Del libro inédito Los bolsillos de Rimbaud, de Adolfo Marchena

Fuente: https://letralia.com/letras/poesialetralia/2020/05/17/los-bolsillos-de-rimbaud-de-adolfo-marchena/?utm_source=mailpoet&utm_medium=email&utm_campaign=abierta-la-convocatoria-del-xxxiii-premio-internacional-de-poesia-fundacion-loewe-y-mas-en-letralia_3 Abriré la ventana y contemplaré sus rostros, los rostros de los músicos. Y tú te habrás alejado con un vestido de flores y la música de Miles Davis subiendo el ascensor donde todos duermen, en un París alimentado de sepia por el fotógrafo Brassaï y sus costumbres. Será de noche cuando todo suceda. El olvido del saxo en una silla, para ir al servicio, y Art Pepper de regreso descubriendo que se lo han robado. Todo se manipula en la noche, como un sentimiento dormido. Me duele el hambre y la duda, cuando viajo en ciertas quimeras, que se entiende, son alambradas que uno dispone sobre el terreno para protegerse del miedo y del frío. Cuando quema el algoritmo que de nada sirve en un pentagrama donde las corcheas y las difusas bailan en un baile travieso, a veces, porque también hubo sangre en todo comienzo, en la duda y el ruedo. Y poco a poco irá llegando el día, clareando, las primeras luces, los primeros “buenos días” que ignoran cuánto esconde la armonía, el ritmo, el estribillo del músico, también de regreso. Y pasarán los primeros coches, que aminorarán su marcha a tu paso. Y yo me fijaré en tu vestido de flores, a la altura de la librería Jakintza, y recordaré los buenos tiempos. Pudiera ser que fueran los mejores tiempos. Más de treinta años y luego la inutilidad arrastrando el fango y la inutilidad de los otros. Será también el homenaje a una librería, a una librera, cuando todos los músicos desemboquen en su escaparate. Y allí cada uno desempeñe su oficio, sin más carga que la del instrumento. Porque hay cosas que sobreviven a la muerte, al cierre, a la pérdida. Hay cosas. Te seguiré a lo lejos con la mirada, una vez restablecido el orden de las cosas, hasta que ya no distinga las flores de tu vestido. Pero no será tarde, en absoluto. Tan sólo será el comienzo. Do Entrábamos a hurtadillas, tú me cogías de la mano, un bizcocho recién moldeado, tu ignorancia y los miedos, la sensación de haberse equivocado. El manto de tela era otro, como el de una virgen cortejada por los hombros de los costaleros. Luego nos fuimos alejando de aquellos monopolios, de aquellas tascas. Bastaba con mirar atrás, cercenados los años ya por la batalla de la vida, darse cuenta o percatarse de que tú y yo habíamos crecido lo suficiente como para distinguir el agravio del beso en armonía y su diferencia con la música de Art Pepper cuando Patricia nos decía que no fue tan exigente la ausencia, como no saber de la letra impresa en la correspondencia desde Europa. Re El dolor del infinito que se cuela entre las grietas, algunos años en Europa en la Segunda Guerra, con el saxo intacto después de haberlo perdido, la madera y el sustento, el dolor infinito en la cabaña río abajo, donde duermo y derroto al cansancio. Art Pepper regresa del continente y conoce a su hija que habla y anda, el pasillo como fundamento de toda una vida, la garganta astillada y sin embargo el sonido de Patricia envolviendo toda la sala, para que yo lo escuche y luego vengan muchos otros y no sea tormento. Como si hablase, o en un susurro, nunca mintiendo, advirtiendo que cada quien lleva San Quintín en las venas, como vieja profecía donde uno improvisa Cherokee frente a un Sonny Stitt que después de todo te dice: insuperable, muchacho, estupendo. Mi También el dolor soporta sus grilletes y el verdugo. No soy nada, ………..me dijiste. Y el temblor recorrió como un hachazo todo mi cuerpo. No te habían enseñado nada o acaso no habías aprendido lo básico para amar, para vivir. Porque también el vacío compone su música, melodía, sensación de violín eterno, la brisa que aguarda cada mañana el sabor tibio del café, o su amargura, como en la vida cargan los estibadores alambiques vacíos que sólo cambian de puerto, de dársena, de líquido elemento, estibadores que luego se camuflan en las tabernas portuarias para beber del mismo ron y escuchar la misma música que el viejo acordeonista se empeña en sacudir como del polvo su guadaña y las notas en la noche. Fa Borrachera de un tiempo disconforme, cuando las piezas del ajedrez se miran al espejo y ya son otras: Bach, Mozart, Vivaldi, Elvis Presley, los Beatles, Peter Gene Hernández, John Lennon, Otis Reding, Stevland Hardaway, Lou Reed, Beethoven. Ensoñación bajo los avellanos, tiempo de espera en el recorrido de la balanza, su cómputo real en lo que tarda la resaca de la noche en arrastrar todo el alcohol bebido hacia los mares del sosiego. Sol El poema era un pedazo de cartón y nos protegíamos, entonces, de la lluvia de todos los países y recuerdos. La ¿De dónde nos llegaba aquella música como de pinos meciéndose que nunca mueren? No fue tanta la tragedia cuando el músico perdió parte de la mano. Aprendió otras maneras de interpretar las viejas partituras de algunos compositores tristes, alegres, burgueses, compositores en el exilio. Nos llegó, me dijiste, el último acorde de violín, cuando trajeron la cuchilla nueva al aserradero. Si Me parece muy bien, nos salvaremos, para regresar después porque habremos de morir cerca del aserradero. Tal vez alguna tormenta, la sinfonía de las chimeneas, las extensiones del alma persignando los cielos. Me parece muy bien que seamos tú y yo, tú Édith Piaf, Je ne regrette rien.