Qué hay de nuevo en poesía

Fuente. https://www.hoy.es/culturas/trazos/nuevo-poesia-20211218004248-ntvo.html La estética de María García Díaz, que vale más por lo que representa que por sus logros poéticos, es la del fragmento, la ruptura sintáctica, la elusión del referente. ¿Qué hay de nuevo en poesía?, se preguntan cada cierto tiempo los lectores y los críticos. Han pasado ya más de dos décadas desde que comenzó el siglo XXI, ¿dónde están los poetas que han sucedido a los que se dieron a conocer a finales del siglo anterior, los últimos que parecen haber entrado a formar parte de la historia de la poesía española? ¿Quiénes son los sucesores, en prestigio e influencia, de un Luis Alberto de Cuenca, un Luis García Montero, un Felipe Benítez Reyes? Hay, sí, epígonos, abundantes epígonos, algunos de indudable talento, pero no se ha vuelto a dar el caso de poetas que aúnen amplia difusión y aceptación crítica. En el siglo XXI hemos asistido a un fenómeno en cierto modo semejante al que se da entre la música pop y la culta: hay por un lado una poesía que se difunde primero en las redes sociales y en lecturas públicas y que, cuando se recopila en libro, alcanza tiradas hasta ahora desconocidas en la edición poética; y por otro, una poesía que gana premios, algunos de resonancia mediática, pero por lo general cada vez más ignorados y desprestigiados, y que es alabada por críticos afines, poetas amigos, estudiosos académicos, e ignoraba por los lectores. Elvira Sastre, que ya ha dado el salto a las editoriales de prestigio, o el cantautor Marwan pueden ser ejemplo de lo primero. María García Díaz, que acaba de publicar su cuarto libro, en versión bilingüe, asturiano y castellano, de lo segundo. Es capital todo lo que fluye lleva un prólogo, de cierta ambición teórica, firmado por Unai Velasco, quien aspira a caracterizar a la autora como representativa de una segunda hornada generacional que sucedería a los poetas «que publicaron sus primeros libros durante la década de 2010 (nacidos en los 80 y principios de los 90). Antes habría otra generación, la de 2000 (nacidos en los 70), Cita muchos nombres de esas dos o tres generaciones Unai Velasco, pero ninguno que destaque sobre el conjunto y las características comunes que los encuentra (unos respiraron «el aire de la Posmodernidad», otros han crecido advertidos «por la resaca del Posestructuralismo») son de una gran vaguedad conceptual, lo que las convierte en inoperantes. Se han publicado varias antologías de la poesía joven en estas últimas décadas, pero ninguna ha servido para cribar nombres, establecer un canon. María García Díaz, nacida en 1992, violinista y estudiosa de la física cuántica, vale quizá más por lo que representa que por sus logros poéticos, al menos hasta el momento. Su cuarto libro de poemas está escrito en asturiano y se publica en Barcelona acompañado de la versión castellana de otro poeta, Xaime Martínez. Está escrito en asturiano, pero no hay ninguna referencia a la tradición poética en esa lengua, tampoco a la tradición española. Abundan las citas, casi todas en inglés, pero en español solo se cita al poco conocido y coetáneo Miguel Rual. Los dos rasgos más evidentes de un sector importante de los nuevos poetas parecen ser el volver la espalda a la tradición literaria española (su lengua de cultura es, en buena medida, el inglés) y un cierto carácter gremial que los lleva a leerse y citarse unos a otros, ajenos al común de los lectores. Unai Velasco relaciona ciertas características de la poesía de María García Díaz, como su escritura «narrativamente expoliada», su estar «a medio camino entre la segmentación cinematográfica y la jugosidad de una observación cuasi microscópica», con su dedicación al campo de la física cuántica. Pero ya sabemos que la física cuántica –la física que estudia las partículas elementales: electrones, protones, neutrones, quarks, fotones– se ha utilizado para justificar muchos disparates: los viajes en el tiempo, los universos paralelos, el poder estar en dos lugares a la vez, los gatos simultáneamente vivos y muertos, y también una presunta literatura cuántica que tiene tanto que ver con ella como cualquiera de esos populares disparates. La estética de García Díaz es la del fragmento, la ruptura sintáctica, la elusión del referente. No siempre consigue escamotear del todo al lector aquello a lo que se refiere. Uno de los poemas vuelve al tópico del menosprecio de corte y alabanza de aldea: «Raspa el alba / los colores del gallo / envuelven el cuarto fuera / y un cerebro inflamado / tiene que ir a cosechar el grano / tiene que ir / a guardar la leche / dónde la impostura / entre el pasto, entre las lilas / entre el abono tierno / dónde la impostura / bajo la luz incisiva / dime dónde el simulacro». En otro ('Homo faber'), encontramos una descripción del arte del lutier. Hay también una enumeración de las restricciones tradicionalmente femeninas («No subas / a la mimosa, no manches / los náuticos, / no huelas a regla...») y algún eco de Safo entremezclado con la poesía oriental: «Si las dos / tenemos sed / vamos a acercarnos al río / vamos a chapotear junto a los lotos / vamos a dialogar / bajo las ramas del sauce». Pero lo más frecuente es que unas veces no entendamos muy bien de qué está hablando (toda la serie que da título al libro) y otras nos lo aclara el título (Palermo, una fotografía de Richard Learoyd), pero no nos interesa demasiado lo que nos dice. La mejor María García Díaz es la menos crípticamente pretenciosa: «Tantas veces se dijo / una habitación propia; / yo diría también el glacial viento / de la mar Cantábrica: despeja la cabeza, / esparce las algas, / crea un hogar apropiado / en el cuerpo propio». A los poetas que no están anclados en la tradición se los suele llevar el viento. Bien es cierto que cada poeta verdadero crea su propia tradición y a veces tardamos en reconocerla. JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN