Carlos Egaña: «La poesía nos permite revisar aquello que nos molesta de un modo sincero»

Fuente: https://larticulista.es/carlos-egana-la-poesia-nos-permite-revisar-aquello-que-nos-molesta-de-un-modo-sincero/ Carlos Egaña es un poeta venezolano (Caracas, 1995), licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello. Es autor de dos poemarios Los Palos Grandes (2017) y hacer daño (2020), los cuales le han dado la notabilidad que hoy ostenta dentro de la actualidad poética venezolana. Ha publicado artículos y entrevistas para medios importantes de su país como Prodavinci, El Universal, El Estímulo, entre otros. Actualmente realiza una maestría en Escritura Creativa en Español en la Universidad de Nueva York. Tu último trabajo poético, hacer daño, nos remite a la imagen literaria que muchas veces nos da la poesía: el daño inevitable como elemento intrínseco de la existencia, pero también el daño que nos impulsa a escribir poesía y el daño que algunas veces nos ocasiona el ejercicio de escribir. A partir de esto, ¿qué puedes decirme sobre este poemario? De entrada, creo que has sabido precisar muy bien cuál ha sido mi intención a la hora de escribir este texto. No obstante, yo sigo mucho aquello de la muerte del autor que tanto pregonaba Roland Barthes. Es decir, no importa mi intención o mi biografía, el texto se completa con los lectores y las lectoras que interactúan con él. Ahora bien, no me cabe la menor duda de que mientras uno trata de corregir cosas que ha hecho antes, inevitablemente termina dejando otras por fuera. El título del libro parte de un poema muy famoso de Fernando Paz Castillo titulado El muro, que en su IV canto escribe que la vida es una constante y hermosa destrucción: / vivir es hacer daño. Y no hay que ver eso necesariamente de un modo muy abstracto, literalmente comerse una fruta puede ser, de cierta manera, una hermosa forma de destrucción. En cualquier caso, me parece importante plasmar lo dañina que se vuelve la vida en cada interacción, sea familiar, sea cotidiana, sea íntima, en una ciudad como Caracas. Y a la vez, lo hermoso de la fugacidad inevitable de esas interacciones, ahora que Caracas se ha convertido en un puerto de despedidas y de viajes sin retorno a distintos lugares del mundo. Más allá de eso, mucho de lo que se representa en el poemario son cuestiones que podrían replicarse en muchas otras ciudades, tanto de Venezuela como del mundo. Pero no pretendo hablar por los demás ni desde experiencias que no he sentido. Entonces se me hace inevitable recurrir a Caracas y ubicarme en ella. ¿El uso de las letras en minúscula es marca de la editorial o fue decisión tuya? En todo caso, he visto varios de tus trabajos con el mismo detalle. ¿Es solo una marca estética o tiene una connotación especial? La cuestión de las letras en minúscula viene inspirada de dos poetas que admiro muchísimo, E. E. Cummings y Danez Smith. Ambos, poetas estadounidenses que utilizan las minúsculas de maneras muy distintas. En el caso de E. E. Cummings es el estallido del amor que no puede salir del traje. Y en el caso de Danez Smith, la violencia que solo se puede murmurar. Creo que de cierto modo me importa reducir lo que tengo que decir a minúsculas, incluyendo los nombres y apellidos que pueda mencionar, porque la violencia que motiva mis palabras es una violencia que solo puede ser dicha en espacios donde hay mucho silencio. Yo además soy una persona que está acostumbrada a que le digan que hable más bajo. Creo que en Venezuela hablamos muy fuerte, y yo en particular, que nací con los oídos un poco malitos, lo hago de más. También aquí hay un ejercicio de autocontrol que se me hace absolutamente necesario para tocar aquellos temas que me tocan a mí, más allá de que los adore o no. En cuanto a la cuestión estética, me parece importante remarcar que las marcas estéticas solo sirven, creo yo, si tienen una connotación especial. Creo que la división entre forma y fondo es muy arbitraria, pero si nos vamos a dejar llevar por esa división, la forma siempre dice más que el fondo, no solo en un texto literario sino también lo puede ser en un discurso político o en una obra de arte plástica. Este año publicaste una antología de la pintura venezolana referida poéticamente, por supuesto, donde le dedicas una visión poética (en algún caso crítica) a algunos pintores ilustres. Háblame de este trabajo, y ¿qué incidencia poética tiene para ti la pintura, específicamente la de Venezuela? Para mí las artes plásticas son muy importantes. Creo que Venezuela es un país con muy buenos poetas y artistas plásticos. Mi manera de relacionarme con el arte es muy sinestésica. Los colores están muy presentes en los sonidos que escucho y en las escenas que busco reproducir. Sobre este trabajo en particular se me hace muy importante mencionar a Lila Zemborain, quien dirige la maestría que estoy cursando. Vi una clase con ella en el primer semestre que se llamaba Écfrasis, en la que teníamos que relatar a través de la poesía distintas obras visuales. El trabajo de taller que tuve con ella resultó en esta plaquette. También vale la pena mencionar a la profesora María de los Ángeles Taberna, de la UCAB, como alguien que me llevó a interesarme tanto en las artes plásticas. En cuanto a las obras de las que hablo en el poemario, creo que la poesía es un instrumento que nos permite revisar aquello que nos molesta de un modo sincero, sin tener que apelar a las fuentes bibliográficas que sí necesitaríamos en un statement académico. Para mí estas obras son importantes, la mayoría tiene un componente político muy fuerte. La poesía y la política son dos caras de una misma moneda. Entonces, esta serie de obras venezolanas que recojo me sirven para tratar de entender o para hilar un argumento sobre el porqué de nuestro país y mi forma de pensar. A propósito de tu primer poemario, Los Palos Grandes, ¿sientes que existe un hilo conductor que desemboca en hacer daño o tal vez el hecho de terminar un libro y empezar otro implica en sí una ruptura? ¿Qué puedes decirme de esa obra? Yo creo que sí hay un hilo narrativo entre Los Palos Grandes y hacer daño, más allá de que las obras no sean estrictamente narrativas. De cierto modo, Los Palos Grandes puede ser mi fascinación o mi asombro al descubrir una ciudad que, si bien se está quedando cada vez más sola, tiene cuestiones muy interesantes que no veía muy claras desde la burbuja en la que desarrollé buena parte de mi infancia y adolescencia. Mientras que hacer daño refleja este asombro y fascinación con los demonios que se colean en nuestras cabezas tras familiarizarnos a fondo con Caracas. Podría pensarse que Los Palos Grandes trata sobre el descubrimiento de una adultez temprana y todo lo divertido que conlleva, así como los lamentos que van junto a esa diversión, mientras que hacer daño tiene que ver más con el descubrimiento de la responsabilidad ligada a la adultez y a un país donde la responsabilidad pareciera no tener sentido alguno. El tema de la narrativa: más allá del concurso de cuentos por el que te hiciste notar hace unos años, ¿has pensado seguir dedicándote a esta modalidad literaria? La narrativa sé es algo que me interesa explorar y reexplorar constantemente. Creo que la no ficción o la autoficción me interesan muchísimo más que la invención de nuevos mundos o nuevas realidades, y sin lugar a dudas todos mis ensayos, por más académicos que sean, tienen un fuerte componente narrativo. En ese sentido, me inspiran mucho varios autores norteamericanos como lo fueron F. Scott Fitzgerald, James Baldwin o David Foster Wallace. Incluso, autoras más contemporáneas, como Roxane Gay y Rebeca Solnit. En cualquier caso, sí he querido desarrollar, quizá con un poco más de firmeza, textos largos narrativos que valgan la pena publicar. Justo este semestre me inscribí en un taller de ficción que imparte Rita Indiana, una autora fascinante. ¿Cuáles fueron tus primeros encuentros con la literatura y con la necesidad de escribir? Yo creo que siempre tuve una relación cercana con los libros, tal vez no con la literatura. Incluso desde preescolar. Además, creo que mi interés por cuestiones literarias, viene sobre todo, al menos desde la infancia, por los videojuegos. Muchas veces me llamaba la atención saber de dónde venían los monstruos que salían en ciertos videojuegos que jugaba, sea Final Fantasy, Castlevania, Pokémon. Yo terminaba con una serie de referencias muy interesantes que quizás sobrepasaban mi edad. Recuerdo que leí la Divina Comedia en primer año de bachillerato y la Biblia en su totalidad luego de entender que ciertos personajes de algunos videojuegos y comiquitas japonesas partían de allí. Puedo decir también que Freud fue un autor al que leí originalmente por la serie Neon Genesis Evangelion. En cierto modo, la cultura pop fue lo que me llevó a enfrentarme a la cultura con C mayúscula, y por eso me gusta visibilizar la falsedad que hay en el límite entre ambas cuestiones. En cuanto a la necesidad de escribir: para mí escribir es en efecto una necesidad, yo no necesariamente me divierto cuando estoy escribiendo, muchas veces lo hago porque creo que es lo que tengo que hacer en algún momento. Hay algo en mis órganos que prende un interruptor en mi cabeza y la motiva a tipear y tipear hasta que el cansancio dé con todo y el interruptor se apague. Ahora vives en Estados Unidos: ¿cómo llevas la condición de extranjero, y qué tan cierta es tu vida de farandulero ermitaño en Nueva York? Curiosamente yo no me he sentido extranjero desde que llegué a Nueva York. No quiero decir que siempre me haya sentido un neoyorkino, creo que la gente que piensa esas cosas a la distancia se ahoga en las trampas de la cultura. Al final del día, todos llevamos un mapa que tatúa nuestro cuerpo, por más que no lo queramos admitir o que no nos guste nuestro lugar de origen, cosa que no es mi caso. Pero he escuchado más reggaetón que otro género desde los carros que pasan por las calles, y creo que he escuchado más español que inglés también. En cuanto a mi vida de farandulero ermitaño, creo que nadie en Caracas negaría que soy un farandulero, por más peyorativo que suene el adjetivo. Definitivamente, como dijo Aristóteles, un animal social, y lo social por encima de cualquier cosa. Mi lado ermitaño es porque definitivamente estoy muy ocupado entre las clases que doy, las clases que veo y los proyectos literarios. Llama la atención tu tesis sobre Doña Bárbara que aborda la novela canónica venezolana desde una perspectiva queer, ¿qué te impulsó a enlazar este tema con la obra de Rómulo Gallegos? En primer lugar, ciertas experiencias íntimas, así como ciertas tragedias que han tenido que vivir amigos y amigas. En segundo, el rechazo que siento hacia ese rol tradicionalmente masculino que he desarrollado desde mi infancia. Creo que por ello me acerqué a la teoría queer, y desde allí he notado que hay mucho más de lo que las máscaras no muestran en la sociedad. Creo que hay muchas personas que escriben desde los estudios de género y nos dan bastante material para pensar más allá del área del sexo y el género. La forma como se otrifica a una mujer o una persona gay, muchas veces se reproduce en la forma en que se otrifica a una minoría por cuestión de raza o de clase. Ahora bien, lo que me motivó a enlazar el tema con la obra de Rómulo es el hecho que Gallegos es una figura sagrada para toda Venezuela, se le cita constantemente, así como su dicotomía terrible de la civilización vs. barbarie. Pienso que nada ni nadie jamás debería ser sagrado. Si bien Gallegos es un escritor asombroso, en Doña Bárbara hay cuestiones que resultan muy problemáticas al reproducirlas el día de hoy sin pensarlas críticamente. El hecho de que Santos Luzardo venga a civilizar el Llano sin que los llaneros precisamente digan cómo prefieren ser civilizados, entendiendo que esto es una novela tesis que sienta las bases de un proyecto político, es algo que me preocupa un poco. También el hecho de que las mujeres se vean como personas pérfidas porque reproducen actos varoniles. Tampoco digo que Gallegos sea una persona terrible o que no haya que admirar nada en él, creo que fue un personaje excepcional al ser un escritor profundamente ligado a la política y a la enseñanza. Sin embargo, hoy tenemos obras, ideas, lecciones que podemos resaltar sin tener que volver a un pasado que no fue para nada ideal. Un tema ineludible para un venezolano es la actualidad de su país, ¿cómo ves tú la realidad venezolana, primero desde el arte, y después desde la distancia geográfica? En mi último año universitario estuve muy involucrado en la política estudiantil, pude trabajar junto a Juan Guaidó durante la crisis presidencial de 2019, con otros líderes de la oposición también. Si bien hubo un momento de esperanza poderosísimo por el que a mí me parecía oportuno arriesgarse, el desenlace fue una desilusión trágica. Creo que mientras los líderes de la oposición sean los mismos que han querido tomar decisiones desde el principio del chavismo, el chavismo seguirá gobernando por mucho más tiempo. En este momento, se hace más y mejor política dando clases, armando fiestas o montando emprendimientos de comida. ¿Cómo han incidido en tu obra y en tu vida tus preferencias literarias, así como tus influencias? Creo que si hablamos de poesía, de poesía venezolana en particular, mi obra no se puede entender sin Miyó Vestrini de fondo. Ella es sin lugar a dudas mi referencia primaria. Y si nos expandimos por toda América, hay en Roque Dalton una relación entre la política y la poesía muy estricta y sólida que me inspira, pretendo que exista en mis versos. Ahora bien, yo creo que suelo ser bastante fiel a mis poetas de cabecera, de modo que más suelo explorar leyendo obras en prosa; novelas, sobre todo. Me resulta importantísimo resaltar a Sally Rooney, Ocean Vuong y Tao Lin como referencias ineludibles del hoy. En relación a cómo estos autores han incidido en mi obra, pues mi obra es profundamente intertextual. Creo que todos conocemos esta cita de Whitman que dice I am large, I contain multitudes. Y en efecto, eso no es solo de Whitman o mío. Todos somos inmensos, porque todos contenemos multitudes, y a mí se me hace importante visibilizar esas multitudes en mis poemas o textos de otra índole. En cuanto a influencias filosóficas y de autores de no ficción, ¿qué me puedes decir? Paul B. Preciado, sin lugar a dudas, así como Franz Fanon. En cuanto a autores más canónicos, Nietzsche me hace absolutamente fundamental. Pocos pensadores se han quedado tanto tiempo conmigo a la hora de revisar mis pesadillas y mis acciones en sociedad. Otros personajes que influyen mucho en mí me acompañan como fotografías sobre mi escritorio: Susan Sontag y Jean-Paul Sartre. Y no puedo dejar de mencionar al antropólogo venezolano Fernando Coronil. Tuviste la oportunidad de entrevistar a Gianni Vattimo y a Judith Butler, dos figuras del pensamiento contemporáneo, ¿cómo fueron esas experiencias y qué relación tienes con el posmodernismo, así como el feminismo y la actividad de entrevistar? La entrevista a Judith Butler pudo haber sido mucho más interesante, mi comunicación con ella siempre fue por escrito. No obstante, estoy súper honrado de que me haya prestado atención y se haya dedicado a elaborar una serie de comentarios de interés para Venezuela y América Latina. Ahora bien, la entrevista a Gianni Vattimo fue una experiencia bien divertida. Lo entrevisté en Caracas durante una rueda de prensa donde todos los medios de comunicación presentes eran chavistas. Vattimo venía con una red de intelectuales en apoyo a Nicolás Maduro, por lo que creo que no esperaba preguntas de cierta precisión política, más allá que no era lo único que le quería preguntar. En cualquier caso, sí me parece importante decir que Vattimo fue una persona muy buena onda en aquellos minutos que pudimos interactuar, y por más que pudiera frustrarme su relación con el chavismo, para mí fue un gran honor poder conversar con él. Varios textos suyos han sido muy importantes para mí, y me parece que son relevantes para la discusión contemporánea. Por último, tus próximos proyectos literarios: qué haces actualmente y qué tienes pensado hacer. El año pasado me dediqué a escribir una novelita. Quién sabe, tal vez sepamos algo sobre eso en los próximos meses. En cuanto a la poesía, nunca dejo de escribirla. Aunque me atrevo a decir que desde que llegué a Nueva York, las ideas han inundado mi cabeza como nunca. Hasta me he lanzado unas cosas en inglés. Ojalá sean decentes. José del Prado