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Acevedo y Huelves, Bernardo

España, (1849-1920)

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BIOGRAFÍA

Bernardo Acevedo y Huelves (Boal, España, 1849 – 7 de septiembre de 1920) fue un abogado y escritor asturiano.

Poeta exquisito en castellano, gallego-asturiano y en asturiano, varias veces laureado, y prosista de pluma galana y documentada, especialmente en temas folclóricos y jurídicos; fecundó en verso y en prosa, y cuyas devociones de escritor compartió muchos años en Oviedo con los deberes de la abogacía del Estado que desempeñaba. Aunque vivió hasta nuestros días, apenas si se conserva más recuerdo suyo que de personalidades desaparecidas hace siglos. El lugar y la fecha de nacimiento de Acevedo y Huelves se anotan equivocadamente por muchos. Nació en la villa de Boal [Asturias] el 20 de mayo de 1849, hijo del famoso médico y cirujano don José Acevedo y doña Antonia Huelves y Pantoja. Estaba en la primera infancia cuando su padre fue destinado a Coaña como médico titular. Fijó entonces su familia la residencia en El Espín —donde suponen algunos, equivocadamente, que nació don Bernardo—, y aquí cursó las primeras letras y los estudios de las lenguas latina y francesa, que llegó a traducir con toda perfección. Tal vez no habrían pasado de aquí sus estudios, debido a la posición modesta de los padres, si el filántropo don Fernando Casariego no hubiese fundado por entonces el Instituto de Tapia, en el cual cursó nuestro biografiado el bachillerato. Movido por el deseo del padre, que no por propia vocación, pasó luego a Madrid a cursar la carrera de Medicina, estudios que, sin embargo, hizo con gran aprovechamiento, y por ello el doctor Velasco le tuvo a su lado como ayudante. Pero el fallecimiento del padre, cuando ya estaba próximo a concluir la carrera, le libró de seguirla contra su voluntad, y abandonó los estudios de la Medicina. No obstante esa negativa aptitud de médico, parece que conservó siempre cierta tendencia de tal; pues cuenta Juan Menéndez Pidal que de esos estudios le quedó la «afición a recetar, en cuanto alguno de sus amigos se queja de falta de salud». A esos años de estudiante en la Facultad de San Carlos corresponde su iniciación de escritor, y se indica El Anunciador, de Oviedo, como el periódico que ha recogido sus primeras producciones. Algunas poesías y crónicas publicadas en periódicos de Madrid le granjearon las primeras estimaciones en los círculos literarios. Dispuesto a poseer una carrera más en consonancia con sus inclinaciones naturales, siguió la de Derecho, ayudándose económicamente con el ingreso de modestos destinos en el Registro de la Propiedad y en la Delegación de Hacienda, hasta obtener la licenciatura en 1873, probablemente. Su propósito era hacer oposiciones para abogado del Estado. Don Ramón Pérez Santa María, que fue amigo de Acevedo y Huelves, nos ha referido a este propósito el siguiente episodio: «Cuando fueron anunciadas oposiciones para ingreso en el Cuerpo de Abogados del Estado, varios condiscípulos y amigos de don Bernardo le instaron a que fundara una Academia preparatoria. Así lo hizo, dándose el caso de que casi todos sus discípulos obtuvieron plaza con buen número, mientras él se quedó sin ninguna, con asombro de sus alumnos y de muchas personas que no podían comprender el absurdo de que fuese desaprobado el maestro y sus discípulos realizaran, gracias a él, lucidos ejercicios premiados con plaza. En otras oposiciones, las inmediatas —él mismo me lo contó—, también se quedaba sin plaza, a pesar de que esa vez había vertido sobre el Tribunal un diluvio de recomendaciones, por lo que él decía: El cuarto ejercicio lo llevé bien preparado. Aquello produjo, por injusto e inexplicable, un escándalo que determinó el hecho siguiente: El hijo de un carnicero asturiano establecido en Madrid, llamado Carina, habíase preparado con don Bernardo para las mismas oposiciones y obtenido plaza —plaza que no pensaba desempeñar y que, por dar gusto a sus padres, había conseguido en la Dirección general del ramo mediante el pago de tres mil pesetas—. Dispuesto este joven a jugarse el todo por el todo, presentóse en donde había comprado la aprobación de sus ejercicios, amenazando con armar un escándalo si a su maestro no se le daba plaza, y hasta ofreció en buen arreglo la que le correspondía a él; y como el mozo era de arrestos y muy capaz de cumplir las amenazas, se agregó a la lista de aprobados el nombre de Acevedo y Huelves en último lugar, con lo que pudo conseguir plaza». Este suceso corresponde al año 1889 en que fue destinado de abogado del Estado, en el mes de julio, a Oviedo, al servicio de la Delegación de Hacienda y de la Diputación provincial. Entre sus años de Medicina y el de su traslado a Oviedo con dicho cargo oficial corre una larga época de su vida en que el escritor, sin haber producido entonces su labor más importante y duradera, supo conquistarse una firma respetable. El poeta se ofrece ya perfectamente logrado en las columnas del periódico ovetense El Eco de Asturias, en el que, entre frecuentes colaboraciones, publicó una muy celebrada oda, en 1869, contra el pretendiente al trono, duque de Montpensier. Poco después, una elegía con motivo del asesinato cometido por los insurrectos cubanos con el periodista ovetense Gonzalo Castañón le consagra como tierno y elegante poeta. Y le confirman, años adelante, dos premios obtenidos casi simultáneamente: en el certamen literario celebrado por la Universidad de Oviedo con motivo del segundo Centenario de Calderón (1881), con la poesía Asturias, firmada con el anagrama de Barón de Overcade, y en los Juegos Florales de 1883, celebrados bajo los auspicios de la Sociedad Económica de Amigos del País, en ocasión de las ferias de San Mateo, con la poesía La hoz de la venganza. Estas dos composiciones las ha recogido luego en el volumen señalado con el número I. En verso y en prosa, sus colaboraciones se extienden a otros periódicos asturianos, entre los que figuran los ovetenses El Nalón, La Opinión de Asturias, Revista de Asturias y El Carbayón, y también a diversas publicaciones madrileñas. Buena parte la firma con el indicado anagrama. Su asturianismo en la ausencia lo patentiza con entusiastas y desinteresadas aportaciones a la fundación del Centro de Asturianos, de Madrid (después, Centro Asturiano), y con la iniciación en 1885 del Boletín, órgano oficial de esa institución, que dirigió hasta enero de 1888 y en lo que culminó su actividad periodística hasta entonces. También formó parte de la junta directiva de dicho Centro como vicepresidente segundo y primero en los años 87 y 88. Una muestra de gran voluntad para el estudio la da en esta época con el aprendizaje en breve tiempo de la Taquigrafía, dominándola con tan extraordinaria habilidad, que mereció la calificación de sobresaliente ante un jurado compuesto por taquígrafos del Congreso. Figuró luego entre los fundadores del Ateneo Taquigráfico madrileño. Ya establecido en Oviedo a favor de la vida apacible provinciana y cubiertas, aunque malamente, sus modestas necesidades con el destino de abogado del Estado, pudo desarrollar más en serio su producción de escritor, como lo demuestra la relación de sus obras en volumen, sin abandonar por ello la otra labor más ligera destinada a los periódicos, entre la que merece mención especial la dirección en El Carbayón de una página semanal destinada a estudios populares, denominada Estafa de la Quintana. También figuró entre los principales colaboradores de la obra Asturias, publicada por entregas (1894-1900) por Octavio Bellmunt y Fermín Canella y Secades. Con este citado autor fundó en Oviedo una Biblioteca Jurídico— Escolar, en la que se publicaron varios volúmenes de diversos autores. El poeta, entretanto, continuó dando el fruto de su numen a publicaciones asturianas y madrileñas y conquistando galardones en certámenes públicos. En el celebrado en Gijón con motivo de inaugurarse el monumento a Jovellanos; en los Juegos Florales ovetenses de 1900 con la oda en castellano La nueva Asturias, premiada con la Flor natural, y en los Juegos Florales de Zaragoza de 1902 con la composición en bable L'esconxuru.
Entre los cargos a que le elevaron su inteligencia y sus méritos personales, en Oviedo, figura el de vocal de la Comisión Provincial de Monumentos, puesto en que le avaloraba su calidad de académico correspondiente de la Academia de la Historia (1900) y de la Lengua (1914).
Viudo Acevedo y Huelves de doña Victorina Sánchez Montero, en enero de 1912, un amor romántico de sexagenario por la señorita Fernandez de la Llana, le llevó a contraer segundas nupcias en el mismo mes del año siguiente, tocándole a ella sobrevivirle desde 1920.
FUENTE: Consejería de Cultura del Principado de Asturias.

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