Fuente: http://letralia.com/ciudad-letralia/cronicas-del-olvido/2017/02/13/los-ausentes/

Jorge Luis Borges, Lucian Blaga y Leo Jogiches nos aproximan como lectores a unas páginas donde los fantasmas, los nombres borrados por la tragedia y el tiempo, se pasean gracias a quien recupera “el gesto perdido de los ausentes”: Rubén Ackerman —en su primer intento— en un libro de poesía donde repasa las voces, los gestos y olvidos de sus antepasados judíos.

Y todo ese empeño para “resucitar a nuestros muertos”.

Un libro de mensajes sobre las tumbas —o fosas comunes— de un inmenso cementerio, hecho poesía, que se sostiene sobre “nuestra ración de fe”.

Con Los ausentes (Dcir Ediciones, Caracas, 2016) el autor, nacido en Caracas en 1954, reta al lector a “volver la página” para “regresar al desierto”. Y, en efecto, es una lectura despojada de todo adorno. Es una lectura en la que nos miramos desnudos en nuestra dignidad, pues somos los judíos de la Shoá, los martirizados, los gaseados, los perseguidos, los del antiguo éxodo bíblico, transformados en personajes silenciosos, cadáveres que llevan en su martirio los nombres para que alguien redacte sus epitafios, como escribe Jogiches.

La muerte, estacionada en los versos, habla. Y lo hace a través de quien la siente en su simbología, en sus pasos, en la carne desprendida en medio de una catástrofe que duró tantos años y sigue siendo hoy materia del dolor.

Las sombras de ese recuerdo se estacionan en la soñada ciudad de los orígenes:

El año que viene iré a buscarte a Jerusalén / Tú estarás esperándome en fuego de zarza ardiente / En las arrugas de la mujer más anciana de Jerusalén / Estarás esperándome sonriendo en una de las prietas / del Muro de los Lamentos...

Y así, continúa la muerte, la que existe en los nombres de Ana, Jonnale, Mome, la madre. Sus muertos, los muertos de todos, los santificados, los que viajan por la oración, por una forma de decir Dios.

2

El poema, el libro, reza a la familia, por la familia, tributa la mirada de aquellos que ya no están, de aquellos que detrás de una alambrada dejaron su carne y sus huesos en medio del extravío. Preguntas que destacan el legado de una ausencia convertida en oración, en plegaria, en preguntas. En “A la memoria de Silvia Ackerman”, el poeta exclama:

¿Quién eres ahora detrás de esa vieja fotografía donde sonríes?
¿De qué extraña materia está hecho tu silencio?
Hoy sangran las piezas en el ajedrez de papá
mientras mamá plancha unas sábanas hasta el fin del mundo
no existe una jugada en el tablero que te haga regresar
a ningún lugar en el mundo desde el cual puedas
contestarnos.

Hasta revelarse en un viaje, el eterno viaje, el siempre soñado viaje, en la épica solitaria de quien se añade a la pasada niñez. Rubén Ackerman nos hace verlo en esta estancia, en la muerte que lo oye decir, cantar o guardar silencio frente a la santidad de lo invisible:

El viaje es largo / guarda en mi equipaje / algunas palabras para leer en silencio / tú que sabes sonreír en la muerte / tú que danzas con mi antiguo sueño de infancia / y haces que respire entre ruinas / extiéndeme tu mano como ayer / Madre, necesito tu arrullo / más allá de la muerte.

3

Una letanía para recordar al dios del abuelo. Para descifrar los asuntos del Divino, para deshacer el dolor y convertirlo en eternidad, en la cultura de una fe que “partió para siempre con tu muerte”.

La voz repite, la voz iterativa se hace canto: “Dios de Abraham / Dios de Isaac / Dios de Jacob / Tu Dios sentado junto a ti en la primera fila / de la sinagoga / golpeando la mesa con tu bastón / para guardar silencio y reverencia / antes de comenzar Shemá Israel...”.

La abuela Raquel enciende velas y reza frente a las cámaras de gas que aún pasan frente a sus gastados ojos.
Poema reclamo, poema que cuestiona el descuido del “Dios mudo que perdió a todos sus interlocutores / el Dios que calla detrás del arón hakodesh / El Dios que se dormía aburrido mientras ustedes / rezaban y morían...”.

Esta dureza venida de los susurros de un niño mientras la madre vertía su llanto en medio de la noche, es el poema que en Los ausentes se convierte en mensaje aleccionador. La muerte pasada sigue siendo presente, será presente siempre en la casa, en los rincones y espacios donde la madre dejó sus cosas, el silencio que ahora es palabras.

El Holocausto, presencia activa en cada vela, en cada Shabat, en cada gesto simulado para pasar inadvertido o ser el rostro de aquellos que quedaron plasmados esqueletos en fotografías y documentales, como el de Claude Lanzmann (Shoah), aquel “ejercicio de insoportable imaginación”, como ha afirmado la crítica. Aquellas nueve horas donde las imágenes eran de muertos en pie, con los ojos a la espera de una palabra, de un bocado divino, de la salvación.

Por eso la abuela Raquel enciende velas y reza frente a las cámaras de gas que aún pasan frente a sus gastados ojos. Mientras tanto, “Dios jugando ajedrez contra Dios”. Y los pequeños objetos del abuelo en una maleta que continúa su viaje repleto de lugares, hasta arribar a Venezuela, donde “no hay antisemitismo”.

4

¿En cuántas partes se divide el alma de un libro? Pasan los poemas, los gritos, las quejas de aquellos que ya no están pero sí continúan ante la mirada de quien los recuerda y los hace carne y huesos. Los saca de la fosa común, de la que no tiene epitafio, de la que no sale nadie con un nombre y un apellido. De la que no sube ninguna primavera. “Y así somos”, titula Ackerman: “...somos los inconvenientes / los marcados / los expulsados / los incinerados / los asfixiados / los que siempre parten antes de llegar / de nuestro templo sólo quedó un muro / para lamentarnos // Nuestro poeta / perdió el habla, el sentido / ahora se hunde en las aguas del Sena // Somos judíos”.

El poeta, su referente del dolor, Paul Celan.

La vida y la muerte se encuentran en los nombres de amigos, hermanos, conocidos, desconocidos, en la agria ingrimitud: “Yo estaba sola y me iba al café para olvidar / para sobrevivir”, se oye la voz femenina, la voz de una mujer que también nombra a Silvia y a Sandra, ausentes.

Y más adelante, Kafka, en “El vagón del tren”. La corta biografía de la muerte del judío del gueto. La experiencia de Franz tuberculoso, quien muere en un sanatorio. El otro ausente, el que se hizo acompañar de Gherson y su texto sobre la banalidad, y mantuvo en la memoria el nombre del asesino, el odio indetenible de Adolf Hitler. La crítica a Heidegger, amado de Hannah Arendt. Un diagnóstico de Freud y la fuga de Otto del manicomio. Un cuadro de judíos, un cuadro de ausentes, de martirizados en el último vagón de la agonía.

Luego de tanto cruzar fronteras, de marear en distintas navegaciones marítimas y aéreas, quemaduras y heladas en la piel, la tierra soñada se aleja cada día más.
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Los ancestros siempre retornan. Su hambre de presencia los hace más ausentes, lejanos en la cercanía. La palabra es el pan. El pan es oración, el alimento diario que une a Dios con la tierra. Pero también la evidencia de su falta cuando el cuerpo desfallece, el abandonado por la compasión.

El pan de mis ancestros / el pan sin dios y sin mesa.

El pan del cuerpo. El cuerpo alimento del martirio. El no saber del cuándo y del hasta dónde. Y así,

no saber si mañana van a hornear el pan o / te van a hornear a ti.

A la larga, luego de tanto cruzar fronteras, de marear en distintas navegaciones marítimas y aéreas, quemaduras y heladas en la piel, la tierra soñada se aleja cada día más y convierte al judío en habitante del “exilio de los muertos”, porque los muertos viven en él. Se hacen él.

La voz del que clama en este libro, la voz del poeta, sigue el rezo. Oración inacabable, por los ausentes y por los que nacen.
Alberto Hernández

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