La necesidad de decir en voz alta

Fuente; https://www.lagacetasalta.com.ar/nota/140538/espectaculos/necesidad-decir-voz-alta.html Reseña del libro de poemas “La Felicidad No Es Un Lugar” de Gustavo Yuste (Santos Locos, 2020). Pasa algo muy raro (y bello) en la poesía de Gustavo Yuste: el pasado y el futuro están mezclándose todo el tiempo. El pasado: la historia de la que ya no somos parte, los sitios que dejamos de habitar, esos otros que ya no están. Y el futuro: ese trastorno de ansiedad de un mañana gris que se revela más pesado que redentor. Y es que ya aprendimos que la poesía no es una cita de autoridad que nos redime ni nos conjura la felicidad eterna. Por eso, en breves tratados de melancolía humana, Gustavo Yuste se encarga de dejar constancia de cada detalle: los recuerdos y las nuevas ideas, las cosas que no dijimos a tiempo, los paisajes exteriores donde se pierde el diálogo, y las lecciones que más vale haber tomar nota. Es como si el libro (La felicidad no es un lugar, publicado este año por Santos Locos, y el libro del que más capturas y menciones he visto este año en redes sociales) fuera una bitácora de esas lecciones: una secuencia de choques, apagones y despedidas que dejan una estela triste y pesada en el aire, pero que es necesario darles nombre, palabra y voz. Porque si no, corremos el riesgo de volver a transitar por ahí. Cada poema es el recordatorio de que todavía hay vida. Escenas mínimas de ayer y hoy. Siendo un gran cultor del laconismo, Gustavo Yuste separa el libro en tres secciones (“Miniaturismo”, “Situación sentimental” y “Veneno en dosis controladas”, respectivamente). Todos los textos del libro son breves, contundentes. No hay necesidad de ornamentar de más una escena: la mochila que se siente como un gato entre los pies de los que toman una cerveza en un bar, los souvenirs de los viajes que ahora son postales de lo imposible, los libros prestados que no vuelven, el desayuno que se comparte por primera vez. Detrás de la corta “simpleza” de cada imagen, hay un profundo tratamiento de lo que representa para la montaña rusa emocional que escribe en primera persona. No se reniega de la debilidad ni del absurdo (“Un gesto de amor intenso / no siempre es tan visible, / pero yo pude reconocerlo al instante / el día que te mandé un mensaje / preguntándote qué se hacía / cuando se quiere llorar en el trabajo”), porque esos vestigios de vulnerabilidad son la evidencia de cada vez que pega el bajón, es porque todavía hay un chorro de sangre que bombea la existencia. Incluso aunque al principio luzca cruel. El mejor ejemplo es el primer poema de la segunda parte, que se titula “Apagón”: Un recordatorio para cuando lleguen los momentos de tristeza: al igual que durante los cortes de luz es recomendable salir a comprobar si somos solo nosotros o es en todo el barrio. Necesidad de decir en voz alta. Hay dos cosas en particular que me pegaron muy fuerte de este libro. Personalmente, soy alguien que siempre se culpa por demorar mucho tiempo en superar a una persona (y ya sé eso de que ‘cada uno tiene sus tiempos’, como dicen), pero cuando leía estas viñetas en las que Gustavo Yuste planeta, sin recaer en el dramatismo de telenovela, el juego de dos cuerpos que se separan en el espacio y lo terrible que es ese momento en el que nos observamos las manos vacías o pasamos la noche durmiendo con la televisión encendida para hacer de cuenta que ese barullo es un pobre reemplazo de la voz del otro, sentí una corazonada fuerte y precisa. Cualquier experimento que hagamos para racionalizar la pérdida, el extrañar, el qué nos pasó, el día después, no servirá de nada. Por eso los poemas son breves y exactos, no tiran frases de autoayuda ni observan todo desde un ágora de piedra. Más bien, son como figuritas en un álbum, hay una historia de trasfondo, pero lo realmente importante es cómo esa voz construye un sentido más humano. Uno de los poemas que más me gustaron (“Bis”) dice: Vamos y venimos igual que la ropa de feria americana, pero en cada reencuentro todavía hay lugar para algo nuevo, como si fuésemos uno de esos temas que suenan dos veces en el mismo baile sin que a nadie le moleste. Más allá de sentirse identificado (Gustavo tiene casi 14 mil seguidores en Instagram y creo que en parte se debe a que muchos lectores pueden verse reflejados en sus poemas con gran facilidad: el amor convaleciente del mundo digital y el dolor de cabeza solitario son dos tópicos que aparecen mucho en sus textos), esa pequeña certeza narrada sin preciosismo ni sobreactuación es una bocanada de aire fresco que permite ver un panorama más amplio del propio drama personal, a la vez que configura una visual a veces lánguida (“En algún momento, alguien vestido / con el uniforme de la nostalgia / te va a hacer señas para que te detengas / y revises que está todo en orden”) y a veces muy potente (“todo da vueltas arriba nuestro / sin tocarnos de verdad / y solo se detiene cuando se decide a impactar de lleno / sobre nosotros”). Algo que prometí no decir. Hace poco, en una entrevista para un programa de televisión mexicano, Gustavo Yuste decía que justamente se centra para escribir en el pasado y en el futuro, casi nunca en el presente. Eso deja ver el mecanismo que da cuerda a la fluidez en su poesía: hay registros (o vestigios) de algo que fue, pero la incertidumbre del mañana es más seductora que el informe forense del hoy. El poema que se llama “Perdón”, dice: “Las canciones que reproducen / todo eso en lo que ya no creo / todavía me hacen llorar”, es como un reverso del poema “Terrorífico” de Esteban Castromán, en donde también el presente es como un subproducto muy cringe de toda esa música que alguna vez tuvo un sentido más luminoso en nuestra trayectoria. En los poemas aparecen esas referencias: la música, la pista de baile, las pintas de birra, el cine, la cama, los noticieros… una equilibrada lista de espacios tanto abstractos como cotidianos. La segunda cosa que me golpeó personalmente es un poema en particular (titulado “El visitador”) en el cual Gustavo Yuste dice que su padre muerto lo visita en sueños para darle algunas perlitas de sabiduría (típico de los muertos). Al final, cierra el poema diciendo: “se subió a ese taxi / al que nunca puedo tomarle la patente”. Por lejos, el único texto en muchísimo tiempo que me ha hecho pensar en mi padre muerto, no por la conmoción tentativa de la figura sino por esa imposibilidad del final, propia de lo onírico, donde ya no tenemos control. Gustavo Yuste deja que los poemas ocurran, no los domestica para convertirlos en memes de desamor ni frases de moda antitóxicos. A mi parecer, este libro es como la genealogía de un corazón en constante reconstrucción. Todo el tiempo está hablándose a sí mismo a través de los escombros y la nueva chance del mañana. (*) Mario Flores es escritor, DJ de música electrónica y becario del Fondo Nacional de las Artes. Publicó Cuando llegue el fin de los tiempos (Almadegoma Ediciones, 2017), Hikaru (Editorial Nudista, 2018) y Necrópolis (Primer Premio Concursos Literarios Provinciales - Fondo Editorial de Salta, 2019). Por Mario Flores