Fuente: http://letralia.com/ciudad-letralia/notas-desabrochadas/2016/04/01/friedrich-nietzsche-en-blanco-y-negro/

Una película en blanco y negro, un texto de arte sobre la naturaleza muerta y Friedrich Nietzsche como telón fondo me trajeron a la memoria aquellas conversaciones que sostuve (en el barrio Bello Monte 2 de mi adolescencia) con mi amigo Juan Aponte Celis.

En ese tiempo Juan era un lector apasionado de Nietzsche y había leído casi todos los libros del filósofo en ediciones de bolsillo (editados por Alianza Editorial). En una de esas conversaciones me contó el destino final del filósofo, un tanto trágico. De esa locura que lo envolvió en el mutismo durante diez años y por supuesto su terror manifiesto a volverse loco. Con una voz alejada de toda superficialidad me dijo: “Sólo le temo en realidad a la locura. Perder el sentido de la realidad, extraviarme por ese laberinto negro de la mente me produce escalofríos y pesadillas de una desesperación espantosa”. Nunca reparé ni le di mayor importancia a la confesión tan telenovelera de mi amigo.

En esa época de las conversaciones con Juan jamás supe ni los pormenores ni las circunstancias que rodearon la enfermedad mental del autor de Así habló Zaratustra. Muchos años después leí el libro Objetos sobre una mesa, de Guy Davenport, que recopila un conjunto de conferencias realizadas en el año 1982. El libro cierra con un texto que tiene un título sugestivo: “Luz metafísica en Turín”. El ensayo se inicia con una carta eufórica de Nietzsche al músico Peter Gast. Los días que pasa el filósofo en Turín son de una luminosidad exultante, todo le resulta pujante y en la carta escribe: “...(toda la ciudad es amarilla o café rojizo) ¡Y un lugar clásico para los pies y los ojos! ¡Qué vigor, qué aceras, para no mencionar los trenes y los tranvías. La organización de los cuales raya en lo maravilloso..!”.

Davenport escribe que esta visión de Nietzsche le servirá como punto de partida al pintor Giorgio de Chirico para realizar los cuadros con esas ciudades con ocres y amarillos, con una arquitectura rígida, de calles a ninguna parte, de trenes que surgen de una soledad silenciosa y de sombras que se proyectan en el piso (o en alguna pared) presagiando un enigma, un misterio con consecuencias inesperadas.

Por supuesto Davenport evoca aquel día en el que el filósofo se desligó de la realidad. Era un 3 de enero de 1889. El escenario: la plaza Carlo Alberto de la ciudad italiana de Turín, en las estribaciones de los Alpes italianos. Una leve lluvia de copos de nieve cae. En una de las calles laterales a la plaza un carretero golpea a su caballo, que rendido por el frío y el cansancio se ha dejado caer. El carretero entre hastiado y enfurecido lo golpea para que se levante y continuar la faena. De pronto una figura cruza en veloz carrera y se abalanza para consolar al humillado animal. La figura no es otra que Friedrich Wilhelm Nietzsche (Prusia, 1844). El filósofo se abraza llorando de manera desconsolada al cuello del animal. El casero donde se alojaba Nietzsche lo encuentra caído e inconsciente en el suelo de la plaza y lo traslada a su habitación. Ya algo recuperado Nietzsche se desvela toda la noche escribiendo una serie de cartas incoherentes. Una de ellas a Jacob Burckhardt (Suiza, 1818), amigo suyo y también filósofo. Luego de leer aquella carta arrebatada y sin sentido, Burckhardt convenció al músico Peter Gast, discípulo y también amigo de Nietzsche, para que viaje a Turín e intente hacer volver al filósofo a Basilea. Pero todo aquello era el preludio de un final que concluiría once años después. Desde aquel incidente con el caballo Nietzsche se sumergió en el abismo de una demencia incoherente en la que pasaba la mayor parte del tiempo agazapado por cualquier rincón y a veces se bebía su orina o se comía sus propios excrementos.
Carlos Yusti

You have no rights to post comments

Las cookies facilitan la prestación de nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, usted acepta que utilizamos cookies.
De acuerdo