El ángel verde de José Agustín Goytisolo

Fuente: Letralia

No me dijo la autoría de los mismos y yo no le pregunté, pero la voz de Goytisolo declamando estos versos en una mañana de sol alegre, tiene cuando la escucho un matiz metálico y lejano, como una enigmática y honda melancolía que aún profundamente me impresiona.

 

Hermano Calibán. Me voy de caza.
A trizar alas. A romper el vuelo
Del pájaro que pasa.
Mi enemigo allá arriba,
Junto al cielo.
Porque no puedo alzarme
De este suelo
Donde tengo mis hijos y mi casa.
Hermano Calibán. Detengo el vuelo
Del pájaro que pasa.

Después como es sabido se bajó el telón para siempre y ya no hay ni habrá penumbras de abatidas persianas. Lejos de las rendijas del vacío nos queda la impresión de una soledad íntima, solidaria, generosamente abarcadora. Certezas, dudas y versos aventados al mundo; temblor, como una forma de intemperie que desea ser continuamente arropada, que desde niño persiguió sin conseguirlo del todo pese al amor recibido de su mujer, Asunción, de su hija Julia, de Víctor, su nieto, de tantísimos amigos y, sobre todo, esa inabarcable fuerza de su poética a veces también como silbante trallazo a las conciencias agitando los fondos dormidos en una época difícil para tantos.

 

—Yo, Efi, necesito escribir. Lo necesito...

—José Agustín: ¿por qué, y aquí hablaría Aristóteles, los seres humanos de excepción tienden a ser tan melancólicos..?

—(Rápido) Melancolía, no. Melanos alude a lo negro, melancolía significa atado a lo negro, y yo —hizo un gesto de abarcar la luz— amo lo blanco.

La luz del mediodía iluminaba el tiempo en aquella hora propicia a confidencias donde el tráfico incesante importaba bien poco. Ajenos a transeúntes o a integrantes de las mesas vecinas del café, en plena calle, José Agustín Goytisolo y quien esto suscribe hablábamos de vida y de poesía prendidos de la magia del vuelo claro de la palabra en libertad.

 

Me parece mentira que hayan pasado años desde su marcha y que sin embargo siga aún convocándonos a recordarlo, leyéndolo con la misma fuerza cómplice, tan actual, tan frescamente viva. Que continúe escribiendo para sus lectores con la misma pasión que en sus inicios. Remarco con toda intención ese “continúe escribiendo” porque, como sucede con un paisaje o un puebloal que amamos especialmente, o con las ciudadessorpresivas y cambiantes que a veces nos desconciertan, siempre un poema de Goytisolo poseerá esa íntima cualidad mutable en la que cada vez que nos aproximemos a una nueva lectura nos parece distinto o renovado, focalizado bajo luz diferente entre contradictorias perspectivas, sin que deje por ello de ser la misma y unitaria obra. De ahí su incuestionable y perenne actualidad.

 

Mi amistad con José Agustín se fraguó en pocos años. Más o menos en los últimos cuatro años de su vida, donde ambos fuimos jurado de algún premio de poesía. También tuve el honor de presentarlo en alguna de sus conferencias, y a su muerte, cuando se creó en su memoria un premio de poesía que llevaba su nombre. Durante los años en que se celebró dicho certamen fui miembro del jurado junto a Carmen Riera, José Manuel Bermudo o Ferrán Gallego, entre otros.

El poeta me fue casualmente presentado por dos de mis mejores amigos, Rufino Mesa y Assumpta Rosés (Assumpta es sobrina de Asunción Carandell, mujer de Goytisolo), aunque la estrecha vinculación con su poesía venía ya, por mi parte, desde bastantes años atrás, en que por azar leí El retorno siendo yo muy joven, mientras estudiaba al principio de los 70. Aquellos versos supieron acercarme a una voz pura y distinta, atormentada voz bajo una poderosa fuerza elegíaca, la del poeta y la del hombre que, sabiamente articulada, conservaba intacta la pulsión y la hondura del niño que un día fue y que aún seguía golpeando las paredes del tiempo con su grito de angustia, soledad y desamparo, a la vez que esa misma palabra trascendía todo lo que evocaba, dejando paso libre a la luz de los espacios donde la claridad del recuerdo emanaba frescura frente a la intimidad de lo más inmediato o cotidiano.

Después de este inicio yo busqué más libros suyos, y también lo escuché reclamar libertad junto a la voz de tierra sin fronteras de Paco Ibáñez y expandir sus poemas con esa gravedad profunda y sobria que articulaba el tiempo midiendo los silencios. También, sin él sospecharlo, me enseñó, en esos años donde aquí en Cataluña era foránea, a conocer y amar la poesía de los grandes poetas catalanes contemporáneos.

A través de aquella primera antología que José Agustín preparó y tradujo, yo recibí, en esa dualidad de lenguaje, una lección de belleza y profundidad. En sus sorprendentes giros y metáforas, en la rica versatilidad de una lengua que aún desconocía y que me fue ofrecida en una traducción que sólo se pudo acometer como él lo hizo: con el rigor y la sensibilidad de un gran poeta como fue José Agustín Goytisolo. Así mismo, y a través de sus versos transeúntes, aprendí a mirar a esta ciudad en la que vivo bajo otra perspectiva. Imágenes que él, y otros poetas de su generación o grupo, como Gil de Biedma, Barral o Ferrater, supieron acercarnos con la razón y pasión de sus metáforas o de su conocimiento.

 

Porque no hay duda alguna de que desde esa fuga, desde esa agudeza testimonial y libertaria donde enmarca su época Goytisolo, e incluso enlazando otros tiempos más lejanos con ese guiño múltiple de complicidad y sin arqueologías, seguimos observando este tiempo de ahora; cualquier ciudad también, con esa manera universalizada de desbrozar caminos al futuro improbable.

De pronto surge el matiz autobiográfico presente en ese fondo filial reconocible. La claridad de la expresiva forma, la autenticidad que lo anima y alienta, no impide que nos deje en sus poemas un aire de extrañeza. Sus versos, que nos acercan a realidades concretas, siempre mantienen la esencia del misterio. El lector parece atrapar una imagen real pero ésta se desvanece o diluye apartándose de lo anecdótico para penetrar sutilmente en la ambigüedad de lo inefable.

 

Figura clave para entender buena parte de su obra y de su vida, fue Julia Gay, la madre permanentemente recordada. Una luz dolorosa que cruza su verbo sin que haga falta pronunciar su nombre para saber que es arte y parte indisoluble de muchos de sus poemas, tan reveladamente claros, tan luminosamente oscuros...

Dolor que persiguió al poeta desde que la perdiera en un bombardeo un diecisiete de marzo de 1938, precisamente cuando se acercaba la festividad de San José y ella decidió comprar unos regalos para él y para su padre. Una tragedia que marcaría a esta familia de grandes escritores, y muy especialmente a José Agustín.

—Un día —me dijo— ella fue a comprar juguetes para mi santo, aquí en Barcelona, y nunca más la vi... Ni muerta.

 

Y a mí me cuesta aún reconocer
mi horror en ese grito
del niño infortunado que era yo...

 

Toda poética de José Agustín parece, de alguna forma, transitar por la vida en libertad, salirse de los límites. De márgenes marcados por libros o auditorios, expandirse múltiple en cualquier lugar del mundo o albergarse de pronto cobijada bajo el reducto insomne de la complicidad del lector entregado. Ya sabemos que el poema para él —como para Borges y tantos otros autores— era lo importante.

(Mira, Efi —decía siempre— entre el poema y el autor, la primacía es siempre del poema.)

Sabemos también que la poesía era su vida: Es mi vida, como me dijo rotundo y grave, alzándola, cierto día de verano en una de las variadas e intensas conversaciones que sostuvimos ambos; esta vez bajo la sombra de los árboles en una terraza del café Santaló en una calle del mismo nombre cercana a su domicilio.

—Porque el artista, José Agustín, ¿nace o se hace?

—Mira Efi, yo creo que nadie nace artista.

—Pues yo estoy convencida de que irremediablemente se nace poeta... ¿Por qué, entonces, muchos intentan serlo y sólo construyen un armazón de palabras sin chispa o sin alma? Yo creo que algo ajeno a nosotros alienta desde el fondo la poesía. La auténtica poesía.

—Tú crees eso y yo te digo: la poesía es arte y artificio. Arte de saber buscar y decir las cosas que otros han dicho, pero de forma o modo diferente. Porque —pensativo— todo está dicho ya en poesía... La manera de decirlo es lo diferente. Y el artificio es, de pronto, saber levantar a una persona de la cama o del asiento con un cambio de verbo o con un adjetivo que no se esperaba. Yo he roto centenares de poemas. No guardo nada, poema que no me gusta, ¡fuera!

—Sigo discrepando, se nace así... Luego uno termina de cuajar o completarse; pero reconoce al menos que es muy extraño este desasosiego que al fin y al cabo es algo que no conduce a nada material...

—Yo nací niño, Efi. Me hice escritor en la biblioteca de mi madre; me hice poeta leyendo los libros que leía mi madre... ¡Dilo!

 

Yo recuerdo tus ojos
cuando hablabas del aire
porque el cielo venteaba en tus pupilas.
Yo recuerdo tus manos —hace frío—
arropándome al lecho como copos
de nieve enamorada.

(JAG)

 

—José Agustín —le dije—, Cernuda nos recuerda que la poesía fija la belleza efímera: ¿se busca tal vez en el poema eternizar el instante?

—No —me respondió—. Se busca en el poema eternizar lo eterno, que es lo efímero continuado.

—Entonces, y parafraseando a Quevedo, ¿sólo lo fugitivo permanece y dura?

—Exacto, Efi. Sólo lo fugitivo permanece y dura atrapado en un poema. Atrapado en un poema —subrayó convencido.

 


Efi Cubero en el V Congreso Internacional José Agustín Goytisolo.Pese a la singular polifonía de voces y de mundos, de la extraordinaria variedad temática de personajes y ritmos diferentes que pueblan una de las obras suyas que a mí más me seducen, El rey mendigo, parecen resonar sobre el silencio de una sola voz; la del propio Goytisolo.

Llevan el sello desgarrado y sereno del poeta, del exquisito artífice que fue, que es y que siempre será José Agustín. Esa aguja imantada apunta al corazón y a la esencial materia del lenguaje que se adueña del tiempo y los olvidos. Cuando aludí hacia sus supuestos enmascaramientos él no lo desmintió, me dejó simplemente un quizás... mientras que su mirada pareció confirmarlo.

—¿Poliédrico, José Agustín?

(Y, con un ligero toque de amargura)

—Bipolar. Soy bipolar.

—Simbolismo en tu obra.

—No hay ninguno.

—Claves, entonces...

—Claves muchas. Muchas.

—¿Tu libro preferido?

—Como tú, prefiero El rey mendigo...

 

Lo que confiere a Goytisolo su autoridad incuestionable, ese lugar que merecidamente ocupa en la historia de la poesía, es ese punto heteróclito híbrido y personal entre unos poemas que a menudo se oponen pero con una sólida y sutil urdimbre donde no hay nada dejado al azar. Esa despreocupación, sólidamente engarzada por el preciso dominio del oficio y la poderosa intuición que prevalece intacta. Lo que tiene apariencia de espontáneo está concebido de la forma más perfecta posible; la trabazón que dispersa o agrupa el engranaje de las palabras conformando una red de precisión certera. Al borde del naufragio en apariencia, pero amarrado al mástil como Ulises, José Agustín crea para el lector el juego inteligente del poema —o la idea— dejando que éste deguste su significado rescatando de paso el matiz omitido que llevará a la clave de lo que previamente ha sido de alguna forma escamoteado.

Que Goytisolo es un poeta esencialmente urbano, amante, transeúnte eterno de su hermosa ciudad, ya lo sabemos. Por su poética, atenta al laberinto cosmopolita y a los que como él mismo deambulan por los dédalos inteligentes, por supuesto, pero también, cuando la mirada de Goytisolo focaliza el paisaje, sobre todo con ese poso y ese paso único en Los pasos del cazador, la naturaleza es percibida siempre casi como su propio estado de ánimo. Esa inquietud larvada (incluso esgrime allí la cívica denuncia) sacude la soledad de los entornos. Porque el poeta no permanece pasivamente aislado ni siquiera en la contemplación, vive inmerso en el vértigo del mundo y en sus complejidades; no mitifica nada, ni al poeta, ni al ser humano ni al terreno que pisa, todo para él es susceptible de cambiar, de mejorarse, de perfeccionarse; empezando por él mismo —su crítico más duro— sin lograrlo jamás; de ahí que prevalezca, absolutamente viva y en pie, su permanente contemporaneidad. La irreductible vigencia de una modernidad absoluta.

 

Siguiendo esa particular pisada, finalizados los 70 vuelve José Agustín a acercarme, mediante la lectura, a un universo familiar, al de mi origen. El aroma de jaras y de encinas del territorio de mi nacimiento me es devuelto desde la distancia a través de la mirada de ese cazador de imágenes entretejidas con “metáforas más brillantes que una cuchillada” como él mismo proclama al referirse al castellano que se habla en Extremadura. Camino por los pasos del cazador, frente a esos versos y matorrales, como en una travesía hacia mi propia identidad puesto que yo desciendo también, como perdiz herida, de ese vuelo truncado de sueño y permanencia; de esas tierras por las que Goytisolo camina y donde deja su huella y su mirada en una época de emigraciones salvajes y de desgajamientos puesto que el libro, aunque fue publicado en los ochenta casi, arranca treinta años antes de la fecha de su publicación.

 

¿Son muy altos los montes
en Cataluña?
Al tren al tren
que sale al amanecer.
¿Son muy altas las torres
en Cataluña?
Al tren al tren
que sale al amanecer.

 

...Treinta años visitando Extremadura, dejándose anegar por su intacto paisaje y por sus voces. Al principio, allá por el 54 —según me contó muchos años después—, se acercó allí acompañado de Sánchez Ferlosio, a cazar. Resultó ser un cazador cazado.

Él me confesaría lo que por otra parte dejó escrito: que Extremadura empezó a apasionarle de muy distinta forma y que empezó a sentirse muy a gusto entre los extremeños. “Lo que me atraía de aquellas ricas y distintas hablas”, me dijo y a su vez corrobora en el prólogo de Los pasos del cazador, “no era su aspecto costumbrista, por supuesto, ni tampoco el estudio de localismos, y menos todavía el trabajo de catalogar sus variadas pronunciaciones. Me interesó, en cambio, y de qué manera, su substrato común, y la posibilidad de ahondar en el conocimiento de un idioma en el que pensaba y quería escribir; y creía que eso podía conseguirlo con sólo dejarme empapar por las voces y expresiones que caían como una lluvia tenue en las conversaciones o cantos que escuchaba en mis caminos”.

—Lo que yo realicé aquellos años fue algo mucho más profundo que el estudio de una lengua a través de lecturas, ensayos críticos o lecciones magistrales. Fue —nos dice— un juego apasionante y hermoso como debiera ser siempre el oficio de escribir. Además —dice refiriéndose a la tierra extremeña— yo era allí forastero, pero no extraño; resultaba exótico, pero no ajeno; me sabían recién llegado, pero no intruso.

Los poemas variados del libro Los pasos del cazador entroncan de alguna forma con el cancionero popular de Extremadura; José Agustín me aseguró que no lo conocía; que él, de pueblo en pueblo, y durante muchos años, fue anotando canciones en trozos de papel, en servilletas, en libretas, cantares de muchachas, de campesinos, conversaciones de camioneros, etc… Y que de ahí surgió este libro. Orillando ese tema lo cierto es que son los romances tradicionales sometidos al fluir del tiempo que Goytisolo como otros muchos recoge de forma oral y nos los devuelve enriquecidos desde sus afiladas estilizaciones o sus sobrias metáforas cargadas de contenidos y soterradas claves. El paisaje, como también el paisanaje, se abre ante nosotros y nos descubre bajo su apariencia en paralelo a la antigua lírica de los juglares o los trovadores, su exquisita levedad, el misterio de una tierra bajo su aparente sencillez clara y profunda.

A Guadalupe a cazar
pero Zurbarán.
A Guadalupe a sanar
pero Zurbarán.
A Guadalupe a rezar
pero Zurbarán.
A Guadalupe a soñar
pero Zurbarán.

Frente a la luminosidad de un paisaje que pese a lo abierto y ancho de sus múltiples perspectivas, jamás es apresado, el estilete reivindicativo que el cazador de Goytisolo dirige a las conciencias subyace con una esencial fuerza.

 

Poco nos importa el gongorismo de determinados versos; Gil Vicente pasado a su vez por Alberti, Lorca al fondo, etc. Todo arranca desde la tradición hacia la evolución y la renovación hasta la innovación y pónganse los “iones” que se quieran, si se aplica el oído se escucharán corrientes de frescura remontadas por siglos...

Forastera en Trujillo
entró la dama
como alocada.

Y al pasar por el Arco
de San Andrés
un traspiés.
En la iglesia que llaman
Santa María
una torcida.
Y en la Plaza Mayor
bajo los soportales
el sofocón.

En este juego de analogías o correspondencias, un poema levanta el vuelo como una hermosa alegoría cuyo simbolismo nos introduce en una visión totalizadora y unitaria de determinada época de nuestra historia. Se trata del poema “Los momentos de la perdiz”, que transcribo:

En lo blanco blanco
de la flor de jara
sobre los jarales
la perdiz escapa.
Cantó al alba la perdiz
más le valiera dormir.
En lo verde verde
de la verde encina
por los encinares
la perdiz herida.
Cantó al alba la perdiz
más le valiera dormir.
En lo negro negro
de la negra estepa
hallarán los perros
a la perdiz muerta.
Cantó al alba la perdiz
más le valiera dormir.

Goytisolo en este poema subraya en tres tiempos tres conceptos: libertad, herida, muerte. Divididos a su vez en tres colores que para los extremeños son especialmente cercanos: verde, blanco, negro. Justamente los colores de la bandera de Extremadura, aunque resulte casual este significado. Al leer el poema, con el vuelo de la perdiz identificamos una tierra desangrada en años especialmente duros y difíciles. Son nuestros colores, sí, sólo que en el poema el blanco del alba es el primero y el que señala el inicio del vuelo de la perdiz confiada, sigue después el verde de los encinares y olivos, ya la perdiz tocada sobre la esperanza de ese verde; y finalmente, sobre el negro telón de la negra estepa del luto del olvido yace la libertad. El vuelo claro ha sido cercenado por el disparo del cazador de turno... El poema enlaza justo con este otro que alude a la emigración.

Todo señala ya el cierre
y no sólo las torcaces
que van del Sur al Noreste.
Mira el color de la jara
mira el cerezo vistiéndose
el matorral y el sembrado:
todo señalando el cierre.
El tiempo nuevo que viene
sube como las torcaces
desde el Sur hacia el Noreste.

Nada es casual en unos versos que saben decir o sugerir con una voz cambiante y selectiva de múltiples ritmos marcados por la sobriedad y la esencialidad en el tono flexible de las escogidas imágenes.

 

La penetrante mirada del poeta sintetiza en unos versos —estamos en los cincuenta— toda la corriente migratoria que desangraría cauces de difícil retorno. Las torcaces del poema anuncian un tiempo nuevo y avanzan desde el Sur hasta el Noreste donde casualmente se halla la Cataluña de Goytisolo.

—¿Y qué es para ti la caza, José Agustín? —le dije—. ¿Deporte o evasión?

—La caza no es deporte ni evasión. Es una pasión. Una pasión que devuelve al hombre a los orígenes. A lo que fue. Cuando el hombre era cazador y la mujer recolectora de frutos; y desde entonces, el machismo se reservó la caza como una actividad de reyes. Pero después pasó al pueblo y el pueblo ha hecho de la caza una actividad seria. Porque no sólo quita el hambre, sino que quita la angustia. El odio de Caín y Abel es porque uno era el agricultor y el otro era el cazador. Libre; siempre al aire de su voluntad. Y siempre la gente sedentaria ha odiado la libertad del nómada.

—Puesto que hablas de ese concepto, tú has afirmado que “cuando se percibe de pronto un viento de libertad, es porque esa libertad no se tiene...”. José Agustín Goytisolo, tan libre, no tiene esa libertad?

—La he tenido. Me ha costado muchísimo pero la he encontrado. Incluso en un calabozo. He sido libre siempre. (Rotundo) Siempre he sido libre. Nunca he seguido los dictados de ningún partido, ni comunista, ni socialista ni nada de nada. Libre. Como un pájaro cantando.

—Hablas también de que siempre existirán en la tierra seres angustiados que, en lo más hondo del intricado bosque de su memoria, seguirán escuchando Los pasos del cazador. ¿Qué simbolismo tienen esos pasos..?

—Los pasos del cazador son como los pasos de una Pasión. Tienen una simbología casi, casi religiosa. Son los pasos del ser libre, del que va hacia la libertad... Como Primera Estación, Segunda Estación, Tercera Estación...

En Los pasos del cazador, José Agustín es a la vez el acosador y el acosado, representa el cazador pero también la presa frente a ese desdoblamiento de espejos desde donde percibe la realidad como la flecha y el arquero de los griegos marca así, ya sea en la naturaleza (de la que era un defensor acérrimo, un ecologista convencido), en la propia ciudad o en la poesía, la particular defensa de un territorio que es suyo y es de todos.

Subrayando su impronta libertaria, nada a contracorriente, sigue todos los vientos, y al mismo tiempo ahonda en la sabiduría de quienes lo preceden. Y puede ser muy cáustico cuando esgrime su voz contra las injusticias, y muy tierno también. Tan de cristal, que mantiene encendida su personal linterna para que alumbre a otros.

 

—¿Cuánto de fantasía y realidad cabe en un poema, José Agustín?

—Pues mira, Efi, casi todo es realidad modificado por la fantasía.

—¿Y, cuándo deja un poema de ser creación para convertirse en dogma..?

—Cuidado... La mayor ambición, según Antonio Machado, es ser un poeta anónimo, pero en vida. Yo a veces lo he conseguido. Por Centro y Suramérica están cantando “Palabras para Julia” o “El lobito bueno” y no saben que las escribí yo. Y no hay nada que me produzca más orgullo que eso. Si fuera al revés sería vanidad. Mira, Efi, entre el poema y el autor, la primacía es siempre del poema.

 

Aparte de ser autor de un buen número de libros, Goytisolo tradujo a poetas italianos como Montale, Ungaretti, Pavese, Quasimodo o Pasolini.

—José Agustín —le dije—, ¿te interesas por i Ermétici en poesía u opinas igual que yo, que todo etiquetaje poético, llámese como se llame, es algo absurdo..?

—A mí me interesaban los mejores poetas que había en Italia y eran ellos: para mí, por orden, el mejor de todos es Eugenio Montale. El segundo, Salvatore Cuasimodo, y el tercero Ungaretti.

—“M’ilumino d’inmenso”. ¡Qué lacónico aquí, Ungaretti! ¡Qué parquedad! —le digo.

—A mí este verso no me va. Yo no me ilumino de inmenso. Yo me ilumino de luz. De la vida. Conocí a Passolini y traduje tres guiones de sus películas: Accatone, Mamma Roma y Edipo Rey. Los dos primeros están escritos en romanesco, un dialecto italiano. No tuve más remedio que ir a Roma y la Campania para aprenderlo. Los tres guiones están producidos para Carlos Barral, a quien yo quería muchísimo, como a Jaime Gil de Biedma. Ellos fueron dos de mis mejores amigos.

—Casi todos los componentes de esa ya mítica “Generación del 50” de la que tú formas parte esencial, erais amigos. Fuisteis los primeros también de aquel importante homenaje a Antonio Machado en Colliure al cumplirse el vigésimo aniversario de su muerte.

—Sí, fue un acto político además de poético. Una reivindicación nuestra. De ahí surgió mi libro Claridad, que es un homenaje, no todo a Machado, como a veces se ha dicho, sino a todo mi grupo de excelentes poetas y amigos.

 


Efi Cubero y Asunción Carandell, viuda de Goytisolo.A veces miro las fotografías que realizó Asunción Carandell a los miembros de su generación. En Colliure, en Formentor, en tantos sitios, allí están tantos poetas desaparecidos, Ángel González, Gil de Biedma, Blas de Otero, Carlos Rodríguez, Costafreda, Carlos Barral, Valente, Ferrater... Y también, el felizmente entre nosotros, José Manuel Caballero Bonald.

Las sonrisas de los personajes captados por la cámara se impregnan de una luz mediterránea que fija tantos sueños. Tienen la alegría del sol y una esperanza de futuro que parece iluminarlos por dentro... El tiempo, como las olas, se lleva muchas cosas pero no estas miradas transparentes y cercanas que parecen eternizarse como sus versos. Actitudes y gestos, reservas y aperturas, deseos, dolor, reivindicaciones, sonrisas y miradas; cómplices, vivas, francas, abiertas, fugitivas, huidizas, inconformistas, “condenadas a ser libres o extranjeras en un mundo sin sentido” —como Sartre diría—, que aún nos contagian su deseo de luchar por un mundo más humano y habitable y seguir batallando con las armas incruentas para que todo cambie, agrupadas bajo un mismo objetivo, bajo idénticos conceptos de paz y tolerancia, de solidaridad frente al dolor ajeno, que también es el propio. Focalizadas bajo su combativa indefensión; reveladas en su creador inconformismo; reflejadas en su acompañada soledad, su alegría, su angustia, su pasión de vivir y de ayudar creando. Detenidas un instante bajo el flash que no asfixia ninguna perspectiva, en las hojas del álbum del corazón quedan como un latido, como una bocanada fresca de sal y libertad. Como una manera de eternizar lo eterno que, como él nos dijo, no es más, pero tampoco menos, que lo efímero continuado.

 

—Anterior a Claridad —le digo— saldría a la luz Salmos al viento. Siempre me ha llamado la atención que ese libro, de solemnidad sálmica para la sátira más corrosiva, pudo estar en las librerías sin que los censores de aquel tiempo difícil se percataran... ¿No te leían?

—No. Ellos veían una cita de la Biblia y lo dejaban pasar. ¡Y mira que el “Tríptico del soldadito” era una llamada a la deserción! Los censores leían Salmos y pensaban que eran cosas algo religiosas. Ni se molestaron en leerlo.

—Aunque te licenciaste en derecho, tienes una especial relación con la arquitectura. Colaboraste en el Taller de Arquitectura de Barcelona, ¿no?

—Sí. En esa época estuve como cooperante varios meses en Argelia para hacer unos anteproyectos de arquitectura y urbanismo. En el Gran Sur, en Tamanraset, a unos tres mil kilómetros de la costa, surgió la idea de El rey mendigo. Me la dio un jefe de los tuaregs. Se llamaba Lajine. Un día le dije: tú lo tienes todo, dinero, mujeres, todo. Y él me respondió: “Sí, pero me he convertido en un rey mendigo...”. Él era descendiente de los Siete Reyes del Imperio Tuareg, de ahí salió el libro. Yo también, Efi, me he convertido en un rey mendigo...

 

A ojos cerrados
el verde oscuro y terso de las hojas
sigue brillando sobre el tiempo ido.

 

—Has viajado por casi todo el mundo y algunos de esos viajes han influido poderosamente en tu obra... ¿Y en tu vida?

—Sí, en América Latina he estado doce veces. Estuve en Argentina antes de Videla y después de Videla, allí asesinaron a amigos míos como Francisco Urondo, publicado en Ocnos, y Enrique Wolf, y al hijo de Juan Gelman...

—Y allí conociste a Alejandra Pizarnik...

—¡Ay, pobrecita, era un amor..! Se suicidó. Nadie sabe por qué lo hizo. A ella no la perseguía nadie políticamente... Tenía algo que me recordaba a Ana María Moix, pero con problemas que Ana María no tiene... Otro amor.

—Y a Borges. También conociste a Borges.

—¡El gran Borges! Yo siempre dije que de Borges lo más importante es su poesía. En poesía es donde Borges es realmente sincero. Donde más se desnuda. La primera antología de la poesía de Borges la preparé yo. Estuvimos tres días en su casa de Buenos Aires, leyendo y grabando. Vivía entonces en la calle Alvear, con su madre, y su casa estaba siempre en penumbra, al ser él ciego... Caminaba sin tropezar por la casa como si viera en realidad. Mi mujer, Asunción, registró todas las conversaciones. Borges es un apellido catalán, o portugués, pero judío. Él casi siempre habla de la familia inglesa de la madre... Era de ascendencia sefardí. Los dos poemas judíos, uno que se llama “Israel” y otro, “El león al mediodía”, se los hice poner en la antología que preparamos. El Sur, para él —me dice— terminaba en la esquina de su casa. Toda Buenos Aires para abajo, hasta la Patagonia y Tierra del Fuego, era el Sur para él. Quedó muy contento de aquella antología...

—Tú llevas sangre cubana, José Agustín, ¿no?

—Hombre, ¡por Dios! Algunos cubanos son los que llevan sangre de mi gente.

—¿Y Lezama, José Agustín..? Háblame de Lezama.

—¡Ah!, Lezama. Tan fuerte, un ballenato como él decía. Amigo mío muy querido. He publicado tres escritos sobre Lezama: Posible imagen de José Lezama Lima, el prólogo de laedición castellana en España de Fragmentos a su imán y Vida de Lezama, que es un poema larguísimo. Lo conocí en el 66. Sin moverse de Cuba, de La Habana Vieja, en Trocadero, 152, sabía perfectamente cómo estaba organizado, por ejemplo, el Museo del Prado, o el del Louvre; todo, por salas. Era un caso increíble. Sabía todo. Todo lo sabía...

(Cuando murió Lezama, José Agustín Goytisolo le dedicó las palabras más hondas y generosas que un gran poeta puede escribir sobre otro poeta grande).

—Tengo entendido que en Cuba conociste a Salvador Allende... ¡Y en calzoncillos largos!

—Sí (divertido), se había estropeado el aire acondicionado del Hotel Habana Riviera, hacía un calor tremendo y Salvador Allende estaba en calzoncillos que le llegaban a las rodillas, leyendo el periódico tranquilamente en la puerta de su habitación. A mí me recordaba a mi tío Leopoldo, se parecían muchísimo físicamente. Yo le mandé un telegrama cuando ganó las elecciones y él me envió un billete para ir a Chile, luego volví con mi mujer en el 72, poco antes de lo de Pinochet...

(Poco después de la muerte de José Agustín, en una de las conversaciones que mantuve con su viuda, Asunción Carandell, amiga mía muy querida, me relató una anécdota divertida y simpática que yo desconocía y que no me resisto a compartir).

Asunción me contaba que poco antes de ir a Chile, José Agustín fue a París a visitar a Pablo Neruda que, como es sabido, era allí embajador. Fue a verle para pedirle una carta de recomendación para Salvador Allende porque se iba a realizar un proyecto social en Chile, de casas, digamos que económicas. José Agustín, aunque conoció a Allende en Cuba, necesitaba esa carta de Neruda como apoyo para presentar todo el proyecto. Pablo Neruda lo recibió y acogió muy bien la propuesta y escribió enseguida la carta que Goytisolo le pedía.

Antes de despedirse él preguntó a Pablo Neruda que cómo le gustaría que se llamase el barrio. Neruda le respondió: “Villa Lunaria. Ha de llamarse Villa Lunaria”. Y así lo escribió en la carta.

José Agustín había quedado esa noche para cenar con su amigo Paco Ibáñez, y con el hermano de Paco, Rogelio, en una tasca cercana al hotel Namur donde se alojaba. Al parecer, en el transcurso de la cena se habló del proyecto y él les enseñó la carta que le acababa de dar Neruda. Conversaron, cenaron tranquilamente y al regresar al hotel José Agustín busca la carta y no la encuentra. Ni él la tenía y sus amigos tampoco, entonces, descalzo como estaba, volvió corriendo a donde habían cenado poco antes. Podemos imaginarnos su angustia cuando comprobó que, al ser de papel los manteles, una vez utilizados los habían arrojado a la basura y nadie sabía nada de otro papel que no fuera el desechable. Con la lógica desesperación los tres amigos se pusieron a buscar por los contenedores y por suerte, arrugada y maltrecha, la carta apareció, y así llegó a las manos de Allende, el cual se quedaría muy extrañado de que Pablo Neruda y José Agustín Goytisolo fueran tan poco cuidadosos con los documentos y que los arrugaran de esa manera.

—Luego estuvimos un mes en Chile, justo antes de la muerte de Allende.

—¿Y el proyecto, cuajó..?

—No —dijo Asunción—. Poco tiempo más tarde se desencadenó la tragedia que todos conocemos.

 

(Transcribo uno de los poemas; el dedicado, sin nombrarlo, a Salvador Allende, de su libro El rey mendigo).

Se quedó en el palacio

¿Cuál fue su error sino el de imaginaros
distintos de como erais?

En los días desesperados
cuando el país era igual que una cueva
de oscuridad y espanto quieto
le elegisteis a él
para hallar una senda hacia la luz
que muchos de vosotros siquiera conocíais.

¿Cuál fue su culpa sino desearos
una vida más digna?
Cuando nadie podía hacerlo
él propuso una meta y diseñó un espacio
de concordia y asentimiento
al que un día llegar
sin que el rencor ni la sangre pudieran
entrar y derramarse por la casa de todos.

¿Cuál fue su suerte sino suplantaros
a la hora de morir?
Frente al terror y a las traiciones
cuando muchos huyeron él cumplía
un compromiso con vosotros.

No le importó su vida
sino todas; aunque su muerte no evitaba
el rencor y la sangre y el retorno a la cueva.

(JAG)

—Tu lector ideal, José Agustín.

—Una mujer.

—¿Por qué?

—No lo sé. Pero siempre una mujer entiende mejor mi poesía.

—Tus aficiones.

—Escribir, cazar, y pasear con mi nieto Víctor para ver “El ángel verde”.

—¿Y quién es el ángel verde, José Agustín?

(Miró entonces hacia los árboles y su voz pareció confundirse con las hojas, y con los pájaros, y entonces recitó...).

El ángel verde

El ángel era extraordinario
y tenía las plumas verdes.
Se sentó junto a mí en un banco
del Turó Park. No dijo nada
pero sopló sobre mi frente.
Yo creí que era un ser alado
que se ocupaba solamente
de vigilar el colorido
de los olmos y los laureles.
¿Quién eres? dije ¿un ángel puro?
¿Te pintó Rafael Alberti?
Una sombra se acercó al punto:
Era el guarda. ¿Qué le sucede?
A mí nada. ¿Por qué lo dice?
Porque habla solo. No señor:
Yo preguntaba al ángel éste.
Mejor se vuelva usted a la casa
La insolación es mala siempre.
Me levanté y salí del parque.
Conmigo vive el ángel verde.