Dicen que la poesía no vende, pero cada vez tiene más lectores

Fuente: https://www.clarin.com/cultura/vibrante-mundo-poesia-argentina-lejos-grandes-editoriales_0_UPgjLJnSN.html Al margen de las grandes editoriales, los festivales -hoy virtuales-, las redes sociales y las pequeñas casas editoras potencian el género. Es conocido el dicho de que 'la poesía no vende'. A contramano de esto, como librera puedo decir que si bien no se compara con el nivel de venta de otras secciones, la poesía sí vende, solo hay que saber hacerlo”, asegura Melina Alexia Varnavoglou, quien comparte el mostrador del local de Otras orillas con Cristian Di Napoli, también poeta. Como en la histórica librería Norte, de Recoleta, Sandro Barrella, autor de Villa Santa Rita (2019, Caleta Olivia), Cristian y Melina ocupan un lugar de referencia para los lectores a la hora de consultar por lo último en el género. “Tenemos todas las novedades, algunas son joyitas. Me he encontrado con busquedas de todo tipo por parte de la clientela, pero creo que lo que más sale en poesía argentina es la obra completa de Juana Bignozzi o cualquiera de Claudia Masin. Yo recomiendo mucho a Laura Wittner, Alicia Genovese, Andi Nachon, Gabby De Cicco y Tamara Kamenszain. De poetas de mi generación, el que siempre resulta es Tundra, de Gabriela Clara Pignataro”. Hasta el 21 de marzo pasado, Otras orillas, ubicada sobre la calle Mansilla al 2900, ofreció su espacio para hacer presentaciones de libros. Seguidas de brindis, charlas, encuentros con amigos, a lo largo de la historia de la poesía, estas ceremonias fueron claves para la pequeña tribu de escritores y lectores que el tiempo multiplicó exponencialmente. Podría trazarse un camino que arranca en una primera oleada feminista con el regreso de la democracia, en la que nombres como los de Diana Bellessi, Alicia Genovese, Mónica Sifrim, Irene Gruss, Susana Villalba, Teresa Arijon o Mirta Rosenberg salieron al ruedo, hasta el 2018, cuando la segunda oleada reunió 54 voces en la antología Martes verde, y paralelamente explotó el fenómeno poético en ferias editoriales, festivales y espacios de lectura. La voz del poema fue haciéndose oír cada vez más, lo cual debería suponer un mayor rédito comercial, ¿pero será así? Javier Cófreces, de En Danza, editorial que a lo largo de dos décadas ha logrado reunir más de 300 títulos en su catálogo, habla de su experiencia: “Desde que comencé a publicar y/o editar poesía (hace más de 40 años...) los lectores entusiasmados por el género no abundaron, ni abundan. Comparativamente, son muchísimos menos que los interesados por la narrativa. Por lo tanto, eso ya no significa una contrariedad ni una desgracia, se trata simplemente de una realidad inapelable que como editor tengo en cuenta a la hora de considerar la tirada de cada título. Salvo honrosas excepciones, imprimir 200 o 300 ejemplares de un libro de un autor “no consagrado” suele ser más que suficiente. Lo cual indica el nivel de demanda establecido”. El catálogo de En Danza reúne títulos que van desde traducciones de Paul Eluard, Pier Paolo Passolini o Edgar Lee Master, entre otros, a lo mayor que ha dado la poesía argentina, que constituye su especialidad. Para citar solo algunos ejemplos: de La Pampa, libros de Olga Orozco y Juan Carlos Bustriazo Ortiz, de Córdoba, María Teresa Andruetto; de Corrientes, Francisco Madariaga; dos libros de la neuquina Macky Corbalán fallecida pocos años atrás, y del sanjuanino Jorge Leónidas Escudero, todo, incluida su obra completa. Las publicaciones de autores nóveles ofician también de colchón recaudador para financiar la edición de los consagrados, porque en poesía el dinero siempre está en movimiento, sin detenerse nunca en el bolsillo de quien la escribe ni de quien la edita. Javier Cófreces, de Ediciones en Danza: un catálogo de 300 autores. “Los apoyos económicos recibidos -cuenta Cófreces- pueden traducirse en créditos blandos, promover concursos, licitaciones, planes de lectura que contemplen compras de ejemplares a las pequeñas editoriales, etcétera. La colección Juan Gelman, lanzada por el Ministerio de Educación en 2013, permitió favorecer a 100 editoriales argentinas con la compra de un millón de libros de poesía. Durante esos años y anteriores, la Conabip compraba por concurso millares de libros para distribuir en las bibliotecas del país. Medidas proactivas en desuso durante los últimos años, lo que generó que unos cuantos sellos quedaran en el camino”. La falta de políticas colaborativas afecta también a los festivales, que especialmente en el interior representan la posibilidad de presenciar lecturas de poetas de todo el país. Dice Laura López Morales, organizadora del Festival Internacional de Poesía de Córdoba: “La gente no lee poesía, pero los libros circulan. La gente no va a escuchar poesía, pero las sillas del espacio en el Festival siempre estuvieron ocupadas, como también las del Encuentro de poetas con la gente en Cosquín, o las del Festival mate cocido con torta en San Francisco. Si no está la posibilidad de hacerla presente, la necesidad de poesía subyace, pero nunca desaparece. Las políticas culturales nunca están a la altura de esa necesidad. Y hoy, pandemia mediante, directamente recurren a la suspensión de eventos, como sucedió con la Feria del Libro de Córdoba 2020, sin barajar siquiera la posibilidad de una circulación virtual”. Cuando se le pregunta a López Morales por las voces más resonantes de su provincia, elige las de una serie que vienen abriendo “una polifonía imposible de encasillar en alguna temática específica, como Laura García del Castaño, Mariela Laudecina, Mariana Robles, Elena Anníbali, Paulina Cruceño, Silvina Mercadal, Claudia Huergo, Karina Cedevich, por nombrar algunas”. Luis Chitarroni y Graciela Aráoz junto a Ida Vitale en el Festival Internacional de Poesía 2018 en el CCK. / Martín Bonetto. Pablo Gabo Moreno es un editor del Conurbano que indudablemente marca tendencia en el panorama nacional con su prolífica Caleta Olivia, donde publicó nombres como el de Claudia Prado, Gabriela Larralde, Natalia Romero, Patricio Foglia, Marina Mariash, Gabriela Bejerman, Flor Monfort y mucho más. Dice Moreno: “Que la poesía no se vende me parece bastante falso teniendo en cuenta que habría que ver en qué escala se mide eso. Nosotros venimos sobreviviendo a la crisis desde hace años y ahora con el efecto negativo de la cuarentena hay nuevas estrategias como la venta online, el delivery, y el lanzamiento de combos. En este caso nos aliamos con Gog y Magog; nuestros catálogos tienen presencia en el tiempo”. Como una de sus metas editoriales, Moreno se propuso reflotar algunos títulos de los publicados por la prestigiosa Bajo la luna como Warsawa (1996) de Andi Nachon. Otro de los imperdibles de este sello es En las ramitas, obra reunida de Carlos Battilana. De este autor se editó también Una mañana boreal junto con Así es el fuego de Mercedes Araujo, los dos libros en uno, de la colección de Club Hem. Pantalla chica Como puente para salir de la anonimia y también de la centralidad capitalina y florecer desde los escenarios provinciales, durante las últimas décadas la poesía sacó provecho de la virtualidad. La red hizo posible dar a conocer poéticas y poemas, entrevistas, reseñas de libros en blogs y portales, elaborar rankings de los mejores títulos del año, ausentes en los balances de los suplementos culturales. Inesperadamente, con la nueva normalidad, su difusión se vio todavía más favorecida con las lecturas públicas en Zoom y los vivos de Instagram: “El fenómeno es interesante: se empezaron a gestar encuentros más transversales, muchas veces organizados desde Buenos Aires, donde comparten mesas poetas de diferentes lugares del país o de otros países (lo cual ayuda a visibilizar las voces del interior). Esto se dio de una manera azarosa, ligada a las condiciones actuales”, comenta la poeta chaqueña Claudia Masin, quien en los últimos tiempos fue invitada de muchos de los eventos de poesía transmitidos por estas plataformas. Buena parte de sus libros salieron en la colección de Hilos, dirigida por Dolores Etchecopar, María Mascheroni y María del Carmen Colombo, quienes integran el mismo catálogo. Su reciente El cuerpo, publicado por la editorial cordobesa Portaculturas, lleva una contratapa de la poeta y traductora neoyorkina Robin Myers, con quien compartió pantalla de Instagram poco tiempo después de que la cuarentena comenzara. Hace poco más de una semana fue entrevistada por Dafne Pidemount y Leticia Hernández, poetas además de editoras de La mariposa y la iguana, durante un vivo en IG realizado con motivo de la FED (Feria de editores). La poesía sacó provecho de la virtualidad. La red hizo posible dar a conocer poéticas y poemas, entrevistas, reseñas de libros en blogs y portales. Nombres resonantes, tráfico de libros, migración incesante de contenidos favorecida por las redes durante el aislamiento; festivales que sí siguieron con sus ediciones anuales de forma virtual y otros que se inventaron como necesidad subjetiva de escritores y lectores; talleres y más talleres para los cuales no faltan asistentes ni siquiera cuando el dinero se escurre como agua en el mar financiero. Ahora bien: por muy grande que se haya vuelto esta tribu, por mucho que se agilice su circulación, no parece lograr despertar el hambre de los grandes grupos o de editoriales medianas de mayor alcance como Adriana Hidalgo, que cuenta en su haber exclusivamente con obras completas como la de Diana Bellessi con Tener lo que se tiene o La novela de poesía de Tamara Kamenszain. La situación de los autores de poesía es que suelen volverse sponsors de sus propias ediciones o en el mejor de los casos son financiados, con muchísimo esfuerzo, por un sello independiente. Por lo general, el cobro de regalías se reduce a una caja con menos de cincuenta libros ofrecidos para ser vendidos por ellos mismos en las presentaciones públicas o enviados a prensa. La cadena de la edición poética suele cortarse en el eslabón de la distribución. O no hay margen para eso, o es un trabajo que los distribuidores esquivan porque saben que la poesía lleva las de perder frente a la industria narrativa. Y tantas veces, si los libros desembarcan finalmente en las librerías, son rechazados por falta de lugar en los estantes. Ser atendida por sus propios dueños parece el secreto de la permanencia de En Danza. Dice Javier Cófreces: “Creo que uno de los puntos fuertes del sello es la política de distribución y logística implementada desde su fundación. Se trata de la tarea más odiosa de todas, lidiar con la red comercial. Eso significa batallar con las devoluciones, con la pérdida de ejemplares, con los acreedores y con el ninguneo que genera en puntos de venta los libros de 'poca rotación'. En Danza jamás tercerizó esa tarea, la realizan miembros del sello. No tenemos distribuidores. Trabajamos con alrededor de 20 puntos de venta en la ciudad de Buenos Aires y otros tantos en el interior del país”. Para Pablo Gabo Moreno, su joven proyecto, nacido en 2015, se sostiene en una estrategia no tan diferente a la del sólido Cófreces: “Tener estructuras pequeñas y autosuficientes, con personas que trabajan para que con voluntad se haga lo mejor”. Paula Jiménez España