Juan Ramón Jiménez, el padre repudiado de la Generación del 27

Fuente: https://www.abc.es/cultura/abci-juan-ramon-jimenez-padre-repudiado-generacion-27-202110170057_noticia.html El autor de ‘Platero y yo’ fue el primero en fijarse en Salinas, Guillén, Lorca, Alberti y compañía. Publicó sus poemas tempranos en sus propias revistas e incluso prologó alguno de sus libros, ejerciendo como maestro del grupo. Un nuevo ensayo repasa la accidentada relación entre el Nobel y los protagonistas de la Edad de Plata. Comenzaban los años veinte y aún nadie conocía en España a los Lorca, Guillén, Salinas, Alonso, Alberti y compañía, cuando un poeta de renombre, Juan Ramón, los acogió bajo su ala y decidió brindarles el espacio de la revista ‘Índice’ (1921-1922). Luego hizo lo mismo en ‘Sí’ (1925) y en ‘Ley’ (1927), dos publicaciones pagadas de su bolsillo en las que el padre de ‘Platero y yo’ ni siquiera firmaba. Aquellos jóvenes talentos, figuras hoy celebradísimas, protagonistas nada menos que de la afamada Generación del 27, crecieron bajo su influjo, aprendieron de él, de sus versos, y con el tiempo se distanciaron: las desavenencias estéticas entre maestro y pupilos se convirtieron en desencuentros sonados, retiradas de saludos, insultos, sátiras. Y al final en un largo olvido. «Todos me debéis algo; muchos, mucho; algunos, todo», les dijo él. Y Alberti lo reconoció en sus memorias: «Jamás poeta español iba a ser más querido y escuchado por toda una rutilante generación de poetas». Y sin embargo… «Críticos, poetas y profesores encumbraron a su propia generación, el 27, como cima del XX, que no está mal, pero despreciaron el perfume de la rosa de JRJ», escribe José Antonio Expósito en ‘Ecos de una voz’ (Linteo), un libro de prosa afilada y subtítulo palmario: ‘La amistad traicionada: Juan Ramón Jiménez y la Generación del 27’. En sus casi quinientas páginas, el investigador airea las riñas entre unos y otros, tan divertidas como hirientes, sobradamente documentadas, pero sobre todo saca a la luz la profunda huella que el de Moguer dejó sobre ellos con sus símbolos, con sus hallazgos. «Sí, es cierto que le debían casi todo a JRJ, aunque lo ocultaban, y que fueron injustos con él y que quisieron alejarlo con sus arenas críticas», sentencia el autor, que viene a remediar este desplante. Y a tratar de explicarlo. Juan Ramón, cuenta el experto, prologó el ‘Marinero en tierra’ de Alberti, le corrigió a Salinas sus primeros poemas y creó la colección donde este publicó ‘Presagios’, su debut. A Lorca lo acogió en Madrid con mucho mimo, y a Guillén lo encumbró como «‘májico’ escritor». «Juan Ramón era el poeta vivo más importante de España, y todos van a buscar refugio a él. No van a Machado, van a Juan Ramón, que fue el primero que creyó en ellos. Sin él, el 27 sería muy distinto, muy distinto, y se menciona su magisterio como algo de pasada», asevera Expósito al otro lado del teléfono. Fue él, apunta, quien les introdujo en Góngora, la figura sobre la cual construyeron su mito. Juan Ramón lo citaba una y otra vez, incluso le dedicó su ‘Arte menor’ y lo publicó en las páginas de ‘Índice’. Con Góngora, precisamente, empezó y acabó esta relación: el nacimiento de un grupo, la muerte del padre, o más bien del padrino. Juan Ramón decidió no acudir al homenaje que «los veintisietes» le dedicaron en el Ateneo de Sevilla al enemigo íntimo de Quevedo, y que fue organizado por el torero Ignacio Sánchez Mejías. JRJ no era muy asiduo a esta clase de saraos, los veía como una estrategia de marketing, como algo más propio del espectáculo que de la poesía, y además en 1928 lanzó un texto en el que criticaba ciertos quehaceres literarios de la generación... «Juan Ramón no creía en los ismos. Pensaba que todas esas tendencias, que son como un ideario común, con un estilo definido, apagaban la individualidad de un poeta», afirma Expósito. Esta disputa traspasó los límites estéticos y se convirtió en algo personal: «No le dieron a Juan Ramón la respuesta que se esperaba. Los reproches que se le hacen casi siempre están más del lado humano: que si era huraño, que si era caprichoso, que si era un estirado elitista… Uno no encuentra ahí un debate de fondo, sino cuestiones personales vanas, disputas en las que Juan Ramón cometió el error de entrar». Con algunos se reconcilió más o menos pronto (Alberti), y con otros (Gerardo Diego) al final de su vida, echando por tierra esa fama de rencoroso que le acompañó siempre. Pero hubo quienes, como Guillén, no le perdonaron nunca, y no pararon de hacerle reproches hasta el final. «Sufrió mucho por él, porque sintió una soledad enorme. No hubo nadie que lo defendiera… Es curioso, porque Juan Ramón era un exiliado que se llevaba mal con otros exiliados, como Bergamín», destaca Expósito. Todo esto le dolió, claro, porque no era un simple alejamiento, sino un conflicto. Y luego está la historia de esta generación, escrita por algunos de sus protagonistas, que de alguna forma lo desterraron. Dámaso no lo incluyó en su ensayo ‘Poetas españoles contemporáneos’, alegando que le iba a dedicar un volumen completo, que nunca llegó a redactar. José María Castellet tampoco lo tuvo en consideración para su antología ‘Veinte años de poesía española (1939-1959)’, ni para su reedición, ‘Un cuarto de siglo de poesía española (1939-1964)’. «Yo creo que la relación entre Juan Ramón y estos poetas ha tenido un sesgo en nuestro país, y ese sesgo ha sido el que han transmitido por los discípulos de Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Jorge Guillén… Ellos han formado a muchas generaciones de estudiosos, de profesores en ámbitos universitarios, que han repetido una y otra vez su versión de la relación. Por eso, escuchar a Juan Ramón, de repente suena a nuevo», opina el catedrático. En 1940 Juan Ramón comenzó a pergeñar un libro titulado ‘Guerra en España’ para defenderse de los ataques que recibió, pero no llegó a publicarlo en vida. Hastiado, redactó una ‘Respuesta jeneral’ en la que confesaba: «Cuando un maleante, deficiente, un canalla nos difama o nos calumnia, ¿qué solución podemos encontrar? (...) Al calumniado no le queda más que un recurso posible: alejarse. Y esperar el juicio de la investigación particular. Si a alguien le importa hacerlo, que suele no importarle. Entonces solo tenemos una solución: Alejarnos… de todos. Por eso yo soy un alejado». Aunque suena mejor esta despedida, que también lleva su firma, y que cierra ‘Ecos de una voz’: «Ahora, muerte, ven por mis huesos. Ahora, siglos, venido contra mi Poesía». Bruno Pardo Porto