Quisiéramos que la poesía contribuya al proceso de paz - Ecuador

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Fernando Rendón y Juan Manuel Roca creen en la poesía, no como un género, sino como una forma de habitar en los demás.
“La poesía que no acompaña, difícilmente es poesía”, dice Juan Manuel Roca en entrevista con este diario.

En su camino por la escritura han estimulado la poesía con su difusión, con las lecturas en público, con el Festival Internacional de Poesía de Medellín, dirigido por Rendón y sostenido frente a las imposiciones en su contra de parte del poder. Su trabajo ha sido un intento de estimular la poesía, sin pretensión de ordenarla, que reconocen como una ambición de poder, “y el poder es de derecha o se transforma en eso”, dice Roca.

En 1968, Rendón leía ‘Una temporada en el infierno’ y llegó caminando a Guayaquil. Salía del barrio Guayaquil, a la ciudad en la que ahora vuelven a encontrarse para estimular la poesía con diálogos y su lectura en la octava edición del Festival Internacional de Poesía Ileana Espinel.

Siempre este tipo de encuentros genera nuevas preguntas sobre la literatura y la poesía -que es el espacio que han decidido ocupar en el arte- ¿Cuáles les ronda ahora?

Juan Manuel Roca: Una pregunta central con las artes y principalmente con las artes escritas es el significado de la palabra en un momento que todo está en crisis y parecería que lo primero que entra en ella es la palabra, porque se va vaciando de contenido por el uso, abuso, porque son muy manipulables, dependiendo de los labios que salen. La palabra libertad la puede expresar un carcelero. La palabra pan no reemplaza al pan. Eso nos hace a quienes intentamos expresarnos con el lenguaje buscar su esencia, no la palabra como adorno, como esteticismo sino que las palabras vuelvan a un sentido primigenio. En esa medida no es lo mismo usar la palabra libertad por un político o un carcelero -que a veces se parecen tanto- que la palabra expresada por un poeta, por un creador de formas.

Ese es el sentido que tiene la poesía...

JMR: Fundamentalmente tiene que ver con el sentido de la poesía. Yo digo que se puede crear una teoría general de las artes a partir de lo poético para decir que donde no hay poesía, no hay arte. Tiene que ver con que la palabra deje de ser un sofisma, un espejismo y de verdad cumpla el sentido de comunicar, de acompañar y de intentar dilucidar lo que nos pasa individualmente en el marco de una colectividad, de un asentamiento colectivo. La palabra al servicio de traducirnos a nosotros, de habitarnos, pero sobre todo tratar de traducir y habitar a los demás, en un sentido netamente social.

¿Cuál es ahora ese rol social en el contexto de esta crisis en la que idóneamente parecería anunciarse un convenio de paz en Colombia, cómo el espacio que ocupan festivales como el de poesía de Medellín es un punto de fuga a la paz?

Fernando Rendón: Nosotros quisiéramos que la poesía contribuyera en gran medida al proceso de paz y de reconciliación, restauración de un diálogo necesario esencial entre los colombianos, pero no depende de nosotros. Por ahora los diálogos se desarrollan en una atmósfera y una ruta netamente pragmática, para terminar una guerra, no un conflicto, porque el conflicto va a continuar. Esta guerra obedece a un conflicto muy antiguo entre colombianos y el Estado que ha privado de casi todas las oportunidades al pueblo, es un pueblo necesitado de un sustento económico, de un empleo bien remunerado, de salud, que siempre en manos privadas son desastrosos; mejores oportunidades de educación, que casi toda está también en manos privadas; y de una necesidad de democratización profunda y real de la sociedad. Me pregunto en qué puede ayudar la poesía en este terreno. Yo creo que en muy poco, pero una vez firmados los acuerdos, el conflicto y la lucha de clases seguirá en marcha. Eso es inevitable mientras no se produzcan estas transformaciones que el pueblo necesita, pero es donde pienso que la poesía puede contribuir a atenuar el odio a disminuirlo, a transformarlo en un sentimiento fraterno. No de tolerancia, sino de convivencia natural, de diálogo creador, convertir a los contendientes en constructores de una nueva sociedad. Todo eso puede ser la poesía y que las fuerzas contribuyan en Colombia para que sea un paradigma de una vida nueva para el mundo.

En su trabajo poético se recrea una urbanidad, ¿es de cierta forma preservando un imaginario de lo que se podría percibir distante de lo cotidiano?

JMR: Desde los años 20 en Colombia, cuando empezó a modernizarse el país, surgieron pequeños conglomerados urbanos: Medellín, Bogotá, Barranquilla, eran conatos de ciudad, con un aspecto rural, pero se fundaron las primeras fábricas, industrias y eso se reflejó rápido en la poesía de Luis Vidal, en el libro ‘Suenan timbres’. A partir de entonces la poesía se des-ruralizó, no con un carácter dicotómico, pero es imposible que viviendo en una ciudad los temas que pasan por ahí no nos lesionen, tanto que ahí sí hay una dicotomía entre los poetas pasadistas, con una mirada al pasado, una mirada folclorizante sobre nuestra realidad, que siguen pensando que Colombia es un país rural, pero es un país de ciudades. En mi caso, mis poemas nacen en la calle y desembocan en el poema. Hay una preocupación permanente por lo que me ocurre a mí en la ciudad, que es el sitio del festejo y el horror, donde en una esquina puede encontrarse el beso o la puñalada, que una cantidad de nuevos riesgos y aventuras con la que no contaban los poetas del pasado.

¿Así nace ‘Biblia de pobres’?

JMR: Así nace. Pero en ‘Ciudadano de la noche’ se juntan dos preocupaciones que he tenido. Una que es la ciudad, este espacio mágico y terrible, que es la nocturnidad. En la noche, la ciudad tiene un sentido muy distinto que en el campo. Aparecen los seres orilleros, los prohibidos, vejados. En el día la ciudad vive para la desmemoria, estamos en los oficios. No tenemos memoria porque estamos trabajando. En la noche se recupera la evocación y eso está ligado a la gente de la calle, al ladrón, al mundo de la cantina. A todo eso que aparecía en Baudelaire como una constante. Ya no solo es la ciudad sino la ciudad en la noche.

FR: El Festival de poesía de Medellín ha sobrevivido un cuarto de siglo en una ciudad muy peligrosa. Me sorprendo haber vivido toda la vida ahí. Juan Manuel huyó porque se le hacía muy estrecho e insoportable. Yo viví episodios de extrema violencia, cuando Medellín fue denominada, tristemente, capital mundial del narcotráfico, que en realidad era una capital mundial de la matanza. En la década del 90 parecía una ciudad signada por el terror. Cuando empezamos el festival era un momento espeluznante. Del grupo político al que pertenecí mataron como a cinco mil personas. Yo sentía, como sienten muchos jóvenes, -que mi impulso era ayudar a cambiar el mundo, pero es una utopía irrealizable. Pensé cambiar el país y me hice militante y lo empecé a ver muy complicado y pensé en cambiar la ciudad a través de la poesía. Y nosotros sentimos que hemos ayudado a cambiar la sensibilidad de la ciudad, la emocionalidad, el sueño. (I)
Redacción