Gabriela Mistral, sororidad en tiempos de exilio

Fuente: https://www.abc.es/cultura/libros/abci-gabriela-mistral-sororidad-tiempos-exilio-202012161845_noticia.html Hace ahora justo dos años, la Real Academia Española (RAE) dio la bienvenida, en su ilustre Diccionario, al término «sororidad», una palabra que don Miguel de Unamuno, todo un avanzado en materia literaria y en otros ministerios vitales, empleó, por primera vez, en «La tía Tula» (1921). La Docta Casa decidió recoger el guante que, casi un siglo antes, había lanzado el escritor, definiendo la «sororidad», en sus dos primeras acepciones, como «amistad o afecto entre mujeres» y «relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento». Un sentimiento poderoso, fraternal, que atraviesa, de cabo a rabo, hasta darle sentido y pertinencia, el último tesoro que ha descubierto la colección «Obra Fundamental» de la Fundación Banco Santander: la correspondencia inédita que diez intelectuales republicanas españolas mantuvieron, durante sus años de exilio, con la premio Nobel Gabriela Mistral. «De mujer a mujer», que antologa y prologa Francisca Montiel, catedrática de la Universidad de Barcelona, reúne treinta cartas que Victoria Kent, Margarita Nelken, Teresa Díez-Canedo, Zenobia Camprubí, María Zambrano, Maruja Mallo, Ana María Martínez Sagi, Francisca Prat, María Enciso y María de Unamuno le escribieron a Mistral, entre 1942 y 1956, desde todos los muy diversos lugares a los que el destierro les llevó, primero vividos como condena y, finalmente, como refugio. El volumen incluye, además, en el anexo, diecisiete misivas, también desconocidas hasta la fecha, que la poeta les envió a algunas de ellas, y dos textos escritos por Enciso y Kent en los que recuerdan, y ensalzan, la figura de la chilena. Para localizar las cartas, Montiel, experta en las intelectuales del exilio español, se dirigió a la Biblioteca Nacional de Chile, que custodia el archivo personal de Mistral. No era tarea baladí, ya que la poeta fue, a lo largo de toda su vida, una gran escritora de cartas y procuraba conservar cuantas recibía y contestarlas siempre que podía. De hecho, tras su muerte, Guillermo de Torre, insigne miembro de la Generación del 27 y esposo de Norah Borges -aunque pasó a la pequeña historia literaria por haber rechazado a un joven Gabriel García Márquez-, llegó a decir que Mistral había invertido tanto tiempo en su correspondencia que había descuidado, en cierto sentido, su obra poética. El caso es que Montiel tuvo que rastrear más de doce mil cartas, leerlas una por una, hasta dar con aquellas que buscaba, las firmadas por exiliadas españolas. «He conseguido reunir estas diez, porque son las que he descubierto, pero eso no quiere decir que no haya más», explica la catedrática. Todas ellas lucharon por seguir con su labor, con su obra, con su vida, fuera de España. Una vez que se sintieron seguras, a salvo, en Francia, en Estados Unidos, en Colombia, en Argentina, en Cuba, en Puerto Rico y en México, decidieron ponerse en contacto con Mistral. Pero, ¿por qué se dirigieron a ella? Las razones, como advierte Montiel, «son muy variadas». Algunas, como Teresa Díez-Canedo, Zenobia Camprubí o Margarita Nelken, eran coetáneas de la poeta y, de hecho, la conocieron en Madrid durante su etapa como cónsul de Chile en España. A otras, como a Victoria Kent, les unía una gran amistad con ella. A Maruja Mallo o Francisca Prat les ayudó durante la Guerra Civil y al comienzo de su destierro. María Zambrano y María de Unamuno, hija pequeña de don Miguel, sentían una gran admiración por Mistral, y llegaron a encontrarse brevemente con ella en sus exilios. Y las más jóvenes, como María Enciso y Ana María Martínez Sagi, quedaron prendadas del personaje, para después descubrir la obra. «Sabían que Gabriela Mistral era una mujer errante, siempre trashumante, una "vagabunda", como le dice en una carta a Maruja Mallo, por lo que se podían sentir identificadas con ella», argumenta Montiel, quien reconoce que, aunque «son cartas muy dispares», tienen «elementos en común». «Hablan de las dificultades que afrontaron en el destierro, pero en este caso, por ser mujeres, se centran mucho en la vida familiar y cotidiana, y lo hacen porque algunas tuvieron que sacar adelante a sus familias. Hablan, también, de sus profesiones, y destaca mucho el hecho de que para ellas el trabajo no era sólo una manera de conseguir medios para vivir, sino una especie de consuelo y un reto personal, se estaban construyendo a sí mismas y querían seguir construyendo una obra que no podía detenerse por haber salido de España». En 1954, Maruja Mallo termina así una de sus cartas: «Trabajo intensamente en la creación y superación de mi obra, que es... la superación de mí misma. Es, creo, la justificación de mí misma o la justificación de mi vida». Exilio El exilio, claro, atraviesa muchas de las misivas, en las que hay nostalgia, pero también agradecimiento, sobre todo hacia América, ese gran continente hermanado con nuestro país gracias a la lengua y que ellas sienten como su propia tierra. El 27 de enero de 1946, Ana María Martínez Sagi escribe a Mistral, desde París: «Tal vez las numerosas recepciones oficiales hayan terminado ya y tal vez, después de haber prodigado su proverbial gentileza y haber observado, con curiosidad, ese singular mundillo de las letras, querrá usted recibir [a] esta periodista y poeta español [sic], arrancado [sic] a su dulce tierra de Cataluña desde hace siete años». Tres años antes, y con remite en Barranquilla (Colombia), María Enciso reconocía: «Llevo demasiado abierta la herida de mi patria, y no puedo dejar de ser lo que soy. Una española al servicio de mi España, que no es la de Franco». Pese al convulso tiempo que todas están viviendo, y padeciendo, en las misivas casi no hay referencias a la actualidad. En 1942, en el peor fragor de la Segunda Guerra Mundial, Teresa Díez-Canedo se refiere, en una carta, al «estado de cosas, de la humanidad, del mundo, de los hombres, de las pasiones vueltas en torbellino atroz; soberbia, maldad, acaparamiento único de conciencias, vidas y riquezas». El 11 de agosto de 1943, Enciso menciona el suicidio de Stefan Zweig: «Petrópolis va a pasar a la historia con gran celebridad. Su estancia en esa ciudad, y la muerte de Zweig. Él no pudo resistir el destierro. ¿Verdad?». Apenas un mes después, Maruja Mallo celebra, con mucha prudencia, el avance de la contienda «a favor de nuestros ideales». Y sabemos, porque se lo confesó a Margarita Nelken en la última carta que le envió, fechada el 5 de marzo de 1949, que a Mistral le preocupaba el destino del viejo continente: «No creo segura a nuestra América, pero la creo, sí, muchísimo más vivible que la desgraciada Europa. No vuelva a salir: aquí tiene Ud. [usted] muchos amigos». Apoyo emocional «Estas cartas -justifica Montiel- apenas salen de la esfera de la intimidad, y eso es muy curioso. Además de los apoyos que las exiliadas le pidieron a Gabriela Mistral, en realidad esta correspondencia supuso para ellas un importante apoyo emocional. La poeta les dio su aprobación, su comprensión y mucho alivio anímico cuando les hizo falta». Ansiosas, en el mejor sentido de la palabra, por saber de ella, por tener noticias suyas, reclaman contestación, y Nelken y Mallo hasta llegaron a pedirle, en sus misivas, una fotografía. «Las cartas sustituyeron los ratos de conversación y las confidencias, aunque Gabriela Mistral las propició cuando pudo. Ella necesitaba su calor, porque también tenía dolor que tenía que compartir. Estas cartas contienen numerosas expresiones de afecto, y es algo que las singulariza, un afecto que en parte propiciaba y promovía Gabriela Mistral». La Nobel chilena se imaginaba un futuro hermoso, un porvenir mejor, para las mujeres de América. Así se lo confesó, en una misiva, a María Zambrano, en 1940. En ella, las define como un «precioso mujerío». Las cartas que ahora salen a la luz demuestran, a juicio de Montiel, que «Gabriela Mistral se dio cuenta de que sus corresponsales eran una representación de otro precioso mujerío, el de las exiliadas republicanas que habían llegado a América después de 1939. Con estas diez logró crear una red de solidaridad y apoyo para el que resultó fundamental la fraternidad, la sororidad». Un espejo, conformado por los rostros de todas ellas, en el que las generaciones más jóvenes deben mirarse ahora si no quieren que su propio reflejo les engañe. Inés Martín Rodrigo