Raúl Zurita, dialogar con los ausentes

Fuente: https://www.abc.es/cultura/cultural/raul-zurita-dialogar-ausentes-20221116211916-nt.html Leyendo a Zurita, uno piensa en las masacres interminables de la Historia. Una voz que da cuenta de las ruinas, de la violencia. Raúl Zurita es uno de los nombres mayores de la poesía en nuestro idioma. Galardonado con el Premio Reina Sofía 2020, hace poco se le ha vuelto a reconocer como uno de los autores imprescindibles e influyentes al concedérsele el Premio Federico García Lorca. Demasiado original para no ser intenso, y demasiado comprometido para no tener ese aliento trágico del que está herido por las encrucijadas de la historia de este tiempo, Zurita es el hombre que ha buscado, como Borges, inventarse un nuevo género, y, como Ajmátova, dejar las huellas de los conflictos de la identidad personal en el momento en que esa identidad es un peligro. Víctima de la historia de su país, cuando en plena dictadura de Pinochet intentó cegarse los ojos con amoníaco, cuando pensó que la autoflagelación significaba un diálogo entre el yo escindido y la política escindida, en realidad estaba señalando un desvío moral, es decir, una forma de infierno, una tierra baldía en la que el hombre luchaba por encontrar un sitio. Zurita, como Hölderlin, como Celan, otros hombres sin patria, podría afirmar entonces que «lo que amamos no es más que una sombra» y la poesía una manera de reconstruir esa necrópolis de los desaparecidos en aquel régimen de terror, un canto fúnebre donde el duelo es una manera de memoria y restitución. Leyendo a Zurita uno piensa en las masacres interminables de nuestra historia, en la construcción de una voz que da cuenta de las ruinas, de la violencia, del desasosiego, de la presencia del dolor. Toda la obra de Zurita es un diálogo con los muertos, un diálogo donde la palabra se rompe, donde la repetición es una letanía, la sintaxis es ganada por una fuerza irracional que la altera, y donde la enunciación es una búsqueda de aquellos significados que han sido devastados y a los que se les ha hecho desaparecer. Vemos claramente hasta qué punto el Zurita poeta y el Zurita poema son uno y el mismo Para él la tarde del 10 de septiembre de 1973 y el amanecer del día 11, cuando Pinochet toma el poder, es el momento en el que las voces de toda una generación empiezan a perderse en las calles, en las comisarías y en los descampados, y en el que su poesía es una red de ausencias, de los agujeros negros de las biografías asesinadas. Zurita da cuenta de toda esta atrocidad buscando en el mundo de hoy la huella de nuevas atrocidades, ampliando para ello el territorio de la poesía donde se combinan la lírica y la épica, el lenguaje culto y los lenguajes populares, el poema tradicional y el performativo. Emociona la búsqueda de ese nuevo género que trata de atrapar la desmesura de la historia, el mismo género que el exiliado Dante, tan importante para Zurita, tuvo que crear en su descenso al infierno, en su búsqueda de un fantasma. Párkinson Ahora, que Zurita tiembla por el párkinson, que habla desde el temblor de un tiempo que no deja de encadenar crisis, su esfuerzo se perfila como una sugestiva y extraña forma de afirmación de que el hombre sigue ahí, aguardando entre los ausentes, dándoles voz, construyendo el memorial de sus pérdidas, contemplando la naturaleza. Ahora vemos claramente hasta qué punto el Zurita poeta y el Zurita poema son uno y el mismo. Mi Dios no ve la extraordinaria y extensa antología de Hernández Montecinos es su mejor testimonio. DIEGO DONCEL