Muere el escritor Michel Butor, figura esencial del ‘Nouveau roman’

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2016/08/25/actualidad/1472112224_264673.html

Tengo muy presente el rostro de Michel Butor, aquella vez que apareció de visita, en una residencia de escritores en Niza, corría el año 2002. Un hombre alto, muy fuerte, de barba larga y clara, con la mirada chispeante, en la que había algo de río agitado o de amor herido.

Entre todos los representantes de la última vanguardia literaria, el Nouveau roman, fenómeno que aparece en los años cincuenta, como una crisis de la novela en la etapa de la postguerra, Michel Butor fue una pieza que no encajaba, tal vez demasiado escéptico para entender el materialismo de la novela-objeto, más próxima a un Alain Robbe-Grillet, otro de sus pilares.

Michel Butor murió ayer en un hospital de la Haute Savoie a los 89 años.

Butor nunca dejó de interrogarse sobre el sentido fundamental de la escritura, y por eso siempre pareció un diletante no admitido en los círculos literarios convencionales. Uno de sus últimos libros acerca de Víctor Hugo, buscaba valorizar la figura del escritor polivalente, inquieto con su época, que trata desesperadamente de establecer un vínculo con los lectores, ser leído y no considerado como un escritor para escritores, como se le encasilló con cierto desdén desde que su novela, La modificación, fuese premiada en 1957 con el premio Renaudot. Este libro marcó mucho por el uso gramatical de la segunda persona del plural, monólogo inclemente que dura el trayecto en tren de París a Roma. Otro libro importante es Pasaje Milán (1954), donde escenifica la vida en un edificio a partir de las seis de la tarde hasta el día siguiente.

Butor exploraba también el teatro, de ahí que nunca abandonase esa obsesión por el tiempo y el espacio, a lo mejor haya sido su lado científico, no lo sé. Cuando la novela se convierte en un fenómeno de reproducción social (los mismos modelos, los mismos protagonistas, incluso el mismo lenguaje), Butor se refugia en la poesía. Filósofo de formación, amigo de Gaston Bachelard, quien dirigió su tesis doctoral, adoptó con el tiempo ese mismo andar parsimonioso, aunque nunca abandonase el tono juvenil de su voz, cosa que me sorprendió durante la conversación en el café Balzar, en París. Estaba preparando un libro-objeto sobre varios pintores, entre ellos Miquel Barceló. Le recordé que su novela El empleo del tiempo, publicada en su momento en castellano, había sido una referencia para muchos jóvenes, se lo dije mientras me habló de México y de su pasión por el arte precolombino. Como poeta lo que le importaba era la mirada, el poder trascendental de la mirada y de las palabras más que el resultado inmediato de lo que se escribe en un momento en que la novela buscaba sobre todo el éxito inmediato en cifras de ventas.

Una parte de su trabajo lo dedica también a la crítica literaria (Repertoire I, II, III), sobre todo, a la novela, desde los formalistas rusos hasta autores como Claude Simon, también inclasificable. Con el tiempo, Butor se convirtió en una figura discreta, alejada del tumulto parisino, refugiado en su casa de Haute-Savoie donde salía a dar largas caminatas, acompañado de algún amigo. Pocas veces se le oía hablar en público, salvo excepción, la entrevista con Laura Adler cuando se publica su poesía completa (12 tomos) en ediciones de La différence, alguna declaración sobre las redes sociales y su confianza en que todo medio es válido para ayudar a la lectura. De hecho, su malestar frente al fenómeno creciente del marketing, lo perseguía. Prefirió refugiarse en relecturas, poemas, colores y formas. El último de los mohicanos, como no le hubiese disgustado que lo llamaran, murió ayer, en un hospital. El 14 de septiembre habría cumplido 90 años.
PATRICIA DE SOUZA