A Carles Riba le gustaba Sofía Loren

Fuente: https://dotnews.org/2021/03/16/a-carles-riba-le-gustaba-sofia-loren-cultura/ Barcelona, ​​1956. En el cartel del cine Windsor, una Sofía Loren bien lozana. «Ixsxs. Eso sí que es una mujer! Eso sí que es una mujer! «, Se excita Carles Riba. Sí, el referente cultural y moral en plena travesía del franquismo, lo que en la conversación más banal «empezaba a sacar Platón, San Agustín y Heidegger y te quedabas grogui» dueño de «unos silencios que te ponían la piel de gallina» , insobornable, portador de «un capital de sacrificio y de ejemplo», un hombre «para nada expansivo ni de anecdotario», parapetado detrás de unas gruesas gafas redondas de miope, «rollizo, con una evidente papada», labios delgados, casi siempre con corbata y americana, gran traductor delOdisea y poeta referencial al que todos acudían … Sí, era el mismo que no se podía contener ante la actriz italiana ni en medio de la calle. «Las mujeres le gustaban muchísimo; a veces me decía: ‘Ahora cogeré el 64 y encontraré unas chicas todo espitregades, vestidas de una manera que me trae problemas. No lo soporto. Qué tienen que ver conmigo estas mujeres porque yo tenga problemas? «, Recuerda Eugenia Crexells, hija del filósofo y que éste, a su prematuro lecho de muerte, confió al poeta porque la tutelara. «Era un tímido apassionadíssim», el retrato la pintora Montserrat Sunyer, que a principios del 1950 el tuvo de profesor en unas clases particulares con las que amigos y mecenas intentaban que el poeta llegara a final de mes. Aparece, pues, un Carles Riba de carne y hueso. «La gente se piensa que no tengo corazón, y en mí sólo hay corazón», se defendía en privado el autor deElegías de Bierville… Que Riba no era de una pieza por su simbolismo moral y cívico sino un mosaico tan complejo como rico de sentimientos y actitudes es una de las grandes aportaciones del pequeño Los poetas también ríen (Publicaciones de la Abadía de Montserrat), donde Carles-Jordi Guardiola, minucioso editor en cuatro volúmenes de la correspondencia del poeta, ha reunido una decena de los hasta ahora inéditos testigos que trataron Riba personalmente y que entrevistó para hacer esa tarea. El Riba con cara y ojos que se deja ver en el folleto es, principalmente, lo que ha vuelto marcado del exilio con su mujer, Clementina Arderiu, ambos «demacrados y asustados», como los describe su «pupilo · la «Crexells, que ve su mentor» escarmentado y receloso, con sentido del humor, sí, pero enseguida se ponía tenso, serio «, tal vez consciente de que lo que era considerado el gran símbolo cultural de la Cataluña que ser y sobre el que debía pivotar una futura reconstrucción no se podía permitir flaquezas. Él era el tarro de las esencias. Por este motivo era tan duro con los que se le acercaban. «No puedo animar una persona que no sirve», le confesó a su ahijada cuando ésta le insinuó su rudeza. Esta dureza de criterio iba ligada a «un temperamento explosivo», según Marçal Oliver, compañero en la Fundación Bernat Metge, los pocos en el libro que lo trató antes de la Guerra Civil. De estos ataques no se libraban ni siquiera pesos pesados ​​como Ferran Soldevila y Lluís Nicolau d’Olwer ( «peces sin sangre»), Pompeu Fabra ( «no creo que su curiosidad literaria hubiera pasado nunca de la medida mínima exigible») , Josep Carner ( «frío» en su segunda etapa) o Josep Maria de Sagarra, que consideraba «poco riguroso», según el crítico Joan Triadú, uno de sus discípulos más fieles. En la inquina hacia el autor de Vida privada, De quien se mofaba comentando algunas de sus decisiones a la hora de traducir la divina Comedia, Puede que no era ajeno el hecho de que el dramaturgo y poeta parece que había cortejado Arderiu, según deja caer Joaquim Molas, joven profesor que buscaba los eslabones culturales con las que unir la cultura catalana de la posguerra con la de 1936 y que es quien recuerda el episodio de Sofía Loren. «Tenía un doble juego: era amable con la gente, pero muy exigente: desmontaba la obra de uno y quedaba a cero, pero raramente lo hacía en público», resume Molas. En cualquier caso, Arderiu tenía un punto «sargento» (de nuevo, Molas): era la única capaz de frenar Riba cuando extralimitaba, tanto en el terreno intelectual como en lo mundano, «celosa» de un personaje que era «un seductor nato, a pesar de su físico», opina Albert Manent, vecino de Riba e hijo de su amigo, el poeta Marià Manent. Tanto él como otros testigos, sin embargo, descartan que Riba mantuviera ninguna relación sentimental con la poeta Rosa Leveroni, como se especuló en la época. Riba era «irritable», según Manent, una situación que agravaba tanto la sensación de «vivir a la intemperie» como «la falta de reconocimiento». Esto a pesar de que Camilo José Cela asegure que «Con seis hombres como Riba, España sería Europa». El autor de La colmena, que el va publicar a la revista Papeles de Sor Armadans con traducción suya, lo trató cuando fue invitado al Congreso de Poesía de Segovia, primer encuentro de poetas peninsulares de diferentes lenguas tras la Guerra Civil. Fue en 1952: «Una lección de tolerancia: Cataluña no sabrá nunca lo que le debe a Riba», admite Eso, poco dado a los elogios. Sofía Loren comiéndose una pizza en 1954. imágenes falsas La invitación quizás se podía leer como parte de la estrategia del franquismo para comprar Riba, como sugirió que se hiciera Martín de Riquer en un informe del Consejo Nacional del Movimiento, recuerda Molas. «¿Qué crees que no he pensado muchas veces escribir en castellano? Para que todo me lo he planteado, pero yo no puedo, de ninguna manera, porque no es mi lengua «, confiesa Eugenia Crexells que le dijo Riba en un momento de desesperación económica. Era coherente consigo mismo: «Enseñaba siempre lo que no se podía hacer, no lo que se tenía que hacer (…) su preeminencia moral: no hacía falta que dijera nada; era allí como una entidad serena, invulnerable «, resume Joan Perucho, entonces joven poeta que visitaba el maestro con asiduidad. «Su influencia era fruto de la exigencia, la autoexigencia y el fomento del autodidactismo; la cultura alemana era su espejo «, enumera Ricard Torrents, miembro del grupo de seminaristas de Vic que tanto influyó en los últimos años de un Riba que en el terreno religioso pasó de cierto agnosticismo a una visión más cristiana. Sí, Riba no podía escribir en castellano hipotecado por su moral cívica; pero el sabio helenista, también persona, podía cantar sin freno canciones napolitanas y enloquecer sensualmente ante Sofía Loren. El mito también reía. Entre Cambó y Compañeros «Carles Riba no era de la Liga; si lo hubiera sido, no habría ido al exilio; era más cercano a Acción Catalana y si no se inclinaba tanto hacia ERC era quizá porque no veía el rigor intelectual que él quería «, resume la posición política del bardo Joan Triadú, que critica Francesc Cambó por haber acusado Riba de haberse apropiado de la Fundación Bernat Metge cuando en plena Guerra Civil el poeta fue nombrado comisario. «Estaba cegado, no supo ver que le había salvado los muebles y que Riba había dado la cara». En la fábrica de clásicos, Riba nunca se entendió bien con el hombre fuerte de Cambó, Joan Estelrich, a quién se refería con el apodo de «Estàlric»: «Siempre hubo pugna entre ellos», admite Marçal Olivar . Llamativo es también el insistente y fallido interés de Riba para recuperar la correspondencia que mantuvo con Lluís Companys y que dejó en Francia ( «Las cartas del Presidente, las postales del Presidente», reclamaba ansioso que le buscara Triadú cuando cruzaba los Pirineos ). Acabaron desapareciendo. «Hablaba de Companys con un gran respeto», recuerda Triadú, en una evidente muestra del binomio cordura y locura tan catalán. David Gandy