Pasos de guerra’: poesía redentora para un teatro apocalíptico

Fuente: https://elcorreoweb.es/cultura/pasos-de-guerra-poesia-redentora-para-un-teatro-apocaliptico-EE7574767 La sevillana Esther Garboni traza en ‘Pasos de guerra’ un escenario universal sin espacio ni tiempo en el que confluyen todas las tragedias humanas llevadas al barranco de la postmodernidad: la migración sin límites, la crueldad sistemática, el amor escanciado en la palabra como último asidero existencial. Las pequeñas editoriales, como la nacida en Los Palacios y Villafranca Ediciones Pangea, descubren de vez en cuando una perla especialmente luminosa en el torbellino de tanto papel como se publica. Y eso ha ocurrido con Pasos de guerra, una obra teatral de la poeta y profesora sevillana Esther Garboni en la mejor tradición universalista del Esperando a Godot de Becket, de aquella Escuadra hacia la muerte del recién fallecido Sastre, del siempre cosmopolita Lorca traducido a todas las lenguas del corazón. “Las únicas fronteras son las que marcan los idiomas. Hasta aquí llega mi lengua, hasta ahí la tuya, pero el ser humano es el mismo”, dirá Anna de Elva, la protagonista a su pesar de este drama sin picas temporales ni espaciales pero que nos podemos imaginar en cualquier latitud del mundo porque, de hecho, ya ha ocurrido. “Estamos conformados de amor y miedo en distintas proporciones, pero somos idénticos”. Y precisamente por ese parecido entre un ser humano y otro como dos gotas de agua es por lo que la última obra de Garboni no ha necesitado basarse exactamente en ninguna de las dos guerras mundiales ni en nuestra última guerra española, tan incivil, ni en ninguna de esa treintena de conflictos armados que pululan ignorados en un mundo cada día más ciego. Al fin y al cabo, la oscuridad que se desprende de todas las guerras impide distinguirlas aquí o allá. No obstante, eso no quita para que las consecuencias que se derivan de cualquiera de ellas no sean contables, narrables, materia de una profundísima reflexión convertida en metáfora de la propia autodestrucción humana en la redondez universal. Pasos de guerra tiene pocos personajes, pero muy intensos. La pareja principal está compuesta por Anna y Jan. La primera es una encarnación de la libertad que bien podría confundirse con la poesía misma. El segundo es un gallardo joven que representa la esperanza en ese hilo de amor que puede quedar colgando de las telarañas de la sinrazón. Ambos se encuentran en una huida inconcreta hacia una frontera sobre la que solo especulan. El drama del camino es el mismo de todos los exiliados, esperanzados al menos en convertirse en refugiados en tierra extraña, después de la valla, más allá de las mafias enriquecidas en la herida de ese deambular tan solo para seguir respirando. La estampa, tan dolorosamente universal, nos arroja una verdad hirviente: “No esperes que abran sus brazos para recibirte. Dirán cosas malas de ti”, le advierte Jan a Anna cuando esta se muestra segura, al principio, de alcanzar su tierra prometida, donde va a entrar con toda la honestidad de su condición proletaria. “Mis brazos para trabajar”, dirá ella. Y él: “Les llevas la certeza de la muerte, la crueldad de una guerra, el miedo, el hambre, la miseria... Todo lo malo que les pase será consecuencia directa o indirecta nuestra. Siempre es mejor culpar al de fuera”. Los bandos Como aquel Capitán Alegría de Los girasoles ciegos -la única novela de Alberto Méndez- Jan ha huido porque no quiere comulgar con ningún bando, con ningún color, con ninguna forma de matar al otro. Pero no se considera “un desertor”. “Mi forma de luchar precisamente es no alimentar el odio”, dirá él, antes de recordar que “pasamos la infancia viendo la guerra en las noticias. Pero era la guerra de otros. Un día se acercó sin que nos diéramos cuenta. Entró sigilosa y se extendió como una mancha de aceite, ensuciándolo todo”. Anna lo puede confirmar -como lo confirman, cada cual a su manera, los demás personajes-, pero se resiste durante un tiempo, y en esa resistencia no solamente encuentra la dicotomía de los bandos lejanamente enfrentados –“Esta guerra no es nuestra. Morimos para otros... Matamos para otros. Entre nosotros no habrá vencedores y, cuando todo acabe, ellos se repartirán las migas de lo que quede”– sino también de los sexos, porque frente a esas mayores “probabilidades de sobrevivir si eres bonita”, tal como le recuerda Jan, alguien “tendría que publicarlo en grandes luminosos. ¡Escuchad bien! Este cuerpo no os pertenece... ¡En mí no aplacaréis vuestra sed”, gritará ella en pleno manifiesto feminista; ella, la poeta, la autora de una obra titulada “Quien vende la leche” que terminará rectificando por “Mujer lobo”. No hay más remedio. ÁLVARO ROMERO