Entre la voz y la palabra

Fuente: https://elpais.com/cultura/2019/12/05/babelia/1575561980_718769.html

La escritura de Mariano Peyrou (nació en Buenos Aires en 1971, pero vive en Madrid desde 1976) ha crecido con el siglo y, libro a libro, ha renovado los modos del lenguaje y los enfoques de la mirada de una obra poética y narrativa tan personal como extrañamente prodigiosa.

 

El nombre de las cosas, su última novela, está en fraternal relación con su octavo libro de poemas, Posibilidades en la sombra: dar voz a lo que pudiera ocurrir o acaso nunca ocurra; mostrar lo imprevisible y señalar experiencias que pasan desapercibidas; “hacer ver cosas / que no se ven”, esas que no se suelen nombrar, entrando así de lleno en “esa(s) emoción(es) que no está(n) explorada(s)”, cosas y “promesas que tal vez se cumplan al aprender / a nombrarlas”.

 

Este largo poema de amor, esta meditación tensamente emocional, quiere enseñar cómo “aprender a entrar en lo real”, porque “Tal vez eso sea lo que pasa cuando uno / habla desde dentro / de uno: no se distingue / la voz de las palabras”. Este monólogo dialogado, poblado de voces, es un persuasivo flujo de conciencia pleno de asociaciones, contrastes y paradojas, probabilidades y expectativas superpuestas en un lugar (“la voz es un lugar”) “donde las palabras se repiten / al margen del sentido”, pues toda posibilidad existe sólo hasta que un lector le brinda su existencia: “La voz está ahí siempre, / pero / ocurre sólo una vez”. No es una mirada sobre mundos posibles, al contrario, sus referencias textuales están centradas en el mundo, porque “el amor no es la vida, es una dimensión / de la vida”, y porque “mirar / es vivir, no hay vida sin mirada”.

Este poema se oye, va y viene entre las cosas, “los finales se hunden en los principios” y “gira como el agua / que sube y baja”. Su fraseo musical es el eje que permite sus continuos desplazamientos y, frente a la razón absoluta, la suya es una lógica imaginativa y borrosa, matizada en lo real, tal y como es nuestra forma cotidiana de pensar. Su armonía nace justo ahí, en “la distinción” que opera “entre la voz y las palabras”.

 

ANTONIO ORTEGA