A 75 años del deceso de César Vallejo (1892-1938)

Fuente: diariolavozdehuamanga

Sobre nuestro poeta, y más concretamente, sobre su producción poética se ha escrito mucho. No faltan quienes, al margen de su estricta realidad lo han endiosado hasta casi convertirlo en un poeta místico, cristiano y católico, pero tampoco faltaron quienes lo han satanizado, ignorado y desprestigiado como lo hacen hoy los católicos, los puristas que cultivan el arte por el arte.

 

Es verdad que muchos intelectuales, en especial los escritores no concilian sus actos con las ideas que predican; pero en el caso de Vallejo esto no ocurre. Su obra va a la par con su vida, y por eso, considero que para entender su producción periodística, es importante conocer el lado humano de su personalidad.
Algunas anécdotas contadas por él a sus más íntimos amigos pueden darnos una imagen del Vallejo: hombre común y corriente, provinciano y ajeno a las especulaciones de una urbe a la que llamaba Bizancio, en clara alusión a la corrupción e inmoralidad que imperaba ante sus ojos limpios en Trujillo una ciudad con una población individualista, ególatra, nido de vicios no existentes en el campo.
Ernesto More, asegura, que “todo el secreto de la fuerza misteriosa en la poesía de Vallejo reside en el hecho de no haber sido y no haber anhelado ser otra cosa que hombre. Vallejo vivía su poesía, respiraba su poesía, caminaba su poesía y por eso nunca necesitó hablar de su poesía. Nunca intentó ostentar el título de poeta o de escritor o de periodista, ni hacía alarde de su intelectualidad.”
Vallejo adquiere el poder poético -y más tarde la facilidad periodística- gracias a su inconmovible y maravillosa humildad, -recomendación que no está de más  recordar a los poetas y periodistas presentes y ausentes-.

Vallejo no escribía con el afán de ver publicados sus poemas, sino para descargar del espíritu, su desgracia y su infortunio.
A Vallejo le habrá faltado recursos económicos, casi siempre, pero no le faltó alegría para compartir su pobreza con todos cuantos llegaban a su cuarto a la hora de la merienda o al final de una reunión de bohemia. En todos los casos, había en él, un  concepto de dignidad y orgullo, esto último en el más noble y mejor sentido de la palabra.
Veamos sólo un caso. Esa vez Vallejo recibió un giro de mil francos (cien soles) y les dice a sus amigos: ‘‘ahora ya no le debemos nada a la vida y tenemos derecho a ser felices” y se fueron todos a comer y beber.
El Cholo no mostraba su miseria: muy pulcro en su presentación y muy digno en su vida -asegura el Dr. Manuel G. Lazo-  Cuando Sánchez Cerro o Benavides, no está muy preciso este dato, le ofrece un puesto, pese a su precaria situación, no acepta. Hay una discusión con Georgette que no pasa a más. ‘‘El Cholo, cuenta el mismo Dr. Lazo, era fiel a su chola’’.

“En su trato con la mujer -asegura Angela Ramos- Vallejo era un amigo, un confidente, es camarada no intimo; había en él un cierto pudor, un recato”. Sin embargo era frecuente que enviara por delante a Georgette con algún amigo, para ir él detrás, y poder hacer comentarios sobre las chiquillas que se le cruzaban al margen de las observaciones de su mujer.