La tristeza y la revolución

Fuente: https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/centenario-quijote/abci-tristeza-y-revolucion-202203311419_noticia.html «Mi temperamento se forjó en una piscina solitaria». Estas palabras de Almudena Sánchez para las primeras páginas de Fármaco (Random House, 2021) podrían ser del mismo Ulises, o de Calypso, ninfa de las aguas de la inmortalidad. Sánchez, nacida en Andratx (Mallorca) en 1985, es autora de una breve, pero muy sólida obra narrativa. La acústica de los iglús (Caballo de Troya, 2016) nos mostraba su versatilidad y su frescura compulsiva en un conjunto de relatos que va ya por su novena edición. La poesía, lo insólito, las imágenes delirantes, el onirismo acercaban aquellos textos a una forma de realismo mágico particular, sugerente y rompedor. En un puñado de páginas construía un mundo que se escapaba por todos los lados de las líneas cuadradas de lo convencional. En Fármaco esas condiciones se han exacerbado desde la hipersensibilidad de la mirada sobre su propia vida. Si algo es Fármaco es un mar: «Cada vez estoy más convencida: escribo el agua y quiero que mis textos fluyan como el agua». En consecuencia, el relato se estructura en breves capítulos independientes, como calles de una piscina olímpica inabarcable, olas que van a estamparse a la orilla. Las 69 secuencias narrativas de este espejo líquido vienen a ofrecernos en collage las diferentes perspectivas, las imágenes y la memoria de que se alimenta este mundo. A veces se incorpora un retuit o una pesadilla. Entre la desesperación autoficticia, la psicodelia y la reflexión sobre el propio proceso creativo, Fármaco nos obliga a mirar el texto con gafas incandescentes, con gafas de snorkel. Alcanzar este hundimiento, recorrer los camarotes vacíos, las jarcias astilladas de este buque acostado en el limo, asistir a las pequeñas fulguraciones que avisan del aire y del cielo ahí arriba nos hacen contener la respiración párrafo a párrafo. Para egipcios y griegos nadar era una forma de educación, la forja líquida de un carácter. Nadar a solas, como los nadadores nocturnos de Manuel Vilas, ese club de los solitarios, ese boulevard acuático de los sueños rotos. Nadar en el tiempo y contra él. «No me cansaré de bucear -continúa la novelista-. Aguanto casi cuatro minutos sin respirar. Mi vida consiste en bucear allá donde piso, hondo, subterráneo, hasta encontrarme con el tiburón». Almudena Sánchez al encuentro de los tiburones. A la caza de una feroz vida íntima en llamas. Como el Capitán Ahab de Melville, hasta más allá de la cordura, a la caza de su ballena blanca. Con ella nos embarcamos en una expedición ballenera por el mundo desconocido del dolor y de la química. Si algo es Fármaco es un arpón que se hinca en las aguas. Lo sentimos clavado en la conciencia, en el cuerpo. «Recuerdo un fragmento del Lawrence Durrell: Me pregunto quién inventó el corazón humano. Dímelo, y muéstrame el lugar donde lo ahorcaron». Un arponazo y una exploración interior, un ejercicio de braceo psicodélico, una inmersión en la asfixia. «Leer la línea blanca que viene después de la línea escrita y la línea escrita que antecede a la línea blanca». Todos los espacios del milagro y del peligro están aquí. Un huracán de tristeza y de lucha por volver a la luz. Eso quiere página a página: reconciliarse con la luz, dejarse atesorar por ella. Así, a la busca del paraíso perdido de la niñez, perdido y fracturado, con la conciencia de que «por dentro no somos más que un frigorífico», Almudena Sánchez bucea en dos direcciones: hacia lenguaje y hacia la memoria. Esta nadadora cheeveriana se hunde en las palabras para intentar recuperar el equilibrio y la respiración. Escribir es «cavar sin sentido dentro de un folio en blanco». Cada palabra pesa y se desliza como plomo en el lector. Cada palabra vuela y nos levanta a los aires, como flotando en su delirio, hacia los reinos de lo amniótico. «Nada me funciona. He buscado por internet un aparato de esos que da calambres». Entre el calambre y el éxtasis se mueve su escritura salvaje, desatada. «Hablando de cabezas: habría que empezar a explosionar ya… El mundo sería mejor con cabezas dispuestas a albergar una bomba antidogmática». El deseo de explosión, el viaje a la contra, swimming on the wild side, son aquí una búsqueda de lo más privado, para lo que se enarbola la ingenuidad. «En el año 2087 seguiré siendo esa escritora que empieza, que tiembla, que se arriesga y sigue temblando con un tenedor en la mano». Por supuesto, la literatura que llega de esta fuente primaria es una literatura con fiebre: «La fiebre nos obliga a crecer: crecemos a base de fiebre y más fiebre. Los buenos libros tienen una temperatura de 39’5 grados. Es la que te puede dar con el mal de altura. El cuerpo agoniza. El demasiado vértigo… Nos encontramos, de golpe, incendiados y frágiles». Así, la natación por su profundidad, por la estructura secreta de su lenguaje, nos arroja a una visión febril y a un contacto en carne viva con la lava del ser, que se lleva a los labios como quien lame un cartucho de dinamita. A veces, en el más estricto silencio. «La emoción siempre está lejos de las palabras». Otro buceo lleva a Sánchez a su propia vida y a intentar explicar el origen de su mal, de la depresión, del momento en que se funden todos los fusibles. «Has llorado una piscina», dice por ahí. «Has llorado una ciénaga», le dice el oftalmólogo. Para ingresar en esta desolación, hay que desvestirse el infantilismo mediático a que se nos aboca, ir a la verdad: «Estoy en contra de Walt Disney y muy a favor de las farmacias». Para ingresar en esta desolación, para saberla, para conocerse, la narradora, en secuencias talladas con precisión quirúrgica, poética, nos lleva a sus primeros años («Los rayos de luz son los directores de cine de la infancia»), a su madre, a Porzuna, a Amy Winehouse, a la consulta de Doctor Magnus, al pabellón psiquiátrico de quienes se creen Jesucristo en Jerusalén, a los dentistas y a las curvas de la costa de Mallorca, al desvalimiento de un aula de su niñez, a la casa de las gárgolas, a la bicicleta donde se queda su pie trabado, a Julia Stephen, a las tardes de Madrid y a los juegos con una niña a la que quiso cuidar. En estos vacíos y estas plenitudes nos proyecta a su fragilidad. Si a veces vuelve a su propio nacimiento («El nacimiento es un cañonazo»), otras veces se recuerda dibujando la silueta de la ballena Moby Dick en el cristal. Todo un mundo en desorden que se ansía ordenar. «Cómo explicarlo. Lléname de pétalos perfumados y de medicación. De cuentos espaciales y de magia destilada». Todo un mundo de caos enérgico, hermoso, triste, abundante, en apertura siempre hacia el presente que somos, hacia el dolor o la alegría de hoy. Escribir para curarse, como Anne Sexton, como Sylvia Plath, aunque haya épocas en las que eso sea imposible. Quedarse anclada al borde de la bañera porque no hay fuerzas para acabar de aclararse el pelo. Pedirle perdón a la lavadora, de rodillas, porque le ha contagiado la depresión, porque la ropa sale chorreando también del electrodoméstico. «La tristeza va contra el protocolo y contra el mundo». En Sánchez, esa tristeza es una forma de revolución. Fármaco comparte esta rebeldía privada con lo que podríamos llamar el Club de las 'tiburonas', mujeres del siglo XXI que se mueven, con multitud de matices, en las aguas de la autoficción, el feminismo y lo underground. Escritoras como Almudena Sánchez, Sabina Urraca, Andrea Abreu, Cristina Morales, Mariana Sández, Olivia Gallo, Aroa Moreno, Desirée Baudel, Eva Baltasar o Claudia Masin abren las puertas del océano de par en par. POR ANDÉS GARCÍA CERDÁN