Christian Zurita Estrella | El poeta pide a Dios una hija

Fuente: https://laexperienciadelalibertad.com/2020/03/14/christian-zurita-estrella-el-poeta-pide-a-dios-una-hija/ (Quito-Ecuador, 1993). Es Comunicador Social para el Desarrollo por la Universidad Politécnica Salesiana del Ecuador. Gestor de proyectos y contestatario a lo incorrecto, relacionista público, fue reportero en la Revista Utopía. Ha participado en varios recitales poéticos, formó parte del grupo de poesía El tornillo. Poeta, escritor y orador desde los 15 años. Voluntario en el COVI (Centro Opción de Vida) e imparte talleres de oratoria y poesía en la comunidad quichua-hablante de San Diego. Locutor radial en el programa Quien con poeta se junta en la sintonía de Dimensión Onix. Sus poemas forman parte de las antologías del noveno y décimo encuentro de Poesía en Paralelo Cero, asimismo consta en el número 12 de la Revista Hispanoamericana de poesía AEREA publicada en Chile, en la Revista Hablemos claro de Honduras, en la revista La Otra de México y en el Nº 32 de la Revista Casapalabras de Ecuador. Consta en la antología Seis poetas ecuatorianos (Ediciones Caletita, Monterrey, Nuevo León, México, 2018). Ha publicado el libro: Siempre fue la lluvia bajo la firma editorial de El Ángel Editor, 2017. La memoria de Argos ganó el Premio Nacional de Poesía en Paralelo Cero, 2018. Inconsciente Hablo con el sabio del espejo. Se va haciendo en el cristal un tercer desconocido más viejo jirafamente justo justamente hormiga con arrugas en las canas azucenas ocultas en la barba y el aliento ensordecido. Intenta decirme desde su socrático discurso que vuelva al reflejo del que salí. (De La memoria de Argos, El Ángel Editor, 2018) – – – Soneto con puericia Creer y querer creer no es lo mismo. Creo en la sed saciada de los muertos y quiero creer que no es espejismo cuando llueve en los ojos entreabiertos que contemplan de Proust sus magdalenas. También vas a mojarlas en té verde y vuelves al verano y sus colmenas y despiertas del sueño que se pierde. Quiero creer que uno viaja a su infancia y regresa a la morada, al armario donde se encuentra el traje solitario impregnado de una tibia fragancia, antes de llevar la cruz al calvario de la vida que hace de uno, su estancia. (De El oficio de la luz, inédito) – – – El poeta pide a Dios una hija Aun no te conozco pero ya te estoy amando Soy caligrafía congelada epístola húmeda letrero que conduce a la ciudad sin nombre, al llanto, a la casona abandonada donde habita un grito que retumba solo un eco que se repite y se interroga se hace trizas y me convida a la comezón de oír con el humano corazón. Hay una tristeza familiar y se ha cuajado ha madurado en indestructibles burbujas que viajan como noches de paso y desdicen las ciudades y el ladrido de sus perros. Pueblo blanco es esta tristeza porque anochece temprano la luz se afantasma vienen vientos sin apellidos a lamer las piedras. Esta tristeza es un largo y caliente pasillo a oscuras que de tanto en tanto enciende un rostro de mujer que ríe desde mis labios y su saliva alumbra los balcones y los pórticos me asomo a las ventanas despiertas y escucho que alguien grita desde otras veredas a veces soy esas voces desde el aliento, un intento de sonrisa. Estoy amando a la hija que no tengo Dios me la dará para partir el pan y bendecir los días. Apenas esté listo para ser la mano en otra mano la espalda que se expande y prepara el camino para el instante matemático que conoce por primera vez el mar, ser su león semidormido la palabra de Dios que la cobija el maquillaje que se estrella en el aspecto de los días pagar el viaje a la tierra prometida, aunque no llegue a fin de mes. Seremos la sal de las generaciones. No. No quiero seguir escribiendo echándome de más buscando una metáfora de cinco estrellas. Prefiero ser las manos que se abren recibiendo la lluvia que debe limpiar mis ojos desde el instante en que Dios dijo hágase la luz y, de mí, tuvo memoria. Alumbraré la densidad de la niebla en esta ciudad perpleja, raquítica, sorda y maldita. Seré para mi hija el padre que nunca tuve. (De El oficio de la luz, inédito) – – – Lunares Negros dibujos del mapa de tu cuerpo donde naufrago (De El eco que diamanta, inédito) – – – Nikon 3200 Existen claroscuros más allá de la fotografía y las buenas gentes. Me desvestí de mí mismo en una apología para entender tu nombre, tu esencia, tu obra. Y no hay nada que suceda la noche que llevas en la mirada. Nada en esta alcoba que soporte las estrellas que son vidrios impalpables lloviendo sobre Quito. Mientras nace algún beso se encarnan soledades o simplemente la quietud en sus laureles. Nada en el arco blanquecino de la luna que me ayude a sopesar las caminatas por los bulevares y el alud de cenizas que deja la memoria. Las fotografías son el síntoma de quien se somete al dictado del pasado. Todo un continente donde somos extranjeros pero protagonistas. Regula el obturador y el diafragma. Sensibiliza el ISO. Inhala y apunta sin recato. Exhala sin piedad… ¡Y dispara! (De Siempre fue la lluvia, El Ángel Editor, 2017)