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Campoamor, Ramón de
España
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EPÍSTOLA -1-

A mi madre


Miedo me da el pensar lo que en mí siento
y por eso en sus males, importuno,
sólo sabe ir a ti mi pensamiento.
Por tus renglones, que besé uno a uno,
ya se que están en nuestra humilde casa,
todos muy bien, aunque feliz ninguno.
Que arrastren, como yo, su dicha escasa
con católica fe, con pecho fuerte;
que la vida es cruel, mas pronto pasa.
Y sufriendo por Dios, tendrán la suerte
de vivir esa vida de alegría,
que no muere en el día de la muerte.
¿Quieres saber mi historia, madre mía?
¡Ay! si el saberla yo me da tormento,
el contártela a ti, ¿qué me daría?
De un pesar que no espera es mi lamento;
por eso hoy busca tu materno lado,
maniático de ti, mi pensamiento.
Del hijo más que todos desdichado,
abre tu corazón a sus gemidos,
por la vida tan triste que le has dado.
Pensando en goces, para siempre huidos,
mi mano sofocando la agonía,
del corazón retiene los latidos.
¡Cuánto recuerdo ahora, madre mía,
aquel dulce mirar con que afrentabas
al sol de otoño al acabarse el día!
¡Cuántas dichas entonces me augurabas,
mientras viendo nacer mis sentimientos,
con el alma en los ojos me mirabas!
Y aunque las dichas se volvieron cuentos,
¡como, en recuerdo de tan bellos días,
hoy te besan los pies mis pensamientos!
Al fijar tus pupilas en las mías,
como es la voz del alma tu mirada,
¡qué de cosas, callando, me decías!
Ya mi mente en tu espíritu filtrada,
dejaré deslizarse mi existencia
en tu augusta belleza vinculada.
Tú sola en mi dolor me das paciencia,
pues siempre con tu imagen me acompañas,
confidente leal de mi conciencia.
Tú de luz pura el pensamiento bañas,
la infernal lobreguez trocando en cielo,
del hijo, antes feliz, de tus entrañas.
Pueda hoy contigo desahogar mi duelo,
pues sabe bien tu natural tristeza
que el placer de llorar es gran consuelo.
Turbios mis ojos; blanca mi cabeza,
perdí con la esperanza la energía,
y ya hasta tengo de vivir pereza.
Fue tan larga y terrible mi agonía,
que por tu hermosa senectud te juro
que, a no vivirme tú, me moriría.
De tanto ser como encontré perjuro,
ya dejo hasta el recuerdo, que maldigo,
por tu amor siempre grande y siempre puro.
Desde este día a tu mejor amigo
ya no le importa oscuridad o gloria,
gusto o pesar, sufriéndolo contigo.
Del alma, que consagro a tu memoria,
presto los males curará la muerte,
desenlace final de toda historia.
Y antes la edad, más que las penas, fuerte,
me dará poco a poco ese desvío,
que la tristeza en hábito convierte.
Buitre de las pasiones, el hastío
con sordo afán mi corazón devora,
y el pecho se me queja a pesar mío.
Mas así iré viviendo hora tras hora
hasta que ponga fin a mi existencia
aquel Dios que es más Dios del ser que llora.
Y querrá, en su. bondad, la Providencia,
mientras llega ese fin, dar a mi mente
la angustia que se abisma en la paciencia.
¿Recuerdas la tersura de mi frente?
¡Oh, qué ¡ay! darías sus arrugas viendo,
de esos que dais las madres solamente!
Mas concluyo esta carta, porque entiendo
que lo mismo que a mí cuando te escribo,
te se caerán las lágrimas leyendo.
No llores, madre mía, pues concibo
que es pagar con un ¡ay! con mucho exceso
la ruin parte de vida que ahora vivo.
¡Cuánto lloras mi mal! A cuenta de eso,
para estampar en tu anchurosa frente,
además de otros mil, te guardo un beso.
Dame tu bendición, que yo impaciente
a darte voy cuanto tu amor desea,
que es la ansia eterna de tenerme enfrente.
Y si Dios no permite que te vea,
de mi vida los últimos alientos
besos serán que te daré en idea.
Desde que hallé insufribles mis tormentos,
cuantas horas los días han tenido,
tuve yo para ti de pensamientos.
Adiós, mi santo amor; tú siempre has sido
el ángel para mí de las mujeres;
recuerda sin cesar que no te olvido,
y escríbeme a menudo que me quieres.

Campoamor, Ramón de

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