La poesía erótica española ilustrada (4). El Arte de Nicolás Fernández de Moratín (III): léxico y estilo

Fuente: cvc.cervantes.es/

 

Ya hemos visto en entregas anteriores cómo Moratín recorre en su libro (Arte de las putas) todos los grandes temas que se pueden abordar en torno a la prostitución: las mujeres, los hombres, el sexo, el dinero, las enfermedades...

Nada escapa a su exposición y descripción minuciosa. Y en este asunto es donde reside buena parte de su «gracia» literaria.

El estilo que muestra Moratín pertenece a un registro culto. Gusta de incluir referencias eruditas a la mitología, desde el inicio (Venus) al final (Piérides, Hércules, Apolo, Ulises, Calipso, y un largo etcétera), anécdotas de grandes filósofos como Diógenes, o incluso referencias de índole literaria, como llamar «Belica» a una de las cortesanas en un guiño muy cervantino (III, v. 66).

Desarrolla un cierto lirismo en el canto III con la metáfora «Primero el astro que a la luz preside / faltara al cielo, [...]» (III, vv. 64-65): antes se acabe el sol que él se olvide de citar a una de las prostitutas que conoce. Pero donde vuelca su hacer lírico es en el léxico y las descripciones. Al primer apartado pertenecen, cómo no, todas las maneras de llamar al sexo femenino y masculino y a diversas acciones lúbricas. Así emplea (además de la familia putear, putería, putaísmo, putañero) las palabras, hembra, joder, coito, mortero ('culo'), condón, ciruelo ('pene'), bragueta, virote, cilindro, pija, serpiente, empeine ('monte de Venus'), vulva, chocho, coño candeal; y expresiones como «encabronamiento dilatado» ('erección'), «[...] la Tola, que tiene entre las piernas / un famoso rincón de apagar hachas» (III, vv. 109-110), que incluye ambos elementos sexuales; y metáforas como «tinajillas del Toboso» ('pechos'), mechero ('vagina') y azofaifa ('pene').

Mención aparte merecen las descripciones, en ocasiones tan crudas que casi resultan excesivas. A este extremo pertenecen las que dedica Moratín al deterioro que producen las enfermedades sobre todo en los genitales femeninos y, por contagio, en los masculinos. Aquí se recrea, sobre todo en el canto II, ofreciéndonos versos llenos de léxico y expresiones terribles, rayanas en la náusea con un detallismo extremo. Los miembros se encuentran podridos, con bubas, pelados, con heridas, etc. De manera más amable, aunque gráfica, describe el vello de los genitales de una prostituta como «ásperas cerdas», o el despertar sexual de las mujeres con intensidad plástica (IV, vv. 184-197). No evita la masturbación femenina, tema quizás más oculto, si bien la describe con cierto matiz grotesco al hacerlo en la vagina de una mujer anciana (IV, vv. 366-370).

Se podría decir que en ocasiones Moratín se complace en exceso en ciertos elementos desagradables de las consecuencias de una mala práctica sexual; pero siempre lo hace guiado por su afán didáctico: como espejo de lo que no se debe hacer, con la sana intención de enseñar la manera correcta de disfrutar de este placer sin que nadie resulte perjudicado.

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Por Macarena Cuiñas Gómez