Arnaldo Calveyra: murió un maestro de los poetas

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Decía –y quizás eso les pase a tantos– que siempre escribía el mismo libro. Desde 1959, cuando salió el primero, Cartas para que la alegría. Siempre el mismo. Que hablaba de "el tiempo que pasa, las palabras, Francia, Argentina, Entre Ríos, el campo, el horizonte...", como enumeró en una entrevista reciente.

Arnaldo Calveyra había nacido ahí, en Entre Ríos, en 1929. Era de un pueblo, Gobernador Mansilla, tan chico que en 2010 –el censo dixit–vivían allí 2296 personas y que desde hace poco tiene una calle con su nombre. Ahí había nacido y murió el jueves entre los millones de habitantes de una París conmocionada. Calveyra había vivido con ese horizonte a cuestas. Poeta, novelista, dramaturgo, maestro secreto de muchos poetas que han tenido más lectores que él.

Dejó Mansilla a los 13 años para ir al secundario. Llegó a La Plata a los 18 para estudiar Letras: terminó organizando cátedras paralelas ante una universidad peronista donde no estaba cómodo. Pero allí también se hizo amigo de otro grande, Rodolfo Walsh , con quien soñó un viaje al norte a pie.

A fines de 1960 se fue a París para hacer una tesis y ya no volvió. Vivió el París de Alejandra Pizarnik y de Julio Cortázar. ¿Nunca quiso escribir en francés? "No", dijo en una entrevista. "Aun frecuentando durante tanto tiempo el francés, puedo afirmar que hay palabras cuya temperatura, hasta hoy, me resulta inasible. ¿Cómo usarlas entonces?"

Con el tiempo daría la vuelta completa: publicaría muchos más poemas, como los de Libro de las mariposas e Iguana, Iguana, escribiría teatro, como en El diputado está triste, una obra estrenada en Córdoba, Latin american trip y Cartas de Mozart. Escribiría novelas como La cama de Aurelia, más poemas, como El hombre del Luxemburgo y un ensayo: Si la Argentina fuera una novela. Y cuentos. Fue figura del Salón del Libro de París de 2013, y empezarían a leerlo los jóvenes en Buenos Aires, irían a escucharlo al Malba y se pasarían sus libros como una contraseña. El año pasado esto se hizo sentir.

El último libro que publicó se llamó Novela. Y no es eso en realidad, o es más bien la imposibilidad de una novela: trozos de anotaciones, ideas, tomadas entre 1958 y 1960. "Es un libro que ha tenido mucha paciencia", dijo hace pocos meses, de visita en Argentina.

Arnaldo Calveyra murió el jueves, tranquilo, en París, que también era su ciudad, con familia alrededor. Alguien habrá recordado sus versos: "Iba cantando, iba contándome, iba abriendo maizales con el canto al canto. /Los perros lo toreaban a Dios de tan visible."