguas o el sepulcro. en cuyo seno

Se hunden o se despeñan

La flor que se desprende de su rama,

Y el hombre que resbala de la tierra.

CANTO SEXTO

I

El sol va descendiendo lentamente,

Y sus rayos oblicuos,

Como ligeros seres embozados

En diáfanos cendales amarillos.

Van y vienen, flotando entre los árboles,

Se bañan en el río,

Se arrastran por el campo o, escondiendo

El rastro de su vuelo fugitivo,

Van a posarse en el ombú lejano,

A cuyo lado mismo

El Urunday, envuelto en los vapores

Duerme a la sombra el sueño vespertino.

En la nube de bordes inflamados,

De su agrandado disco

El sol oculta una mitad la otra

Alumbra el campo con su triste brillo.

Al desprenderse entero de las nubes,

Desciende como el ígneo

Escudo de batalla de un arcángel

Que cruza lentamente lo infinito,

Dejando tras de sí, Por los espacios,

Sobre un campo rojizo,

Trozos inmensos de armaduras de oro

Y jirones de púrpura encendidos.

Los rumores del valle se evaporan;

Los vientos han huido

A echarse fatigados en las islas

Donde, a Poco volar, duermen tranquilos.

II

Solo sobre una loma, separado

Del bosque de espinillos,

Está un ombú de los que allí parecen

Para medir la soledad nacidos.

En el tronco del árbol apoyado,

De pie, mudo y sombrío,

Los brazos sobre el pomo del montante,

Y con los ojos en el suelo fijos,

Don Gonzalo de Orgaz, que todo el bosque

En vano ha recorrido,

Y ha transpuesto las lomas y barrancas

Sin hallar de su hermana ni un vestigio;

Que recién apagadas las hogueras

Del bosque vió, junto al cadáver frío

Del indio viejo, cual si viera el lecho

Que el tigre acaba de dejar, aun tibio;

Con la noche en el alma y en la frente,

Comprime de su espíritu

La tempestad siniestra, que se arrastra

De su ira y su dolor en el abismo.

Algunos hombres de armas lo rodean

Mudos y pensativos

También el Padre Esteban: en sus labios

Asoma y se detiene en su camino

Una frase de amor no articulada,

Que al fin se desvanece en un suspiro;

Todos callan; debajo de la cota

Del capitán se escuchan los latidos.

III

Los soldados comprenden

La pasión de Gonzalo en su silencio.

El que reina en el mar cuando las nubes

Anuncian tempestad, no es más siniestro.

Hay chispas comprimidas del hidalgo

En los ojos inmóviles y negros:

Tiene su pecho el palpitar de la onda

Próxima a reventar; hay en sus nervios

Una tensión violenta,

Que sacude su cuerpo por intervalos

Con un espasmo rápido que cruza

Por sus rígidos miembros.

IV

¿Quién osará romper con su palabra

Aquel mutismo terco

Del hermano de Blanca, sin que estalle

La tempestad latente de su pecho?

Miran todos al monje sólo él sabe

Del alma los secretos;

El vio nacer al capitán; él solo

Supo calmar sus ímpetus violentos.

-Gonzalo, amigo, escúchame,

Dijo por fin el vicio misionero;

¿Por qué entregarte a ese dolor sombrío?

Aun no es de noche... al bosque volveremos.

Volveremos, y acaso...

¿Por qué desesperar? Acaso el cielo,

Mi buen Gonzalo a tu dolor reserva

Y a tu congoja, lo que humano intento

No alcanza a vislumbrar, próvido amparo

Y benigno amparo

Al dolor sobrevive y a la muerte

La esperanza que a Dios pide su aliento.

Pon la tuya en tu Dios. amigo mío,

Sólo él es grande y bueno.

Oye, Gonzalo... vuelve en ti... confía,

No encones tu dolor, yo te lo ruego...

La ira de Gonzalo,

Cual si saliera de un sopor interno,

Estalló, como el rayo cuando siente,

Desde su nube la atracción del suelo.

Sus atónitos ojos

Por el campo vagaron un momento

Hasta que al fin una mirada ardiente

Subió ¿el alma hasta apoyarse en ellos,

Y saltar sobre el monje

Y en él clavarse con el fuego intenso

Que templaba los nervios del hidalgo

Para que en ellos estallase el vértigo.

-¡Vos! gritó amenazante,

Al monje devorando con el gesto,

¡Vos me venís a hablar de una esperanza

Que sólo vos matasteis en mi pecho!

Vos que, con arte indigna,

Me indujisteis al mal con vuestros ruegos,

Me mostrasteis hermanos en los indios,

E hijos de Dios en ese infame pueblo.

¡Y que aun en Dios confíe!

¡Y a mí me lo decís, ira del cielo!

¡A mí, que lloro al ángel de mi vida

Perdido por seguir vuestros consejos!

¡Qué! ¿Creéis que mi hermana,

De mi padre el legado postrimero

Pasto de la pasión de vuestros indios

Ha de quedar en extranjero suelo?

¡Oh! Yo os juro que antes

Que tal suceda, escucharé en silencio

Que llamen a mi madre prostituta,

Bastardo a mí, y a mi blasón plebeyo.

¿No sabéis que mi Blanca

Lleva en las venas ésta que yo llevo,

Sangre de Orgaz, que agravio no tolera

Ni sobrevive al deshonor? SabedIo,

Y, volvedme mi hermana!

Oh, me la volveréis, ¡voto al infierno!

¿No decís que aun es tiempo de ir al bosque?

¿Pues cómo aquí os halláis? ¿Cómo aquí os veo?

¿Qué hacéis? Id a la selva

A buscar vuestros indios, sólo enfermos,

Vuestros hijos de Dios desheredados...

Buscadme aquel salvaje prisionero,

A quien por vos tan sólo

Por vuestros ruegos abrigué en mi seno

Id al bosque, ¿qué hacéis? Oh!, por la sombra

Sagrada de, mi madre, yo os prometo

Que ese sayal que os cubre

No embotará la punta de mi acero.

¡Hablad! ¡Dadme mi hermana, Padre Esteban!

Dádmela! ¿Dónde está? ¿Qué la habéis hecho?

V

El anciano callaba;

Miraba a Don Gonzalo por momentos,

Y tornaba a doblar mudo la frente,

En serena actitud permaneciendo.

Callaban los soldados,

Mientras Gonzalo, tembloroso y ciego,

Buscaba en vano en el humilde fraile

Provocación o enojo cuando menos.

¡Damián! ¡Garcés! ¡Ramiro!

Gritó por fin, pues lo que yo le ordeno

No obedece de grado, por la fuerza

Llevadlo al bosque retornad... ¿Qué es esto?

¡Qué! ¿No me obedecéis? ¿También vosotros

Contra mi os conjuráis? Damián, ¿tú entre ellos?

¡Bajáis las frentes! ¿Cómplices acaso,

Traidores todos sois? ¿También sois reos?

VI

Los soldados vacilan

En dar a aquella orden cumplimiento;

Se miran entre sí y esquivan todos

Ser designados por el mandato expreso.

El furor del hidalgo

Toma creces al verlos,

Las metálicas piezas de sus armas

Crujen con sus nerviosos movimientos;

Sobre el callado anciano

Va a lanzarse frenético,

Pero los hombres de armas se interponen

Todos a una, en ademán resuelto.

VII

¡Capitán! gritó uno,

¡Cuidad de no tocarle, por el Cielo!

¡No le toquéis! clamaron los soldados,

Por vuestra vida, capitán, teneos!

¡Ah, turba miserable!

El hidalgo gritó retrocediendo;

¿Me amenazáis, ralea de villanos,

Gente soez de corazón de cieno?

¡Me amenazáis, cobardes!

Yo os mostraré cómo se aplasta el cuello

A la víbora inmunda que se arrastra

Para morder la planta a un caballero.

VIII

Los soldados esperan

Con la espada desnuda, y con resuelto

Y ya duro ademán, el de Gonzalo

Temido ataque, que el hidalgo es fiero.

En su mano la espada

Se veía temblar, cual sí en el hierro

Continuase la vida y lo animara

Del corazón y el brazo del guerrero.

El primer rudo golpe

Ha sonado de hierro contra el hierro;

Gonzalo apoya la nervuda espalda

En el tronco del árbol, y de nuevo

Alza el amado brazo;

Se adelanta el anciano a detenerlo,

Cuando clama una voz:

-¡Un indio!

-Por entre el bosque

-¡El indio!

-¡Por el bosque, Vedlo!

¡Dónde! grita Gonzalo,

Los encendidos ojos revolviendo,

-¡Atraviesa aquel llano!

-¡Llega al soto!

¿Lo veis? ¡Es él!...

-¡Es Blanca, vive el Cielo!

IX

Por allá entre los árboles

Apareció un momento

Tabaré conduciendo a la española,

Y en la espesura se internó de nuevo.

De Blanca se escuchaban

Los débiles lamentos;

Aun vierte sobre el hombro del charrúa

El llanto aquel que reventó en su pecho.

El indio va callado,

Sigue, sigue corriendo,

Siempre empujando por la fuerza aquella

Que sacudió sus ateridos miembros.

Va insensible, agobiado,

Y en dirección al pueblo,

Siempre dejando de su sangre fría

Las gotas que aun lo quedan, en el suelo,

Grito de rabia y júbilo

Lanzó Gonzalo al verlo.

Y, como empuja el arco a la saeta,

De su ciega pasión lo empujó el vértigo.

Los ruidos de su arnés y de sus armas

Al chocar con los árboles se oyeron

Internarse saltando entre las breñas,

Y despertando los dormidos ecos.

Han seguido al hidalgo

El monje y los soldados. Allá adentro

Se va apagando el ruido de sus pasos;

El aire está y los árboles suspensos...

Un grito sofocado

Resuena a poco tiempo;

Tras él, clamores de dolor y angustia

Turban del bosque el funeral silencio...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

X

Cayó la flor al río!

Los temblorosos círculos concéntricos

Balancearon los verdes camalotes

Y entre los brazos del juncal murieron.

Las grietas del sepulcro

Engendraron un lirio amarillento.

Tuvo el perfume de la flor caída,

Su misma extrema palidez... ¡Han muerto!

Así el himno cantaban

Los desmayados ecos;

Así lloraba el urutí en las ceibas,

Y se quejaba en el sauzal el viento.

XI

Cuando al fondo del soto

El anciano llegó con los guerreros,

Tabaré, con el pecho atravesado,

Yacía inmóvil en su sangre envuelto.

La espada del hidalgo

Goteaba sangre que regaba el suelo;

Blanca lanzaba clamorosos gritos...

Tabaré no se oía... del aliento

De su vida quedaba

Un estertor apenas, que sus miembros

Extendidos en tierra recogía

Y que en breve cesó... Pálido, trémulo,

Inmóvil don Gonzalo,

Que aun oprimía el sanguinoso acero,

Miraba a Blanca que, poblando el aire

De gritos de dolor, contra su seno.

Estrechaba al charrúa

Que dulce la miró, pero de nuevo

Tristemente cerró, para no abrirlos,

Los apagados ojos en silencio.

El indio oyó su nombre,

Al derrumbarse en el instante eterno

Blanca desde la tierra lo llamaba,

Lo llamaba por fin, pero de lejos.

Ya Tabaré a los hombres

Ese postrer ensueño

No contará jamás... Está callado,

Callado para siempre, como el tiempo.

Como su raza,

Como el desierto,

Como la tumba que el muerto ha abandonado.

¡Boca sin lengua, eternidad sin cielo!

XII

Ahogada por las sombras,

La tarde va a morir. Vagos lamentos

Vienen de los lejanos horizontes

A estrecharse en el aire entre los ceibos.

Espíritus errantes e invisibles,

Desde los cuatro vientos,

Desde el mar y las sierras han venido

Con la suprema queja del desierto:

Con la voz de los llanos y corrientes,

De los bosques inmensos.

De las dulces colinas uruguayas

En que una raza dispersó sus huesos;

Voz de un mundo vacío que resuena;

Raro acorde, compuesto

De lejanos cantares o tumultos,

De alaridos y lágrimas y ruegos.

El sol entre los árboles

Ha dejado su adiós más lastimero,

Triste como la última mirada

De una virgen que muere sonriendo.

Cuelgan entre los árboles del bosque

Largos crespones negros;

Cuelgan entre los árboles las sombras

Que como aves informes van cayendo.

Cuelgan entre los árboles del bosque

Tules amarillentos;

Cuelgan entre los árboles los últimos

Lampos de luz como sudarios trémulos.

La luz y las tinieblas en los aires

Batallan un momento;

Extraña y negra forma cobra el bosque...

La noche sin aurora está en su seno,

Y cual se oyen gotear tras de la lluvia,

Después que cesa el viento,

Las empapadas ramas de los árboles,

O los mojados techos,

Brotan del bosque en que el callado grupo

Está en la densa oscuridad envuelto,

Ya un metálico golpe en la armadura

Del capitán o de un arcabucero;

Ya un, sollozo de Blanca, aun abrazada

De Tabaré con el inmóvil cuerpo,

O una palabra trémula y solemne

De la oración del monje por los muertos.

FIN

Zorrilla de San Martín, Juan

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