Monográficos María de Zayas Sotomayor

María de Zayas Sotomayor
(Madrid, 12 de noviembre de 1590 - ¿1661?)
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Novelista española del Siglo de Oro, la más importante junto con Mateo Alemán y Miguel de Cervantes, y una temprana feminista junto a su contemporánea Juana de Asbaje Ramírez, más conocida como Sor Juana Inés de la Cruz.

Era hija del capitán de infantería Fernando de Zayas y Sotomayor, que servía como caballero al conde de Lemos, y de María de Barasa. Es de suponer que´la familia siguió al Conde de Lemos a su virreinato de Nápoles. Vivió algún tiempo en Zaragoza; allí publicó la primera parte de sus Novelas amorosas y ejemplares o Decamerón español (1637), un grupo de diez novelas cortesanas que analiza la sociedad áurea en los estratos superiores de la misma y en la que es perceptible el beneficioso influjo de Cervantes. Toma sólo de Giovanni Boccaccio la fórmula de una reunión por culpa de una enfermedad (en vez de la peste, unas cuartanas de Lisis) a lo largo de cinco noches, en cada una de las cuales se narran dos novelas. Cuenta historias de una gran crudeza. Al contrario que otros novelistas contemporáneos suyos, no pretende exhibir un cortesano ingenio complicando el estilo ni se hace pasar por moralista sermoneadora, sino que le interesan la amenidad de la narración, la psicología de los personajes y los aspectos sociales y ambientales en que se mueven. Es más, denuncia cuando quiere las injusticias que la indignan y deja ver clara su postura de independiente y recio orgullo femenino, sin mostrarse pacata en las escenas escabrosas. La segunda serie está compuesta por Novelas y saraos (Barcelona, 1647) y Parte segunda del Sarao y entretenimientos honestos (1649), que se reeditaron como Desengaños amorosos. Este segundo grupo de novelas intensifica los argumentos truculentos y escabrosos. Compuso además la comedia La traición en la amistad. Se conservan además algunas poesías suyas en diversas antologías (Botello, Montalbán, Cuevas, Del Castillo o la Fama Póstuma dedicada a Lope) que son mediocres y no están a la altura de su prosa. Se cree que pudo residir también en Sevilla o Granada. En cuanto a la fecha de su fallecimiento, existen dos partidas de defunción a nombre de María de Zayas, una del 19-I-1661 y la otra del 26-IX-1669; no se poseen datos de ella desde 1639.

Lope de Vega la elogia en la silva VIII de su El laurel de Apolo, a lo que ella correspondió con un soneto en homenaje suyo. «Sibila de Madrid» la llama en La Garduña de Sevilla Alonso de Castillo Solórzano:

En estos tiempos luce y campea con felices lauros el ingenio de doña María de Zayas y Sotomayor, que con justo título ha merecido el nombre de Sibila de Madrid, adquirido por sus admirables versos, por su felice ingenio y gran prudencia, habiendo sacado de la estampa un libro de 10 novelas que son 10 asombros para los que escriben deste género, pues la meditada prosa, el artificio dellas y los versos que interpola, es todo tan admirable, que acobarda las más valientes plumas de nuestra España.
Durante largo tiempo oscurecida por la crítica, Emilia Pardo Bazán reivindicó su obra, que caracterizó como una especie de picaresca de la alta sociedad áurea.

Como narradora le caracteriza una gran fuerza. Es de una frescura y novedad sin precedentes ni tampoco seguidores. Tiene de su época el gusto por la violencia, la crueldad, la magia y los encantamientos. La moral en ella no es moraleja sino escarmiento. Ni ahorra episodios picarescos cuya crudeza no desmerece del Buscón quevedesco, ni queda atrás en el cultivo de la novela bizantina a lo Cervantes en otros como La fuerza del amor o El prevenido engañado. Pero quizás lo que más sorprende en ella es la desenvoltura con que se comportan los personajes femeninos en el aspecto sexual y amatorio. Desde la que persigue a un hombre que ve por el balcón hasta la que guarda un amante negro en el establo hasta devorarlo sexualmente, «antes de infinitos adulterios». No en vano en el XVIII, la Inquisición prohibió reeditar sus exitosas novelas. Invariablemente, hay mujeres que acaban mal por la liberalidad con que entregan su cuerpo; pero no son todas, ni mucho menos, y es notable lo poco que miran al decoro personal o familiar cuando siguen sus impulsos, que es casi siempre. Al hecho añaden el dicho. Aprovechando los diálogos de los distintos narradores en torno a la discreta Lisis, María de Zayas critica con la misma libertad que muestran sus personajes las idea de la época acerca de la honra y la virtud, que tanto perjudicaban a las mujeres y beneficiaban supuestamente a los hombres. Así, en frase que recuerda las de Sor Juana Inés de la Cruz, dice Lisis a un galán que proclamaba su deseo de encontrar mujer tonta y honrada:

«Y ¿cómo sabrá ser honrada la que no sabe en qué consiste el serlo?». Doña Emilia Pardo Bazán citaba algunos pasajes suyos sobre su feminismo:

En la era que corre estamos con tan adversa opinión con los hombres, que ni con el sufrimiento los vencemos ni con la conciencia los obligamos. (...) ¿Por qué, vanos legisladores del mundo, atáis nuestras manos para la venganza, imposibilitando nuestras fuerzas con vuestras falsas opiniones, pues nos negáis letras y armas? ¿Nuestra alma no es la misma que la de los hombres? (...) Por tenernos sujetas desde que nacimos, vais enflaqueciendo nuestras fuerzas con temores de la honra, y el entendimiento con el recato de la vergüenza, dándonos por espadas ruecas, y por libros almohadillas.
Para María de Zayas, "las almas no son hombres ni mujeres". Era muy aficionada a la lectura, como dice en el prólogo "Al que leyere" de Novelas amorosas y ejemplares:

¿Qué razón hay para que no tengamos promptitud para los libros? Y más si todas tienen mi inclinación, que en viendo cualquiera nuevo o antiguo dexo la almohadilla y no sosiego hasta que le paso.
De la burla picaresca, abonada al tremendismo, que domina la primera serie novelesca, pasa en la segunda al motivo barroco por excelencia: el Desengaño, que es a veces notación de la injusta burla de las mujeres por los hombres y, en otras, expresión dolorida y casi metafísica de la imposibilidad de los sexos para vivir lealmente y en armonía, tan distintas son las fuerzas que los gobiernan. En La esclava de su amante, La inocencia castigada, El verdugo de su esposa o Mal presagio casar lejos, un hado siniestro domina las vicisitudes amorosas. De la carcajada en El castigo de la miseria pasamos a la melancolía y el pesar de Estragos que causa el vicio, última narración y despedida aparente de la autora. No hay dignidad en el amor:

¿Qué más desengaño aguardáis que el desdoro de vuestra fama en manos de los hombres?(...) ¿Es posible que con tantas cosas como habéis visto y oído no reconozcáis que en los hombres no dura más la voluntad que mientras dura el apetito, y en acabándose, se acabó?.
Lisis entra en un convento al final de las novelas y por ello muchos de sus críticos y editores han supuesto que ése fue el destino último de doña María. Azorín se la imaginaba en una buhardilla madrileña, mirando los tejados lluviosos y los gatos vagabundos.

El estilo de María de Zayas rehúye el culteranismo. Y así declara en la última novela de Desengaños amorosos:

Yo, como no traigo propósito de canonizarme por bien entendida, sino por buena desengañadora, es lo cierto que, ni en lo hablado ni en lo que hablaré he buscado razones retóricas ni cultas, porque demás de ser un lenguaje que con extremo aborrezco, querría que me entendiesen todos, el culto y el lego (...) Y así he procurado hablar en el idioma que mi natural me enseña y deprendí de mis padres, que lo demás es una sofistería en que han dado los escritores por diferenciarse de los demás, y dicen a veces cosas que ellos mismos no las entienden. ¿Cómo las entenderán los demás sino en diciendo, como algunas veces me ha sucedido a mí, que, cansado el sentido por saber qué quiere decir y no sacando fruto de mi fatiga, digo: "Muy bueno debe de ser, pues que yo no lo entiendo".

Obras
Aventurarse perdiendo
La burlada Aminta
El castigo de la miseria
La fuerza del amor
El jardín engañoso
El prevenido engañado
La inocencia castigada
El imposible vencido
Al fin se paga todo
El desengañado amado y premio de la virtud
La esclava de su amante
La más infame venganza
La inocencia castigada
El verdugo de su esposa
Tarde llega el desengaño
Amar sólo por vencer
Mal presagio casar lejos
El traidor contra su sangre
La perseguida triunfante
Estragos que causa el vicio
Aventurarse perdiendo
El castigo de la miseria.
Desengaños amorosos (Parte segunda del sarao y entretenimiento honesto) / de Doña María de Zayas y Sotomayor. Fundación José Antonio de Castro. Biblioteca Universitaria.
Novelas Amorosas y ejemplares (Primera parte del sarao y entretenimiento honesto) / de Doña María de Zayas y Sotomayor. Fundación José Antonio de Castro. Biblioteca Universitaria.
Obra narrativa completa de María de Zayas y Sotomayor / edición y prólogo de Estrella Ruiz-Gálvez Priego. Fundación José Antonio de Castro. Biblioteca Universitaria.
La traición en la amistad / María de Zayas y Sotomayor ; versión y dramaturgia Mariano de Paco Serrano. Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro.
Novelas amorosas y ejemplares, también llamada el Decamerón español.
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Fin

   A la cabaña de Menga
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A la cabaña de Menga
Antón un disanto fue,
ya está rostrituerta Gila,
celos debe de tener.
Delta se quexa el zagal,
bien justa su quexa es,
que sospechas sin razón
son desaires de la fe.
Sin culpa le da desvíos,
¡cómo no se ha de ofender!,
que ella los dé tan de balde,
costándole tanto a él.
Hablar a Menga agradable,
no es culpa, que bien se ve,
si no hay querer sin agrados,
que hay agrados sin querer.
Quisiera que huyese Antón
de Menga, rigor cruel,
darle lo favorecido
a precio de descortés.
No es la misma permisión
en el hombre y la mujer,
que en ellos es grosería
lo que en ellas es desdén.
No hay quien se ponga a razones
con los celos, y ¡pardiez!
gente que razón no escucha,
muy necia debe de ser.
Los vanos recelos, Gila,
no aseguran, que tal vez
temer donde no hay tropiezos,
dispone para caer.
Vedarle que mire a Menga,
si es cordura, no lo sé,
que una hermosura vedada
dicen que apetito es.
Sujeciones hay civiles
bastaba Antón, a mi ver,
estar sujeto a unos ojos
sin que a su engaño lo estés.
Esto es amor en los hombres,
ser su lisura doblez,
sus inocencias delitos,
¡mal haya el amor!, amén.
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María de Zayas y Sotomayor


    A pesar de la Fortuna
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A pesar de la Fortuna,
que su vista me quitó,
sin ser Aurora, en mis brazos
ayer Febo amaneció.
Vertiendo risa en las flores
con su divino esplendor,
dando perlas a las fuentes,
lustre, ser y admiración.
¿Quién vio, entre celajes rojos,
 salir gobernando el Sol
los flamígeros caballos
que descompuso Faetón?
¿Quién vio decretar a Jove
el castigo que se dio
 al mozo mal entendido
que por soberbio cayó?
¿Y quién vió al sabio Mercurio
adormecer al pastor
que velaba con cien ojos
 a la desdichada Io?
¿Quién vio sujetando a Marte,
con su extremado valor,
las belicosas escuadras
de quien es dueño y señor?
 ¿Quién le vio rendir a Venus
la soberbia condición,
animoso entre soldados,
tierno tratando de amor?
¿Quién vio conquistando al mundo
 aquel magno emperador
que alcanzó en el tanto monta,
glorias, título y blasón?
¿Quién vio vencer imposibles
aquel mozo que abrasó
 por castigar su flaqueza
su brazo con tal valor?
Así, selvas, a mis ojos
un bello sol ofreció,
y de haberle visto, selvas,
 mi dicha alabando estoy.
Envídieme la Fortuna,
si oriente soy de tal sol,
siendo diamante que alcanzo
a sus rayos más valor.
 Mas ¡ay! que tal favor
en sueños la Fortuna me ofreció;
porque nunca mi amor,
si no es durmiendo, aquesto mereció.
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María de Zayas y Sotomayor

A un diluvio la tierra condenada
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A un diluvio la tierra condenada,
que toda se anegaba en sus enojos,
ríos fuera de madre eran sus ojos,
porque ya son las nubes mar airada.
La dulce Filomena retirada,
como no ve del sol los rayos rojos,
no le rinde canciones en despojos,
por verse sin su luz desconsolada.
Progne lamenta, el ruiseñor no canta,
sin belleza y olor están las flores,
y estando todo triste de este modo,
con tanta luz, que al mismo sol espanta,
toda donaire, discreción y amores,
salió Belisa, y serenóse todo.
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María de Zayas y Sotomayor
La esclava de su amante

         Amar el día
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Amar el día, aborrecer el día,
llamar la noche y despreciarla luego,
temer el fuego y acercarse al fuego,
tener a un tiempo pena y alegría.
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Estar juntos valor y cobardía,
el desprecio cruel y el blando ruego,
tener valiente entendimiento ciego,
atada la razón, libre osadía.
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Buscar lugar en que aliviar los males
y no querer del mal hacer mudanza,
desear sin saber qué se desea.
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Tener el gusto y el disgusto iguales,
y todo el bien librado en la esperanza,
si aquesto no es amor, no sé qué sea.
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María de Zayas y Sotomayor


Canción en elogio de Francisco De Las Cuevas
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Quisiera, pluma mía,
que de deidad un resplandor tuvieras,
para que en este día,
a pesar de la invidia, te excedieras;
pluma de Homero fueras
que tanto el mundo alaba,
o aquesta lira maravillosa octava.
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Dijera de Feniso,
Apolo desta edad, milagro nuevo,
cuanto miro preciso
en su elocuencia y a su genio debo;
mas contigo me atrevo
para que se presuma,
si hay cortedad, que sólo está en la pluma.
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De Castilla tesoro
es poco, pues llamarle Fénix puedo;
mas si al celeste coro
no subo su alabanza, corta quedo.
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Sol le llamo, y no excedo
la gloria que se merece,
pues tanto en sus fortunas resplandece.
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María de Zayas y Sotomayor

Selección: Clara Janés

Claras fuentecillas...
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Claras fuentecillas,
pues murmuráis,
murmurad a Narciso
que no sabe amar.
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Murmurad que vive
libre y descuidado
y que mi cuidado
en el agua escribe;
si sabe mi pena,
que es dulce cadena
de mi libertad.
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Murmurad a Narciso
que no sabe amar.
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Murmurad que tiene
el pecho de hielo,
y que por consuelo
penas me previene:
responde que pene
si favor le pido,
y se hace dormido
si pido piedad;
murmurad a Narciso
que no sabe amar.
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Murmurad que llama
cielos otros ojos,
más por darme enojos
que porque los ama,
que mi ardiente llama
paga con desdén,
y quererle bien
con quererme mal;
murmurad a Narciso
que no sabe amar.
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Y si en cortesía
responde a mi amor,
nunca su favor
duró más de un día;
de la pena mía
ríe lisonjero
y aunque ve que muero
no tiene piedad;
murmurad a Narciso
que no sabe amar.
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Murmurad que ha días
tiene la firmeza,
y que con tibiezas
paga mis porfías;
mis melancolías
le causan contento,
y si mudo intento,
muestra voluntad:
Murmurad a Narciso
que no sabe amar.
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Murmurad que he sido
eco desdichada,
aunque despreciada,
siempre lo he seguido;
y que si le pido
que escuche mi queja,
desdeñoso deja
mis ojos llorar:
Murmurad a Narciso
que no sabe amar.
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Murmurad que altivo,
libre y desdeñoso
vive, y sin reposo,
por amarle, vivo;
que no da recibo
a mi tierno amor,
antes con rigor
me intenta matar:
Murmurad a Narciso
que no sabe amar.
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Murmurad sus ojos
graves y severos,
aunque bien ligeros
para darme enojos,
que rinde despojos
a su gentileza
cuya altiva alteza
non halla su igual:
Murmurad a Narciso
que no sabe amar.
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Murmurad que ha dado
con alegre risa
la gloria de Belisa,
que a mí me ha quitado,
no de enamorado,
sino de traidor,
que aunque finge amor,
miente en la mitad:
Murmurad a Narciso
que no sabe amar.
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Murmurad mis celos
y penas rabiosas,
ay, fuentes hermosas,
a mis ojos cielos,
y mis desconsuelos,
penas y disgustos,
mis perdidos gustos,
fuentes, murmurad,
y también a Narciso
que no sabe amar.
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María de Zayas y Sotomayor

De la novela: El castigo de la miseria
Selección: Clara Janés

Como la madre a quien falta...
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Como la madre a quien falta
el tierno y amado hijo
así estoy cuando no os veo,
dulcísimo dueño mío.
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Los ojos de vuestra ausencia
son dos caudalosos ríos,
y el pensamiento sin vos
un confuso laberinto.
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¿Adónde estáis, que no os veo,
prendas que en el alma estimo,
qué Oriente goza esos rayos
o qué venturosos Indios?
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Si en los brazos de la Aurora
está el sol alegre y rico,
decid, siendo vos mi Aurora,
cómo no estáis en los míos.
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Salís y ponéis sin mí,
ocaso triste me pinto,
triste Noruega parezco,
tormento en que muero y vivo.
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Amaros no es culpa, no;
adoraros no es delito;
si el amor dora los yerros,
qué dorados son los míos.
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No viva yo si ha llegado
a los amorosos quicios
de las puertas de mi alma
pesar de haberos querido.
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Agora, que no me oís,
habla mi amor atrevido;
y cuando os veo enmudezco
sin poder mi amor deciros.
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Quisiera que vuestros ojos
conocieran en los míos
lo que no dice la lengua
que está para hablar sin bríos.
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Y luego que os escondéis
atormento los sentidos
por haber callado tanto,
diciendo lo que os estimo.
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Mas porque no lo ignoréis,
siempre vuestro me eternizo;
siglos durará mi amor
pues para vuestro he nacido..
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María de Zayas y  Sotomayor

De la novela: La inocencia castigada
Selección: Clara Janés


Cuando te mirare Atandra
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«Cuando te mirare Atandra,
no mires, ingrato dueño,
los engaños de sus ojos,
porque me matas con celos.

No esfuerces sus libertades,
que si ve en tus ojos ceño,
tendrá los livianos suyos
en los tuyos escarmiento.

No desdores tu valor
con tan civil pensamiento,
que serás causa que yo
me arrepienta de mi empleo.

Dueño tiene, en él se goce,
si no le salió a contento,
reparara al elegirle,
o su locura o su acierto.

Oblíguete a no admitir
sus livianos devaneos
las lágrimas de mis ojos,
de mi alma los tormentos.

Que si procuro sufrir
las congojas que padezco,
si es posible a mi valor,
no lo es a mi sufrimiento.
¿De qué me sirven, Salicio,
los cuidados con que velo
sin sueño las largas noches,
y los días sin sosiego,
si tú gustas de matarme,
dando a esa tirana el premio,
que me cuesta tantas penas,
que me cuesta tanto sueño?
Hoy, al salir de tu albergue,
mostró con rostro risueño,
tirana de mis favores,
cuánto se alegra en tenerlos.
Si miraras que son míos,
no se los dieras tan presto
cometiste estelionato,
porque vendiste lo ajeno.
Si te viera desabrido,
si te mirara severo,
no te ofreciera, atrevida,
señas de que yo te ofendo.»
Esto cantó una casada
a solas con su instrumento,
viendo en Salicio y Atandra
averiguados los celos.
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María de Zayas y Sotomayor
La inocencia castigada

Dar celos quita el honor
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Dar celos quita el honor;
la presunción, pedir celos;
no tenerlos no es amor,
y discreción es tenerlos.

Quien por picar a su amante
pierde a su honor el respeto
y finge lo que no hace,
o se determina a hacerlo,

ocasionando el castigo,
se pone a cualquiera riesgo;
que también supone culpa
la obra como el deseo.

Quien pide celos, no estima
las partes que le dio el Cielo,
y ensalzando las ajenas,
abate el merecimiento.

Está a peligro que elija
su mismo dueño por dueño,
lo que por reñir su agravio
sube a la esfera del fuego.

Quien tiene amor y no cela,
todos dicen, y lo entiendo,
que no estima lo que ama
y finge sus devaneos.

Celos y amor no son dos:
uno es causa; el otro, efecto.
Porque efecto y causa son
dos, pero sólo un sujeto.

Nacen celos del amor,
y el mismo amor son los celos,
y si es, como dicen, dios,
una en dos causas contemplo.

Quien vive tan descuidado
que no teme, será necio;
pues quien más estado alcanza,
más cerca está de perderlo.

Seguro salió Faetón
rigiendo el carro febeo,
confiado en su volar
por las regiones del cielo.

Ícaro, en alas de cera,
por las esferas subiendo,
y en su misma confianza,
Ícaro y Faetón murieron.

Celos y desconfianza,
que son una cosa es cierto;
porque el celar es temer;
el desconfiar, lo mesmo.

Luego quien celos tuviere
es fuerza que sea discreto,
porque cualquier confiado
está cerca de ser necio.

Con aquesto he desatado
la duda que se ha propuesto,
y responderé a cualquiera
que deseare saberlo.

De que en razón de celos,
es tan malo darlos
como tenerlos.

Pedirlos, libertad;
darlos, desprecio.
Y de los dos extremos,
malo es tenerlos; pero aqueste quiero,
porque mal puede amor serlo sin ellos.
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María de Zayas y  Sotomayor
La esclava de su amante


De dos penas que ha querido...
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De dos penas que ha querido
dar amor a un desdichado,
mayor que ser olvidado
es el ser aborrecido:
que el que olvida, aquel olvido
en amor puede volver,
mas quien llega a aborrecer,
cuando se venga a acordar
será para maltratar,
que no para bien querer.
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El olvido es privación
de la memoria importuna;
consiste en mala fortuna,
pero no es mala intención;
mas quien ciego de pasión
contra la ley natural
aborrece en caso igual,
más que olvido es el desdén,
pues sobre no querer bien
esta deseando mal.
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Y si, en fin, aborrecer
es agraviar, bien se infiere
que el que ingrato aborreciere
está cerca de ofender;
y si hay quien quiera querer
ser antes aborrecido,
tome por suyo el partido,
que si me han de maltratar
por no verme despreciar,
quiero anegarme en olvido.
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María de Zayas y  Sotomayor

De la novela: El desengaño amado y premio de la virtud
Selección: Clara Janés


Dueño querido: si en el alma mía
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Dueño querido: si en el alma mía
alguna parte libre se ha quedado,
hoy de nuevo a tu imperio la he postrado,
rendida a tu hermosura y gallardía.

Dichoso soy, desde aquel dulce día,
que con tantos favores quedé honrado;
instantes a mis ojos he juzgado
las horas que gocé tu compañía.

¡Oh! si fueran verdad los fingimientos
de los encantos que en la edad primera
han dado tanta fuerza a los engaños,

ya se vieran logrados mis intentos,
si de los dioses merecer pudiera,
encanto, gozarte muchos años.
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María de Zayas y Sotomayor

En el claro cristal del desengaño...
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En el claro cristal del desengaño
se miraba Jacinta descuidada,
contenta de no amar, ni ser amada,
viendo su bien en el ajeno daño.
Mira de los amantes el engaño,
la voluntad, por firme, despreciada,
y de haberla tenido escarmentada,
huye de amor el proceder extraño.
Celio, sol desta edad, casi envidioso,
de vel la libertad con que vivía,
exenta de ofrecer a amor despojos,
galán, discreto, amante, dadivoso,
reflejos que animaron su osadía,
dio en el espejo, y deslumbró sus ojos.
Sintió dulces enojos,
y apartando el creistal, dijo piadosa:
"Por no haber visto a Celio, fui animosa,
y aunque llegue a abrasarme,
no pienso de sus rayos apartarme."
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María de Zayas y Sotomayor

Selección: Clara Janés


Fuése Bras de la cabaña
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Fuése Bras de la cabaña,
sabe Dios si volverá,
por ser firmísima Menga
y ser muy ingrato Bras.
Como no sabe ser firme
desmayóle el verse amar;
que quien no sabe querer
tampoco sabe estimar.
No le ha dado Menga celos,
que no se los supo dar,
porque si supiera darlos
supiera hacerse estimar.
Es Bras de condición libre,
no se quiere sujetar,
y así viéndose querido
supo el modo de olvidar.
No sólo a sus gustos sigue,
mas sábelos publicar,
que quiere a fuerza de penas
hacerse estimar en más.
Que no volverá es muy cierto,
que es cosa la voluntad
que cuando llega a trocarse
no vuelve a su ser jamás.
Por gustos ajenos muere,
pero no se morirá,
que sabe fingir pasiones,
hasta que llega alcanzar.
Desdichada la serrana,
que en él se viene a emplear,
pues aunque siembre afición,
sólo penas cogerá.
De ser poco lo que pierde
certísima Menga está,
pues por mal que se aventure,
no puede tener más mal.
Es franco de disfavores,
de tibiezas liberal,
pródigo de demasías,
escaso de voluntad.
Dice Menga que se alegra,
no sé si dice verdad,
que padecer despreciada,
es dudosa enfermedad.
Suelen publicar salud
cuando muriéndose están,
mas no niego que es cordura
el saber disimular.
Esconderse por no verla,
ni de sus cosas hablar,
no tratar de su alabanza,
indicios de salud da.
Pero vivir descontenta,
y allá en secreto llorar,
llevar mal que mire a otra
de amor parece señal.
Lo que por mi Teología
he venido a pergeñar,
es que aquel que dice injurias
cerca está de perdonar.
Préciase Menga de noble,
no sé si querrá olvidar,
que una vez elección hecha,
no es noble quien vuelve atrás.
Mas ella me ha dicho a mí,
que en llegando a averiguar
injurias, celos y agravios,
afrenta el verle será.
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María de Zayas y Sotomayor
El castigo de la miseria


Lauro, si cuando te amaba
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y tu rigor me ofendía,
triste de noche y de día
tu ingrato trato lloraba;
si en ninguna parte hallaba
remedio de mi dolor,
pues cuando sólo un favor
era paz de mis enojos,
siempre en tus ingratos ojos,
hallé crueldad por amor.
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Si cuando pedí a los cielos
la muerte por no mirarte,
y maltratarme y culparte
eran todos mis desvelos;
si perseguida de celos,
mereciendo ser querida,
quise quitarme la vida,
dime ¿cómo puede haber
otro mayor mal que ser
cruelmente aborrecida?
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Yo le tengo por mayor
que no vivir olvidada,
que siéndolo no te enfada
como otras veces mi amor.
Tenga el verte por favor,
que tu descuido me ofrece
la paz, que aquel que aborrece
niega el que adorando está;
luego el olvido será
menor daño que parece.
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Y así, pedirte favor
con disfavor me convidas,
porque al fin como me olvidas,
no te ofendes de mi amor,
que alguna vez tu rigor
vendrá tomar por partido
amar en lugar de olvido;
y si me has de aborrecer,
mas quiero, Lauro, no ser,
que aborrecida haber sido.
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María de Zayas y Sotomayor
El castigo de la miseria


Los bellos ojos de Atandra
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Los bellos ojos de Atandra,
claros y hermosos luceros,
cuyo resplandor da al sol
las luces con que le vemos.

De quien aprendió el amor
a matar con rayos negros,
quitando a las flechas de oro
valor y merecimiento.

Vertiendo sartas de perlas,
que Manzanares risueño
coge, para que sus ninfas
adornen sus blancos cuellos,

Al tiempo que el Alba hermosa
deja de Titón el lecho,
la vi yo, y la vio el amor,
por la ausencia de Fileno.

Aquel galán mayoral,
hijo de aquel sol, que, siendo
sol de este presente siglo,
se pasó a ser sol del cielo.

Dejando púrpura y oro
por el paño tosco y negro
del patriarca Benito,
cuyos pasos va siguiendo.

Tras aquellos resplandores,
se fue su amante discreto,
que, a los rayos de tal sol,
serán los suyos eternos.

Mirando al aurora, dice
la aurora de nuestro pueblo:
«No goces, Alba, tu esposo,
cuando sin mi esposo quedo.

Llore la tórtola, triste,
la pérdida de su dueño,
pues yo, sin mi dueño amado,
ausente y sola padezco.

¿Adónde vas sin tu Atandra?
¿Cómo te cansó tan presto?
Eres hombre, no me espanto;
mas no eres hombre, que miento.

Si eres deidad, necia soy
cuando de un ángel me quejo;
no me castigues, Amor,
pues ya ves que me arrepiento.

Vuelve, Fileno, a mis brazos,
mira las penas que tengo;
deja al sol, que tú eres sol
en su claro firmamento.

Si como luna recibo,
de tu esplendor, rayos bellos,
o vuelve a darme tu luz,
o tu luz iré siguiendo.»

Dijo, y corriendo el aurora
la cortina al claro Febo,
porque entraron sus zagales,
puso a sus quejas silencio.

Las ninfas de Manzanares,
que escuchándola estuvieron,
al son de acordadas liras
la cantaron estos versos:

«Enjugad, Atandra,
vuestros soles negros,
que señala tristeza, si llora el cielo.

Sol es vuestro amante,
ya venir le vemos,
pues vos sois su oriente,
al oriente vuestro.

Si de esa belleza
el divino extremo
le cautivó el alma,
y aprisionó el cuerpo.

No juzguéis su amor
tan corto y pequeño
que no alargue el paso,
acortando el tiempo.

No deis a esos soles
tantos desconsuelos,
que señala tristeza,
si llora el cielo.»
.
.
María de Zayas y Sotomayor
La esclava de su amante


Mentiroso pastorcillo
.
Mentiroso pastorcillo,
que a los montes de Toledo
llevaste mis alegrías
y me dejaste mis celos.
Dueño de quien soy esclava,
y a quien reconoce imperio
por confrontación de estrellas
mi cautivo pensamiento.
Deidad a cuyos altares
sacrificada en deseos
el alma, víctima humilde,
es holocausto e incienso.
¿Qué dichosa te entretiene,
que faltand al plazo puesto,
consientes que estén mis ojos
bañados en llanto tierno?
Si los rigores de ausencia
hicieran suerte en tu pecho
ni tu estuvieras sin mí
ni yo estuviera con ellos.
Si cuando te despediste
callé el dolor que padezco,
ya que no, por no sentirle,
porque tú fueses contento.
Y con aquesto seguro,
ignorando mis tormentos
la rienda a la ausencia alargas,
pensando que no la siento.
Vuelve a mirarte en los ojos,
que sueles llamar espejos
y los verás por tu causa
caudalosas fuentes hechos.
Vuelve, y verás que las horas
las llamo siglos eternos;
los días, eternidades:
tanto es el dolor que tengo.
Quizá a la que te detiene,
estando sin mí contento,
quitarás de los favores
que a mis espaldas le has hecho.
Que según sin mí te hallas,
puedo llamar mis contentos
censos, que son al quitar,
pues me los quitas tan presto.
Celos me abrasan el alma;
¡ay de mí!, valedme, Cielos,
dad agua apriesa, ojos míos,
pues veis que crece el incendio.
Mas es fuego de alquitrán
este en que me estoy ardiendo,
que más se aviva la llama
mientras más lágrimas vierto.
Dicen algunos que son
los cleos de amor hielo;
mas en mí vienen a ser
abrasado Mongibelo.
¿Para qué quiero la vida?
¿Para qué el reposo quiero¿
¡Ay, zagalejos del Tajo,
no ángeles, sino infierno!
Mirad que Salicio es mío,
en él vivo y por él muero,
y quitármelo es sacar
el alma a mi triste cuerpo.
Violentamente gozáis
esa vida que poseo,
porque sus favores son
los bienes solos que tengo.
¡Ay, Dios!, a quién me quejo,
o a quién estas lágrimas ofrezco,
si mi ingrato Salicio está lejos.
Yo triste, y él contento,
él gozando otros gustos, yo con celos;
que soy inmortal Eseo,
pues no me acaba este mortal veneno.
.
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María de Zayas y Sotomayor
Desengaños amorosos


No desmaya mi amor con vuestro olvido
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No desmaya mi amor con vuestro olvido,
porque es gigante armado de firmeza,
no os canséis en tratarle con tibieza,
pues no le habéis de ver jamás vencido.
Sois mientras más ingrato, más querido,
que amar, por sólo amar, es gran fineza.
Sin premio sirvo, y tengo por riqueza,
lo que suelen llamar tiempo perdido.
Si mis ojos en lágrimas bañados,
quizá viendo otros ojos más queridos,
se niegan a sí mismos el reposo,
les digo: Amigos, fuiste desdichados;
y pues no sois llamados ni escogidos,
amar, por sólo amar, es premio honroso.
.
.
María de Zayas y Sotomayor

No vivas, no, dichosa, muy segura
.
No vivas, no, dichosa, muy segura
de que has de ser toda la vida amada;
llegará el tiempo que la nieve helada
agote de tu dicha la hermosura.
Yo, como tú, gocé también ventura,
ya soy, como me ves, bien desdichada;
querida fui, rogada y estimada
del que tu gusto y mi dolor procura.
Consuela mi pasión, que el dueño mío,
que ahora es tuyo, fue conmigo ingrato
también contigo lo será, dichosa.
Pagarásme el agravio en su desvío;
no pienses que has feriado muy barato,
que te has de ver, como yo estoy, celosa.
.
.
María de Zayas y Sotomayor
La esclava de su amante

¿Quién pensará que mi amor?
.
 ¿Quién pensara que mi amor,
escarmentado en mis males,
cansado de mis desdichas,
no hubiera muerto cobarde?
¿Quién le vio escapar huyendo
de ingratitudes tan grandes
que crea que en nuevas penas
vuelva de nuevo a enlazarme?
¡Malhayan de mis finezas
tan descubiertas verdades,
y malhaya quien llamó
a las mujeres mudables!
Cuando de tus sinrazones
pudiera, Celio, quejarme
 quiere Amor que no te olvide,
quiere Amor que más te ame.
Desde que sale la aurora,
hasta que el sol va a bañarse
al mar de las playas Indias,
 lloro firme y siento amante;
vuelve a salir y me halla
repasando mis pesares,
sintiendo tus sinrazones,
llorando tus libertades.
 Bien conozco que me canso
sufriendo penas en balde,
que lágrimas en ausencia
cuestan mucho y poco valen.
Vine a estos montes huyendo
 de que ingrato me maltrates,
pero más firme te adoro,
que en mí es sustento el amarte.
De tu vista me libré,
pero no pude librarme
 de un pensamiento enemigo,
de una voluntad constante.
¿Quién vio cercado castillo?,
¿quién vio combatida nave?,
¿quién vio cautivo en Argel
tal estoy y sin mudarme.
Mas, pues te elegí por dueño,
¡matadme, penas, matadme!,
pues por lo menos dirán:
"Murió, pero sin mudarse".
 ¡Ay bien sentidos males!,
poderosos seréis para matarme,
mas no podréis hacer que amor se acabe.
.
.
María de Zayas y Sotomayor


Romance a la muerte del Doctor Juan Pérez de Montalván
.

Cúbrase de luto el mundo,
pues ya del mundo faltó
aquel sol que con sus rayos
escureció al mismo sol.
.


No madrugue ya el aurora,
estése con su Titón,
que si á ver el sol salía,
ya su sol se escureció.
.


No canten los pajarillos,
solo diga le ruiseñor,
en sus lamentos, que el fénix
al cielo se remontó.
.


Y las selvas, á quien dijo
en dulce acento su voz
mil amorosos requiebros,
secas muestren su dolor.
.


Porque si les faltó Lope,
nunca Lope les faltó,
mientras Montalván les daba
aliento, vida y verdor.
.


No sienta Vénus la muerte
de su amante cazador,
la de aqueste Adónis sí,
que la llore es más razón.
.


¡Oh Parca, si tu supieras
el empleo de tu arpón,
llorarás, como otro César,
de tu guadaña el rigor!
.


Préciate, pues ya ho hiciste,
de haber marchitado en flor
la gala de Manzanares,
la gloria de su nación.
.


Treinta y seis años postraste;
¡oh muerte! pluguiera á Dios
que contara á tu despecho
los del caduco Néstor.
.


Su gala, su bizarría,
todo á tus piés se rindió,
porque a tí sola pudiera
reconocer por mayor.
.


Su divino entendimiento
(¡oh, qué valerosa acción!),
para morir sin estorbo,
en sí mismo le escondió.
.


¡Oh muerte! mas bien hiciste;
porque fuera sinrazón
quitarle el puesto que goza
por el puesto que perdió.
.


Tú caminante que pasas,
si te deja tu pasión,
vuelve á este mármol los ojos,
oye que dice su voz:
.


"Ayer fuí, ya no soy nada,
la muerte de mí triunfó:
aprended, hombres, de mí
lo que va de ayer a hoy.
.


"Si vistes mi bizarría,
mirad cómo polvo soy;
mi cuerpo cubre esta losa,
mi alma goza de Dios."
.


Respóndele, caminante:
"reposa en paz," y si no
puedes hablar, con la pena
llora, llora, como yo.
.
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María de Zayas y  Sotomayor

Selección: Clara Janés

Si se ríe el Alba
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Si se ríe el Alba,
de mí se ríe,
porque adoro tibiezas,
y muero firme.
.

Cuando el Alba miro
con alegre risa
mis penas me avisa,
mis males, suspiros:
pero no me admiro
de verla reír,
ni de presumir
que de mí se ríe:
porque adoro tibiezas,
y muero firme.
Ríese de verme
con cien mil pesares,
los ojos dos mares:
viendo aborrecerme,
cuando ingrato duerme
mi querido dueño,
mi dolor al sueño
triste despide,
porque adoro tibiezas,
y muero firme.
Ríe al ver que digo
que no tengo amor,
cuando su rigor
de secreto sigo,
para ver si obligo
a tratarme bien
al mismo desdén
que en matarme vive:
porque adoro tibiezas,
y muero firme.
Ríe que me alexo
de aquello que sigo,
llamando enemigo,
por lo que me quexo,
que pido consejo,
amando sin él,
despido cruel,
lo que me sigue;
porque adoro tibiezas,
y muero firme.
Ríe al ver mis ojos
publicar tibieza,
cuando mi firmeza
les da mil enojos,
ofrecer despojos
y encubrir pasión,
mirar a traición,
unos ojos libres;
porque adoro tibiezas,
y muero firme.
Ríe el que procuro
encubrir mis celos,
que estoy sin desvelos,
cuando miento y juro,
al descuido apuro
lo que me da pena,
porque amor ordena
mi muerte triste,
adorando tibiezas,
muriendo firme.
.
.
María de Zayas y Sotomayor
El castigo de la miseria

Toma tu acero cortador, no seas
.
Toma tu acero cortador, no seas
causa de algún exceso inadvertido,
que puede ser, Salicio, que sea Dido,
si por mi mal quisieses ser Eneas.
 Cualquiera atrevimiento es bien que creas
de un pecho amante a tu valor rendido,
muy cerca está de ingrato el que es querido;
llévale, ingrato, si mi bien deseas.
Si a cualquiera rigor de aquesos ojos
te lloro Eneas y me temo Elisa,
quítame la ocasión de darme muerte,
que quieres la vida por despojos.
Que me mates de amor, mi amor te avisa:
tú ganarás honor, yo dulce suerte.
.
.
María de Zayas y Sotomayor

Un corazón de araña al sol secado
.
Un corazón de araña al sol secado,
y sacado en creciente de la luna;
tres vueltas de la rueda de Fortuna,
cuando tenga un dichoso levantado;
 ha de estar todo aquesto preparado
con el licor de aquella gran laguna,
donde, por ser Salmacis importuna,
fue Troco en Hermafrodita trocado;
en sangre de Anteón muy bien cocido,
revuelto en quejas de los ruiseñores,
y entre pelos de ranas conservado.
Cuando un amante esté muy afligido,
sahume con aquesto a sus amores,
que será de sus penas remediado.

.
.
María de Zayas y Sotomayor


Visitas de Antón a Menga
.

y en su cabaña también,
a fe, si le ofende Gila,
que tiene mucho por qué.
El anticipar sus quexas
señal sospechosa es,
que quien con darlas previene,
quiere que no se las den.
.

Para mostrarse ofendida
sobra de la causa fue,
que es basilisco un agravio,
y no ha de llegarse a ver
agradosa y sin amor,
zagales pero creed,
que conversación y agrado
son amagos de querer.
.

Descuidado el indicio,
no es poco, que ya se ve
que lo que es hablarse hoy
fue diligencia de ayer.
Mal fuego en su cortesía,
que saben los hombres bien,
para desmentir lo falso
valerse de lo cortés.
.

No hay temer, sino hay tropiezos;
mas Menga le busca a él:
los dos solos, ella hermosa,
si es tropiezo, no lo sé.
Si es vedarle que la mire,
riesgo en Antón, yo diré
que un amor tan achacoso
muy cerca está de caer.
.

Necios llaman a los celos,
mal los conocen pardiez,
que antes el celoso peca
de advertido y bachiller.
Esos agrados Antón,
solo con Gila han de ser,
porque un crédito en balanzas,
muy lexos anda del fiel.
.

¡Oh cuán bien saben los hombres
con disculpas ofender,
mas pues amor los descubre
bien haya el amor!
.

Amén.
.
.
María de Zayas y Sotomayor
El castigo de la miseria

Ya de mis desdichas
.
Ya de mis desdichas
el colmo veo,
y en ajenos favores
miro mis celos.
.

Ya no tengo que esperar
de tu amor, ingrato Ardenio,
aunque tus muchas tibiezas
mida con mi sufrimiento.
Que ya en mi fuego te yeles,
ni que me encienda en tu yelo,
que mueran mis esperanzas
, ni que viva mi tormento.
Como en mi confusa pena,
no hay alivio ni remedio,
ni le busco ni le pido,
desesperada padezco.
.

Pues de mis desdichas
el colmo veo,
y en ajenos favores
miro mis celos.
.

¿Qué tengo ya que esperar
ni cómo obligar pretendo
a quien de sólo matarme
atrevido lleva intento?
A los hermanos imito,
que por pena en el Infierno,
tienen trabajos sin fruto,
y servir fuera de tiempo.
Acaba, saca la espada,
pasa mi constante pecho,
acabaré de penar,
si no es mi tormento eterno.
.

Pues de mis desdichas
el colmo veo,
y en ajenos favores
miro mis celos.
.

Quiérote bien, ¡qué delito
para castigo tan fiero!,
pero tú te desobligas,
cuando yo obligarte pienso.
¡Quién creyera que mis partes,
que alguno estimó por cielos,
son infiernos a tus ojos,
pues dellas andas huyendo!
Siempre decís que buscáis
los hombres algún sujeto
que sea en aquesta edad
de constancia claro exemplo.
Y si acaso halláis alguno
le hacéis un tal tratamiento,
que aventura, por vengarse
no una honra, sino ciento.
Míralo en ti y en mi amor,
no quieras más claro espejo,
y verás como hay mujeres,
con amor y sufrimiento.
.

Pues de mis desdichas
el colmo veo,
y en ajenos favores
miro mis celos.
.

Hasta aquí pensé callar,
tus sinrazones sufriendo,
mas pues voluntad publicas,
¿cómo callaré con celos?
Sepa el mundo que te quise,
sepa el mundo que me has muerto,
y sépalo esa tirana,
de mi gusto y de mi dueño.
Poco es brasas como Porcia,
poco es como Elisa acero,
más es morir de sospechas,
fuego que en el alma siento.
.

Pues de mis desdichas
el colmo veo,
y en ajenos favores
miro mis celos.
.

Poco puedo, Ardenio ingrato,
y hoy pienso que puedo menos,
pues sufriendo no te obligo
ni te obligué padeciendo.
Yo gusto que tengas gustos,
pero tenlos con respecto,
de que me llamaste tuya,
o de veras o fingiendo.
Cuando en tus ojos me miro,
en ellos miro otro dueño,
¿pues qué has menester decirme
lo que yo tengo por cierto?
.

Pues de mis desdichas
el colmo veo,
y en ajenos favores
miro mis celos.
.

Ingrato, si ya tus glorias
no te caben en el pecho,
guárdalas, que para mí
son más que glorias venenos.
Mas tú debes de gustar
de verme vivir muriendo,
que el querer y aborrecer
en ti viene a ser extremo.
Y si de matarme gustas,
acaba, mátame presto;
pero si celosa vivo,
¿para qué otra muerte quiero?
.

Pues de mis desdichas
el colmo veo,
y en ajenos favores
miro mis celos.
.
.
María de Zayas y Sotomayor
El castigo de la miseria

Ya llego, Cupido, al ara
.
Ya llego, Cupido, al ara;
ponme en los ojos el lienzo;
pues sólo por mis desdichas
ofrezco al cuchillo el cuello.

Ya no tengo más que darte,
que pues la vida te ofrezco;
niño cruel, ya conoces
el poco caudal que tengo.

Un cuerpo sin alma doy;
que es engaño, ya lo veo;
mas tiéneme Fabio el alma,
y quitársela no puedo.

Que si guardaba la vida,
era por gozarle en premio
de mi amor; mas ya la doy
con gusto, pues hoy le pierdo.

No te obliguen las corrientes
que por estos ojos vierto;
que no son por obligarte,
sino por mi sentimiento.

Antes, si me has de hacer bien,
acaba, acábame presto,
para que el perder a Fabio
y el morir lleguen a un tiempo.

Mas es tanta tu crueldad,
que porque morir deseo,
el golpe suspenderás
más que piadoso, severo.

Ejecuta el golpe, acaba,
o no me quites mi dueño;
déjame vivir con él,
aunque viva padeciendo.

Bien sabes que sola una hora
vivir sin Fabio no puedo;
pues si he de morir despacio,
más alivio es morir presto.

Un año, y algo más, ha
que sin decirlo padezco,
amando sin esperanzas,
que es la pena del infierno.

Ya su sol se va a otro oriente,
y a mí, como a ocaso negro,
quedándome sin su luz,
¿para qué la vida quiero?

Mas si tengo de morir,
amor, ¿para qué me quejo?
Que pensarás que descanso,
y no descanso, que muero.

Ya me venda amor los ojos,
ya desenvaina el acero;
ya muero, Fabio, por ti,
ya por ti la vida dejo.

Ya digo el último adiós.
¡Oh, permita, Fabio, el cielo,
que a ti te dé tantas dichas
como yo tengo tormentos!

En esto decir quiero
que muero, Fabio, pues que ya te pierdo,
y que por ti, con gusto, Fabio, muero.
.
.
María de Zayas y Sotomayor


Yo adoro lo que no veo
.
Yo adoro lo que no veo,
y no veo lo que adoro,
de mi amor la causa ignoro
y hallar la causa deseo.
Mi confuso devaneo
¿quién le acertará a entender?,
pues sin ver, vengo a querer
por sola imaginación,
inclinando mi afición
a un ser que no tiene ser.
Que enamore una pintura
no será milagro nuevo,
que aunque tal amor no apruebo,
ya en efecto es hermosura,
mas amar a una figura,
que acaso el alma fingió,
nadie tal locura vio:
porque pensar que he de hallar
causa que está por criar,
¿quién tal milagro pidió?
La herida del corazón
vierte sangre, mas no muero,
la muerte con gusto espero
por acabar mi pasión.
De estado fuera razón
cuando no muero, dormir,
¿mas cómo puedo pedir
vida ni muerte a un sujeto,
que no tuvo de perfecto,
más ser que saber herir?
Dame, cielo, si has criado
aqueste ser que deseo,
de mi voluntad empleo,
y antes que nacido, amado;
¿mas qué pide un desdichado,
cuando sin suerte nació?,
porque, ¿a quién le sucedió
de amor milagro tan nuevo,
que le ocupase el deseo
amante que en sueños vio?
.
.
María de Zayas y Sotomayor
Aventurarse perdiendo

Ya de mi dolor rendida
.
Ya de mi dolor rendida,
 con los sentidos en calma,
estoy deteniendo el alma,
que anda buscando salida;
ya parece que la vida,
como la candela que arde
y en verse morir cobarde
vuelve otra vez a vivir,
porque aunque desea morir,
 procura que sea más tarde.
 Llorando noches y días,
doy a mis ojos enojos,
 como si fueran mis ojos
causa de las ansias mías.
 ¿Adónde estáis, alegrías?
 Decidme, ¿dónde os perdí?
Responded, ¿qué causa os di?
 Mas ¿qué causa puede haber
 mayor que no merecer
el bien  que se fue de mí?
Sol fui de algún cielo ingrato,
si acaso hay ingrato cielo;
fuego fue, volvióse hielo;
sol fui, luna me retrato,
mi menguante fue su trato,
 mas si la deidad mayor
está en mí, que es el amor,
y éste no puede menguar,
 difícil será alcanzar
lo que intenta su rigor.
Celos tuve, mas, querida,
 de los celos me burlaba:
 antes en ellos hallaba
 sainetes para la vida;
ya, sola y aborrecida,
Tanta en sus glorias soy;
rabiando de sed estoy,
¡ay, qué penas! ¡ay, qué agravios!,
pues con el agua a los labios,
mayor tormento me doy.
¿Qué mujer habrá tan loca,
que viéndose aborrecer,
no le canse el padecer
y esté como firme roca?
Yo sola, porque no toca
a mí la ley de olvidar,
venga pesar a pesar,
a un rigor otro rigor,
que ha de conocer amor
que sé cómo se ha de amar.
Ingrato, que al hielo excedes;
nieve, que a la nieve hielas,
si mi muerte no recelas,
 desde hoy más temerla puedes,
 regatea las mercedes,
aprieta más el cordel,
mata esta vida con él,
sigue tu ingrata porfía;
que te pesará algún día
de haber sido tan cruel.
Sigue, cruel, el encanto
de esa engañosa sirena
 que por llevarte a su pena,
 te adormece con su canto;
 huye mi amoroso llanto,
no te obligues de mi fe,
 porque así yo esperaré
que has de ser como deseo
de aquella arpía Fineo
para que vengada esté.
Préciate de tu tibieza,
 no te obliguen mis enojos,
 pon más capote a los ojos,
 cánsate de mi firmeza;
 ultraja más mi nobleza,
ni sigas a la razón;
que yo, que en mi corazón
 amor carácter ha sido,
 pelearé con tu olvido,
muriendo por tu ocasión,
Bien sé que tu confianza
 es de mi desdicha parte,
 y fuera mejor matarte
a pura desconfianza;
todo cruel se me alcanza,
 que como te ves querido,
 tratas mi amor con olvido,
porque una noble mujer,
 o no llegar a querer,
o ser lo que siempre ha sido.
 Ojos, llorad, pues no tiene
ya remedio vuestro mal;
ya vuelve el dolor fatal,
 ya el alma a la boca viene;
ya sólo morir conviene,
porque triunfe el que me mata;
ya la vida se desata
del lazo que al alma dio,
y con ver que me mató,
no olvido al que me maltrata.
 Alma, buscad dónde estar,
que mi palabra os empeño,
 que en vuestra posada hay dueño
que quiere en todo mandar.
Ya, ¿qué tenéis que aguardar,
 si vuestro dueño os despide,
y en vuestro lugar recibe
otra alma que más estima?
 ¿No veis que en ella se anima
 y con más contento vive?
 ¡Oh cuántas glorias perdidas
en esa casa dejáis!
 ¿Cómo ninguna sacáis?
Pues no por mal adquiridas,
 mal premiadas, bien servidas,
que en eso ninguna os gana;
 pero si es tan inhumana
la impiedad del que os arroja,
pues veis que en veros se enoja,
¡dos vos de buena gana.
Sin las potencias salís,
¿cómo esos bienes dejáis?,
 que a cualquier parte que vais
 no os querrán, si lo advertís.
Mas oigo que me decís,
que sois como el que se abrasa,
que viendo que el fuego pasa
a ejecutarle en la vida,
deja la hacienda perdida,
que se abrase con la casa.
Pensando en mi desventura,
casi a la muerte he llegado;
ya mi hacienda se ha abrasado,
que eran bienes sin ventura.
¡Oh tú, que vives segura
y contenta en casa ajena!
de mi fuego queda llena,
y algún día vivirá,
y la tuya abrasará;
toma escarmiento en mi pena.
 Mira, y siente cuál estoy,
 tu caída piensa en mí,
que ayer maravilla fui,
 y hoy sombra mía no soy
 lo que va de ayer a hoy
 podrá ser de hoy a mañana.
 Estás contenta y lozana;
pues de un mudable señor
el fiarse es grande error:
 no estés tan alegre, Juana.
 Gloria mis ojos llamó;
mis palabras, gusto y cielos.
 Dióme celos, y tomélos
al punto que me los dio.
 ¡Ah, mal haya quien amó
celosa, firme y rendida,
que cautelosa y fingida
es bien ser una mujer,
para no llegarse a ver,
como estoy, aborrecida!
 ¡Oh amor, por lo que he servido
a tu suprema deidad,
ten de mi vida piedad!
Esto por premio te pido:
no se alegre este atrevido
en verme por él morir;
 pero muriendo vivir,
muerte será, que no vida;
ejecuta amor la herida,
pues yo no acierto a pedir.
.
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María de Zayas y Sotomayor
La esclava de su amante