La mejor poesía que puede llevarse a casa esta edición

Fuente: https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-mejor-poesia-puede-llevarse-casa-esta-edicion-202109100933_reportaje.html La voz poética de Jacobo Cortines es una de las más personales y atractivas que yo conozco, dentro del panorama actual español: sevillano de Lebrija, profesor de Literatura Española, traductor de Petrarca, enamorado de la música. Sigue habitualmente la gran tradición clásica sevillana: Cetina, Herrera, Rioja, Bécquer, Cernuda; también, ecos de Jorge Manrique, la ‘Epístola Moral a Fabio’, San Juan de la Cruz, Góngora, Quevedo... En 2020 publicó ‘En el mejor silencio’, unas petrarquistas «rimas en vida y en muerte» de Cecilia, su mujer. En 2021, ‘Días y trabajos’, que recoge algunos poemas ya incluidos en la recopilación ‘Pasión y paisaje (1974-2016)’. Para los lectores que se resisten al verso libre, aclaro que Cortines no utiliza la rima pero sí un ritmo sabio, solemne, inflexible, con predominio del endecasílabo y el alejandrino. El título invierte el clásico de Hesíodo, ‘Los trabajos y los días’. También lo sigue, para contradecirlo, en el poema ‘Réplica final’, su versión del mito de Pandora: no es la mujer la causa de todos los males sino todo lo contrario: «¿Sin la mujer, la vida qué sería? / Un internado triste y aburrido». De acuerdo con la gran tradición andaluza, la visión de la naturaleza se concreta en el jardín: «Paraíso cerrado para muchos», decía Soto de Rojas. En Cortines, es un paisaje vivido, un estado del alma, la esperanza del «próximo milagro»; también, el ámbito de la mujer y de la música. Homenajea esta vez a tres artistas afines: el compositor sevillano Manuel Castillo, el musicólogo rossiniano Alberto Zedda y la pintora Carmen Laffón, ante sus ‘Sarmientos’. Estos poemas están empapados de una música «que traduce colores de Murillo», «ambigua y misteriosa»: nos llama como un acorde lejano y llega a formar parte e nuestro propio cuerpo. Lo clásico siempre es nuevo, dice Cortines: «Y traté de enfrentar mi nuevo tiempo / con la enorme riqueza de lo clásico». Detrás de cada obra de arte existe mucha vida. Un hermoso poemario clásico y actual. Por Andrés Amorós Jacobo Cortines Pura sustancialidad 'En la tierra desolada'. Fermín Herrero. Hiperión, 2021. 88 páginas. 13 euros Desde que publicó, en 1997, ‘Echarse al monte’, un título en el que anticipaba de manera casi profética todo ese caudal literario que ha fluido después, la poesía de Fermín Herrero no ha hecho otra cosa que crecer. Crecer y, paradójicamente, ir menguando. Es decir, desnudándose, despojándose, buscando con denuedo la letra menuda del hombre y del mundo. Queriéndolo o sin querer, la obra de este soriano de las Tierras Altas se ha convertido no sólo en un símbolo del intento (desesperado) del hombre del siglo XXI por redefinir su relación con la Naturaleza, sino también del propio compromiso del ser humano con su espacio y con su tiempo. Su última entrega es ‘En la tierra desolada’, y se suma y, de alguna manera culmina, a otros títulos ya emblemáticos del poeta soriano. ¿Hasta dónde es posible extender el ejercicio del despojamiento literario, el empeño de liberar a la poesía de todo exceso purpúreo que nos distraiga? Esa es la pregunta a la que quiere dar respuesta ‘En la tierra desolada’, donde la poesía de Fermín Herrero se aminora, se achica hasta detenerse en la pura sustancialidad. No en el minimalismo, hasta el punto de que desaparezcan todas las líneas que no sean las puramente esenciales de la idea o del sentimiento. Pero sí en la esencialidad, en la sencillez, en esa pureza que buscaba Juan Ramón con tanto ahínco y que, unos cuantos siglos antes, ya había encontrado Juan de la Cruz: lo profundo, lo desolado y hasta lo seco del alma, pero sin renunciar a la música callada de la poesía. Una intensidad luminosa en la contemplación de la tierra sola, abandonada, pero llena, sin embargo, tanto de humanidad como de vida. Por Carlos Aganzo Fermín Herrero Eduardo Mitre, el misterio de la sencillez 'A cántaros'. Eduardo Mitre. Pre-Textos, 2021. 78 páginas. 16 euros Alabada entre otros por Octavio Paz o Julio Cortázar, la figura de Eduardo Mitre se ha ido perfilando como una de las más importantes de la poesía hispanoamericana de estas últimas décadas. Dueño de un estilo, de una voz inconfundibles, cada poema suyo apuesta por seducir al lector desde la sencillez, la transparencia, el encanto y el misterio. Ha sido la editorial Pre-Textos la que se ha afanado en mostrar entre nosotros la grandeza de esta obra, el lugar singular que ocupa Mitre en nuestra poesía. Hijo de un palestino emigrado a Bolivia, vivió siempre el exilio, el éxodo como una dimensión incluso anterior al lenguaje. En él el mundo no se mide solo por kilómetros de distancia sino sobre todo por kilómetros de memoria. Poeta de la duración, para Mitre la vida es algo más que la biografía, es un rescate de los momentos en que esa vida fue posible, en que la experiencia con lo vivido se hizo memorable. En ‘A cántaros’, el último de sus libros, encontramos ese celebrar el instante, esa forma de reunirse con los fantasmas del pasado y ese viaje constante entre Brooklyn y Cochabamba que marca el itinerario y la cartografía de toda su existencia. Los muertos que vuelven a la página del poema, las palomas y las ardillas, un antiguo amor entrevisto en un supermercado… Mitre, como Machado, aspira a reflejar la pequeña emoción o temblor de lo que pasa en la calle y lo hace con un aparente empobrecimiento lírico, es decir, con palabras limpias y naturales capaces de comunicar toda una meditación. Le gusta acercarse a lo cotidiano para extraer sus símbolos, y le gusta descubrir las correspondencias entre las realidades para descubrir la línea continua del tiempo como ese columpio que se balancea entre la infancia y la vejez, entre Nueva York y el Altiplano. O como ese metro neoyorquino que va atravesando todas las estaciones de la memoria. Mitre es un maestro del matiz, de la insinuación, de lo que se dice en voz baja, porque sabe que es la manera de hacer grande un poema. ’A cántaros’ es un libro de intimidades, tan bello como esencial, tan sutil como hondo. Por Diego Doncel Eduardo Mitre