El gran reto de Ángel era que la poesía fuese útil, que pudiera cambiar el mundo» - España

Fuente: http://www.elcomercio.es/culturas/libros/201510/11/gran-reto-angel-poesia-20151011002119-v.html

La inesperada y, de algún modo, inaudita muerte de Juan Benito Argüelles ha provocado la llegada a Oviedo de Susana Rivera, viuda de Ángel González, por espacio de una semana. Con ella hablamos de lo divino y de lo humano, de lo espiritual y de lo literario, esquivando las lágrimas que la muerte ajena dejan en el presente y haciendo del recuerdo la más importante obra de arte de pasado y futuro.

¿Quién era Juan Benito Argüelles para ustedes, para Ángel y para usted?
Cuando Ángel y yo llegábamos a Oviedo, íbamos lo primero de todo a casa de Soledad, en la calle de Valentín Masip, la asistenta interna que la familia de Ángel tuvo toda la vida. Una segunda madre o hermana mayor. Allí lo crucial e inmediato era llamar a Juan Benito y Lola Lucio por teléfono. Comenzaban las reuniones, las copas, pasarlo bien, el verano... Nuestros momentos más felices fueron con ellos, una relación de veras fraternal, yo llamaba a Juan el 'Rey de Asturias'. Fue como un hermano para Ángel y para mí.

Pero tengo entendido que Juan Benito y Lola no eran muy de copas. Un poco al margen de media generación del 50.
Es cierto. Ellos eran más de refrescos. Pero lo importante era estar juntos. Hablar de literatura, de pintura, que era una de las pasiones de Juan, de música. También de realidades muy mundanas, muy cotidianas, en tabernas y restaurantes baratos, nada de lujos. Lo importante era vivir y convivir. Asistir a lo cultural dentro de la amistad, que siempre lo refuerza y hace ver de otro modo...

Juan Benito, cuando dio el pregón de las fiestas de San Mateo, en los años 80, dijo que varias veces en su vida «había intentado romper el cordón umbilical con la ciudad». ¿A Ángel le pasó igual?
Jamás. Desde el 79, que fue mi primer verano en la ciudad, veníamos cada año. Nunca se cansó de venir. Se le iluminaban los ojos cada vez que lo hacía. Yo quise quedarme con la casa de Soledad, no venderla, por tener algo en Oviedo. Pero Ángel no quería propiedades, decía que la mejor forma de no tener aprecio por las cosas era no tenerlas. Recuerdo una Nochevieja que me planteó si pasarla en Oviedo o en Madrid. Cuando le dije Oviedo, su respuesta se tornó muy nostálgica: «Susi, no esperaba menos de ti», me dijo. En otro momento, que yo a lo mejor me retrasaba, siempre llamaba para decir: «Susi, haz algo por venir». Era vivir la ciudad, pero vivirla juntos.

¿Está contenta con la Cátedra Ángel González de la Universidad de Oviedo?
Mucho. Ya que no pudo haber una fundación pues fue un recurso, inventando por Lola Lucio, para mantener viva la memoria de Ángel. Yo cuento con ellos: Araceli Iravedra, Leopoldo Sánchez Torre, Vicente Domínguez. Ellos no sé si cuentan tanto conmigo. Me gustaría estar en cada uno de los actos que organizan pero, lamentablemente, yo no vivo aquí.

¿Qué les pediría de forma especial?
Que no dejasen de apoyar la poesía joven. Que siguiesen adelante con la fantástica revista que se han inventado: 'Prosemas'. Que alentasen, de igual modo, el Premio de Investigación. Pasan cosas muy importantes en la Cátedra Ángel González de la Universidad de Oviedo y debe saberse.

El Ayuntamiento de Oviedo ha cambiado de sesgo político. ¿Se anima a retomar el viejo tema de la fundación que tantos sinsabores le provocó en el pasado?
Se cometió un error: no hablar con el Ayuntamiento de Oviedo nunca. Los patronos fueron quienes hundieron la fundación, su proyecto y realidad, y ellos no quisieron jamás hablar con el Ayuntamiento de Oviedo. Las promesas del entonces presidente del Principado quedaron en nada. A lo mejor si se hubiera empezado más en pequeñito la cosa hubiese crecido. Si el actual alcalde, Wenceslao López, quisiera hablar conmigo yo estaría encantada de hacerlo. Oviedo podría recuperar mucho de su antigua relación con Ángel González.

¿Cuáles son sus proyectos más inmediatos en torno a la obra de su marido?
Su presencia se mantiene muy viva en las universidades españolas y americanas. Se va a publicar una antología de su poesía en la editorial Valparaíso. Me gustaría llevar a cabo un conservatorio infantil bajo el verso de Ángel 'Dios existe en la música'. La gran pasión de Ángel fue la música y, aunque su familia no tenía dinero para comprarle instrumentos, yo quiero hacerlo ahora con los niños necesitados, con la gente con problemas, una red solidaria a través de la música como fin. También, si pudiera ser en Oviedo, una especie de beca de 'Poeta en residencia': gente joven que, a cambio de alojamiento y manutención, viniera a aquí con el objeto de escribir...

Ángel González no creía demasiado en las torres de marfil...
¡Exacto! Hablaba siempre de sacar la poesía a la calle. De dirigir la poesía hacia personas no iniciadas: niños, ancianos de la tercera edad, trabajadores con escaso contacto con los libros. El gran reto de Ángel era conseguir que la poesía fuese útil. Que la poesía pudiese cambiar el mundo. Quiero llevar la poesía a las cárceles, como hace Jimmy Santiago Baca en mi país. Quiero proponer todo esto a la ciudad de Oviedo desde las páginas de EL COMERCIO. Ángel creía siempre en un poco de imaginación y mucho trabajo...

¿Está en tratos con Tribuna Ciudadana para nuevos fines literarios y poéticos?
Sí, he hablado con Javier Gámez y Kike Uría, directivos de la asociación. Queremos un acceso diferente a la poesía. Una nueva estética y ética para la poesía, ahora que hay tanta gente con problemas. Una nueva, si quieres, poesía social. La cultura puede iluminar al ser humano a ser más solidario, Ángel siempre incidía en esta línea. A ver el mundo de otra manera. A ser más consciente: una nueva 'conscienciación' del fenómeno de la palabra urgente, a la manera de Blas de Otero y Celaya, que para Ángel eran auténticos iconos y maestros...

¿Cuál era la poética de Ángel González, lo primero de las relaciones entre obra y vida?
Decía que en la poesía debía verse el rostro de un ser humano. Quería para la poesía un lenguaje cotidiano, que fuera entendible por todos, a la manera de Celaya. Una poesía sencilla pero no por ello simplona. Una poesía clara y transparente, y que luchase por ser algo más que la gloria efímera de la literatura, premios que mañana nadie recuerda y egos o vanidades no curadas. Que se convirtiera en un bien social y que hiciese cosas de veras por la sociedad desde sus estratos más bajos o deprimidos...

¿En qué momento se plantea Ángel todo esto que relata? ¿Al final de su vida?
Qué va, hombre. Se lo plantea cuando llega a Estados Unidos y está entonces vigente el conflicto de la guerra del Vietnam. Allí comienza a descubrir el compromiso social en los intelectuales. El intelectual que participa de las manifestaciones, que entiende la solidaridad como el mejor mensaje político. Ángel era una persona humilde, muy modesta, que también exige un lector en iguales condiciones. Decía que su poesía, si era buena, se defendería por sí misma... No creía en las conspiraciones habituales de los escritores para salir adelante o plantearse tal y cual carrera literaria.

¿Han cicatrizado las heridas de las viejas o nuevas traiciones?
Lo van haciendo. Fastidiaron el proyecto antiguo de la fundación debido a intereses personales, afán de poder, protagonismos absurdos. Si Ángel hubiera levantado la cabeza y hubiese visto que no me protegían, se hubiera encolerizado muchísimo. Contó con personas para levantar la fundación y que me defendieran a mí, y cuando él ya no estaba, muchos renunciaron a la promesa dada. Lo sobrenatural en él era el ser humano que era, no el poeta. Se reía de las fatuidades de muchos, decía en broma que sí, que era muy poeta, y que todas las mañanas se sentaba a mi lado con una toga y un harpa a decirme versitos muy suaves y musicales al oído.
DIEGO MEDRANO