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Talens, Jenaro

España, (1946)

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BIOGRAFÍA

El papel del poeta predicando la buena
nueva de sus experiencias vitales o de
su tristeza post-cogitum me resulta
extrañamente patético. ¿Cómo puede alguien
enorgullecerse de añadir un poco más de
ruido al general zumbido de las moscas?
(Talens, 1989: 7).



Jenaro Talens nace en Tarifa (Cádiz) el 14 de enero
de 1946. A los 2 años se traslada con su familia a
Granada donde pasará su niñez y su adolescencia,
estudiando el bachillerato en el Colegio de los HH.
Maristas. A los 17 años comienza en Madrid la
carrera de Ciencias Económicas, que abandonará
para estudiar Arquitectura, abandonada asimismo
dos años después. De regreso en Granada cursa
Filosofía y Letras, licenciándose en 1968 y docto-
rándose en Filología Románica en 1971.

Profesor en la Universidad de Valencia desde 1968,
ha sido en ella catedrático, sucesivamente, de Li-
teratura Española, Teoría de la Literatura y Comu-
nicación Audiovisual. Ha sido profesor Visitante
en numerosas universidades (Minnesota, Montreal,
Técnica de Berlín, Aarhus, California-Irvine,
entre otras).

Actualmente ocupa la cátedra de Literaturas Hispá-
nicas y Literatura Comparada en la Universidad de
Ginebra. Es Profesor Honorario de la Universidad
de Buenos Aires. Su carrera literaria se inicia en
la adolescencia con En el umbral del hombre (1964).
Desde entonces ha publicado una veintena de libros
de poesía y otros tantos de ensayo.

Traductor, entre otros de William Shakespeare,
Samuel Beckett, Friedrich Hölderlin, Novalis,
Georg Trakl, Bertolt Brecht, Ezra Pound,
Wallace Stevens, Derek Walcott y Seamus Heaney.


- POESÍA:

En el umbral del hombre (1964).
Los ámbitos, Granada (1965).
Víspera de la destrucción (1970).
Una perenne aurora (1970).
Ritual para un artificio (1971).
El vuelo excede el ala (1973).
El cuerpo fragmentario (1978).
Otra escena/Profanación(es) (1980).
Proximidad del silencio (1981).
Purgatori (1983).
Tabula Rasa (1985).
La mirada extranjera (1985).
El sueño del origen y la muerte (1988).
Cenizas de sentido. Poesía reunida 1962-1975 (
1989).
El largo aprendizaje (1991).
Orfeo filmado en el campo de batalla (1994).
Viaje al fin del invierno (1997).
Profundidad de campo (2001).
Minimalia (2001).
El espesor del mundo (2003).
La permanencia de las estaciones (2005).

Premios:

1981: Premio Nacional de la Crítica del País Valen-
ciano.
1997: Premio Internacional Loewe de Poesía.
1998: Premio Nacional de la Crítica de la Comunidad
Valenciana.
2002: Premio Nacional de la Crítica de Andalucía.
2002: Premio Francisco de Quevedo, de la Comunidad
de Madrid, por Profundidad de campo.


Cuando, en ocasiones como la presente, se me ha
pedido que hable de mi concepción de la literatura
o la poesía, es decir, de "mi poética", me resulta
difícil responder. En otro tiempo lo hice y, a
veces, con extremada imprudencia y temeridad.
Hoy soy más cauto, tal vez porque conozco los
riesgos de que los demás conviertan en testimonio
de claridad lo que no son sino balbuceos de quien,
aunque siempre cree haber tenido claro lo que no
quería hacer, no está muy seguro de poder explicar
en positivo lo que reconoce y asume desde la nega-
tividad.

Por ello, prefiero exponer, no tanto mi visión de
lo que escribo, cuanto la conciencia con que qui-
siera colocarme en una determinada posición para
hacerlo; en una palabra, hablar, no de los poemas,
sino del lugar desde el que hablo (o pretendo ha-
blar). Es así como entiendo el trabajo de reflexión
teórica exigible a un escritor: un trabajo que no
explique resultados sino que, por el contrario, des-
criba mecanismos y dispositivos, buscando en el aná-
lisis del sistema relacional en que consiste todo
discurso, dónde se sitúa el lugar que nos habla,
sin necesariamente hablar de nosotros, en esa
imposible intersección entre una subjetividad y
una objetividad que nos configura sin que las
controlemos, y de las que no nos podemos des-
prender.

.

Supongamos que hablo de la utilidad práctica de la
poesía. Siempre me han sorprendido los escritores
que están absolutamente seguros de lo que hacen.
La voluntad con que acometen una empresa tan
arriesgada y aleatoria como es el enfrentarse con
la página en blanco, a sabiendas, desde un princi-
pio, de lo que quieren decir, cómo y a quiénes, me
parece admirable, pero, al mismo tiempo, incompren-
sible.
Entiendo la alegría con que manifestaciones de ese
tipo son acogidas entre los que Cernuda llamaba crí-
ticos de la poesía nuestra contemporánea. No hay
nada más reconfortante que un púlpito aderezado
con citas de autoridad. Y la palabra segura de un
poeta suele serlo, sobre todo cuando la crítica no
se arriesga por el resbaladizo territorio de la
interpretación, prefiriendo la simple expresión de
juicios valorativos sólo avalados por el poder o
el prestigio que corresponda a quien o quienes los
formulan.

Seguramente, más que una toma de posición teórica,
sea sencillamente, una incapacidad mía para asumir
tamaña ambición. En primer término, porque si
alguna vez tengo algo claro respecto a algo, lo
último que se me ocurre es ponerme a escribir.
Mal o bien, prefiero vivir el tiempo que me toca
a gastarlo en juntar unas palabras con otras.

En segundo término, porque no creo que la poesía
ocupe ningún lugar; o lo que es lo mismo, creo que
su lugar es precisamente un no-lugar.
¿Por qué, pues, escribo? La única respuesta que se
me ocurre es porque lo necesito.
Algunos llaman a esa sensación con nombres
diversos; yo la denomino con la única palabra que,
en mi caso, le hace justicia: desconcierto.
Escribo cuando el desasosiego no puede ser contro-
lado por la razón y desconozco lo que ocurre, y con
la única finalidad de descubrirlo. En efecto, ana-
lizando lo que digo, puedo intervenir en lo que hago
y así resolver los problemas allí donde se producen,
en la vida real, no en el espacio de la literatura.

Nunca he confiado en el valor de ese intercambio
de imágenes que constituye la farsa de la comu-
nicación, ni he pretendido que alguien que no
conozco me entienda.

Si ni siquiera yo mismo puedo acceder a menudo
a lo que siento, ¿cómo aspirar a que lo haga
alguien del que me separan no sólo la distancia
geográfica o cultural, sino incluso el irreductible
muro de su alteridad?

Por lo demás, las historias que cada uno vive como
trascendentes en su unicidad se parecen tanto
todas entre sí que resultaría no sólo pretencioso
sino ridículo pensar que el relato de la propia
vida pueda tener algún interés para alguien.
Sin embargo, la lectura de poemas firmados por
otros nombres me han ayudado a entenderme (lo que
no significa necesariamente que por ello yo
comprendiera a quienes los escribieron) en la
misma medida que los míos. Cuando eso ocurre no
siento la necesidad de escribir; me basta con
leer.

Quizá no resulte pretencioso suponer que a otros
les pueda ocurrirles otro tanto con los míos, y
por eso los publico. Ahí radica, en mi opinión,
la utilidad práctica de la poesía. Un poema nunca
derribará un muro, pero sí puede hacer que alguien
asuma como necesaria la tarea de intentarlo con
sus propias manos.

Un poema es un análisis en estado bruto, siempre
racionalizable a posteriori, y, como tal, una
propuesta para la acción.
Le reste est bavardage.
(De Revista Archipiélago. Cuadernos
de crítica de la cultura, 37, verano/1999).

LA PARADA DE LOS MONSTRUOS
He hecho los mayores esfuerzos por salir de la
multitud y hacerme notar por alguna cualidad:
¿qué he hecho sino ofrecerme como un blanco y
mostrar a la malevolencia dónde podía morderme?
Lucio Anneo Séneca

Cuánto rumor innecesario para una vida tan pequeña,
dicen
como quien deja demasiados rastros tras de sí.
No es bueno, sin embargo, atender a las voces
de quienes exaltan el color del cielo
queriendo confundir su terror con el mío.
Las últimas palabras que no pronuncié
fueron tu nombre, aunque me refería
a un alba luminosa. Mírame, no temas:
no diré nunca nada de tu vida, ni
escribiré de lo que compartimos
si consigo evitarlo. La gente no se ocupa
de nuestro sufrimiento por exceso de amor, pero
nosotros tendremos al fin tiempo para dedicarnos
a tu cuerpo y el mío. Despliego el abanico de tu piel
entre mis manos como un mapa
y en él dibujo los itinerarios
que habrán de conducirme hasta la muerte. Ya
no hay ninguna razón para que envejezcamos
juntos, dicen los otros mientras nos contemplan
al borde del acantilado de su licuefacción. Escucho
cómo su voz conspira en lo visible. Dales
una migaja de tu oscuridad, no sexo
ni deterioro, ¿no adviertes que tan sólo buscan
interpretar las huellas de nuestro silencio?, ¿que
el sonido no ofrece ya conocimiento, sino
incertidumbre y orfandad? Recuerdo la promesa:
un pájaro que sueña con el alba
vendrá a nosotros como sombra, en la
gris desembocadura de la noche, cuando
nos despertemos juntos, carcomidos
por los murmullos de dos cuerpos libres
que nadie pudo reducir. Gocemos;
no hay nada que apacigüe tu temblor.
Cuando después de la explosión, todo termine,
¿en qué punto o espacio crees que estarán?
¿quedarán ruinas?
(De Profundidad de campo, Madrid, Hiperión, 2001).


Fuente: http://www.poesia-irc.com

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