Poesía que se filtra hacia adentro

Fuente: ellitoral.com

Sergio Messing nació en Santa Fe el 14 de marzo de 1956. En 2001 publicó su único libro hasta el momento, “Poecidio”, gracias al primer premio otorgado por la Asociación Cultural El Puente en el concurso provincial del año 2000. Poeta, dialogamos con él a propósito de su obra, mayormente inédita, de sus planes a futuro, y de la presencia siempre inquietante y enigmática de la literatura.

 

-¿Cuál fue tu primer “acercamiento” a la poesía? ¿qué recordás de ese momento?

-No hay un momento preciso que yo pueda identificar. Como muchos, la poesía se nos filtra para adentro en la adolescencia. En mi caso, esa entrada se produjo desde la música. Las letras de, por ejemplo, León Felipe, Federico García Lorca, Armando Tejada Gómez, Hamlet Lima Quintana, Manuel Castilla que se escuchaban en los ‘70. Las traducciones que algunos amigos hacían de las canciones del rock sinfónico. Los poetas del rock nacional y entre ellos, Luis Alberto Spinetta en particular. La escucha sí, pero una lectura poco comprometida, de Neruda y Benedetti, que fueron como una obligación de los jóvenes de aquel tiempo.

-¿Cuándo y cómo ello derivó en la necesidad o el gusto por la escritura?

-No encuentro relación directa entre ese contacto con la poesía y la posterior inclinación hacia la escritura. Es más, no recuerdo cuándo y cómo empecé a escribir. Sé que un día me encontré escribiendo en papelitos que se empezaron a acumular en una bolsa, y que el más lejano en el tiempo está fechado en 1980. No aparece una necesidad consciente de escribir que me haya llevado a hacerlo, sino que un impulso transformó la escritura en un hábito, casi en un juego, que con el tiempo se convirtió en un gusto, a veces, y en un sufrimiento también.

-¿Qué autores podés mencionar como parte de tus influencias, de antes y de ahora?

-La poesía por la que transité fue, casi exclusivamente, en lengua hispana. La primera gran influencia fue Jorge Boccanera, poeta argentino, a quien leí y me deslumbró. Eso fue a comienzos de los ‘80. Después, casi como un tránsito inevitable, llegué a Juan Gelman. Esa es la mayor, y la mejor influencia. Una presencia permanente en mi escritura, en mi lectura y en mi alma. Si me condenaran a elegir a un solo poeta, si sólo pudiera leer a uno solo y nada más, ese sería Gelman.

Algunas marcas me dejaron Ricardo Zelarrayán, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas. Tuve un acercamiento a los poetas del ‘90 de los que tomé algunos gestos: Fabián Casas, Martín Gambarrota. Otro que dejó huellas en mis palabras fue Fogwill, cuya obra poética descubrí después del 2000. Arnaldo Antunes, músico, artista plástico y poeta brasileño, es alguien a quien leo con mucha atención, y del que se me han ido colando algunas influencias.

-¿En qué línea o corriente estética te inscribirías? ¿o en ninguna?

-No puedo definirme en ninguna línea. Mi relación con la escritura no es la de un poeta, pues soy una persona que anda escribiendo mientras se gana la vida en otras cosas. Hay un punto de quiebre en mi relación con la escritura cuando me otorgaron el premio en el 2000. Eso me permitió descubrir, descubrirme, en un aspecto de mi vida que hasta ese momento no tenía cuerpo, presencia evidente. Desde entonces puedo reconocerme como “alguien que escribe”.

-¿Cuáles considerás que son los rasgos distintivos de tu poesía, que características o búsquedas mencionarías como las más propias de tu trabajo?

-Trato de escribir con sencillez, con austeridad, con economía. Corto y fácil. La mía es una escritura de imágenes con un hilo poco visible, nada literal, muy abierta. Me gustan los juegos de palabras, las frases que pueden leerse de ida y vuelta, del derecho y del revés.

-¿Tenés una rutina de trabajo, una metodología, unas ciertas costumbres para escribir, o todo es más bien azaroso?

-Mi rutina es la falta de rutina. Mi método es la falta de método. Escribo a mano, no transcribo a medios electrónicos, por lo que todo lo que escribí está en papel, en cuadernos y libretas que son las que me acompañan en forma permanente.

Cuando puedo, cuando tengo ganas, me siento y escribo. Donde esté, a cualquier hora. Unos pocos minutos, nunca horas escribiendo. Además, no sé si por fiaca o por una decisión, corrijo muy poco. Me gusta que lo escrito quede como salió.

-¿Cuáles son tus proyectos a futuro en este plano específico, alguna otra publicación?

-Tengo dos libros terminados y unos cientos de escritos más que están a la espera. Me gustaría publicar, pero en el caso particular de la poesía, el problema de la circulación de los libros es algo que no se ha podido resolver. Los proyectos editoriales independientes se han construido con pasión, con talento y con voluntad, y los resultados han sido conseguir un lugar de exhibición en las librerías que tienen algo más que vocación de ganar dinero. Entonces, todo el esfuerzo que significa publicar, a veces no tiene más compensación que ver tu libro en una estantería. No hay tracción para la circulación, sino que hace falta empuje.

Además, yo no estoy integrado a los grupos vinculados a la poesía. Mis actividades profesionales me ocupan mucho tiempo, viajo mucho, y ello me impide acercarme y formar parte seriamente de grupos que trabajan con continuidad y objetivos claros. Y son esas personas las que dan el empuje del que hablaba antes. Esto es una autocrítica, una enumeración de las cosas que yo no hago. Quienes han conseguido que sus libros circulen, que se lean, que se vendan, son aquellos poetas que se ocuparon de ello. Yo no lo hice.

Mientras tanto, los cuadernos se multiplican, se fertilizan entre ellos al convivir dentro de los mismos cajones, quizás se reproduzcan sin que me dé cuenta, y algún día se interpondrán en mi camino, harán un piquete, y reclamarán por un destino diferente al de acumular olor a humedad.