Mi camino me dio un regalo, que es la conciencia de nuestra mortalidad”

Fuente: http://letralia.com/entrevistas/2015/09/13/richard-gwyn-escritor-ingles-que-casi-fallecio-deambulando-de-vagabundo-por-europami-camino-me-dio-un-regalo-que-es-la-conciencia-de-nuestra-mortalidad/#.VfZ-8BHtmko

Richard Gwyn sabe lo que es la muerte. Formado como intelectual inglés, abandonó sus estudios para dejarse errar por los bajos fondos de una Europa que le enrostraba el ser diferente a los demás por sus inclinaciones artísticas. En un momento agónico, luego de días de pernoctar a la intemperie, le diagnosticaron la hepatitis C que lo llevó al borde del deceso y a transmutar su vida definitivamente. Ello le desencadenó convertir el tema de la enfermedad y la muerte en un tópico en su obra.

Yo no conocía la falta de comida en mi casa en mi niñez, pero empecé una carrera catastrófica como vagabundo, como alcohólico, como buscador de fracaso.
Escritor y traductor de literatos hispánicos, Gwyn estudió antropología en la London School of Economics, pero su don siempre lo persiguió. La literatura lo llevó a descubrir su pasión por los hispanoamericanos, desde el boom hacia adelante. Ha escrito ficción, poesía y no ficción y actualmente prepara una antología de poesía latinoamericana contemporánea. Entre sus obras figuran El desayuno del vagabundo (2011), El color de un perro alejándose y El café de la jirafa triste, editada en 2010 como poesía. Hoy además es académico de la Universidad de Cardiff en Inglaterra, donde es director del programa de Maestría en Escritura Creativa.

—Richard, usted es un poeta inglés —galés más bien—, pero reiteradamente ha demostrado un interés denodado por la cultura hispánica: ha ido a Barcelona a vivir, hasta que cayó enfermó allá; ha estado en Latinoamérica y viaja constantemente por el continente, invitado a asistir a ferias y charlas. ¿Qué es lo que le atrae de la cultura latino-hispánica?

—Viví en Barcelona durante los finales de los años 80 y por eso aprendí castellano y catalán evidentemente. Siempre he leído literatura latinoamericana, siempre me interesó eso y supongo que la primera gran influencia fue Borges, pero también los autores latinoamericanos más conocidos en Europa y por supuesto los escritores del boom, que se produjo cuando era yo bastante joven. Pero algo pasó muy rápidamente en los últimos cinco o siete años. Primero he descubierto a Bolaño —que por sorpresa lo encontré en 1979—, pero no como autor —evidentemente. Segundo, empecé a traducir a poetas que me gustaban, pero habían sido mal traducidos. Así, traduje primero algo de Jaime Gil de Biedma, un poeta español. Pensé en un primer momento que simplemente estaba tan mal traducido que decidí que yo podía hacer algo mejor y empecé a publicar mis traducciones de él en Inglaterra.

Además, desde hace cuatro o cinco años mantengo un blog y he publicado allí dos poemas de un poeta argentino no bien conocido —Joaquín Gianuzzi— quien murió hace 15 años. Y un editor inglés en Londres leyó el blog y me pregunto si tenía más material de este poeta y publicará el año próximo una antología de su obra completa. Con esto empecé a traducir más poetas hispanoamericanos.

—¿A su juicio, qué posee el español que no tiene la lengua inglesa? ¿Qué le ven los anglosajones a la hispanidad?

—Es un intercambio entre la literatura inglesa y la hispánica. El intercambio es que lo que le falta a la poesía inglesa es un tipo de “sensualidad”, una relación con el mundo inmediato que es más físico, más íntimo, más espiritual, que para mí es la misma cosa que lo “sensual”. Y esto me atrae y no quiero hablar en clichés, pero no es casualidad que el “realismo mágico” empezara en los países latinoamericanos, porque es una manera de ver el mundo totalmente distinta, sobre todo en un país como Colombia donde nació García Márquez. Es algo que nos falta.

Richard Gwyn
Eduardo Rubilar Aravena
La historia del laberinto siempre me ha atraído.

—Richard, usted estuvo al borde de la muerte, tuvo una enfermedad grave en Barcelona, se fue a trabajar con los pescadores a través de Europa, pasó hambre, sufrió. ¿Por qué todo eso? ¿Por qué tuvo que enfrentar el cadalso para después escribir poesía? ¿El poeta tiene que sufrir para crear?
—No lo creo, pero en mi caso ayudó, porque yo no vengo de una familia pobre, yo no conocía la falta de comida en mi casa en mi niñez, pero empecé una carrera catastrófica como vagabundo, como alcohólico, como buscador de fracaso, un profesional del fracaso. Y lo de Barcelona fue un despertador. Tenía una neumonía porque me quedé una noche a la intemperie, durmiendo en la calle. Pero un poco después encontré que todo estaba relacionado con que contraje una hepatitis C, que es una hepatitis viral, y por eso ello empeoró hasta 2007 cuando recibí un trasplante y unos años después cuando me curé.

—¿De qué manera lo marcó eso en la forma en que elaboró después su obra?

—Mi camino me dio un regalo que es la conciencia de nuestra mortalidad, de una mortalidad inmediata. Adscribí el sentido completo de la muerte, donde la misma idea de la Navidad antes de mi trasplante lo transformó todo en una cosa muy fuerte, porque pensé no ver a mi familia nunca más y todo eso.

—Usted decidió guiarse por su intuición y se abocó a escribir un libro sobre Creta y el tema del Minotauro. ¿Qué lo llevó a ello?

—Viví en Creta durante tres años y Creta es otro lugar bastante mágico que conocí desde la mitología. Es el lugar de nacimiento de Zeus. La historia del laberinto siempre me ha atraído, porque siempre me han atraído los laberintos. Y esta historia de Teseo, buscando ese hilo debajo de la Tierra, me parece una metáfora muy fuerte en relación con lo que yo estaba haciendo con mi vida. Estar allí y conocer bien el paisaje me llevó a escribir esta novela. También tuve una motivación política. Escribí ese libro durante la guerra en Irak, momento en el cual —con el cambio de balances de poder en el mundo, con el fracaso del poder soviético y puesto en la romana el balance de poder en el Mediterráneo—, Creta se convirtió en algo importante durante los años 80. Creta era hasta entonces una base de la armada norteamericana, y al mismo tiempo era foco de atención —al igual que el Este del Mediterráneo— de los rusos. Por ello he podido localizar la historia allí y también concatenarla con los hilos de la guerra civil griega. Este es un acontecimiento —la lucha contra la izquierda en Grecia— que muchos historiadores de Occidente han olvidado totalmente.

—Considerando los temas que lo motivan, ¿se siente usted de izquierda?

—Sí, la influencia de la guerra civil griega fue muy importante en la vida de los griegos durante los años 70 y 80 y aún todavía. Y el Partido Comunista allí era muy fuerte.

—¿Qué escritor lo ha influenciado más a usted?

—Son varios, pero supongo que el autor individual que me ha influido más que ninguno es el griego Yannis Ritsos, quien era un famoso comunista durante esta época y que a la vez estuvo influenciado por Constantino Cavafis. Ambos son dos poetas muy importantes para mí y a ellos los relaciono con escritores ingleses de la época romántica como Samuel Taylor Coleridge y Lord Byron y más los moralistas ingleses como Elliot. Ellos me han influido en su manera de ver el mundo.

—Finalmente, ¿está trabajando en algún texto?

—Estoy trabajando en una nueva colección de poemas míos, en un segundo tomo de El desayuno del vagabundo, relacionado con mis viajes por América Latina, y en una antología de poesía contemporánea latinoamericana de varios países. En ello estoy concentrado; en poemas, no en poetas, porque si no es imposible.

—Su interés sigue siendo, en los próximos años, Latinoamérica.

—Sí. Sigo viajando, y tengo una beca del gobierno galés para viajar por el continente traduciendo poetas.