Mircea Cartarescu, el favorito rumano que espera su Nobel: "Los soviéticos no dejaron nada en la cultura rumana"

Fuente: https://www.elmundo.es/cultura/literatura/2021/11/02/617fd28afc6c83c77c8b4570.html La poesía del novelista de 'Solenoide', editada por primera vez en España, permite descubrir su origen literario. Durante 10 años, los lectores españoles se han familiarizado con las novelas de Mircea Cartarescu: laberintos oscuros y obsesivos en los que, de pronto, un destello llevaba hasta un momento de plenitud, hasta una casi epifanía. Con un método así, no era difícil intuir un poeta en Cartarescu, candidato destacado al Nobel de Literatura desde hace años. Poesía esencial (editada por Impedimenta)es la prueba: 510 páginas de versos (traducidos por Marian Ochoa de Eribe y Eta Hrubaru) que viajan desde 1980, el sesentayocho rumano, hasta 2010. Los versos aparecen en español y rumano y los ojos, casi sin querer, se van hacia la versión original. "Numai dragoste, dragoste, dragoste", escribe Cartarescu. "Sólo amor, amor, amor". Hábleme, por favor, del idioma rumano. El rumano es el idioma perfecto para la poesía. Lo he dicho toda mi vida. No es como el español o el italiano que son lenguas muy sonoras. El rumano suena como una trompeta en sordina, que parece que no está pero tiene mucho timbres que vienen de épocas y lugares diferentes. En rumano unes un anglicismo y una palabra de origen turco y salta un chispazo. Tomas una forma antigua del rito ortodoxo, la pones en un texto posmoderno y tienes otro chispazo. El sonido se parece un poco al del portugués. Y en Cerdeña también reconocí el tono. Es un motivo de alegría tener el rumano para escribir poesía. No sé nada de poesía rumana. ¿Se parece su historia a la de cualquier otra lengua europea? La poesía rumana es el mejor material que existe para empezar a construir una obra. Lo digo porque he sido toda mi vida profesor de literatura rumana, si de algo sé es de esto. Y sí, se parece a la de cualquier otro país. La poesía rumana es una literatura europea, un poco marginal, digamos que pequeña, que ha seguido todo aquello que ha construido la literatura europea. Tenemos todo: clasicismo, romanticismo, vanguardia... ¿Y el contacto con la cultura soviética? No dejó nada. En los 50, los líderes quisieron inventar una literatura comunista, completamente artificial que desapareció en 10 años sin dejar huella. No tenía nada que ver con nosotros. La literatura rumana había sido siempre moderna: Braun, Tzara, Gellu Naum... ¿Era muy difícil estar conectado con la literatura del mundo occidental? ¿Llegaban los libros? La gente cree que aquello era como Corea del Norte y no se explican la abundancia de poetas. En realidad, el sistema era un decorado teatral. Nadie creía en el comunismo, todo el mundo pensaba en sobrevivir y veía en los comunistas una fuerza de ocupación. Toda la cultura estaba en su contra. Paradójicamente, fue buena época cultural porque la cultura se convirtió en la principal forma de disidencia. La educación funcionaba bien, se traducía casi todo y casi inmediatamente... Existía una efervescencia literaria más o menos underground que el poder lo toleraba a duras penas. La gente no podía enfrentarse al poder frontalmente, a la cara. Pensábamos que nunca caería el sistema soviético, así que intentábamos crearnos islas de libertad. Leíamos muchísimo. Todo el mundo leía novelas que eran parcialmente subversivas. Los grandes escritores rumanos nunca pactaron con el poder; puede que hicieran algunas concesiones pero no se entregaron. En sus libros estaba lo que no se podía decir. La literatura ocupaba el sitio de la información y de la sociología. La gente se informaba a partir de las novelas... Y todo el mundo leía poesía porque hasta el más sencillo poema de amor expresaba libertad y resistencia. ¿Puedo preguntarle por la arquitectura? Sus libros están llenos de arquitectura: edificios modernistas en ruinas, mastodontes brutalistas... Estoy obsesionado por la arquitectura, por el sentido de los espacios. Yo explico Solenoide con la metáfora de la arquitectura de principios del siglo XX, esos edificios que ya estaban construidos en hierro y cristal pero que aún tenían ornamentos un poco kitsch, de angelotes de yeso. Esos decorados un poco steam punk, un poco Julio Verne. Y luego, la sensación de espacio: entrar en sus libros es como entrar en un sitio oscuro y laberíntico. ¿También en los de poesía? En la poesía, más que en ningún otro texto mío, está Bucarest. Es el personaje más importante, el que está en todo lo que he escrito. Mire, yo era un poeta muy ambicioso. Quería ser un poeta universal y me di cuenta de que me gustaban los augores que habían puesto su huella en sus ciudades, en ciudades reales. Borges, Durrell, Dostoievski... Yo quería tener mi ciudad literaria. Y como sólo tenía Bucarest y no tenía ninguna esperanza de salir de mi país, me dediqué a ello. ¿Y cómo le sentó viajar cuando cayó el Muro? ¿Le es inspirador estar lejos de casa? Sí. La mayor conquista de la revolucion del 89 fue viajar. Antes sólo viajaba la gente de la élite comunista. Los demás no teníamos ni pasaporte. A los 30 años, yo no albergaba ninguna esperanza de viajar. La primera vez que salí, aterricé en Nueva York. Yo sólo conocía una Rumanía absolutamente destruida, un país en el que no se había clavado un clavo en 10 años. Bucarest era el absoluto tercer mundo. Y, de repente, me vi en un Boeing 747 que me pareció una catedral. En Nueva York me sentía en otro planeta. A la vuelta escribí un poema muy trágico, Occidente, sobre ese shock cultural. ¿Por qué trágico? Porque yo sabía que ya no pertenecía al mundo que dejaba atrás pero también sabía que nunca me integraría en que se abría ante mí. Sus libros de narrativa son exigentes y obsesivos y se basan en la promesa de una epifanía. En cambio, gran parte de su poesía es coloquial y amistosa. O sea, al revés de lo que se espera siempre. En el liceo escribía esa escribía ese tipo de poesía culturualista, tipo Eliot, Pound, Olsen... Luego, en la facultad, conocí a algunos extraordinarios poetas que se convirtieron en mis amigos, en los escritores con los que hice poesía durante 10 años. Resultó que ellos escribían completamente diferente. Detestaban la gravedad, el culturanismo, se reían de la agonía, de la locura... Aspiraban a una poesía que conquistara, hecha de encanto y de risa, que bajara a la calle. O sea, eran lo contrario de lo que yo tenía en la cabeza. Al principio los critiqué, fui su enemigo y escribí panfletos en su contra. Pero los conocí y esa poesía me conquistó. Me puse a escribir como los beat durante seis o siete años. Luego pensé que no quería seguir en esa poesía. No era eso lo que quería hacer. No reniego, esos versos son los más brilantes que he escrito, pero mi espíritu era otro. En esta antología, más de la mitad es poesía seria y ahí está mi ánimo. Intenté escapar del ochentismo y probé en varias direcciones. Intenté regresar al culturalismo, escribí las 200 páginas de Levante. Pero el camino me llevó a la prosa. A los 30 años, encontré en la prosa una vía de escape tan extraordinaria que ya no volví. Entendí que lo quiero expresar está en la prosa. ¿De qué depende que un texto suyo lo deje satisfecho o no? Soy de esos autores que no controla el texto, es controlado. Soy un pórtico por el que pasan los textos. Y por eso no estoy muy orgulloso. Son coo dones, regalos inesperados Cada uno significa algo, los más minúsuclos y los más apreciados. No todo lo que he escrito está al mismo nivel pero no querría renunciar a nada. No es lo mismo el cerebro que el meñique, pero no quiero perder el meñique izquierdo. EFE