Del tiempo y sus caminos (31): Poesía y filosofía

Fuente: https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/centenario-quijote/abci-tiempo-y-caminos-31-tiempo-y-filosofia-202011202049_noticia.html En La Poesía de Juan Antonio Villacañas: Argumento de una Biografía (2003:124) escribí que la poesía es conocimiento revelado. Y así lo creo. Este conocimiento va más allá de lo exclusivamente racional, es a un tiempo idea y emoción. ¿Por qué revelado? Porque la poesía no se dosifica en etapas de aprendizaje: se revela toda entera, es epifanía. La mejor Filosofía es aquella cuya palabra no es sólo inteligible sino sugerente. Por su parte, la Poesía es no sólo emoción, sino conocimiento. Todo filósofo que llega al fondo sabe que después hay otro fondo, y otro después. Y así sucesivamente. Cada descubrimiento alimenta un enigma nuevo. Y aquí entra, una vez más, la Poesía. Y toda literatura es, a su modo, poesía. ¿Acaso no era el filósofo Nietzsche un poeta? Y el poeta Goethe, ¿no era un filósofo? Por lo demás, quién como Dante para unir la música del verso y la música del verso y la Teología. Los grandes filósofos no pueden prescindir de la poesía porque saben que todo avance en el raciocinio termina desembocando en el misterio. Y la Poesía (con mayúsculas, la que está fuera y dentro de la palabra, la que está en un cuadro de El Greco o en unas manos que hacen pan), aunque no explica el mundo, da fe de su misterio. Y, paradójicamente, se nos manifiesta como conocimiento revelado, como epifanía de la belleza y el dolor, de lo vital y de su íntimo secreto. Una de las grandes paradojas de la Poesía es que da fe del misterio del mundo y es, a la vez, conocimiento revelado: la Epifanía que nos muestra que todo lo revelado proviene de un secreto original. El filósofo es un poeta lento. El filósofo busca y el poeta a menudo encuentra sin saber lo que busca. Pero todo filósofo grande termina colisionando con la Poesía. Y esa colisión casi siempre se traduce en un estallido de lúcida belleza. A su vez, el poeta filosofa, no necesariamente planteándoselas a priori, sobre las llamadas «grandes cuestiones»: las perennes, las que generan dudas y fe, pasión y dolor, y van unidas a la vida, pues son la vida misma. ¿Acaso no escriben poetas y filósofos sobre las mismas y sempiternas cosas? La vida, la muerte, el amor, el mundo, el sufrimiento, el espíritu y la materia, la trascendencia, el lenguaje. Ambos, poeta y filósofo, transitan por el mismo bosque siempre transitado y siempre misterioso. POR BEATRIZ VILLACAÑAS