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Vinueza, Humberto
Ecuador
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MÁS ACA DE LOS SIGNOS ZODIACALES (fragmento)

Estoy triste, andino, equinoccialmente triste. No cabe en mi fardo, en mi paciencia vacante de shamán tanta harina monótona para el verso ázimo; tanto ensimismamiento, vasos comunicantes, tanto Vallejo, dispuesto y prelúdico, tanto alambique triste. Beso en mi bufanda las tristécimas de la unidad que somos, tú yo, pareja más impostergable que póstuma. Puedo gritar, aullar como Ginsberg al eco en el silencio del silencio. (La luna se dilata, bajísima, como propaganda de preservativos contra el SIDA). Puedo, ahora lo sé, ahora puedo como Pound escribir en las paredes: "Lo que bien amas permanece. Pero haber hecho en vez de no haber hecho eso no es vanidad".
Soy un actor sensible a las autocríticas -laxante rasgo incorporado a mi cultura de nieves perpetuas, páramos y marismas. Reasumo la libido y sus lindes elásticas en cuarta dimensión; la vida desde lo más simple hasta lo compuesto-descompuesto; todos los reflejos condicionados o no, con señuelos siniestros; los complejos (todos), especialmente el de superioridad tan venido a menos: incomparable.
Mi lucidez impasible busca símiles en los laberintos siderales, en el tiempo de los tiempos recién inventado por el primer segundo de los amantes; en el infinito visto a través del milímetro recuperado de humanidad. Es la desgarradura nuestro striptease verídico y nunca se callarán las rocolas lejanas a no ser que, de pronto, el camino
sea Marx y Cristo el atajo, pero, mientras tanto, ocurre lo contrario.
Marx en la cruz y Cristo sobre la geometría magnética entre el frenesí y la quimera. Así, los desuniversados bajo la intemperie teneblosa del cosmos esperan, siempre esperamos lo peor de la resurrección imposible. El camino es el atajo; con Marx y las cruces construiremos la rueda.
Por lo demás, ya lo intuía, ¡quién no tiene su década de los sesenta, por no decir lustros maleables, años de soler y amanecer, instantes remordidos entre paralelos y meridianos, su aura de hombrenuevo, implícita en el instinto como vacuna; su aventura en serio, portátil, su Gagarin; su tonada mundial en un poema para el íntimo baile!
¡Quién no escarba en su mochila llena de bitácoras, lámparas, añicos, lascas, hojas de coca en la escarcela, partituras de los más bellos cantos de sirenas, reencarnaciones a medio re, clones místicos, fotografías de ovnis con Dulcineas redundantes, cabellos de ellas de cuando la calvicie era todavía un arcano síntoma, brújulas arrojadas al insomnio por la imposibilidad siempre inconclusa del absurdo, horóscopos que rozan la espalda intermitente para fenecer un poco y mucho renacer burlando los signos del zodíaco!
La duda hace lo suyo atada al vuelo de dos murciélagos.
Está agotado el script.
Quizás algún motel esté abierto para lúdicos, terrícolas, vulnerables amantes; mas tú no estás conmigo.
Nadie, a esta hora, camina en la ciudad.

Vinueza, Humberto

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