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poema
 

Mutis, Álvaro
Colombia, (1923)

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CUATRO NOCTURNOS DE EL ESCORIAL
I
En la penumbra de un perdido
aposento el turbio azogue
de un espejo conserva,
irrescatables,
gestos de mesurada cortesía:
dedos que acarician
con distraída ansiedad
las joyas de una empuñadura,
un pañuelo entregado
con febril disimulo,
la mano que lo oculta
con incrédulo fervor,
sombras que pasan,
escribanos, embajadores,
gente de armas, doncellas
extraviadas en el vasto
laberinto de recámaras,
salas, pasillos
y helados rincones donde
dormita un centinela.
Lo que el espejo calla,
lo que guarda
en su anónima eternidad,
en su opaca extensión
donde la nada gira
en el sellado vértigo
de las disoluciones,
jamás será dicho.
Ni siquiera la poesía
es bastante para rescatar
del minucioso olvido
lo que calla este espejo
en la tiniebla
de su desamparo.

II

El aire que recorre estos patios y que palpa
las figuras de reyes y evangelistas, es ajeno
a todas las distancias y regiones del mundo.
Se diría nacido en las columnatas, corredores,
galerías, portales y salas de esta fábrica
sin término. Su misma temperatura mana
de la cantera pulida en la gris rutina
de su reverente superficie. Nace y muere
sin franquear jamás el augusto espacio
que su Católica Majestad prescribió como morada
para conocer y velar los asuntos del Imperio
y acoger las absortas vigilias de su alma sin sosiego.

III

La noche desciende por la sierra,
se abre paso entre pinares y robledos,
con sigilo se establece alrededor del edificio,
se hace más densa, más presente a cada instante,
acumula sus fuerzas, agazapada, preparándose
para la contienda que la espera.
Pone cerco al Palacio Monasterio, por sus grises muros
repta una y otra vez y en vano intenta
tomar posesión del Real Sitio. Exhala entonces
su obstinado bismuto, destila sus alcoholes
funerales, extiende su grasiento sudario
de hollín y siempreviva y apenas logra,
tras porfiar con ciega energía, instalar
su tiniebla en los jardines, demorarse
en la galería de los convalecientes
y resistir por cierto tiempo en los patios,
poca cosa. Entretanto, por obra de la nocturna
brega sin sosiego, ocurre la insólita sorpresa:
los muros, las columnas, las fachadas, los techos,
las torres y las bóvedas, la obra toda adquiere
esa leve consistencia, esa alada ligereza
propias de una porosa substancia que despide
una láctea claridad y se sostiene en su ingrávida
mudanza frente a la vencida sitiadora
que cesa en su estéril asalto.
Por breves horas, entonces, el sueño del Rey
y Fundador recobra su prístina eficacia,
su original presencia ante la noche,
contra los ingratos hombres y el olvido.

IV

Este mausoleo en cuyas urnas de oscuro mármol
reposan los restos de monarcas y reinas
de España, avanza por las tinieblas del tiempo
sin tregua, como en la cala de un insomne navío.
Estas cenizas velan en el centro mismo
del edificio, en lo más recóndito y esencial
de su entraña y en la alta noche de los siglos
siguen con terca parsimonia dando fe de su augusta
presencia, de su pálida fiebre de poderes y mudos
desvaríos. De su vida, en fin, de su errancia terrena
lastrada por deberes y agonías, iluminada apenas
por el tenue licor de una incierta esperanza
en el manifiesto destino de su raza, confundido
con la suerte de estas tierras holladas por la planta
del Apóstol. Nadie que se detenga bajo la sobria
bóveda de este espacio donde ciega la muerte
a sus rebaños y les otorga su inapelable permanencia,
podrá decirse ajeno al enigma que aquí celebra
sus instancias y nos concede aun un plazo efímero
para que sepamos en verdad lo que ha sido de nosotros
y lo que a estos despojos le debemos en el orden
que rige nuestra vida y cuya cifra aquí se manifiesta
o para siempre se desvanece y muere.

Mutis, Álvaro

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