Yves Bonnefoy, el último mito de la poesía francesa

Fuente: http://www.elmundo.es/cultura/2016/07/03/57780002ca4741236d8b4633.html

El gran poeta, ensayista y traductor, candidato al Premio Nobel, fallece en París a los 93 años
Hace algo más de un año el poeta francés Yves Bonnefoy pasó por Madrid, atendió a un par de periodistas y dejó una frase flotando en el 'hall' del hotel donde se alojaba: "La democracia es un modo de hacer sitio para dar cabida a la realidad de los otros".

En esa certeza hay mucho de acierto. "Por eso creo tanto en la poesía, porque es el origen de la conciencia democrática. La poesía restituye la presencia de los otros y nos hace respetarlos. Si abandonamos la poesía, que es lo que ahora está sucediendo, corremos el riesgo de devaluar el espíritu democrático". Es decir: la poesía como gran escuela de tolerancia. Ese es/era Yves Bonnefoy. El poeta. El hombre que ha muerto en París a los 93 años y deja una estela de palabras bien dispuestas, bien escritas, bien firmes. Aquel que no se encastilló en lo literario, sino que pisó y pensó el mundo.En los años 40 del siglo pasado se vinculó al grupo surrealista de segunda hora, el mismo que aún capitaneaba Breton aunque con un grupo de adeptos nuevos. Casi todos jóvenes. Y ahí estaba Bonnefoy, que poco antes dejó en la cuneta los estudios de matemáticas para vincularse a la poesía y al arte con una capacidad convulsiva para escuchar, para mirar. Había publicado el primer libro de versos, Tratado del pianista, pero aún estaba por cuajar. El impulso llegó en 1953, cuando dio a imprenta Del movimiento y la inmovilidad de Douve, el primero de sus títulos reveladores. Un libro que abría senda y ensanchaba los límites de la experiencia del poeta que iba a ser Bonnefoy.Muy en solitario levantó una obra poética, ensayística, crítica y salpicada de traducciones (Shakespeare, Leopardi...). Bonnefoy trabajaba en un estudio de la Rue Lepic, en las faldas de Montmartre. Pertenece a la raza de los exploradores sin cofradía. Pensaba con audacia y se movía con modales de estepario. "El ejercicio de la literatura requiere en ocasiones mantenerse prudentemente apartado". Y cumplió esa sospecha hasta el final. Deja casi 100 libros y está traducido a 30 idiomas. Su nombre estaba desde hace años en las quinielas del Premio Nobel, pero la Academia Sueca no está obligada a acertar irremediablemente.El Diccionario de mitología le ocupó una década de trabajo coordinando a decenas de especialistas hasta dar forma a seis volúmenes (en la última edición española). Lo consideraba su más lograda ambición: unos 6.200 nombres de personajes e instituciones relacionados con más de 20 repertorios mitológicos. "Cada vez más, la mitología se nos presenta como uno de los grandes aspectos de nuestra relación con nosotros mismos". Lo escribió en el prólogo a la primera edición de 1981. Pero hay más. Los excelentes ensayos sobre Baudelaire y Rimbaud (Rimbaud por sí mismo). Y las aproximaciones audaces a Goya, Picasso, Miró, Giacometti o Balthus. Pero si de algo estaba seguro (como sólo se puede creer en aquello que abre a la duda) es de la necesidad de la poesía. La suya está apegada a la realidad pero atravesándola. Es honda, sin voladuras. Y tiene esa capacidad de generar enigma que gastan los poetas verdaderos, los capaces de lanzar las palabras más lejos que la vida. Ahí están otros libros suyos: Principio y fin de la nieve o Las tablas curvas. En aquellos días de Madrid, con 92 años, dijo que escribía más que nunca. A su edad es casi una extravagancia porque la poesía suele ser un género de juventud: "Si me pregunta que cómo habita en mí ahora la poesía le debo decir que con una fuerza extraordinaria. Pero tengo claro que la patria de la infancia es la que definitivamente alimenta mi escritura. Incluso me atrevería a decir que toda escritura y experiencia poética. Se lo dice un hombre de más de 90 años. Como afirma Baudelaire, hay que seguir siendo niños para continuar avanzando en las emociones". Aquel hombre nacido en Tours en 1923, que vivió el siglo XX con sus excesos y fascinaciones, profesor, viajero de muchas leguas, sustituyó a Roland Barthes en la cátedra de Estudios Comparados en el Colegio de Francia. Fue una figura con más prestigio que público, pero tampoco le importó demasiado. Creía en Europa sobre todas las cosas. Y en la mañana de Madrid de aquel último viaje a España, un día antes de las elecciones europeas de 2014, lanzó su defensa del proyecto y sus temores: "La creación de la Unión Europea fue para mí un momento de gran felicidad. Recuerdo perfectamente aquel día y lo que entonces era este conjunto de países: cañones que se apuntaban de país a país, recelos, fronteras inexpugnables entre nosotros... Pero gracias a aquel proyecto logramos sumar y dejar de restarnos. La cultura y la idiosincrasia de los estados miembros no han sido alteradas por el proyecto común europeo. Al revés: hoy son más notables y visibles. Por eso lamento tanto el recelo que los ciudadanos de casi todos los países tiene hoy ante la UE... Ese no es el camino". Y sin embargo, en Gran Bretaña lo ha sido. Yves Bonnefoy fue un hombre que en la literatura se dejó palpar de cuerpo entero. Un maestro. Una baliza. Una lucecita de alerta. A los 93 años sigue siendo, ya de otro modo, aquel verso suyo que no se extingue: "Yo no era más que tierra deseosa". Y ese apetito aún nos desborda.
ANTONIO LUCAS