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Luis García Montero estuvo en Honduras. Llegó con Almudena Grandes, su esposa. Una visita de esta categoría da cuenta de la importancia que es generar estos vínculos y acercar la poesía del mundo a Honduras y la poesía de Honduras al mundo. Aquí tuvo la oportunidad de conocer un país que solo se había imaginado y de compartir aunque sea un poco de su trabajo con muchas personas que fueron a escucharlo y a conversar con él al Teatro Nacional Manuel Bonilla.

EL HERALDO también formó parte de una de esas conversaciones con el poeta español, y como sucedió con la entrevista a Almudena, dos páginas son poco para plasmar todo ese sentir tan amplio del escritor sobre la literatura. En esta oportunidad habló sobre su experiencia con la narrativa y su admiración hacia el trabajo de su esposa, sobre su camino hacia la poesía y su transitar por ella. García Montero deja ver en sus palabras esa relación tan íntima con la poesía y tan hospitalaria con el lector.
Si Almudena dice que no explorará la poesía, pero que su destino era casarse con un poeta, ¿qué nos puede decir Luis García de su relación con la narrativa? Yo soy muy lector de novela, y a veces he publicado novela, pero sobre todo me siento poeta. Me parece que la vida entre dos escritores tiene una exigencia fundamental y es la admiración. Me resultaría muy difícil compartir mi vida con alguien a quien no admiro, porque en la literatura se mezclan muchas cosas que tienen que ver con la identidad y con la intimidad más nuestra. Cuando yo leí a Almudena sentí que ella estaba haciendo en la narrativa las cosas que a mí me habían emocionado e interesado desde siempre, la recuperación de la emoción, de la palabra para establecer diálogos con los lectores, una concesión muy poco elitista de la literatura que no quiere inventarse un lenguaje raro, sino que quiere utilizar de la manera más rigurosa posible el lenguaje de todos; y en ese sentido me siento muy cómplice con Almudena y cuando escribo un poema pues me gusta que sea ella una de las primeras lectoras, y que me haga indicaciones, porque sabe también cuál es mi mundo de referencia. Y esa es la exigencia, la admiración y el respeto.

¿Cómo llegó a la conciencia de que iba a ser poeta?

Nací en Granada, que es la ciudad de Federico García Lorca, y desde muy pequeño me identifiqué con ese nombre, porque mi padre tenía su poesía completa, y cuando yo lo leí me quedé fascinado y deslumbrado. Recuerdo la sensación física que me produjo la primera vez que leí las canciones de Lorca, cómo se entraba en un mundo paralelo a través de la palabra, y ahí empecé a sentirme deslumbrado por la poesía. Yo creo que debajo de todo escritor hay un lector, me dedico a la enseñanza de la literatura y a escribir poesía, pero en el fondo de todo está el lector, el lector que se deslumbró con García Lorca, con Pablo Neruda, con Juan Ramón Jiménez, con Borges, y mi identidad se fue formando con las cosas que leí, y poco a poco me fui haciendo poeta porque quería continuar el camino que había heredado de los poetas que me habían deslumbrado.

Con 36 años de trayectoria en la poesía, ¿cómo ve en retrospectiva la experiencia de publicar su primer libro?

Mi primer libro se publicó en el año 1980, tuve la suerte de participar y ganar en un concurso literario destinado para estudiantes de universidad y el premio significaba, sobre todo, la publicación del libro. La verdad es que es una emoción cuando estás empezando poder ver un libro que lleva tu nombre, y la primera publicación pues te vincula ya definitivamente con la literatura, con la creación. Hay poetas que se arrepienten mucho de haber publicado su primer libro, como Juan Ramón Jiménez, el poeta español, que se pasó la vida buscando ejemplares de sus dos primeras obras para romperlas. Yo le estoy agradecido a ese primer libro, después he ido aprendiendo, evolucionando y cambiando mucho mi manera de sentir la poesía, pero le agradezco la oportunidad a ese libro de haberme dado a conocer y haber empezado a hacer amistades con otros poetas.

Los poetas son unidos y tienen más comunicación...

Es muy posible, yo pienso que algunos de mis mejores amigos me los ha dado la poesía, esa familia que uno va formando a lo largo de la vida, que es la amistad, esa familia que no es la biológica me la ha dado la poesía. Yo tuve la suerte de tener algunos poetas como hermanos mayores o como padres, que influyeron mucho en mi formación. En lo que se refiere a la poesía española pues Rafael Alberti, Ángel González o Jaime Gil de Biedma; y después, claro, de mi generación. ¿Y ahora sabes lo que descubro? Que conforme van desapareciendo mis poetas mayores busco entre los jóvenes maestros de los que aprender para mantenerme los ojos abiertos, y lo que antes me daba gente de más edad, ahora me lo da gente más joven, porque la poesía es un fluido donde uno recibe una herencia y la da a los demás, y si uno no se convierte en un viejo cascarrabias, pues aprende mucho de los jóvenes. ¿Sabes lo que pasa? Que quizá la novela tiene muchos lectores y la poesía tiene menos lectores, y eso crea ámbitos de complicidad e intimidad que enseguida provocan amistades.

¿Por qué considera que no se le ha dado a la poesía el lugar que se merece dentro de la literatura?

Creo que una parte de responsabilidad la tenemos los propios poetas. Yo me dedico a la enseñanza y cuando se habla, por ejemplo, de las dificultades de la educación, es verdad que suelo quejarme de los planes de estudio, de lo mal que lo hace el Ministerio, de que vivimos en una sociedad muy mercantilista, de que la televisión es poco pedagógica; pero cuando cierro la puerta de mi aula, el responsable de lo que pasa soy yo, no puedo echarle la culpa a nadie más. Yo creo que a lo largo del siglo XX se impuso una idea de la poesía que cayó en la tentación de confundir la calidad con la dificultad, quizá por despecho, porque la sociedad se hacía cada vez más industrial, los poetas se dedicaron a escribir para otros poetas y no a tener en cuenta la vida de la gente, y si la poesía no se preocupa por la gente, es muy difícil que la gente se preocupe por la poesía.

Entonces la poesía también es un género mucho más concentrado, es el intento de contagiar una emoción a través de unas palabras, de unas imágenes y sin el soporte anecdótico del argumento. La poesía no es una forma de entretenimiento, y claro, eso también es más exigente para el lector, esas cosas se dan. Entonces, ¿cuál es el reto del poeta? Pues no caer en la tontería de que la calidad se confunde con la dificultad y no querer hacer un género muy populista por el afán de gustar, perdiendo el rigor que debe tener un poeta.

Hay que buscar un territorio intermedio donde la poesía nunca pierda su rigor, el tratamiento del lenguaje, pero que tampoco se crea que ser un buen poeta es escribir algo que no entienda ni Dios. Ahí en ese término intermedio creo que la poesía va haciendo lectores, nunca tiene un público amplio, pero va haciendo lectores y tiene muchos campos que se contagian de poesía; por ejemplo, cuando algún cantautor o cantante interpreta un poema, o a través de la nueva tecnología se difunden versos, se difunden poemas, pues la poesía tiene la oportunidad de llegar a mucha más gente.

Esa línea de la poesía rigurosa que no excluye y la poesía fácil es muy delgada...

Fíjate que para que lo entienda la gente te puedo poner el ejemplo del periodismo, con un programa de televisión, de radio o un periódico, y la tentación de decir “voy a hacer un programa muy concienzudo, muy inteligente”; entonces tú llegas a la radio, canal o periódico y lees dos capítulos de “La crítica de la razón pura” de Kant, pero la verdad es que no es una manera de acercar a la gente a la filosofía. Y en el otro extremo estaría la telebasura, hacer un periodismo fácil, que halague el chismorreo.

Eso tiene mucha audiencia, pero esa no es la tarea de la cultura, la tarea de la cultura es buscar lectores. Entonces, entre el rigor torpe y la telebasura hay una línea fina que es lo verdaderamente difícil, cómo convertimos la cultura en algo que interese a la gente, que hable de la gente con dignidad, que respete a la gente. Creo que la telebasura le pierde el respeto a la gente y el elitismo también lo hace. Entonces se trata de buscar esa línea intermedia, que si te das cuenta desde el punto de vista de la creación tiene mucho que ver con esa línea que fija siempre la conciencia de las personas. Vivimos en el tiempo donde hay poderosísimos medios de control de las conciencias, entonces muchas veces se produce una homologación de las conciencias y se pierde la propia individualidad, y muchas veces cuando estamos en sociedad corremos el peligro de disolver nuestro yo en un pensamiento único, en una moda, en una consigna de cualquier tipo político o religioso, que nos borra nuestra propia identidad y nos disolvemos en el todo.

La otra posibilidad es instalarnos en el egoísmo, de decir no tenemos nada que ver con los demás, no existe el nosotros, yo me instalo nada más que en el yo.

La conciencia es un territorio fronterizo, delgado e intermedio, que nos recuerda al pensar en nosotros nuestro compromiso con la sociedad, con los demás, con el nosotros; pero que cuando nos acercamos a los demás nos dice “no puedes disolverte y ser un rebaño y renunciar a tu propia conciencia, no puedes poner ninguna consigna por encima de tu propia conciencia”, se trata de mantener un diálogo abierto entre el yo y la sociedad, pero no renunciar al yo por la sociedad ni renunciar a la sociedad por el egoísmo del yo.

En ese territorio fino intermedio es donde yo creo que está la creación literaria
Samaí Torres
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