Fuente: http://www.elnortedecastilla.es/palencia/201605/24/poesia-grito-contra-mismo-20160523204335.html


Nacida en Bilbao en 1939, Blanca Sarasua se ha forjado un sólido perfil como poeta a través de una amplia bibliografía que incluye ‘Cuando las horas son fuego’ (1984), ‘El cerco de los pájaros’ (1986), ‘Atico para dos’ (1989), Ballestas contra el miedo’ (1990), ‘Quién ha visto un ambleo’ (1994), ‘Rótulo para unos pasos’ (1994), ‘La mirada del maniquí’ (2000), ‘Música de aldaba’ (Premio San Juan de la Cruz, 2008), ‘Baciyelmo’ (2013) y ‘Adagio para un silencio’ (2016).

Sarasua participará este miércoles, 25 de mayo, en la segunda sesión de los VI Encuentros con la Poesía que organiza El Norte de Castilla con el patrocinio del Ayuntamiento de Palencia (Fundación Diaz-Caneja, 20:15 horas). En este recital tiene previsto insistir en ‘Baciyelmo’, un libro de poemas sobre textos del Quijote, lo que supondrá un guiños de los Encuentros con la Poesía al IV centeneario de la muerte de Miguel de Cervantes. Sarasua es viuda de Ignacio Ipiña, un pintor vasco que en el verano de 2015 expuso en la Fundación Caneja.

–Conoce Palencia y la Fundación Díaz-Caneja. Ahora regresa como poeta...
He ido a Palencia en varias ocasiones por mi amistad con Carmen Álvarez y su marido, Félix Díaz. Cuando expuso Ignacio en la Caneja, fue una ocasión especial. En la inmensísima mayoría de los cuadros de Ignacio yo le acompañé a pintarlos. Nuestro plan era ir a pintar el fin de semana a donde fuera, un pueblo de Castilla o del País Vasco. Yo era feliz acompañándole, y de esta manera empecé a escribir, mientras él pinta. Contaba lo que veía y poco a poco me surgió la idea de escribir. Ver los cuadros de Ignacio es recordar muchos retazos de mi vida.

–Su obra poética es discursiva, llena de mensaje. ¿Es fácil mantener el equilibro entre este discurso y el lenguaje poético?

–El momento de ponerme a escribir poesía es durísimo, porque te sometes a una hoja en blanco. Además, un poema es cosa de dos, es un reto del que lo escribe y del que lo lee. Cuando escribo, nunca lo hago pensando en quién me puede leer, sino que escribo lo que yo quiero contar. Es duro ponerse a ello, pero cuando te ronda una idea por la cabeza, hay que sacarla adelante.

–Habla mucho de la poesía. Es una fuente de inspiración más. ¿Es la poesía dentro de la poesía?

–Puede ser, aunque yo no lo busco así. Yo solamente busco contar la que siento, lo que pienso en ese momento. Además, intento que mis poemas provoquen siempre, que no se queden en la estética. Pueden ocasionar unas reacciones negativas o positivas, pero necesito que a la persona que me lea le cambie algo el poema, le sirva de algo.

–En su libro ‘Coyunda recia’ hay un poema en el que cita a la poesía en el juzgado. ¿Qué delito cometió?

–Es una bronca con la poesía, porque nunca consigues escribir lo que tú quieres. Cuando veo un libro mío ya publicado, pienso que podía haber cambiado una imagen, otra me parece vulgar... El poema nunca está terminado. No sé quién dijo que hay que escribir con el otro lado del lápiz, con la goma, es decir, borrando. Nunca conseguiremos hacer lo que queremos hacer. Por otra parte, esto supone una superación, o por lo menos intentarlo.

–En ese mismo poema quiso pactar la búsqueda del grito. ¿En qué medida la poesía es un grito, grito contra alguien?

–La poesía es un grito primero contra ti mismo y luego contra la sociedad en la que estanos viviendo. Vivimos en una sociedad de cartón piedra, con muy pocos valores. Entonces, la poesía tiene que estar ahí. Aunque se queda arrinconado un libro de poesía en una casa y no lo mire nadie, no sabes qué pueda pasar dentro de diez años, veinte años... Un hijo, un nieto, coge de pronto ese libro, lee un poema y dice: Yo este poema hubiera querido escribirlo. O si en una casa que se va a cerrar, venden todos los libros en un mercadillo, hay alguien que coge un libro, lo lee y se siente identificado. Con eso vale. Esto es lo que buscamos, ya sabemos que somos tallos sueltos. Hay una frase preciosa de Jaroslav Seifert, premio Nobel, que dice: «Por qué tiene que hablar de sí mismo un solo tallo cuando hay hierba», y yo respondo: porque cada tallo tiene su individualidad, como las personas. Las personas forman una sociedad, pero es muy importante cómo son esas personas, cada uno de esos tallos, para que la hierba, o la sociedad, merezca la pena. Los poetas o cualquier manifestación artística –un pintor, un músico...– intentan mejorar el mundo, intentan dejar unos valores, por si alguien quiere recogerlos.

–En su obra hay una preocupación por la comunicación con el lector a través de la poesía. ¿Cree que ha conseguido esa comunicación?

–Nunca la consigues del todo. Siempre estamos todos en una situación de búsqueda, de búsqueda hacia algo. Yo quiero vivir aprendiendo, como el pintor Ingres en su lecho de muerte cuando pidió que le pusieran delante de él un atril con la reproducción de un cuadro de Giotto y otro atril con unos cartones y unas ceras. Cuando estaba haciendo un estudio sobre el cuadro, llegó un amigo suyo y le preguntó por qué estaba trabajando, e Ingres respondió con un hilillo de voz: «Estoy aprendiendo».

–Tiene fama usted de ser una poeta rebelde. ¿Cómo manifiesta esa rebeldía?

–Procuro buscar unas imágenes rotundas.

–‘Música de Aldaba’ es un libro con claras referencias musicales. ¿La relación entre la música y la poesía es evidente, pero hasta dónde llega?

–Yo no sabría decirlo, pero veo que la poesía tiene muchísima música. Yo me siento también muy unida a la música. El título de ‘Música de Aldaba’ es porque cuentan que Beethoven, que se estaba quedando sordo, escuchó cuatro golpes de aldaba en su casa, que eran sonidos fuertes, le hizo ilusión y empezó a pensar ‘ta, ta, ta Chan’ y de ahí surgió la quinta sinfonía (la onomatopeya la pronuncia Blanca Sarasua con el ritmo de la composición del músico alemán). En mi último libro, ‘Adagio para un silencio’, que se trata de un duelo, se refiere al adagio que yo escucho en mi silencio, que luego pasa a ser andante en la segunda parte y en la última, un alegro.

–Habla de poesía, de música, de pintura... ¿Parece una mujer del renacimiento por su cultura?

–Ojalá lo fuera. Sé cuatro cositas, muy poquito. No me considero una mujer culta. Me considero una mujer normal, que lee bastante y que intenta sacar provecho de lo que sabe, es decir llevarlo a la vida práctica.

–¿Es difícil escribir y publicar en castellano en el País Vasco?

–Tenemos que publicarlos nosotros, porque tienen prioridad los libros en euskera. Yo lo puedo entender porque hay que defender este idioma, ya que hay pocas personas que lo conocen. Yo no sé euskera. En general, premian más al hecho de escribir en euskera que la calidad. Aunque hay excepciones maravillosas, escribir es castellano es un hándicap.

–¿Ser mujer le ha limitado o perjudicado en su actividad literaria?

–En principio me ha limitado. Yo empecé a escribir con 40 años y me acuerdo que en un periódico local pusieron como título, hablando de mi primer libro, «¡Ama de casa que escribe». Me sentó como un tiro, claro.

–Pero usted supo superar estos obstáculos de escribir en castellano y ser mujer.

–Sí, sí, sí. Ya no me importa en absoluto. Yo voy por mi camino, y sé que los poetas gustamos a muy poca gente, pues eso, a tallos sueltos de esa hierba de la sociedad, pero con eso basta.

–¿Qué ha pretendido escribir en ‘Baciyelmo’?

–Lo que me ha interesado más es la palabra ‘baciyelmo’. Hay un momento, entre todas las discusiones entre don Quijote y Sancho, en el que este dice que lo que lleva en la cabeza es una bacía, una palangana de barbero, y don Quijote, que estaba loco, decía que es la armadura de la parte de la cabeza y la cara de un guerrero. Llega un momento en que Sancho transige y dice que «si no fuera por este ‘baciyelmo’, no lo pasara entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance». Esa palabra, baciyelmo, que es un neologismo de Cervantes, a mí me dijo muchísimo, me dijo que esta vida es un baciyelmo, tiene mucho de vacía, es decir, de realidad, de rutina, una vida que no nos gusta, pero también hay yelmos, momentos que brillan, momentos de esperanza, de ilusión, de creatividad... Hasta en la vida más desgraciada puede haber momentos buenos, y esos son los yelmos de la vida.

–¿Y eso le inspiró estos poemas?

–Me encanta la idea de que cuando don Quijote muere, se vuelve cuerdo, y Sancho, que busca animarle, no quiere que se muera y para que tenga ilusión, es decir, para que pueda seguir buscando el yelmo, le dice que tal vez detrás de alguna mata estará la señora Dulcinea desencantada. Se cambian un poco los papeles. Es Sancho el que pierde la noción de todo para animarle y sin embargo, don Quijote está cuerdo ya.

–¿Ha poetizado el Quijote?

–Yo no me atrevo a decir eso, porque ha habido tanta gente que ha escrito sobre el Quijote que yo ya no puedo decir nada. Yo he intentado sobre todo centrarme en la bacía y en el yelmo. Si el Quijote sigue vivo y tan vivo como está es porque los sanchos y los quijotes siguen existiendo. Para mí, Sancho Panza es un personaje importantísimo, con esa sabiduría popular de un hombre inculto que labra la tierra y le engañan para ser gobernador. Esto me suena mucho ahora entre los políticos, que caen en la vanidad y en el halago.
FERNANDO CABALLERO
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