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Althaus Flores, Clemente
Perú
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Al mar

Descubra ufana la pomposa tierra
las maravillas que su seno encierra:
cual mares de colores,
sus llanos muestre de verdor y flores;
sus selvas, montes de nevada frente
y las ciudades que levanta el hombre;
su variedad ostente,
y con lo rico y lo diverso asombre.
A ti tu austera desnudez te basta,
océano gigante;
y mientras que la tierra matizada
mil colores y mil luce sin cuento,
un color sólo basta a tu semblante,
como al semblante azul del firmamento.
Siempre gocé en tu aspecto, ya te viera
desde firme ribera
contrastar por tu estruendo y movimiento
con el callado inmóvil elemento;
y recreado, en tanto
que en la orilla tu espuma se dilata,
orlar te mire tu cerúleo manto
con rica fimbria de luciente plata;
ya, lejos de tus playas,
habitador de trémulo navío,
te viera en torno mío,
ir a perderte en el inmenso cielo,
cual si él te limitase por do quiera,
y todo mar el universo fuera.
Mas, aunque ocupas del común planeta,
inaquietable mar, la mayor parte,
no basta tanto imperio a contentarte,
que a más aspira tu ambición inquieta:
fiero desdeñas con poder diverso:
el imperio partir del universo:
a dominios sin límites aspiras
donde te tiendas sin confín ni vallas;
y a la enemiga tierra
eterna mueves implacable guerra,
y en derredor azotas sus murallas
con tus rabiosas ondas sitiadoras;
sus altos lindes sin cesar invades,
y ensanchas tus estados
con las vastas provincias que devoras.
Tal vez cual diestro atleta, te retiras
para tornar con ímpetus doblados
a descargar tus formidables iras
y ella, temblando muda,
resiste apenas tu inmortal asalto
y teme que sus campos y sus selvas,
sus empinados montes más aerios
y sus grandes metrópolis e imperios
a sepultar bajo tus ondas vuelvas.
Aún el tiempo recuerdas en que ufano,
cual reino tuyo, la ocupaste entera,
cuando de Dios la vengadora mano,
a castigar del hombre los delitos,
lanzó desde la altura otro océano.
¡Cuál diste de placer largo rugido,
cuando reinar te contemplaste solo;
cuando, de polo a polo,
ceñiste el universo estremecido,
cual lidiador que con el peso abruma
del vasto cuerpo a su rival caído!
Inmensa noche te cubría en torno,
horrenda noche, donde
su luz negaba la menor estrella,
noche que sólo se igualara a aquella
que lo más hondo de tu abismo esconde:
y en su negro silencio funerario,
con el bramido de tus ondas bravas
y ronca voz del huracán, cantabas
tu triunfo solitario.
Mas fue breve la edad de tu conquista:
a sus antiguos lindes
el gran volumen de tus ondas baja;
y, como salva náufraga, fue vista
sacar la tierra de tu azul mortaja
la sumergida frente,
y de selvas la espesa cabellera
que sobre el ancho pecho goteaba
de tus saladas ondas el torrente.
Y aunque la tierra en la inmortal promesa
de la bondad divina
de segundo diluvio se asegura,
no aleja empero su postrer rüina
y su infalible destrucción futura.
Contó el Señor los siglos de su vida,
y los tuyos también: vendrá ese día,
a ella y a ti de espanto,
en que con la agonía de la tierra
mires también llegada tu agonía;
y a sus gemidos últimos respondas
con el medroso llanto
y bramador gemido de tus ondas.
Ella remedará tu movimiento,
por el vaivén violento
de internas tempestades sacudida,
y mostrará sus lóbregas entrañas,
y el mar de fuego que su centro llena;
y tú, tus ondas hasta el cielo irguiendo
copiarás sus altísimas montañas
en Andes de agua, entre uno y otro abriendo
profundos valles de revuelta arena.
Y a grandes trechos, tu anchuroso y hondo
secreto lecho dejarás vacío:
cual flota inmensa de varadas naos,
se verán tus atónitas ballenas;
y huyendo bajarán a tus enjutas
llanuras los terrestres animales,
y a guarecerse irán entre tus grutas
y entre tus rojas selvas de corales.
Y en mortal confusión, cada elemento.
De sí mismo y los otros enemigo,
y luchando con todos y consigo,
en nuevo caos tornarán el mundo,
hasta que baje la ira justiciera
y abrase viva llama
el vil teatro del humano drama
que en otro mundo el desenlace espera.
Cual bebe sol de estío
menuda gota de fugaz rocío,
así te sorberá súbitamente
la sed rabiosa de esa llama ardiente:
no quedará de ti recuerdo vano;
y entonces solo Dios, vasto océano
sin fondo ni ribera,
inundará la inmensidad entera.


(1869)

Althaus Flores, Clemente

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