Lope, poeta de la Navidad

Fuente: https://www.abc.es/opinion/abci-francisco-perez-cobos-lope-poeta-navidad-202112212309_noticia.html «Los poetas de nuestra lengua, más que al Jesús del madero o al que anduvo en la mar que dijera Machado, han querido cantar al que nació en Belén. Y de todos esos poetas si hay uno que creo merece por antonomasia el título de ‘poeta de la Navidad’ es nuestro Lope de Vega. Siempre apasionado, contradictorio y humanísimo, el más carnal de nuestros poetas es también a veces, acaso por ello, el más espiritual» La poesía escrita en español para celebrar la Navidad constituye un riquísimo patrimonio de nuestra cultura. Si nuestra primera pieza teatral conocida es el ‘Auto de los Reyes Magos’, descubierto en la catedral de Toledo en un códice del siglo XII, desde finales del siglo XV hasta nuestros días muchos de nuestros mejores poetas han cantado en verso el Nacimiento de Cristo, hasta el punto de que seguramente podría recopilarse en español un cancionero de la Navidad que no hallase parangón en ninguna otra lengua moderna. El elenco de autores sería sencillamente impresionante: desde Gómez Manrique, fray Ambrosio de Montesinos y Cosme Gómez de Tejada hasta Gerardo Diego, Luis Rosales, Gloria Fuertes, Carlos Murciano o el recientemente fallecido Aquilino Duque, pasando nada menos que por Juan de la Encina, Gil Vicente, Lope de Vega, Góngora, santa Teresa de Jesús, sor Juana Inés de la Cruz, César Vallejo o Rubén Darío. A cuya producción habría que sumar la riquísima popular y anónima, que en muchas ocasiones duerme, todavía por descubrir, en los viejos archivos de nuestras iglesias y catedrales. Luis Rosales se ha preguntado por qué en la poesía española el tema de la Navidad, a diferencia del de la Pasión del Señor, ha sido un tema afortunado y siempre vivo, y se ha contestado diciendo que nuestro pueblo suele confundir la Navidad con la Redención, convirtiéndolos en un solo tema. Confusión que achaca a dos motivos: a cierto desagradecimiento -queremos olvidar que lo que nos redime es la muerte de Cristo en la Cruz- y a la belleza del tema, que suele resultar -dice- más atractiva que su importancia. No estoy muy de acuerdo con la respuesta de Rosales y con los reproches que sin duda se hacía a sí mismo, pues muy significativa es la poesía navideña en el conjunto de su obra. La redención se inicia con la Encarnación y las circunstancias en las que ésta se produce y que narra sobriamente el Evangelio están llenas de poesía, como de forma notoria demuestra toda la Historia del Arte. Sea como fuere, lo que parece claro es que los poetas de nuestra lengua, más que al Jesús del madero o al que anduvo en la mar que dijera Machado, han querido cantar al que nació en Belén. Y de todos esos poetas si hay uno que creo merece por antonomasia el título de ‘poeta de la Navidad’ es nuestro Lope de Vega. Siempre apasionado, contradictorio y humanísimo, el más carnal de nuestros poetas es también a veces, acaso por ello, el más espiritual. Fascinado por el misterio de la Navidad, escribe Lope a su propósito todo un torrente de versos, en el que no falta ninguna de sus facetas, de la festiva y popular a la reflexiva y teológica. En esa Arcadia a lo divino que es su libro ‘Pastores de Belén’, con tanto cariño dedicado a su hijo Carlillos, al que poco después vería morir, canta todas y cada una de las secuencias que preceden al Nacimiento, para luego explayarse en la celebración de la Navidad misma. El libro entero es un alarde de inspiración, maestría y virtuosismo del poeta, pues constituye una verdadera antología de todas las formas líricas de la poesía culta y popular de su tiempo. Conviven en él silvas, sonetos, octavas, liras, villancicos, romances y romancillos, redondillas, nanas y seguidillas, quintillas y enigmas. Hasta ciento ochenta piezas líricas lo integran. Una deliciosa muestra de la dimensión narrativa del texto a la que aludía, son los versos que dedica al sueño en que san José conoce por un ángel la filiación divina de Jesús. No es posible versificar con más veracidad y sencillez el texto evangélico: «Afligido está José / de ver su esposa preñada / porque de tan gran misterio / no puede entender la causa. / Sabe que la Virgen bella / es pura, divina y santa, / pero no sabe que es Dios, / el fruto de sus entrañas. / Él llora, y la Virgen llora, / pero no le dice nada, / aunque sus ojos divinos / lo que duda le declaran. / Que como tiene en el pecho, / al sol la niña sagrada, / como por cristales puros / los rayos divinos pasan. / Mira José su hermosura / y vergüenza sacrosanta, / y admirado y pensativo / se determina a dejalla. / Mas advirténdole en sueños / el ángel, que es obra sacra / del Espíritu divino, / despierta y vuelve a buscarla. / Con lágrimas de alegría / el divino patriarca / abraza la Virgen bella / y ella llorando le abraza». Pero si todo el libro es bello, hay algunos momentos en los que, como escribió en su día Dámaso Alonso en este mismo periódico, el poeta se supera y llega «casi solo a ser roce de ala, viento de espíritu». Ello acontece sobre todo, creo, cuando echa mano de su propia experiencia vital y la trasciende a lo divino, algo parecido a lo que haría Murillo en sus cuadros -piénsese en la Sagrada Familia del pajarito del Prado-. Recurre para ello Lope normalmente a estrofas tradicionales y populares, por ser las que mejor dicen de la autenticidad y profundidad de su voz. Léanse si no estos versos llenos de delicadeza y dulzura, en los que imagina a Jesús llorando y a la Virgen que lo acalla dándole el pecho, seguro trasunto a lo divino de una escena de su vida doméstica con Carlillos y su madre: «Esto diciendo María / sacó los virgíneos pechos, / a cuyos cielos más limpios / se humillaron nueve Cielos. / Abrió el Niño Dios los labios, / y quedó colgado dellos, / como racimo de palma, / hasta que le vino el sueño. / Alma, si de ver a Dios / puesto de su Madre al pecho / no se enternece el tuyo, / ¿dónde está tu sentimiento?». La misma filiación rotundamente humana tiene la que es seguramente, con permiso de Gil Vicente, la más bella nana de nuestra Literatura: «Pues andáis en las palmas, / ángeles santos, / que se duerme mi niño, / ¡tened los ramos! / Palmas de Belén / que mueven, airados, / los furiosos vientos / que suenan tanto: / no le hagáis ruido, / corred más paso, / que se duerme mi niño, / ¡tened los ramos!. / Rigurosos hielos / le están cercando / ya veis que no tengo / con qué guardarlo. / Ángeles divinos, / que vais volando, / que se duerme mi niño, / ¡tened los ramos!». Hay en estos versos alados, llenos de gracia y ternura, también tristeza, porque nuestro poeta tiene presente al escribirlos la tragedia que será la vida de Jesús y la canción de cuna le sale estremecida. En el vaivén de su ritmo, alguno ha dicho oír el rumor de las palmas mecidas por el viento, pero yo creo que si el oído se aguza lo que se oye es el aleteo de los ángeles. Francisco Pérez de los Cobos