Presagios de altura. La poesía de Mariela Dreyfus

Fuente: https://periodicodepoesia.unam.mx/texto/presagios-de-altura-la-poesia-de-mariela-dreyfus/ Dreyfus, Mariela. Arúspice rascacielos. Poesía selecta. Selección y prólogo de José Luis Rico. Lima, Peisa, 2021, 112 pp. La más reciente compilación de poemas de Mariela Dreyfus (Lima, Perú, 1960), selección realizada por José Luis Rico, viene a ser una merecida consagración de quien es ya una maestra en el ejercicio de la palabra. Con ello me refiero no solo a su poesía, sino a su labor de forjar nuevas generaciones de escritoras y escritores al cobijo de la Maestría en Escritura Creativa en NYU. El volumen, editado por Peisa, se suma a la poesía reunida y publicada unos años atrás bajo el título Gravedad (Nueva York, Artepoética Press, 2017). Estos presagios de altura nos presentan de manera sucinta una poética que ha ido cambiando, renovándose y sorprendiendo, cada vez, por su puntería, la cual da al sentido su exacta dimensión. Es la poesía la que ha mantenido el vínculo entre Dreyfus y su tierra natal, superando el exilio y creando un cordón umbilical a través de aguas y ríos, hasta llegar al Hudson. Seis son los poemarios que ha publicado Dreyfus hasta el momento y que prestan sus páginas, como plumas coloridas para formar un traje selecto y brillante: Memorias de Electra (1984), Placer fantasma (1993), Ónix (2001), Pez (2005), Morir es un arte (2010), Cuaderno músico (2015). Por añadidura algunos poemas sueltos, libres, también conforman esta entrega, incluido el que inspira el título y en el que se lee “Con los dedos en alto trazo/ el asombro del mundo/ acabado y continuo como un río” (p. 103). En una entrevista radial con Gabriel Ruiz Ortega para Caretas Cultural (15 de enero, 2022), la autora menciona que la sección “poemas a parte” incluye aquellos escritos paralelamente a los poemarios, estableciéndose una suerte de río subterráneo que corre bajo los mares de poesía publicados para deleite de lectoras y lectores. Es difícil aventurar en estas pocas líneas una revisión del libro que sea tan exhaustiva y acuciosa como la realizada por Rico en el prólogo a Arúspice rascacielos. Sin embargo, quisiera de todos modos proponer algunas claves de lectura y coincidencias de sentido que me parecen pertinentes, siguiendo las huellas del cuerpo, el cual se va transformando como cuerpo de deseo, cuerpo materno, cuerpo ausente, cuerpo doliente, cuerpo memoria. Memorias de Electra, publicado en la década del ochenta, aborda el tema de la sexualidad femenina siguiendo una tendencia generacional en la poesía peruana pero que tiene coincidencias en varios otros países latinoamericanos, influenciados por el feminismo y las demandas de igualdad a lo largo y ancho del planeta. La voz masculina de su primer poema se asemeja a la también elegida por Blanca Varela en Ese puerto existe (1959). La experiencia sexual es un padecimiento disfrazado de placer, pues supone el desencadenamiento de angustias por la hombría, la feminidad, el amor, la vejez, la culpa y la traición. Electra es la hija de Agamenón y Clitemnestra; sin embargo, el poema que lleva su nombre y su memoria está enunciado en una voz masculina como si fuera la de Orestes, su hermano, cuya masculinidad se ve amenazada por el goce de su madre “cuando intentaba soñar/ me despertaban los gemidos/ de mi madre y de su amante” (p. 21). No sorprende que se recurra a las figuras griegas para representar los vericuetos de la sexualidad humana —no en vano son esas historias las que definen lo dramático y las que también se utilizan para explicar el comportamiento sexual desde las teorías psicoanalíticas—. Los deseos, los odios y sus trágicos desenlaces son el marco en el que Occidente inscribe y reinscribe el deseo masculino y femenino. Ejemplo de cuerpos voraces, como es titulada la primera sección del poemario, el cuerpo de deseo es la cárcel en la que la palabra poética habita. Placer fantasma combina la poética del cuerpo con la poesía conversacional, haciendo más íntima la vivencia de las relaciones como en el poema “Doble deseo”, realizado en una estancia en el hospital. En él se utiliza la técnica del “Juego surrealista del si”: “M: Si decidiera recorrer lentamente su cuerpo/ J: La luz y la sombra se juntarían en un abrazo para siempre” (p. 34). Algo de ese instinto salvaje de la mitología griega se ha escurrido en este segundo libro. El deseo se ha hecho menos apoteótico y más mundano. El cuerpo, en su fervor, pierde el protagonismo para darle paso a la razón, al pensamiento que organiza y compartimenta pero al que algo le sigue quedando fuera, innombrable: “Abrir el contenido de este cuerpo no lo librará del mal:/ absurdo rastrear lo que no asoma pero en el fondo está” (p. 32). Ónix. Una piedra tallada, refracción de luz. Para confirmar texturas y la paleta de colores está el poema a Leonora Carrington “En lo alto de un pozo”, que busca ser un viaje entre la luz y la sombra, la imaginación y la locura, la libertad y el hospital. Así, se va adaptando a diferentes personajes místicos como santa Teresa o fantásticos como Leonora Carrington o admirados como sor Juana. Los siguientes dos poemarios hablan de la maternidad. Pez presenta el proceso del alumbramiento y del ocaso en la Madre Manhattan, la constatación de continuidad entre vida y muerte. “Ciudad metálica: como una madre de espaldas a la vida en tu interior se gesta una masacre” (p. 55). “Ciudad metálica: es estigio tu río esta mañana su corriente entrega al mar la estadística que nos trae la muerte” (p. 57). Esa temática seguirá en Morir es un arte, un homenaje a la madre, al cuerpo ausente, a la memoria que sobrevive al tiempo y al dolor. “¿Es eso ahora mamá:/ una fotografía colgada en la pared o de pie en la repisa/ entre los libros?” (68). Con Cuaderno músico se abre una etapa más experimental, en la que el poema deja su brevedad para hacerse río, fluir con la corriente, creando mareas de sentidos y palabras. “La tristeza es un velo que se enrosca/ en el silencio como un esquite sobre/ aguas turbulentas acaso tibias ciertas” (p. 85). El poema abandona el cuerpo y se eleva como un rumor, se libera como en la asunción a la levedad del enigma: hace rato hemos cruzado el centro de la tierra y antes de girar a la derecha o a la izquierda una vez más volaré sobre el techo de la patria pero tú te fuiste de esa patria tus huesos tampoco están ahí (p. 93) Un nuevo libro está en proceso, La edad ligera, no recogido en este volumen, en el que aquella levedad parece sucumbir al peso de la carne, no como cuerpo de deseo ni como cuerpo doliente, sino como piel y huesos que se habitan. Con seguridad, podemos esperar nuevas olas poéticas de Mariela Dreyfus que seguirán sorprendiéndonos. Bethsabé Huamán Andía