Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2016/11/07/babelia/1478537823_355675.html

En una suerte de estampida abrupta llega la voz desatada de un poeta ignoto —José Antonio González-Haba—. Joan Margarit se propuso rescatar hace ya mucho tiempo sus poemas, hasta encontrar un aliado en Luis García Montero y un editor en Valparaíso.

Hay un latido poderoso detrás de una voz casi carnal, física y directa, macerada en un humor negro a veces muy agrio —“me han contado / que sueles llorar / mientras subrayas ideas / en tu libro de lectura”—, y en una proximidad enigmática a la pluralidad de máscaras de José María Fonollosa, sin su disciplina geométrica de moralista disfrazado y sólo a ratos con su piedad ecuménica.

Pero les anuda una extraña sintonía de emociones, furtivos inspectores de vidas ajenas a la vez que de sus íntimos desengaños, sin renunciar ni a los registros neopop e irónicos ni al contagio del humor cándido de un Cortázar sin cursilería. Pero la oscuridad de la voz es dominante, amasada en una suerte de desplazamiento crónico o una inadaptación a la vida de convenciones y fraudes pactados, o quizá sólo burguesa. Margarit cuenta en un ensayo introductorio emocionante que se hicieron amigos a los 20 años por el azar de la vida estudiantil en Barcelona. Después ya no perdió su pista hasta las vísperas de una muerte fulminante en 2009, a los 70 años. Entonces siguieron en manos de Margarit, “guardados en copias de papel carbón, difíciles a veces”, los originales “escritos en la vieja Olivetti que quizá fue lo único que acompañó hasta el final al poeta”.

Por eso le llama outsider e incapaz de respetar la fina piel de la distancia entre vida y poesía, como un personaje romántico pero real que vuelca en poemas microobsesiones dolorosas y mensajes desolados, a veces tan frágiles y veraces como inocentes porque “no es la mía vuestra plegaria”, ni “jamás podré comprenderos”, entre poemas que se llenan de bichos, de gatos, de caballos desbocados, o enumeraciones con caos y sin caos (como las de Pablo Neruda). Pero de Neruda no llega la vitalidad explosiva, sino otra gangrenada, sin ilusión redentora alguna, como no sea un humor corrosivo y sin cinismo: una poesía insumisa.Los rescates puros dan el mismo miedo que da la sospecha de ceder a la debilidad sentimental por un viejo amigo sin suerte e instinto autodestructivo, pero ni Margarit ni García Montero se equivocan.

Puente de Hierro. José Antonio González-Haba. Valparaíso, 2016. 195 páginas. 12 euros
JORDI GRACIA

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