En torno a María Zambrano, el Quijote y la novela

Fuente; https://letralia.com/sala-de-ensayo/2020/07/20/maria-zambrano-quijote-novela/?utm_source=mailpoet&utm_medium=email&utm_campaign=abierta-la-convocatoria-del-xxxiii-premio-internacional-de-poesia-fundacion-loewe-y-mas-en-letralia_3 Poesía y filosofía son desde el principio dos especies de caminos que en privilegiados instantes se funden en uno solo. María Zambrano (2012a), El hombre y lo divino, p. 70. Para María Zambrano como para nosotros, el filosofar no es una empresa que se baste a sí misma: necesita respirar, beber y digerir su cauce reflexivo desde otros horizontes, sobre todo el poético-narrativo; sin eso, sin dicha praxis, las posibilidades de engendramiento de una aproximación “ontológica” a los diversos temas inherentes a su reflexión resultaría efímera, por no decir infértil. No lo olvidemos: la filosofía ha sido, desde siempre, poiesis, y cuando se distancia de dicha creación imaginal termina engullendo su propia ceguera. Y si de ceguera se trata, el Sancho de Don Quijote, nos recuerda Zambrano (1947), aparece como una (la) conciencia del mundo inteligible que soporta una novela como esa. Quizás desde allí podremos argumentar que novelas de esa naturaleza, e incluso la poesía, ofrecen un andamiaje vital a las voces que permiten sacudir nuestro mirar, indispensable a toda indagación filosófica.1 Zambrano parece decir que una novela como el Quijote es la casa, el habitáculo del filosofar mismo. En este punto no podemos dejar de recordar aquí la impronta de su maestro Ortega y Gasset, quien siempre insistió en la “razón vital” como proceso inevitable del decir/sentir la vida misma, catapulta no sólo del decir acontecido sino también soporte de la propia rúbrica de quien se pronuncia en tanto ser histórico-social, por usar un término de Castoriadis (1989) que nos remonta a Dilthey (1986, 1949). En otra obra, Zambrano (2004) va un poco más allá de su maestro y propone una “razón del corazón”,2 porque el logos es insuficiente para la compleja tarea del pensar, porque el pensar no es sin el sentir y viceversa, aunque pocas veces estemos conscientes de eso ni en las academias ni en las particulares formas de realizar nuestra cotidianidad. El lenguaje es la casa del Ser, nos dijo Heidegger (2000), y Zambrano parece decir que una novela como el Quijote es la casa, el habitáculo del filosofar mismo, uno, por cierto, que no puede existir sin la poesía que le ofrece la propia plasticidad de su móvil estructuración. Antes de ella, dos grandes pensadores españoles muy cercanos lo habían explorado: Ortega y Gasset (1914) y Unamuno (2015, 1896); además de éstos, resalta el reconocido premio nobel alemán Thomas Mann (2005), entre muchos otros. Ahora bien, ¿cuál es el valor para Zambrano de un clásico de la literatura mundial como el Quijote? Diremos con ella que el potencial reside, especialmente para la filosofía como pronunciamiento del ser, en que en “su ambigüedad” (la del protagonista y la novela) reside la evidencia del sujeto-contexto cultural, en la cual se refleja el sujeto español: “El Quijote es ante todo un libro de conocimiento, una mirada reflexiva —refleja— y un tanto irónica, como conviene al ser que intenta conocerse: el hombre”, nos dirá Zambrano (1947); subrayemos “como conviene”, verbo que atestigua la inscripción autoral en tanto reafirmación-denuncia ante lo que excluye, esto es, la evasión por parte de cierta tradición filosófica del pensar plasmado en narrativas como estas. La autora nos recuerda que una novela es ambigua por la polisemia que en ella reside, porque quizás nunca sabremos con precisión lo que el autor quiso decirnos, pero he allí su insobornable riqueza. Por eso todo encantamiento se pierde cuando deseamos explicarla “literalmente”, como cuando un poema se esfuma al osar interpretarlo. Como la vida misma cuando tratamos de explicar lo inexplicablemente vivido. Allí reside el gozo de la novela-vida: su indescriptible forma de asirla, pero también su potencialidad para el reflexionar-nos. Insistimos, la filosofía como bondad sólo es posible cuando “se nos acerca” en tanto relato. Así sostiene Zambrano (1947): “La ambigüedad de la novela procede, al parecer, de que está hecha al nivel del hombre, de que la conciencia creadora de su autor en nada sobrepasa a la conciencia que define a nuestra época, a nuestro mundo, emancipado de lo divino”. Y “nada hay más ambiguo que el ser hombre”. ¿Por qué? Porque así como busca la luz, “el conocimiento” (se) proyecta como (su) sombra en el (su) devenir. La novela es expresión dinámica de nuestro propio mundo móvil. Allí (no olvidemos, a pesar de las distancias, al propio Hegel) reside el potencial dialéctico de su propio ser-existiendo, creándose, “inventándose a sí mismo”, dirá Zambrano, lo que inevitablemente nos hace volver a Castoriadis (2001): el potencial autocreador del propio ser humano como ser genérico que ya se asoma en el transcurso que va de las tragedias de Esquilo a las de Sófocles. La novela, sea “de ficción” o “histórico-realista”, nos seduce —si hemos de ser lectores— porque en ella está incluso el no-ser del sujeto “real” junto al ser-acontecido, sufrido, que somos cada uno de nosotros. La novela es, pues, reflejo no de nuestra posible “erudición” sino del conflicto que supone no asumir nuestras faltas —por muy lacaniano que esto suene. Sobre todo, además, porque la ambigüedad, en una obra como el Quijote, reside en que su principal protagonista, poseído por “la locura” de liberar el mundo, vive la propia condenación al encerrarse en sí mismo, lo que distorsiona toda su percepción al ver lo irreal como real… pero esto también es un llamado que debe sacudir las propias ilusiones que se forja quien lee en su vida diaria. La novela es expresión dinámica de nuestro propio mundo móvil. Y así lo destacan tanto Gutiérrez Carbajo (1984) como Trapanese (2010), considerando precisamente el tema aquí tratado, y así lo vemos nosotros, confiados en que el mirar-sentir zambrantino de religare filosofía y novela, y más aún filosofía y poesía,3 puede potenciar insospechadamente el despliegue de nuestro forjamiento como humanos en tanto filósofos en ciernes. Sigamos. Referencias citadas Castoriadis, Cornelius (2001). “Antropogenia en Esquilo y autocreación del hombre en Sófocles”. En: Figuras de lo pensable (las encrucijadas del laberinto VI), Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica. Pp. 13-33. — (1989) La institución imaginaria de la sociedad Barcelona, España: Tusquets Editores. Dilthey, Wilhelm (1986). Crítica de la razón histórica. Barcelona, España: Península. — (1949). Introducción a las ciencias del espíritu; en la que se trata de fundamentar el estudio de la sociedad y de la historia. México, D.F., México: Fondo de Cultura Económica. Primera edición, 1944. Segunda edición. Gutiérrez Carbajo, Francisco (1984). “María Zambrano y la hermenéutica del Quijote”. En Cuadernos hispanoamericanos 413, noviembre, Homenaje a María Zambrano. Pp. 121-133. Heidegger, Martin (2000). Carta sobre el humanismo. Madrid, España: Alianza Editorial. Mann, Thomas (2005). Viaje por mar con Don Quijote. Barcelona, España: RqueR Editorial. Maillard, Chantal (1990). La creación por la metáfora. Introducción a la razón poética. Barcelona, España: Editorial Anthropos. — (2017). 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