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Mesonero Romanos, Ramón de
1803 - 1882

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El coche simón
Hay en Madrid un simón
Que se alquila... no sé dónde,
Y tiene más aventuras
Que Gil Blas o don Quijote.
Su figura es de caldera,
Verde y negro sus colores,
No tiene muelles de Ce,
Ni persianas ni faroles;
Ni menos en sus costados
Se ostentan empresas nobles,
Ni guarnecido pescante
Con dobles cifras de bronce.
Modesto en su sencillez,
Holgado en sus dimensiones,
Tan cerca está de cajón
Como distante de coche;
Y a no ser por cuatro ruedas,
Que se mueven, si no corren,
Tomáranle por sepulcro
O babilónica torre.
Arrastran con harta pena
Esta máquina deforme
Dos mulas que fueron bravas
En mil ochocientos doce.
De la historia de estas mulas
Pudiera decir primores;
Mas dejarelo esta vez
Para contar la del coche.
Fue primero de un marqués
Que vino de no sé dónde,
A pretender... ¡feliz siglo!
Una venera en la corte.
Esto prueba que las cruces
Tan caras eran entonces
Como baratas se dan
En estos tiempos que corren.
Llegado que hubo a Madrid,
Quiso ostentar sus doblones;
Que no hay, para pretender
Como pretender en coche.
Y a falta de los talleres
De Bruselas o de Londres,
Un ambulante artificio
Buscó por toda la corte,
A tiempo que un gran maestro
(No le nombran los autores)
Daba el último barniz
Al recién nacido coche.
Sacole el Marqués de pila,
Luego sus armas le pone,
Campo de plata y dos zorras
Trepantes a un alcornoque.
Ufano con tal conquista,
Por las calles de la corte
Salió a lucir y ostentar
Su bolsa y prosapia nobles.
¡Cielos, a cuántas envidias,
A qué ingratos sinsabores
Dio lugar la tal carroza
En nuestro Prado de entonces!
¿Quién dirá las aventuras,
Las intrigas, los honores
Que valieron al marqués
Estos cuatro tablajones?
Por ellos venció a las diosas,
Por ellos mandó a los hombres,
Por ellos adquirió gota,
Ciencia, orgullo y acreedores;
Hasta que en ellos cruzado,
Y entre estolas y blandones,
Le llevaron a enterrar,
Y pasó al concurso el coche.
- II -
En virtud de providencia
Del señor D. Juan Quirós,
De esta coronada villa
Teniente corregidor;
En los autos del concurso
Del marqués de... que finó
Por óbito abintestato
Y han radicado ante nos
El infrascrito escribano,
Que firma esta relación,
Ordena su señoría
Que por cuanto el acreedor
Ha probado su derecho
Y la hipotecaria acción
Que tiene por mil ducados
Al coche que aquél dejó,
Se le endone y adjudique,
En íntegra posesión
La referida carroza
Tasada en igual valor.
Mandolo su señoría
En Madrid, y lo firmó
A veinte y cuatro de agosto
De mil ochocientos dos.
Ya tenemos a mi coche
Con nuevo dueño y señor,
Un viejo capitalista
Bien cuidado y solterón,
Que en las campañas de Venus
Altos lauros alcanzó;
Azote de los maridos,
De las mujeres patrón.
Dedicaba por entonces
Su sexagenario amor
A una viuda de cuarenta,
Doña Tecla de Albornoz,
Bella tinaja con piernas,
Hermoso guardacantón.
¿Qué don pudiera ofrecerla
Un apasionado amor
Como una máquina amiga,
Que a influjo de bestias dos
Imprimiese movimiento
A volumen tan atroz?
No sabré decir el cómo;
Pero ello se celebró
Cuádruple alianza entre aquéllas,
La señora y el señor.
Y riéndose del mundo,
Libres de vientos y sol,
Vivieron encadenados
En íntima relación,
Como una parte del coche,
Como en su celda el castor,
El gusano en su capullo,
O en su concha el caracol.
La muerte que se complace
En destruir con furor
Todas las dichas del hombre,
Por este tiempo alcanzó
A aquella dulce pareja,
Y... ¡cielos, en qué ocasión!
Cuando no cabiendo ya
Dentro del coche su ardor,
Acababan de adornarle
Con emblemas de pasión;
Dos corazones flechados,
Y riéndose el Amor.
-¡Jesús! qué extraños emblemas;
Llámenme pronto a un pintor
Que borre esas herejías
Y ponga el santo cordón,
El báculo y el capelo,
Y la cruz del Redentor. -
Esto decía el obispo
Que aquel coche remató,
E hisopo y agua bendita
Aplicaba al interior
Para purgar los pecados
Que supuso con razón.
Ya que fue purificado,
El muy ilustre señor,
Subió con sus familiares
A tomar la posesión.
¡Qué vida la que mi coche
Por aquel tiempo pasó!
Ni un capellán de las Huelgas
Puede contarla mejor.
Una novena a San Gil,
Y luego a tomar el sol
Al paseo de la Ronda
O al camino de Alcorcón;
O un viajecito hasta Atocha
A visitar al prior,
Y luego volverse a casa
Al toque de la oración.
¡Qué vida! vuelvo a decir;
Pero aquel tiempo pasó,
Y vino otro de cuidados,
De sustos y agitación.
Un ministro... ¡ay que no es nada!
Al obispo sucedió
De aquel histórico coche
En la grata posesión.
Nuevo impulso y movimiento
A sus ejes imprimió,
Que estaban entumecidos
Por el reposo anterior.
De Palacio al Ministerio,
Desde el Consejo al salón,
Desde la Audiencia al teatro,
Desde el dominio al favor.
¡Pobre coche, qué agitado
Por el mar de la ambición
Caminas a todos vientos,
Tras un fantástico honor!
¡Qué se hiciera aquel reposo
Que un día te permitió
Saborear de la existencia
El progreso bienhechor?
¿Qué, mísero, has alcanzado
En premio de tu ambición,
Sino llegar más aprisa
Al término del favor?
Que mucho brillas, me dices,
Que escuchas de tu patrón
Altos secretos de Estado,
Reservados a los dos.
Que todos te reverencian,
Como a tan alto señor,
Y escuchas del que suplica
En torno tuyo la voz.
¡Ay cuitado! ¿no reparas
En el cielo del favor,
Miserable nubecilla
Que ve con desprecio el sol?
Pues mírala cuál, creciendo,
El firmamento ocupó,
Y roba al astro del día
Su fúlgido resplandor.
Y mira al mortal gusano
Que a su lumbre se ensalzó,
Cuál vacila, tiembla, y cae
De la tormenta al furor.
¡Pobre coche! tu menguada
Nulidad te defendió,
Quedando para testigo
De tu infamia y tu baldón;
Y vino un hombre sin nombre,
Que tus favores vendió,
Y en pago a tus demasías
Y ridícula ambición,
Riéndose a un pueblo entero
Por escarnio te entregó,
Para que puedas decir
En sentida exclamación:
¡Aprended, coches, de mí,
Lo que va de ayer a hoy!
- III -
De un anchuroso corral
Sobre la menguada puerta
Que asienta en el interior
De una sucia callejuela,
En letras greco-romanas
Y ortografía caldea,
Dice: «Aquí se alquilan coches»
Una envejecida muestra.
Yacen en el interior,
Sin guardas y a la inclemencia
Cien carrozas, que otro tiempo
Ornaron la corte regia.
Y ora tristes, abatidas
Por el tiempo y la miseria,
En un lupanar de coches
Lloran su pública afrenta.
Míranse en él confundidos,
Sin jerarquía y sin regla,
Cien románticas carrozas,
Cien clásicas diligencias.
Allí el almagrado coche
Que arrastraron seis colleras,
Está llorando festines
Y soñando en la Alameda.
Allí el bombé vacilante,
Que dejó el doctor Postema,
Reza y murmura aforismos
Y latines de receta.
Mas allá hay una berlina
Con cifras y otros emblemas,
De uno que fue al hospital
Sin zapatos ni calcetas.
Aquí un sucio faetón,
Allí una gran carretela,
Que fue premio en otro tiempo
De una virtud de Lucrecia.
Y agrupadas a un rincón
Se miran cuatro calesas,
Que a queso y a vino puro
Trascienden a media legua.
En tan sucia compañía,
Y en situación tan adversa,
Un coche también... ¡Dios mío!
(Casi no acierta la lengua)
Un coche... ¿si será él?
Un coche... sí, el mismo era,
El del Marqués, del Obispo
Del Ministro y doña Tecla.
¡Ay! quién fuera Garcilaso
Para exclamar: «Dulces Prendas,
Aquí por mi mal halladas»,
Con lo demás que se deja.
¿Y habrá después, ¡oh fortuna!
Quien fíe en tu faz risueña,
Y no te vuelva la espalda
Antes que tú se la vuelvas?
Mas tornemos a mi coche
Y dejemos las sentencias,
Que dicen bien en un libro,
Con tal de que no se lean.
En hábito verdinegro,
Como ya descrito queda,
Ha trasformado sus galas,
Sus timbres y sus preseas;
Y los caballos normandos
En dos mulas peli-negras,
Que corrieron ha veinte años,
A todas las ferias manchegas.
Piloto de aquel timón,
Sentado en su delantera,
Un infanzón de Cantabria
Tiene en sus manos las riendas.
Un capote franciscano
Su tosca persona encierra,
Y un sombrero desalado
Metido hasta las orejas.
Cantando está a media voz,
Mientras que las ocho suenan,
Las glorias de Covadonga
Por el son de la muñeira;
Y en tanto las pobres mulas
Pensando están en qué piensan,
Y de este pienso mental
Se sostienen y alimentan.
Otro animal de dos pies,
Como el que en la proa asienta,
Sube con pena a la popa
Y a los tirantes se cuelga.
Con que la tripulación
Queda del todo completa,
Dos mulas y dos rocines,
Y sumadas, cuatro bestias.
Las ocho suena el reloj,
Se abre del corral la puerta,
Y en oblicuo movimiento,
Y en marcha angustiosa y lenta,
Tiran torcidas las mulas
A impulsos de la correa,
Y anunciando un fin cercano
Crujen girando las ruedas.
Por las calles de la corte,
Y a riesgo de las aceras,
La máquina informe arrastra,
Dando a quien la mira pena;
Y entre silbos y reniegos,
En menos de una hora llega
A la puerta del letrado
Que va a charlar a la Audiencia.
Embarca en él su persona
Medio cura y medio enferma,
Y saca las doctas mangas
Por entrambas portezuelas
Luego que llega al Consejo,
Mientras su derecho alega,
Cochero y mozo liquidan
La propina en la taberna;
Con que añaden a su celo
De Yepes azumbre y media,
Para hacer más llevadero
El trabajo de la vuelta.
Después del pleito a visitas
Con la letrada y su suegra,
Cinco chiquillos y una ama,
Dos pasantes y una perra.
Vuelta después al corral;
Ya don Timoteo espera
Para ir a misa de dos
Del Buen Suceso a la... puerta.
La misa ya se ha acabado;
Más por cuanto la Marquesa,
Al ver a don Timoteo,
Se siente un poco indispuesta.
Él, a fuer de hombre gentil,
La ofrece su carretela,
Y a fin de tomar el aire,
Van camino de la Venta.
En vano el pobre Simón
Les grita que den la vuelta,
Que hace falta en un bautizo
Antes de las cuatro y media.
Suéltanle a las cinco, en fin,
Toma el paso a media rienda,
Y en casa de la parida
A oír maldiciones llega.
Suben en él la madrina,
El padrino, la pasiega,
Los hermanos, el autor,
Y el chico con falda nueva.
Cien pillos de todo el barrio,
Que ha vomitado una escuela
Van corriendo tras el coche;
Ya suben a la trasera;
Ya trepan a los estribos;
Ya se agarran de las ruedas;
Ya gritan: «Señor padrino,
¿cuándo baja la moneda?»
Ya hacen gestos al Simón;
Ya al lacayo desesperan,
Apoyando sus razones
En alguna que otra piedra.
En tal día, es de cajón,
Ya la gente a la comedia,
Y el coche hasta media noche
Embargan y saborean.
Y en tanto las tristes mulas
Guardando siempre la dieta,
Y cuando dan vuelta a casa
Hasta en su sombra tropiezan.
Otro día... pero ¿acaso
Pretendo que sea eterna
Esta triste relación,
Y que en crónica se vuelva?
¿No ha de acabarse jamás?
Ni ¿cómo narrar pudiera
Uno a uno los sucesos
Que en sus páginas encierra?
Baste decir que en enero
Hay un San Antón, y hay vueltas;
Que hay máscaras en febrero,
Y en marzo hay Pepes y Pepas.
Que abril encierra una Pascua;
Mayo a San Isidro fiesta;
Junio noche de San Juan,
Con fandango y con vihuelas;
Julio ostenta de sus toros
Las entretenidas fiestas,
Y en agosto Manzanares
Brinda con húmeda arena.
Viene setiembre después,
Con sus históricas ferias,
Y sus fiestas de Pozuelo,
Carabanchel y Vallecas.
Y octubre empieza a mostrar
Sus fríos y calles puercas;
Y noviembre sus difuntos,
Diciembre su Noche-buena.
Y en todos meses del año
Hay cortejos y hay cortejas,
Y hay revistas, besamanos,
Y hay visitas, y audiencias;
Y hay tontas, a quien se engaña
Con una máquina de éstas,
Y hay jugadores que ganan,
Y hay empleados que medran,
Y hay indianos de Sanlúcar
Y hay sin condados condesas,
Y hay nobleza que ostentar,
Y hay que encubrir la miseria.
De todos estos primores
Puede este coche dar cuenta;
Más por desgracia no sabe,
Porque carece de lengua.
Yo, viéndole sordo-mudo,
En descargo de su pena,
Quise atreverme a formar
(Puesto que no soy poeta)
En estos clásicos versos
Esta clásica leyenda,
A riesgo de que el lector
Clásicamente se duerma.
(Octubre de 1837)

Mesonero Romanos, Ramón de

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