Amamantando lobas en Nueva York

Fuente: https://elpais.com/cultura/2020-10-28/amamantando-lobas-en-nueva-york.html Uno puede imaginársela haciendo zazen, práctica de meditación en la que perseveró durante sesenta años, en medio de las nubes. Nubes de tormenta, claro. Rayos, también, que calcinan sin perder la sonrisa, sin perder la postura, sin perder un tiempo que solo existe en la mente. Y truenos, entonces, como poemas desencadenados, como poemas que desencadenan. Uno puede imaginársela amamantando lobas en New York, donde nació en 1934, o en San Francisco, donde acaba de fallecer. Uno puede imaginársela en una orgía con Jack Kerouac, con Allen Ginsberg y dos amigas bailarinas (lo cuenta ella misma en Memorias de una beatnik y ellos en entrevistas y diarios personales) mientras elogia-reprende a su marido por distraerla de la escritura poética hablándole sobre seguros y sobre el carburador del coche o por darse la vuelta en la cama, usando el calor como excusa, cuando ella tiene la menstruación. Uno puede imaginársela, después de ingerir un ácido, concentrada en una cucaracha que camina por una viga de la cocina, a la que respeta como si de ella dependiera la salvación de este mundo descuartizado. Uno puede imaginársela sintiéndose expulsada de un planeta en el que era regente (quizás con dragones verdes que no terminan de devorar el sol, quizás con bebés a los que hay que advertir antes de que nazcan de que su madre, vaya por dios, es poeta), como afirma en Canción budista de año nuevo, y rompiendo esos espejos que reflejan espejos, metáfora de nuestro ciego modelo de civilización, y que por eso son culpables de que no sepamos quiénes somos. Uno puede imaginársela (véase su Carta revolucionaria nº 13), durante las protestas contra la guerra de Vietnam, visualizando soldados, amándolos, quitándoles las armas de las manos, haciendo que se sienten, invitándoles a un porro y conversando con ellos de que, más importante que los juegos de poder y de sufrimiento, es devolver a los bosques sus árboles, a las praderas sus búfalos, a los Grandes Lagos sus peces. Uno puede imaginársela fundando revistas y editoriales de poesía, dando clases durante decenios en la Jack Kerouac School of Disembodied Poetics del Instituto Naropa de Boulder, Colorado, haciendo fotografías y obras de arte, luchando por los derechos civiles (de los negros, de las lesbianas, de los gordos), cruzando el país para participar en manifestaciones y recitales, teniendo cinco hijos de varios matrimonios, estudiando primero las tradiciones esotéricas y herméticas y enseñándolas después. Uno puede imaginársela tomando un té aromatizado con cardamomo, o lo que hubiera a mano, con Timothy Leary, Audre Lorde, Amiri Baraka (Leroi Jones), Suzuki, Gregory Corso, Lawrence Ferlinghetti o Chogyam Trungpa, es decir, con algunas de las mentes más brillantes de su generación, pero también desaparecida de tantos estudios y antologías copados por los rutilantes varones de la misma (entre nosotros, no se pierdan Beat attitude. Antología de mujeres poetas de la generación beat, Annalisa Marí, Bartleby, 2015, ni Female beatness. Mujeres, género y poesía de la Generación Beat, (AAVV, Universitat de Valencia, 2019). Uno puede imaginársela, como en No pasa nada, manteniendo la calma en una fiesta en la que se acaban las cervezas, la pasma acude, cortan varias parejas, la yerba está húmeda, no hay nada en el frigorífico o se discute por tonterías. Uno puede imaginársela, como en Canto de vida, rezando porque todo (el acoplarse giratorio de las ballenas, las risas de los niños en los tejados, la alegría de los viejos amantes, los gruñidos de los hipopótamos, etc.) continúe, porque la gran energía de lo vivo no se extinga ocurra lo que ocurra. Uno puede imaginarse a Diane de Prima, esta gigante de la poesía cuyos mejores libros aguardan a ser editados entre nosotros (sobre todo, me atrevo a recomendar, Loba y Revolutionary Letters), haciendo y deshaciendo la madeja de un camino, montando y desmontando la palabra libertad, soñando y des-soñando la belleza de las emociones genuinas. Pero qué difícil imaginársela muerta, fugitiva del cuerpo, aislada del bullicio de la existencia. Tenía 86 años, de acuerdo, pero eso qué es si los computamos según lo hace un Brahma, deidad hindú al que ella cita más de una vez, o la más humilde de las estrellas. Jesús Aguado es poeta.