Fermín Herrero: «Con los años te das cuenta de que el misterio que es la poesía se te escapa»

Fuente: https://www.abc.es/espana/castilla-leon/abci-fermin-herrero-anos-cuenta-misterio-poesia-escapa-202106282116_noticia.html El poeta soriano publica un libro «más alegórico» y con «más pensamiento» donde indaga en la situación del hombre en el mundo, que define y resume desde la misma portada: 'En la tierra desolada'. Presente en el catálogo de Hiperión desde que logró el premio homónimo con 'Echarse al monte' (1997), Fermín Herrero publica ahora el que es ya su séptimo poemario en el prestigioso sello, donde vieron también la luz 'Un lugar habitable', 'El tiempo de los usureros', 'Tierras altas', 'Tempero' y 'Sin ir más lejos' (reconocido con el nacional de la Crítica). Premio Castilla y León de las Letras por toda su obra y Gil de Biedma por 'La gratitud', Herrero mantiene en los versos de En la tierra desolada su empeño por «encogerse en la poesía» para llegar a lo elemental, en la línea de sus libros más recientes. Cree, como Bergamín, que el estilo tiene que ser «claro y difícil». Por el título quizá se podía esperar un libro más oscuro. Pero en los dos primeros versos escribe: «Porque en algún lugar del páramo el viento / se parará, seguro». Y en el último poema: «Después / del granizo, se despejó, clarísimo, el cielo». ¿En el fondo es un poemario esperanzado?- Sí, es verdad que el título... Munárriz ya escribe atrás lo de la esperanza. El último poema es sobre aquello de Fray Luis de «después de tanta noche ciega llega el claro día». Ese primer poema es más alegórico, hay muchos poemas que no son metáforas, porque no las practico, pero sí alegorías. Es la situación del hombre contemporáneo, una situación desabrigada, como si alguien estuviese en un páramo a merced de un ventarrón. Sin embargo, la poesía tiene que nombrar, aunque sea un balbuceo, como dice el primer poema, que termina diciendo: «se muestra / sin elegía lo que cae». Hay que intentar, más que ser optimistas como los políticos, arraigarse en la vida y no permanecer ajeno a la que está cayendo, pero tampoco hacer de eso elegía, aunque la situación del hombre contemporáneo creo que es el desamparo, está en una tierra desolada, un poco alegóricamente. Después vuelve a aparecer «la ventolera» (y el «desconsuelo»), pero la ventolera «limpia el cielo, deja la atmósfera purísima». ¿Como dice el refrán, nunca llovió que no escampara? Es un libro que tiene de fondo la situación, pero solo escribí tres palabras que aluden a ella: pandemia, peste y mascarilla, y quité mascarilla, porque aunque no estuviesen daría igual. Creo que la pandemia lo que ha hecho es rematar un poco lo que estaba en el aire. Como todos mis libros, es local y a la vez pretende ser universal, el título alude a la desolación de nuestra tierra, pero también alegóricamente a ese estado de desamparo. De hecho, tenía una cita, que luego quité, de Kertész, del discurso del Premio Nobel, que decía que el estado natural del hombre contemporáneo es el desamparo. Esa es la idea de la poesía, también lo dijo Adorno: poco se puede escribir poesía después de Auschwitz, pero por lo menos hay que intentar ir un poco más allá de lo superficial, de lo que está en la política. Lo importante es ver cómo se han filtrado los totalitarismos en las sociedades occidentales; no ya la historia de los totalitarismos, que está ya vista, aunque por más que leas sobre ello nunca acabes de entenderlo. Kertész, que creo que es la conciencia crítica de Europa, sobrevivió a Auschwitz, estuvo en Hungría y cuando consiguió irse a Alemania se dio cuenta de que el ultracapitalismo había absorbido lo fundamental de los totalitarismos. Y ahora con la pandemia se ha visto en los ramalazos de los dirigentes políticos, que vienen de ahí. Está abonado el terreno. Esas cosas pequeñas de cómo se han infiltrado los totalitarismos es algo de lo que la poesía tiene que intentar dejar constancia. Yo hago libros, que no es mejor ni peor en poesía, me espero a tener un clima; a veces tengo anotadas cosas, pero lo fundamental es el clima. Por eso lo importante para mí es el título. En la tierra desolada es nuestra situación en el mundo. El libro está dividido en cuatro partes con sus propios títulos. ¿Esa organización sugiere un carácter más narrativo, si se puede decir así? Sí, tiene una estructura diferenciada. Las partes se deben a esa idea inicial y porque lo escribí después de pensar esa estructura. Van de lo más desamparado a mejor. Generalmente no escribo hasta que no tengo una atmósfera, incluso el título y, con él, las partes. La primera es la más pesimista, se titula «La ceguera», porque es sobre nuestra ceguera, mi ceguera respecto a lo que está pasando y la dificultad de entenderlo más allá del ruido. La segunda parte, «Desprendimientos», son indicios, síntomas de esa realidad, cosas que he visto que se desprenden de esa realidad. La siguiente, «Contagio», alude a que lo que nos puede salvar es el contagio de Kertész y otros autores, y también, a la vez, el mero asombro ante las cosas de la vida. Las última, «Cómo repoblar los taludes», plantea cómo levantarse sobre esto. ¿Cómo hacerlo?, pues no sé. Mi opción es achicarse, ir a lo pequeño. Tengo un libro que es 'La letra menuda', que es una expresión que se decía antes en los pueblos de Soria, no es la letra pequeña de los contratos, sino lo que parece sencillo y te puede revelar cosas. Es el intento que hago yo con la poesía, dejarla en lo esquelético. Ese «repoblar» es una imagen. En las autovías hacen un talud y al cabo de tres o cuatro años hay plantas. La naturaleza vuelve a estar muy presente como un refugio «contra la confusión del mundo». ¿Es la constante más recurrente en su obra? La naturaleza nos sobrevivirá, es inagotable. A veces el problema que veo con la naturaleza es intentar manosearla demasiado, que haya una voluntad excesiva de ver cosas en la naturaleza que sean impostadas. Para mí es un trasfondo. La idea de la naturaleza es alguien que va paseando solo por el campo y de repente algo te dice alguna cosa, no una idea paisajista. En ese sentido es más la naturaleza que el paisaje. Es la ausencia de ruido. Lo más importante del poema es que el silencio esté, y para que esté el silencio pienso que no puedes describir mucho, ser muy paisajista. Quizá este libro tiene más pensamiento. Eso es precisamente algo a lo que había renunciado de alguna manera. Sí. El día que lo presenté me acordé de Jiménez Lozano, de qué pensaría él, que siempre decía: «quita, quita pensamiento». Su poesía tenía muy poco pensamiento, deslindaba mucho los géneros, era muy fino en eso. Pero creo que tampoco se puede ser tan radical, la poesía no la puedes controlar como una novela o como un ensayo. Lo más importante en un poema es afinarlo, pero al ser un libro sobre el mundo tiene algo más de pensamiento, por lo menos en algunos poemas. «La poesía no se puede controlar como una novela o un ensayo. Lo más importante en un poema es afinarlo» «La intención es hacer algo original que sea una copia del mundo. Me he ido encogiendo mucho a lo elemental» En un poema en que aparece el oficio de los campaneros habla de «no infatuarse hablando», porque para eso ya están los tañidos, y de «respetar el misterio», que parece aplicable a la poesía Sí. También es una alegoría del toque por el estilo y sobre todo el intentar no inmiscuirse en la materia. El tañido ya vendrá. En otro momento declara que la hermosura «está» y que hay que «dejar constancia». Eso de que «está» es importante, porque normalmente el problema de los que escribimos poesía es creerte que la poesía la llevas tú. Si se quita el yo, tienes que reconocer que la poesía está, que la belleza del mundo está; y es lo que nos salva. Aunque en la modernidad eso parece una simpleza, que estás volviendo a una cosa muy elemental. Pero poco después lamenta: «qué ingenuo, creías estar nombrando el mundo». ¿No es un poco contradictorio respecto a ese «dejar constancia»? Cuando gané el premio Hiperión, con un libro ('Echarse al monte') complicadísimo de imágenes y extremadamente moderno, el finalista, que hacía una poesía muy ligera, dijo que quería que la poesía fuera como comerse un sándwich en Preciados. Y yo le dije que, aunque pudiese parecer la presunción de un imbécil, si escribía poesía iba a intentar nombrar el mundo en su totalidad. Con lo años te das cuenta de que el misterio que es la poesía se te escapa. Pero la intención es hacer algo totalmente original que sea una copia del mundo. Yo me he ido encogiendo mucho en la poesía a lo elemental. No es contradictorio, porque yo lo sigo intentando. También aparece la despoblación. Desde su posición ajena a las modas, ¿cómo ve esa tendencia literaria sobre la España vacía o vaciada? Hay que partir de que gente de campo ya no hay. O hay poquísima. La gente que se dedica a la agricultura vive en las ciudades. Después está lo neorrural, que es de donde viene todo este cacao. Con esto de la pandemia hay escritores que se han escapado a un pueblo y en algunos casos hay vuelto ya a Madrid. Esto no es una cosa nueva, sino que muchos se quieren aprovechar de cierta moda. Es algo muy confuso, uno ya no sabe bien qué pensar. Lo que es una pena es que se haya olvidado a la gente que escribió de esto durante y al final del franquismo. En 'Sin ir más lejos' recuerda como un momento traumático la caza de una liebre y aquí cómo cuando eran niños mataban gorriones. ¿Hay algo de examen de conciencia en algunos poemas? En lo del cazador un poco. A Delibes se le decía que no se puede ser cazador y amante de la naturaleza, y eso no es verdad. Ahora, la gratuidad del acto de matar... Hay poemas que son más bien parábolas, con un componente ético. La ética de las cosas pequeñas, no las grandilocuentes ni de la ideología, sobre la condición humana. A veces actúas mal a sabiendas, es como una reminiscencia que se ha quedado ahí de las cosas que no vas a saber superar. Aunque lo sepas, tu propia condición te lleva a actuar mal, que de niño es inevitable porque no tienes uso de razón, pero cuando lo tienes sigues actuando así. Y eso está integrado en la sociedad. «A buen seguro no saldrás en la foto de tu generación», dice otro de los poemas. ¿Se considera un verso suelto en el panorama literario actual? Eso es un poco en broma en relación con el baldón agropecuario. Durante años se consideró que porque escribías de cosas de los pueblos eras una persona palurda, es un absurdo. Los que hemos nacido en los pueblos tenemos la ventaja de la niñez, y proceder de una familia, entre comillas, pobre, también es una ventaja. Quizá para una generación anterior no, porque era muy difícil que pudieran salir a estudiar, pero en mi generación ya ha estudiado todo el mundo que ha querido. Tienes una base de lo que viste ahí... no he visto miseria, pero sí pobreza, y eso te curte para la vida, ves las cosas de otra manera. «La situación del hombre contemporáneo es el desamparo, está en una tierra desolada» «La poesía tiene que dejar constancia de cómo se han infiltrado los totalitarismos en las sociedades occidentales» ¿Se va acercando a ese objetivo de ir depurando para llegar a la esencia? La depuración, como la naturaleza, es inagotable. Un buen lector me ha dicho que el libro es más desnudo, con menos cosas propias y localistas. Sin embargo, reconoce que hay más pensamiento en este libro. Pero es que lo mejor que se ha dicho del estilo es lo que decía Bergamín, «claro y difícil». La poesía tiene que ser clara y difícil; que sea clara no quiere decir que sea simplona, que es el riesgo que corres con la sencillez. Es algo a lo que sabes que nunca vas a llegar, han llegado cuatro, se trata de intentarlo. Machado tiene cosas simples, pero de repente tiene una palabra ante la que piensas: ¿cómo puede significar tanto? Eso es la poesía, que una palabra desnuda diga tanto. Yo he quitado mucho artificio, la adjetivación, eso se hace conscientemente, pero hay algo que no puedes controlar conscientemente en cuanto a lo esencial, tiene que salirte y nadie sabe cómo sale. C. Monje