Poesía, tiempo, espacio y elocuencia

Fuente: https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/centenario-quijote/abci-poesia-tiempo-espacio-y-elocuencia-202101072032_noticia.html La consustancialidad de la poesía es estar inscrita, esencialmente, en un arte temporal. La poesía, como la música, consiste en irse agotando el sonido -Stravinski dixit- (la nota musical, la palabra poética) transcurriendo en un curso de tiempo. Al concluir la obra poética, o musical, se agota tanto el son como el tiempo mismo por el que ese son ha sido conducido. Esto es muy cierto, irrefutable; pero a la vez se da una fecunda paradoja: la poesía, además de erigirse en un arte irrebatiblemente temporal, también está dotada de una axiomática condición espacial. Su aspecto lo refrenda. El que tengamos la poesía como un indudable ente temporal es, sin embargo, irrepresentable. Lo poderosamente visible es la longitud de la escansión, por un lado. El grosor de la estrofa, por otro. Y hasta esa pincelada de rabiosa cal viva que resulta ser el espacio blanco donde se ha generado el silencio, tan avivador, tan fundamental, tanto en la secuencia poética como en la musical. El poema, antes de leerlo, no es más que un bulto, si se quiere una estilizada o grácil sombra sobre la que fue virgen superficie del papel. Y esto no tiene nada que ver con las realizaciones de un Apollinaire generando un poema visual (por ejemplo el caligrama «Il pleut»), o los experimentos obcecados en torno al grafismo en la página de un Mallarmé. La cuestión es bien simple y manifiesta: en el poema se conjuga una teoría conceptual, basada en su temporalidad, y otra expresiva, anclada en su apariencia: su innegable espacialidad, que logra medir tan bien su palpable naturaleza física, contraponiéndose al concepto aquel marcado por el tiempo. Ejemplares de «Tratado de piedras» Teo Serna sabe mucho de estas ambiguas teorizaciones. Su último libro de poemas resuelve y aglutina, de manera cabal, lo que en los párrafos anteriores hemos expuesto. Su título es Tratado de piedras y es el número 100 de la colección Biblioteca de Autores Manchegos, editada por la Diputación de Ciudad Real. Desde hace años, Teo Serna es el autor de las imágenes aparecidas en las portadas de los libros de esta colección. Naturalmente, la autoría de la estampa de la portada de su libro (un nutrido grupo de pequeños guijarros conformados como teselas en la foto) es suya. Con palabras, enunciadas, obviamente, una tras otra, Teo Serna construye el discurso de su libro encarrilado en un sólido raíl de tiempo. La poesía es discurso, habla, habla especial, si se quiere, pero siempre asentado acto de habla que se sirve de la misma materia que la empleada en la conversación. Y al emplear esta mecánica, el poeta crea una singular realidad; no voy a decir realidad poética, sino simplemente realidad. La realidad, según el filósofo Ludwig Wittgenstein, no debe ser tomada como un sinónimo del mundo, sino que ampliamente lo supera, difiere enteramente de él, ya que el mundo no consiste más que en los hechos, mientras que la realidad es cualquier otra posible realización, partiendo de factible virtualidad. La temática en la que se apoya el conjunto de los poemas de este libro es la curiosa exhibición de una serie de piedras, reales, que al transformarse en el poema, originan esa esplendorosa realidad independiente de la vil textura mundana: «De pelo, de hiel, de calcio, de oscuridad. / Así mi centro, / bola al fin en la entraña del animal / o del niño o del loco / que come pelo, papel, cal viva. / Rara joya que te salva del veneno: / así yo, mi esencia». Son los primeros versos del poema «Piedra bezoar». La piedra bezoar, un amuleto y contraveneno medieval, es una «concreción calculosa que suele encontrarse en las vías digestivas y en las urinarias de algunos mamíferos y a la que se atribuyen propiedades curativas», explica Teo Serna en un glosario situado como apéndice del poemario. Un glosario también investido de llamativa realidad poética sin perder un sentido risueña y provechosamente erudito. Tratado de piedras es el más reciente de los selectos tratados sobre la existencia mineral. Su factura poética lo acredita de la manera más especial. Todo el pleno saber sobre el asunto y la concisa capacidad de observación del autor, quedan precisamente resumidos en el terceto del poema final: “Lentamente el grafito traza versos: / escribe esta pequeña piedra negra, / movida por mi mano y mi cerebro.” De nuevo Teo Serna nos ha ofrecido con delicia y sabiduría acostumbradas su escrupulosa, afectuosa y mágica ejecución. POR AMADOR PALACIOSpor ama