Una carta en busca de una señal de vida

Fuente: https://elpais.com/america-colombia/2023-01-22/una-carta-en-busca-de-una-senal-de-vida.html El libro ‘Cartas de Puño y Reja’ recoge la correspondencia que mujeres analfabetas y presas en una cárcel de Medellín le dictaron a una periodista que se convirtió en mensajera. Carolina Calle salió de la cárcel de Medellín con una serie de cartas en busca de señales de vida. Periodista, convertida en escritora de cartas por encargo y mensajera, se dirigió a entregar una de ellas a un pueblo de la costa caribe colombiana. Tenía apenas un par de datos y ninguna dirección exacta: el nombre de la destinataria y unas indicaciones vagas, la casa donde debía llevarla era de madera y techo de zinc y quedaba cerca de una ciénaga. Nada más. Caminó, sudó, se perdió entre calles de distintos barrios, preguntó de casa en casa y, cuando estaba a punto de desfallecer, encontró a la destinataria, una mujer mayor que se echó la bendición cuando la periodista le mencionó a su hija, quien le enviaba una carta desde la cárcel. “¡Ay doñita, ¿le puede entregar unas palabras mías?”, le dijo la señora a Carolina. Había perdido contacto con su hija después de que se le dañó el celular por el que se comunicaban. La periodista regresó a Medellín y se dirigió emocionada a la cárcel con las palabras de vuelta para la mujer presa. Pero cuando llegó le dijeron que Dina ya había salido en libertad. Esta es la historia de una carta perdida que busca a su destinataria, de un grupo de mujeres recluidas en una cárcel de Medellín que aprende a escribir para mandar correspondencia a sus seres queridos y de una periodista que abandonó las redacciones de diarios y se convirtió en cartera. De Cartas de Puño y Reja, un libro que reúne misivas de amor por encargo. Carolina Calle, de 37 años, es una periodista y escritora que salió de la cárcel de Medellín con una serie de cartas en busca de señales de vida. En 2020, cuando la pandemia cayó sobre el mundo, la soledad abrumó a millones de personas. Pero en las cárceles fue más profunda. Las visitas quedaron prohibidas y el contacto de las internas con sus familiares se limitó a cortísimas y costosas llamadas. En las prisiones de Colombia, como explica la periodista, los internos tienen derecho a escribir, recibir y remitir cartas de forma ilimitada. “Pero yo me preguntaba ¿y qué pasa si alguien no sabe leer ni escribir? ¿a dónde van las palabras que no se dicen? ¿a dónde van las letras que no se escriben?”. Ese fue el punto de partida de este epistolario de cárcel que, en principio, era un taller de escritura para las mujeres analfabetas que buscaba “liberar pensamientos, aflojar enredos” y terminó en un libro con 11 cartas muy diversas y honestas, con un diseño que recuerda las muchas barreras que hay que cruzar para entrar a una cárcel y encontrar las palabras que se guardan tras las rejas. “Les propuse coger papel y lápiz, respirar y dejar fluir sin pensar en la forma, escribir lo que estuviera a la mano, rondando en la cabeza, acelerando el corazón o revolviendo el estómago. Bastó ese impulso para que salieran decenas de correspondencias”, escribe Calle en la introducción del libro que es, además, el primero de la Editorial Remitentes, que ella fundó con unos amigos después de dejar el periodismo de los grandes medios. Después de varios encuentros, de revisar las palabras, de escuchar sus historias, salieron cartas a un hijo muerto, a una madre de río y de mar, a la novia en otro patio de la misma cárcel, cartas buscando calma, cartas como la de Dina, que llevaba un año dentro de la cárcel y se sentía profundamente sola. Esta última, una mujer con las cejas gruesas y los ojos chiquitos que no sabía leer ni escribir le pidió a Carolina una carta para su mamá. Quería saber si la señora estaba viva porque hacía mucho no le contestaba el teléfono. “No se imagina la angustia que siento. Es demasiada incertidumbre para mi sola, sin saber cómo comunicarme con usted. ¿Qué ha pasado con la enfermedad? ¿si la pudieron operar?, ¿qué le han dicho del cáncer? Me da hasta susto preguntar y no tener ninguna respuesta. ¿A qué número puedo llamarla? ¿dónde puedo encontrarla?”, dice un fragmento de la carta. Dina, se lee en el libro, enviaba la carta como lanzando una “botellita en mar abierto a ver si de pronto llega a su puerto”. Muchas de las cartas llegaron a sus destinatarios. Carolina las llevó a pueblos de Antioquia o de la Costa, envío otras por medios electrónicos a pedido de las remitentes. Una no pudo ser entregada. La de Dina para su mamá llegó a puerto. Pero ahora, por un azar inesperado, es la carta de respuesta la que intenta llegar a Dina. Carolina la ha buscado por cielo y tierra. Cuando le dijeron que había salido en libertad fue un golpe, pero no se desanimó. Si había encontrado a la mamá en un pueblo caluroso sin muchas señas, podría encontrar a Dina. Pero no ha sido tan fácil. Carolina ha llamado a los números donde se le ocurre que pudiera aparecer y no ha tenido éxito; ha pasado por zonas del centro de la ciudad donde le contaron solía moverse Dina antes de estar en la cárcel, imaginando, quizá, que haya vuelto por allí. Ha intentado entre habitantes de calle o en bases de datos, cuenta la periodista, que siempre pide alguna idea que le ayude a encontrar a esta mujer para entregarle la carta. Ahora ha vuelto al pueblo natal de la muchacha, a la casa de madera y techo de zinc a ver si ha ido por allí. Pero nada. La correspondencia, que Carolina guarda como un tesoro, ya no solo busca propiciar un reencuentro familiar o, como soñaba, “un acercamiento en tiempos de distancia”; ahora, como en el libro, esta es una carta en busca de una señal de vida. CATALINA OQUENDO